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Principios y centro político

Es un lugar común que, para no pocos, el espacio del centro es el espacio de la ambigüedad, de la indefinición, del cálculo o del marketing. El espacio, dicen, del relativismo, de la pusilanimidad, de la renuncia a los principios. Nada más alejado de la realidad. Tal comentario, incluso para quienes llevamos algún tiempo pensando y escribiendo sobre este espacio político, no es fácil de rebatir, al menos a juzgar por la utilización, entre ideológica y partidaria, a que nos tienen acostumbrados los dirigentes de una u otra orilla del arco político. Entre otras razones porque existen numerosos dirigentes políticos que, como solo aspiran a estar siempre en la poltrona, prefieren renunciar a los principios y actuar como camaleones y arribistas como ahora comprobamos a diario en la campaña electoral.

Algunos, probablemente quienes menos entienden lo que es el centro,  plantean la cuestión en estos términos: para llegar al poder es necesario utilizar una versión del centro que esconda u oculte los principios y se concentre únicamente en el pragmatismo. Para quienes así razonan, el oportunismo es la bandera de su política y probablemente, sin reconocerlo, desprecien los principios entendidos como criterios de conducta que buscan una coherencia entre  valores y acciones concretas. Los principios, insisto, no son para contemplar como grandes construcciones de la lógica o de la metafísica, sino que  son guías y luces para la acción política cotidiana.

El centro de la acción política es la persona. Desde este principio básico es posible establecer algunas de las líneas fundamentales que, desde una perspectiva que podríamos denominar -de un modo genérico- ética, configuran el centro político.

En efecto, la persona, el ser humano, no puede ser entendida como un sujeto pasivo, inerme, puro receptor, destinatario inerte de las decisiones políticas que se diseñan desde una cúpula que solo busca el interés personal de sus integrantes. Definir a la persona como centro de la acción política significa no sólo, ni principalmente, calificarla como centro de atención, sino, sobre todo, considerarla el protagonista por excelencia de la vida política. Eso significa, entre otras cosas, que el ser humano ha de ser la medida y el fin de las políticas que se practiquen desde el espacio del centro, un espacio político que parte, además de la realidad y la racionalidad como metodología de trabajo, del compromiso radical con los derechos humanos y su dignidad.

 Afirmar el protagonismo de la persona es poner el acento en su existencia digna, en el compromiso con los que están a punto de ser, con los que son en malas condiciones, con los que están a punto de dejar de ser. Y para ello las políticas públicas han de subrayar la necesidad de que las personas dispongan de espacios más abiertos y libres para realizarse como seres libres solidariamente. Si solo se atiende a la economía, entonces se corre el peligro de que se olvide que un ambiente de calidad en el ejercicio de la libertad debe ser la principal aspiración de la actividad política. Y, hoy, aunque nos pese reconocerlo, la obsesión por el lucro  lamina la dignidad humana instalando alianzas entre los poderes que solo aspiran al primado de su hegemonía cueste lo que cueste. Y, mientras tanto, continúa esa colosal maquinaria de control y manipulación que va consiguiendo convertir la democracia es una cuestión cuantitativa al margen de las necesidades reales de la población, acabando por ser un arte para la manipulación, para el control social. Por eso, precisamos políticas humanas, sensatas, equilibradas que partan de la real realidad que trabajen desde la razón y que sean practicadas por políticos con mente abierta, plural, dinámica y complementaria. Casi nada. 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Actualidad del espacio del centro

Con cierta periodicidad, sobre todo cuándo se acercan las elecciones, algunos partidos insisten en el giro al centro. Por una parte es lógico porque en este espacio político está, a estas alturas,  suficientemente demostrado, en sociedades maduras, que es dónde se ganan las elecciones. Y, por otra resulta que el centro, como espacio de  moderación, equilibrio, sentido común y, sobre todo,  de compromiso radical con los derechos humanos, es una tendencia nunca completamente alcanzada. Es un camino, una orientación a una democracia más real y genuina que requiere, en los líderes que pretendan seguirla, una apuesta decidida por pensar seria y permanentemente en el pueblo y en sus problemas. Algo que hoy, aunque se predique por todas partes, vemos que brilla por su ausencia porque en términos generales no tenemos  dirigentes empeñados seriamente en la mejora continua de las condiciones de vida de los ciudadanos.

El espacio de centro no es una ideología al uso. Es otra cosa. El centro no tiene una base ideológica en sentido estricto, que todo lo soluciona a partir del recetario teórico confeccionado por los teóricos de turno. El centro no se encierra en una respuesta única. Representa, más bien, la apertura a la complejidad de los problemas de las sociedades plurales y abiertas en que vivimos desde la realidad, partiendo de la razón y a través del pensamiento dinámico y complementario que se asienta en la centralidad de la dignidad humana,

Los programas son desde luego muy importantes para la suerte electoral. No lo niego, pero, sin embargo, me parece que cada vez cuentan más los equipos humanos que los integran, su capacidad operativa, su disposición real al diálogo, su integridad, su honradez, su capacidad de persuasión y de comunicación, la confianza que despiertan, su receptividad ante las exigencias y aspiraciones sociales. Y, fundamentalmente, la coherencia y congruencia entre lo que se proclama a los cuatro vientos y lo que se practica en la cotidianeidad.

Un dirigente del centro intentará atender a todos los ciudadanos sin exclusión porque los programas de centro deben ser equilibrados en el sentido de dirigirse a todos los sectores, sin orillar ninguno, del cuerpo social. No se puede gobernar para unos pocos, ni para muchos, ni para determinadas mayorías, ni siquiera para una mayoría representada en una universalizada clase media. Se gobierna para todos. De ahí que, por ejemplo, tanto deba buscarse la integración de los sectores que sufren las tensiones de la marginalidad, como la implicación en los asuntos públicos de aquellos que ven acompañada su acción privada por el éxito social y económico.

Cómo deba realizarse tal acción de gobierno no está escrito ni está teorizado. Por una sencilla razón, porque ser capaz de pensar en todos y gobernar para todos está dado a aquellos que saben que situarse en el centro no es tarea fácil en la medida en que requiere un ejercicio permanente de prudencia política, y buen hacer. Si situarse en el centro es complejo, mantenerse lo es más porque exige una permanente atención, conexión y respuesta a las demandas de la sociedad, no en abstracto, sino de las personas que la integran. Hoy, sin embargo, a causa de la trampa del populismo alimentada por la corrupción de los principales partidos y de la corrupción de los partidos tradicionales, se instala de nuevo ese maniqueísmo que tanto daño nos hace por cuanto pretende jugar desde el resentimiento, la revancha, el odio, desde lo peor del pasado. Por eso, precisamos moderación, sentido común, políticas que se asienten radicalmente en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

El centro y las tecnoestructuras

            La política reclama hoy equipos con la instrumentación intelectual adecuada para abordar los problemas a los que se enfrentan las sociedades desarrolladas  en toda su complejidad. Sin embargo, una eficiencia que pretenda apoyarse sólo en una fundamentación técnica de la actuación política está llamada al fracaso pues solo pasar por alto que la política está convocada esencialmente a la mejora de las condiciones de vida de las personas en un ambiente de verdadera participación y de control efectivo del poder.

            Esta consideración está en la entraña misma de las denominadas políticas de centro porque al fin y al cabo la consideración de que la solución a los problemas humanos y sociales se alcanza por una vía técnica podríamos calificarla como idea matriz de lo que se denomina “ideología tecnocrática”, dominio de la tecnoestrutura, primado del tecnosistema, por cierto hoy de gran actualidad.

            Esta afirmación sobre la hegemonía de la ideología tecnocrática recuerda la versión más negativa de la ideología, como discurso cerrado, reductivo y dogmático por cuanto se asienta en la despersonalización del individuo y en la  desocialización  de los grupos humanos. Tal esquema lo podemos encontrar en los intervencionismos más intensos como en los liberalismos más radicales.

            La eficacia de la política no se apoya sólo –no puede hacerlo- en el rigor técnico de los análisis y sus aplicaciones, aunque este valor deba tomarse  siempre en consideración. Es necesario  el sentido práctico, muy próximo al realismo, al sentido de la realidad que también desde el centro se reclama.

            Muchas veces la solución técnica más intachable, la más correctamente elaborada es inviable, o puede incluso ser perjudicial porque los hombres y las mujeres a los que va dirigida no son sólo pura racionalidad, ni sujetos pasivos de la acción política, ni entidades inertes, cuya conducta pueda ser preestablecida.

            Por eso, frente a los populismos que expresan las más puras esencias del doctrinarismo radical de una u otra orilla ideológica, y frente a la alianza tecnoestructural entre poder político, financiero y mediático, que en el fondo se confunden, precisamos políticas más humanas, más moderadas, más realistas. Hoy más necesarias.

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo

JRA

Poder y confrontación

En la democracia no parece admisible admitir que el hilo conductor de la vida política sea la confrontación, de modo que, consecuentemente, el objetivo para una fuerza política no debe ser la laminación del adversario político. Uno –o muchos- pueden pensarlo así, y desde luego que lo hacen, como es manifiesto en muchos que se declaran de izquierdas o de derechas, y en la acción política de muchos otros, se encuentren o no en esa franjas políticas. Pero así no debe ser entendida la vida política. Considero que el hilo conductor fundamental de la vida política es el acuerdo. Sin acuerdos fundamentales y profundos no puede establecerse una vida política democrática. Cuando menos, al decir de los liberales, el acuerdo en los procedimientos, que debe ser escrupulosamente cumplido. Aún pensando que el acuerdo va mucho más allá, quedémonos al menos con ese mínimo.

Pues bien, el carácter fundante o constituyente del acuerdo, para la vida política, no permite inferir de ahí que toda la vida política se reduzca a acuerdo. El acuerdo, el pacto, el consenso, es un momento del diálogo, no es ni su estado ideal, ni su conclusión. Pero el consenso sistemático no es posible cuando se afirma la fluidez y el dinamismo de la vida humana, y no ya el dinamismo de un sistema mecánico, o evolutivo, sino de un sistema libre. El consenso, el acuerdo es una etapa del diálogo, pero lo son también el disenso, la divergencia, la discusión, la ruptura, la desavenencia, y la recuperación de la concordia. Todas ellas son fases del diálogo y todas fases igualmente valiosas. Pero lo fundamental, lo principal, no es que los interlocutores se pongan de acuerdo en todo -ni en casi todo, ni siquiera en la mayor parte de los temas-, sino que respeten – y tengan permanentemente presente- el acuerdo básico, metapolítico, que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos.

Cuando el acuerdo no es posible, no se rompe por eso el suelo político del centro, porque queda el procedimiento democrático, la confrontación en las urnas como método de resolución de las desavenencias que puedan producirse –y que ineludiblemente se producirán- en la vida política.

Se ha dicho que la confrontación es un ingrediente ineludible de la vida política. Estoy plenamente de acuerdo. Efectivamente, ante una propuesta determinada, ante un proyecto, la masa social fácilmente se dividirá entre partidarios y detractores –en una simplificación que no toma en cuenta los que no saben o no contestan, o los que consideran una tercera o cuarta opción-. Parece que en el momento presente, la sociología manifiesta que eso, de hecho, es así. Pero es que tal fenómeno en nada contradice la configuración del espacio político de centro como un espacio con personalidad propia. Ni tampoco puede aducirse como apoyo argumental para mantener la pertinencia de la división entre izquierdas y derechas.

Es más, de la reivindicación del espacio de la moderación, como nuevo terreno para el juego político, no puede colegirse que sea el único espacio político posible, porque el terreno ideológico queda disponible -como no podía ser menos- para quien quiera seguir instalado en él. Criticarlo por su insuficiencia no significa anatematizar –que de nada valdría por otra parte- a quienes lo ocupan; considerar que está históricamente superado, no significa negar la posibilidad de que se produzcan en él nuevas virtualidades, porque si algo aprendemos del pasado es que, aunque la historia nunca se repite, lo cierto es que da muchas vueltas.

No es incompatible, ni contradictorio, afirmar la categoría suprema del consenso básico, en muchos sentidos metapolítico, sobre el que ha de asentarse la vida democrática, y al mismo tiempo el carácter ineludible de las confrontaciones que el juego político produce. Estas confrontaciones, el juego político, no serían posibles sin aquel consenso.


En este sentido,  podría decirse que el espacio de la moderación no se construye allanando la diversidad presente, sino más bien a base de anchear y expandir el espacio en el que nos hemos movido hasta ahora. Y desde la moderación dará más juego, sobre todo, a las personas., que es de lo que se trata.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Etica y corrupción

La percepción, y la realidad de la corrupción no baja. Cualquier índice que se consulte lo refleja claramente. Una lacra que si no se resuelve con normas y procedimientos, habrá que situarse en la calidad moral de las acciones de los sujetos públicos y privados, porque la corrupción, es bien sabido, es siempre  cosa de dos.

“Adquirimos las virtudes mediante el ejercicio previo; como en el caso de los demás actos; pues lo que hay que hacer después de haber aprendido lo aprendemos haciéndolo; por ejemplo, nos hacemos constructores construyendo casas. Así también, practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la templanza, templados; y practicando la fortaleza, fuertes”.

Esta cita proviene de la Ética a Nicómano del viejo Aristóteles. Me parece que responde a lo que se denomina sentido común,  que permite afirmar que la política, la acción pública en general, debe poseer un relevante carácter ético. Así, la teoría general de la acción es la ética misma. Es en la praxis donde se pone de manifiesto el compromiso ético, como es en lo concreto donde se demuestran las convicciones y orientaciones ideológicas. Hoy, las apelaciones generales y abstractas cada vez tienen menos interés y es la dimensión práctica el lugar en donde se manifiestan los valores.

Estas consideraciones me parecen de gran interés. Sobre todo porque hasta no hace mucho estábamos acostumbrados a juzgar a posteriori sobre las acciones cuando lo decisivo para esta comprensión de la Etica es tener presente que el valor positivo o negativo de las acciones humanas constituyen su esencia. Como señala Aristóteles “…. Construyendo bien serán buenos constructores y construyendo mal, malos” Aquí esta la clave: “la buena acción es un fin”.

Una cosa es la técnica y otra la ética. No es que sean conceptos contradictorios, pero cuando la técnica se coloca en el plano de la ética, nos encontramos con la siguiente afirmación, radicalmente falsa y fuente de muchos problemas: existe un fundamento premoral de las acciones humanas que permite un espacio de neutralidad en el que pueden alcanzarse consensos carentes de justificación ética. Más bien, lo que demuestra la experiencia universal y la dimensión ética es que la acción humana está radicalmente unida al fin del ser humano en cuanto tal y es en la acción concreta donde se hace patente, o no, esa dimensión humana. Por eso, la teoría general de la acción es la ética misma, porque desde su inicio ha de considerar un fin comprensivo de todas las acciones humanas.

En otras palabras, si al actuar en el ámbito público, lo hiciéramos siempre buscando el servicio objetivo al interés general, otro gallo cantaría. Por el contrario, cuando lo que se persigue es el beneficio económico, el medro personal, la laminación del enemigo o del adversario, la corrupción está servida. Y mientras no mude el fin de la acción u omisión, por muchas normas y procedimientos que se aprueben, seguiremos inmersos en esa lacra social tan difícil de extirpar. Ni más ni menos.

Jaime Rodríguez-Arana Muñoz

Catedrático de Derecho Administrativo

JRA

Política y conflictos de interés

La ordenación del poder hacia el bien de todos es la esencia de la política. Por eso, la sensibilidad ante el bien común es uno de los retos más importantes que tiene planteada la política como quehacer y los políticos como colectivo de personas individuales que son, en definitiva, los responsables de que el bien de todos sea una aspiración que se vaya concretando en la historia.

Es bien conocido que buena parte de los problemas de Ética política se resumen con la apelación al llamado conflicto de intereses. Su propia existencia, que es real, demuestra, una vez más, la necesidad de una sólida formación y de una praxis ordenada en torno a los grandes valores del servicio público y del bien común.

Hoy, no pocos políticos persiguen los «beneficios» económicos que les puede reportar una determinada decisión o actuación. Fundamentalmente porque no disponen de un modo de vida estable y buscan a toda costa encontrar una salida a su precariedad en la actividad pública.

Los políticos, en la medida en que ejercen potestades discrecionales y disponen de información confidencial son los que tienen más posibilidades de anteponer su propio interés al de los ciudadanos. Los conflictos de intereses constituyen el área más común de la problemática que encierran las conductas  anti-éticas.

Efectivamente, el conflicto de intereses puede ser definido como una situación en la que un político tiene un interés privado o personal suficiente para actuar en un determinado sentido en la función pública. Las modalidades son muy variadas. Van desde el llamado tráfico de influencias hasta el amiguismo o nepotismo. Por eso, es menester  establecer normas que impidan a un responsable público trabajar  para una empresa del sector privado a la que, en el ejercicio de sus potestades discrecionales, se le hubiesen otorgado  contrataciones. Si así no fuera, la confianza pública en la integridad e imparcialidad del servicio público será puesta, cuando menos, en tela de juicio.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Ideas, modernidad y centro

En un mundo dominado por el pensamiento bipolar, maniqueo y cainita, por el pensamiento ideologizado, pareciera que todo es cosa de afirmaciones y de negaciones, sin lugar para los matices y para el pensamiento crítico. Sin embargo, precisamos  que la realidad se enriquezca con la aportación de ideas y opiniones libres que representen la pluralidad del espacio público, en modo alguno compuesto por dos solas posiciones.

En decir, cada vez es más urgente que se puedan expresar las diferentes opiniones e ideas que en la sociedad existen sobre los temas más diversos con respeto en un ambiente de difusión y protección del pluralismo.

Probablemente sea una simplificación afirmar que el pensamiento ideológico es el propio de la modernidad, pero puede servirnos para ilustrar lo que pretendo transmitir. La crisis de la modernidad de la que es testigo el tiempo presente, manifestada en las más variopintas circunstancias contemporáneas, es también una crisis de pensamiento, que no podrá encontrar salida adecuada  ni por la vía de una reafirmación ideológica ni por la vía de un edulcorado escepticismo global que en todo caso sería el certificado de defunción de todo progreso político.

La superación de la crisis de la modernidad no parece que pueda venir por la vía de una reinstauración de la modernidad, sino más bien por la de una superación que ha de pasar necesariamente por una profunda reinterpretación del pensamiento, y en concreto también del pensamiento político.

Pero superar la modernidad no puede significar rechazarla. Significa rechazar lo que de la modernidad se ha mostrado insuficiente, estrecho, caduco, reductor. Si es verdad que nunca posiblemente se han producido barbaries mayores que las ahijadas por la modernidad, es también incontestable que la modernidad ha enriquecido como pocas épocas históricas conceptos tan trascendentales como democracia, libertad, derecho, dignidad humana, justicia, igualdad, etc., etc.

La modernidad, en cierta medida, ha estado demasiado pendiente de los corsés impuestos por las ideologías, que, por poner un ejemplo, sólo podían entender libertad como libertad para la clase universal proletaria, libertad para el individuo solo, o libertad para la nación, según partiéramos de principios socialistas, liberales, o nacionalistas.

Situarse en el espacio de centro significa, entre otras cosas, reconsiderar y redifinir todos los conceptos básicos, metapolíticos, sobre los que se asienta la vida política. La doctrina que así se produce no es, sin más, una elaboración genérica sobre los valores en que se asienta la democracia, sino que se muestra cargada de un nuevo sentido que posibilita la regeneración democrática a la que toda la gente de buen sentido aspira, y que la sociedad emergente reivindica.

Es ahí donde debe encontrarse el consenso básico que posibilita nuevos avances y nuevas conquistas para la vida política. Y el elemento básico de ese consenso está en la dignidad del hombre y de la mujer concretos. La afirmación de la dignidad humana es el hallazgo más trascendental de la modernidad. No me estoy refiriendo a exposiciones retóricas, sino por ejemplo, a cuestiones tan concretas, por ejemplo, como el repudio y condena de la tortura, precisamente cuando en nombre de las ideologías estuvo en tantas ocasiones justificada como procedimiento social o político de dominio. Esta es una de las grandes paradojas de la modernidad que, por ejemplo, sigue presente en algunas latitudes que de una manera o de otra siguen con la cantinela de un progresismo o de un liberalismo que está dando sus último coletazos ante la soprendente insensibilidad de la comunidad internacional.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Centros y centro

La cuestión del centro  siempre ha sido un asunto polémico aunque sea sólo por los intereses políticos que se juegan en este espacio político, que no son pocos. Antes, todo el mundo sabía que en nuestras sociedades ganaba quien está en el centro. Hoy, ante el radicalismo, demagogia y  populismo crecientes, ante la pérdida del sentido común y, sobre todo, ante la crisis de los partidos tradicionales, que han defraudado a muchos votantes, parece que el espacio de la moderación, del equilibrio, de la búsqueda de entendimientos, hoy esta desaparecido o no prende en sociedades fuertemente ideologizadas. Por eso conviene recuperar el sentido del centro político, para lo que hay que diferenciarlo de otros espacios que suelen aspirar a ocupar su lugar.

A mi entender, primariamente se puede decir, aunque no es la dimensión más cabal, que el centro tiene una dimensión táctica. En este caso se trata de  situar al centro  entre otras fuerzas políticas. Aquí es fundamental el cálculo y el posicionamiento. El programa que se define de este modo debe estar regido por el cálculo adecuado de equidistancia entre dos fuerzas encontradas que se reparten mayoritariamente las preferencias generales de los ciudadanos. El centro que se origina de este modo es el centro que se puede denominar bisagra, con capacidad para orientar a sus preferencias por un lado u otro del espectro político. La correcta equidistancia es aquí llave para poder -siendo una minoría- jugar un papel decisivo en la conformación de las mayorías parlamentarias o de gobierno.

Otra forma posible de situarse en el centro de la escena política también de una manera táctica sería en la conformación de un centro hegemónico, recogiendo las posiciones tibias o moderadas de los diversos concurrentes a la confrontación electoral, y acercando de este modo el voto de sectores de todas las tendencias. Peyorativamente se le podría llamar a este centro, un centro pastelero, en cuanto que debe contar con la inclusión en sus programas de elementos de todos los demás programas que permitan esa canalización del voto, mediante la identificación siquiera parcial del electorado con el pretendido programa de centro.

Otro centro posible, con base en la referencia ideológica es lo que denominaremos centro de compensación, en el que una fuerza política, ante el dominio hegemónico y durable de otra opuesta, desplaza su posición pretendiendo recoger votos de la otra.

Estos “centros” políticos los denomino tácticos porque se establecen en el juego político del momento y son deudores de las posiciones políticas de referencia, ya que con respecto a ellas se establecen.

Se podría hablar por otro lado de falsos centros. Uno de ellos sería el centro como coartada. Formaciones políticas extemporáneas, formaciones políticas que no encajan en el sistema, formaciones políticas de oportunidad, de programa y sin discurso, se autocalifican como formaciones de centro. Se trata en este caso de políticos que se acogen a una supuesta indefinición del centro político, para adscribirse a él y librarse de la necesidad de elaborar un discurso o de dar cuenta de la propia situación política.

Cabe otra forma de centro falso. Sería lo que podríamos denominar centro excéntrico. Se produce este cuando la formación política asegura estar en el centro entre otras dos formaciones que no constituyen una referencia objetiva y válida para ella. Es el caso, por clarificar esto, de determinadas formaciones nacionalistas en España que afirman estar en el centro por no participar en la confrontación que de vez en cuando se establece entre las principales formaciones políticas nacionales, cuando es obvio que tal cosa sucede porque miran unos al interés general de España y los otros sólo el interés particular de su nacionalidad.

Podríamos hablar también de un centro estratégico, el centro que busca el espacio en el que se producen las mayorías, el centro que se establece donde confluye el sentir mayoritario de la gente. Aun  admitiendo las virtualidades que acompañan a esta concepción del centro, me parece todavía insuficiente.

La concepción que defiendo del centro es la de un nuevo espacio político que se sustenta en una concepción del ser humano, de la sociedad y de la democracia, deudora de los ideales ilustrados pero que pretende superar de algún modo las coordenadas del pensamiento de la modernidad, asumiendo sus valores, pero depurándolo de sus contenidos dogmáticos. Un espacio que ojala prenda en nuetras sociedad para que los asuntos del interés general se resuelvan con mente abierta, metodología del entendimiento y sensibilidad social. Algo que precisamos como agua de mayo para que la política recupere el prestigio perdido y se pueda volver a contar con personas que vayan a aportar a esta noble actividad y no a vivir o enriquecerse del arte de atender a los intereses generales.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

El centro

A poco que se conozca de historia del pensamiento político se entenderá bien la siguiente afirmación: siempre ha existido la idea de un centro, idea que tiene su correlato inmediato precisamente en la de equilibrio, moderación, en la que siempre cabe distinguir, más o menos explícitamente, una derecha o una izquierda referidas precisamente al centro.

Desde el punto de vista de la filosofía,  el centro no es sólo el punto de referencia, sino el origen de la derecha y la izquierda y la causa de su división. En este sentdo, el centro es lo justo y aquello a lo que debe ajustarse todo lo relacionado con él, constituyendo su existencia una garantía contra los excesos, la ideología cerrada, el populismo o la demagogia, hoy tan presentes en tantas latitudes.

En alguna medida la explicación del centro desde la filosofía política nos demuestra que como espacio político representa la necesidad de certificar el ocaso de las ideologías cerradas y de volver a pensar la política desde posiciones liberadas de aprioris y dogmas que han lastrado durante décadas a muchas generaciones de políticos e intelectuales.

Desde nuevas coordenadas geométricas es menester superar la idea de centro como punto equidistante de la derecha y la izquierda para levantar un nuevo edificio político que registre la defunción  de la hegemonía tecnoestructural y la emergencia de un nuevo espacio político impregnado de humanismo y de una nueva dimensión del poder entendido como la concertación articulada de las libertades de los ciudadanos y no como una institución que reside en la cúpula o el vértice y que, de ahí, se extiende hacia la comunidad.

Hoy más que nunca, frente a los totalitarismos, de uno u otro signo, algunos  con piel de cordero  y otros de forma palmaria, es menester recuperar formas de estar y hacer política que devuelvan la confianza y el prestigio perdidos a esta noble actividad. Un actividad hoy dominada por una mediocridad inquietante, por una no pequeña dosis de resentimiento y,lo más grave, por una ausencia de compromiso genuino con la mejora de las condiciones de vida de las personas.  Asi nos va.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

La actividad política y el centro

 El tiempo que vivimos es desde tantas perspectivas un tiempo de incertidumbre, de sorpresas, de zozobras, de cambios y transformaciones acelerados. También en la actividad política, en la que se echan en falta formas más abiertas y respetuosas de enfocar las cuestiones públicas y de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Estos días de elecciones lo comprobamos meridianamente. Con ocasión de la campaña electoral en la que estamos sumidos en este tiempo lo comprobamos a diario.

      El entendimiento brilla por su ausencia. El entendimiento como método supone el derroche de energías necesario para superar el enfrentamiento o la imposición como sistema. La generosidad de ese esfuerzo para convenir con los agentes políticos, los sectores de población, los variados intereses que se entrecruzan en la vida de la sociedad, recibe su fuerza de la estructura constitutiva de la persona: de su carácter racional, de su condición afectiva, de su naturaleza social en definitiva. En el fondo, se trata de combatir la tentación de los hábitos autoritarios todavía tan presentes en el escenario de la resolución de problemas, sea en el mundo privado o público.

Tambien la solidaridad brilla por su ausencia. Precisamos una una actitud solidaria genuina, no un mercadeo de solidaridad,  que se deriva de poner al ser humano, a las personas, a la gente, en el centro de interés de toda acción política o social, y que conducirá necesariamente a buscar las soluciones y a orientar las actuaciones en los ámbitos de la cooperación, de la convivencia y de la confluencia de intereses. La dignidad humana es la clave y la fuerza que da sentido a esta apremiante necesidad de “democratizar” la democracia o de “liberar” la libertad.

Además, es menester practicar una mentalidad abierta a la realidad que se muestre plural, dinámica, multifacética, compleja, y que traiga consigo la desconfianza hacia las fórmulas simplistas o simplificadoras, demagógicas,  y el rechazo de las preconcepciones de la organización social tan claras y tan sabidas que, en su esfuerzo por conformarla a su manera, acaban por liquidarla.

Pues bien, estas coordenadas definen el marco de una acción política que se podría  denominar centrista, hoy tan necesaria en nuestro país,  y que no hace referencia a una posición táctica o estratégica, ni siquiera a un posicionamiento en el espectro ideológico o en el arco político, sino que quiere significar un modo de entender la política centrado en la persona, en el respecto a su condición plural, dinámica y multidimensional, y en la búsqueda de acciones cooperantes y de integración mediante el diálogo. ¿Por qué será que cuesta tanto que arraiguen espacios políticos de estas características entre nosotros?.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA