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Partidos políticos y crisis(I)

Una de las causas de la actual desafección que caracteriza la posición de los ciudadanos en relación con la política tiene que ver, y no poco, con la actividad,  estructura y organización de los partidos. En efecto, la jerarquía y la verticalidad dominan la escena de la vida partidaria. El que manda o los que mandan imponen sus puntos de vista, muchas veces sin la participación de la militancia, que ordinariamente es “invitada” a compartir decisiones predeterminadas. La elaboración de las listas electorales de cara a los comicios lo acredita en todas las formaciones, también, quien lo hubiera imaginado tras las proclamas regeneradoras, en las  más recientes.

Los partidos deben regirse por los principios de la democracia, tal como exige nada menos que la Constitución de 1978. Algo, a día de hoy,  como todos sabemos,  lejos de ser una realidad. Probablemente porque los dirigentes no están excesivamente comprometidos con la transparencia, con la promoción de la  libre expresión de los militantes en relación a determinadas cuestiones polémicas en las que puede haber diversos puntos de vista. Hoy, guste poco, mucho, o nada, los partidos tienden a ser organizaciones pétreas, monolíticas, dirigidas, única y exclusivamente, a alcanzar el poder sin otras consideraciones. No se admiten, ordinariamente, las diferencias y, por ejemplo, se evita cómo se puede que se expresen ideas o argumentos contrarios a la posición oficial, a veces ajena a  la propia identidad de la formación. Por eso los partidos están en crisis, por eso cada vez tienen menos apoyos y, por eso, los nuevos movimientos y formaciones, a pesar de que adolecen de las mismas patologías,  han conseguido transmitir un mensaje regeneracionista que en boca de los tradicionales a estas alturas resulta poco creíble.

Un partido político en el que todos piensan lo mismo y lo repiten acríticamente a pies juntillas, sin debate y sin contrastes, refleja una organización autista, incapaz de debatir. Lo que se observa, a uno y otro lado del espectro político, es un ejercicio de sumisión que  contribuye a conformar la política como una actividad de fuerte sabor autoritario, al menos en lo que se refiere a los criterios de acción de los dirigentes de los partidos políticos. Una actividad, así considerada,  centrada sobre sí misma, aislada de la realidad social porque lo único importante son las cuestiones del poder. En este contexto no es de extrañar que formaciones que plantean, aunque sea demagógicamente y sin expresión real, nuevas fórmulas y más participación estén recibiendo mucho apoyo popular mientras las estructuras tradicionales,  en manos de dirigentes autistas, son incapaces de reconocer la realidad. No hay más que echar una ojeada al mundo que vivimos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Reformismo y centro político (I)

La reforma y el centro político son dos caras de la misma moneda. Por una razón poderosa, porque ambas cualidades de la actividad política tienen como presupuesto esencial el trabajo sobre la realidad y la dignidad del ser humano.

En efecto, las políticas centristas son políticas de progreso porque son políticas reformistas. Podría interpretarse, ahora que las aventuras revolucionarias han perdido todo su prestigio en nuestro entorno, al menos en lo que se refiere a sus dimensiones no románticas, que todas las posturas políticas han adaptado su discurso y su proyecto político a los ritmos y las características de las políticas reformistas. Esto es un derivado necesario de la realidad social, económica y cultural de nuestras sociedades. Sin embargo cabría, bajo estas apariencias, la proyección de políticas que pretendieran un cambio desde la raíz pero realizado a plazos. El reformismo auténtico, según mi parecer, parte de una aceptación sustancial de la realidad presente. En nuestra sociedad atesoramos hoy valores muy profundos que deben ser enriquecidos con nuestra aportación. El legado de nuestros mayores, es el mejor que supieron y pudieron dejarnos. Bien como producto de su saber o de su ignorancia, bien de su iniciativa o de su pasividad, de su rebeldía o de su conformismo. Pero ellos, al igual que nosotros, se vieron movidos indudablemente por la intención de dejar a sus hijos la mejor herencia posible.

Pero esta aceptación no es pasiva ni resignada. Lejos de actitudes nostálgicas o inmovilistas, las estructuras humanas se nos presentan como un cuadro de luces y sombras. De ahí que la acción política se dirija a la consecución de mejoras reales, siempre reconociendo la limitación de su alcance. Una política que pretenda la mejora global y definitiva de las estructuras y las realidades humanas sólo puede ser producto de proyectos visionarios, despegados de la realidad de la gente. Las políticas reformistas son ambiciosas, porque son políticas de mejora, pero se hacen contando con las iniciativas de la gente –que es plural- y con el dinamismo social.

El reformismo político tiene una virtualidad semejante a la de la virtud aristotélica, en cuanto se opone igualmente a las actitudes revolucionarias y a las inmovilistas. No se trata de una mezcla extraña o arbitraria de ambas actitudes. Es , en cierto modo, una posición intermedia, pero sólo en cierto modo, porque no se alinea con ellas, no es un punto a medio en el trayecto entre una y otra. Es algo distinto, y bien distinto.

La política inmovilista se caracteriza, como es obvio, por el proyecto de conservación de las estructuras sociales, económicas y culturales. Pero las políticas inmovilistas admiten, o incluso reclaman cambios. Ahora bien, los cambios que se hacen, se efectúan -de acuerdo con aquella conocida expresión lampedusiana- para que todo siga igual. El reformismo, en cambio, aún aceptando la riqueza de lo recibido, no entraña su plena conformidad. De ahí que se desee mejorar la herencia recibida efectivamente, no haciendo cambios para ganar una mayor estabilidad, sino haciendo cambios que representen o conduzcan a una mejora auténtica –por consiguiente, a una reforma real- de las estructuras sociales, o dicho en otros términos, a una mayor libertad, solidaridad y participación de los ciudadanos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Reformismo y renovación democrática

Las encuestas, de diverso orden y procedencia, acerca de la opinión de la gente en relación con la política y los políticos, coinciden en poner de manifiesto la profunda distancia que existe entre la ciudadanía y los cuarteles generales de las diversas formaciones partidarias. Algunas encuestas, en España por ejemplo, sitúan la política como uno de los problemas más graves que aqueja a la sociedad actual. Los políticos y la política suelen ser con leves oscilaciones uno de los más grave para los españoles. Si a eso añadimos que la crisis económica y financiera que recorre el mundo trae causa, entre otras, del deficiente funcionamiento de los entes de regulación, integrados en muchas latitudes por domésticos y dependientes del poder, el malestar actual con la denominada clase política encuentra alguna explicación.

Por otra parte, el gobierno del poder judicial más o menos según momentos determinados se ha entregado a los políticos, que dominan un escenario en el que la sumisión partidaria e suele ser en muchos caos, no en todos por supuesto, requisito fundamental para alcanzar estas altas responsabilidades, tal y como también acontece, de otra manera, en el poder ejecutivo y en el poder legislativo. Es decir, en lugar de Estado de Derecho vivimos en un Estado de partidos, cuyas tecnoestructras tienen en sus manos el destino de los poderes del Estado. A diario lo constatamos, también ahora.

En este ambiente, es muy difícil, aunque no imposible, que las reformas y la renovación que precisamos procedan del interior de los partidos porque sus dirigentes no parecen dispuestos a renunciar a los privilegios de los que disponen y a un status quo que les permite nombrar legiones de cargos.  Hoy es menester quebrar esa partitocracia que ahoga las iniciativas sociales que podrían aportar la vitalidad de la realidad a un mundo dominado por el oficialismo y la artificialidad. En una palabra, por la obsesión por el mando y por el poder.

Hoy precisamos democratizar la democracia, renovar  el  sistema democrático porque la acción política no se agota en los partidos y porque se precisa movilizar a la sociedad civil a partir de proyectos culturales impregnados de una cultura política y cívica participativa centrada en la de la dignidad del ser humano.

La renovación que se precisa para abrir la participación política, para erradicar las listas cerradas y bloqueadas, para impulsar procesos de mayor participación social en la determinación del interés público y del interés general, reclama personas ilusionadas con la misión de servir a la sociedad más que en servirse del poder para permanecer como sea. El tiempo pasa.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es

JRA

Democracia, relativismo, pluralismo

Democracia y relativismo, Democracia y pluralismo, son binomios importantes para desentrañar la crisis en que se encuentra, hoy este sistema político. Es muy conocida la tesis de que es imposible la verdad absoluta y de que todo es provisional y temporal, porque afirmar una verdad como algo absoluto es una manifestación de intolerancia cuando no de fanatismo o de fundamentalismo. Es el relativismo, el tan traído y llevado relativismo, que tan bien cae en la época presente, que tantos amigos tiene y que, sin embargo, si no me equivoco, está en la misma base de la crisis actual. El relativismo, sin embargo, tampoco es, o puede ser, algo absoluto. Es más, como señaló Ortega y Gasset, el relativismo es una teoría suicida porque cuando se aplica a si misma, se mata. Lo cierto, por sorprendente, es que el relativismo se aplica selectivamente. En efecto, pocos tolerarían que el pensamiento relativista se extendiera a la ciencia experimental o a ciertas normas imprescindibles de justicia y civilidad.

Tras el relativismo, el permisivismo: el «todo vale», «prohibido prohibir». Pero, ¿ todo vale ?, ¿ no se puede prohibir nada ?. ¿ Es posible seriamente este    planteamiento ? Parece obvio que el relativismo tiene evidentes límites como los tiene la tolerancia. En la práctica hay límites, hay prohibiciones: en Alemania se prohíben los actos públicos de grupos neonazis, por ejemplo, y nadie sensato puede pensar que se trata de un acto irresponsable. En fin, el propio Isaias Berlin aceptaba que el relativismo no puede ser absoluto y que, en virtud del relativismo no se pueden justificar todas las posturas, incluso las que suponen en si mismas atentados evidentes a los derechos humanos como la actitud de Hitler frente a los judíos. Por eso, no todo es relativo. No lo puede ser, es imposible. De ahí que el propio Berlin lleguase a afirmar que no conocía ninguna cultura que carezca de las nociones de lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. Existen valores universales. Es decir, existe la verdad objetivamente considerada como existen unos criterios racionales y universales que permiten juzgar los actos humanos. El propio autor de «El nombre de la Rosa» no hace mucho reconocía que para ser tolerante hay que fijar los límites de lo intolerante. Si solo vivimos en un mundo de preferencias o buenos sentimientos, y no de verdades, ¿en qué podemos basarnos para afirmar que hay opiniones que todos han de reconocer como intolerables, con independencia de la diversidad de culturas o creencias?.

En este marco, el famoso sociólogo francés Touraine escribió en  «Crítica de la Modernidad», que la revolución de los sesenta del siglo pasado fracasó porque, ¿ cómo es posible decir que todo vale, que prohibido prohibir, o que hago con mi cuerpo lo que quiero, si vivimos en un mundo en el que hay prohibiciones efectivas ?. Es el fracaso de la «Modernidad» del que también ha escrito Sebreli en «El asedio a la modernidad». Para este autor, si vale todo, vale la razón del tirano, la del torturador, o la del extorsionador o la del corrupto, algo ciertamente inaceptable. Tan inaceptable como aceptadas son hoy algunas prácticas laborales que todos conocemos pero que tanto nos callamos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Prejuicios

Uno de los campos en que todavía a día de hoy dominan un sinnúmero de prejuicios ideológicos es el de la educación. En efecto, la libertad educativa, a pesar de los pesares, no se comprende por quienes tienen dilatadas las pupilas del conocimiento por el pensamiento único. Con frecuencia, confunden la obligación del Estado de facilitar a la ciudadanía los modelos educativos posibles con la segregación, con la promoción de la discriminación. Sin embargo, la Constitución es bien clara: los poderes públicos deben promover las libertades y la igualdad y remover los obstáculos que impidan su realización. Y en materia educativa, se reconoce el derecho fundamental de los padres a que sus hijos se eduquen en escuelas de acuerdo con sus preferencias morales o religiosas.

Promover la libertad educativa sería lisa y llanamente facilitar que cualquier padre pueda elegir la escuela de su preferencia para sus hijos. Sea pública, privada, en régimen de coeducación o de inspiración diferenciada. Para ello existe el llamado cheque escolar, una ayuda pública para hacer posible la libertad. Que tal medida pueda dejar en mal lugar a la educación pública porque los padres mayoritariamente prefieran escuelas privadas para sus hijos no debe invalidar este sistema. Si la educación pública no es la preferida por los padres, lo que hay que hacer es mejorarla. Y no se mejora potenciando los privilegios de los sindicatos, desincentivando a los directores o impidiendo la autonomía de los centros.

Por ejemplo, en el Estado de Washington, a pesar de los intentos de los inmovilistas, el cheque escolar sigue su camino desde 2004. Miles de alumnos se han beneficiado de un modelo educativo que fomenta la libertad de elección y que, dónde las autoridades educativas están comprometidas con la mejora, propicia que la educación pública salga de ese letargo de burocratización y politización bajo el que acampan y se aproxime a parámetros de calidad y excelencia.

En contra de lo que el pensamiento oficial nos dice, resulta que donde se aplica, el cheque escolar, en las antípodas del elitismo, favorece, y de qué manera, a las familias de escasos recursos económicos. El caso de Washington, en el que los enemigos de la libertad han vuelto a perder, demuestra que estos padres, los que menos tienen, consiguen llevar a sus hijos a centros privados y parroquiales en los que la educación es de mejor calidad. La experiencia de este Estado de los EEUU acredita también, al menos así lo demuestran las encuestas, que la educación pública por vez primera en diez años empieza a mejorar. La competencia, cuando es sana, razonable, mejora los servicios.

Para terminar, unas sencillas pregunta: ¿por qué por estos pagos tenemos tanto miedo a la libertad?. ¿Por qué no se permite que los padres elijan de verdad?. ¿Por qué se evita que los padres de escasos recursos puedan aspirar a una mejor educación para sus hijos?. En fin, ¿por qué tanto interés en que la educación pública siga en los parámetros de calidad que todos conocemos?. ¿No es mejor fomentar la libertad: que cada uno elija lo que mejor le parezca en un contexto de pluralismo?.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es

JRA

Ideologías cerradas

La vigencia de las ideologías cerradas, ahora bajo formas de radicalismo reivindicativo, está más viva que nunca.  La pretensión de imponer unilateralmente  modelos teóricos  sobre la realidad ya hemos visto dónde nos ha conducido en la Europa del siglo pasado. A pesar de ello, el neototalitarismo de uno u otro signos, escondido en buena parte de los nuevos movimientos que aspiran a derribar la política tradicional, es quien lidera la lucha contra las injusticias de la globalización y, sobre todo, quien aspira, a través del uso fraudulento de las instituciones de la democracia liberal, a implantar un nuevo totalitarismo.

El nacional-socialismo, erradicado felizmente de la faz de la tierra, reaparece, en lo que atiende a la doctrina sobre la nación y la raza, bajo los nacionalismos radicales que pretenden liberar a la nación de una opresión que artificialmente se crea, con ocasión y sin ella. Y, por otra parte, el comunismo y el marxismo se encuentran bajo la piel de algunos movimientos que están sabiendo hábilmente manejar el descontento reinante hacia formas de protesta que van dirigidas a donde todos sabemos.

La demagogia, gracias a la mala administración y gestión de los asuntos del interés general, vuelve por sus fueros  porque la capacidad de sometimiento del pueblo a los dictados de la poderosa tecnoestructura que se ha apoderado del poder, ha empezado a hacer agua. El poder es del pueblo, de todos y cada uno de los ciudadanos. En ellos reside y en ellos está su justo título. Que el poder se haya confiado temporalmente a los políticos  para que se use para la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, no quiere decir que el poder  pueda ser objeto de apropiación de la llamada clase política. Hoy, sin embargo, este fenómeno nos indica hasta qué punto conviene regresar a las bases éticas de la democracia, tan  desconocidas en la realidad, como afirmadas en la retórica política.

En efecto, seguimos dominados por la estela de las viejas políticas, por las políticas del odio y el resentimiento, las políticas anti, políticas dirigidas a derrocar como sea al adversario Se trata, sencillamente, de la hegemonía del pensamiento único, del autoritarismo intelectual:  de  la nueva moda a la que lleva esa dictadura de lo políticamente correcto tan del gusto de quienes se sienten convocados por una especial llamada a imponer los dogmas de esa nueva política que donde gobierna no hace más que dividir, etiquetar y fraccionar al pueblo. Pero de gestionar el espacio público para todos y sobre todo para la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, nada de nada. No hay más que ver la calidad de la gestión de algunos servicios públicos en determinados espacios territoriales para entender lo que hay detrás de las ideologías cerradas. Mucho ruido y pocas nueces.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

jra@udc.es

JRA

El entendimiento

Una de las características que mejor define los sistemas ideológicos cerrados que protagonizaron buena parte del siglo pasado, y que tanto daño provocaron a tanta gente, es el enfrentamiento como metodología de acción política. En efecto, estos sistemas pretendieron aplicar unilateralmente a la realidad determinadas teorías inspiradas en esquemas ideológicos conformados de forma abstracta que se aplicaron mecánicamente, sin contraste, a la realidad con las consecuencias que todos conocemos Incorporaron a su núcleo doctrinal el enfrentamiento como método, lo que significó, obviamente, confrontación, desencuentro y búsqueda de lo que diferencia y separa por encima de todo.  Pues bien, hoy de nuevo, a veces por causa de la corrupción provocada por los partidos tradicionales, a veces ocasionada por la ausencia de convicciones firmes en la actuación pública, presentes, muy presentes en el ámbito político de tantos países entre los que España no es excepción.

En este ambiente, las normales y lógicas discrepancias inherentes a la vida política se convierten en el centro sustantivo de la vida democrática, desvirtuándola y desnaturalizándola gravemente. Sobre todo cuándo semejante esquema de contrarios y oposiciones se aplica, con ocasión y sin ella, a todos los aspectos de la vida política,  económica y social.

Nuestra experiencia política reciente, la transición política a la democracia, demuestra hasta la saciedad que tal esquematización maniquea es tan falsa como la clasificación de los partidos políticos entre buenos y malos. Con procedimientos de análisis de este corte, que divide a la sociedad entre  tirios y troyanos,  la persona queda subordinada a su ubicación en el espectro ideológico. De esta forma, se olvida  lo más importante, que las personas normales reclamamos es que los dirigentes se ocupen fundamentalmente de hacer posible un ambiente político y social en el que se pueda ejercer la libertad solidaria.

Resulta en verdad dificil en una sociedad democrática pretender la disyuntiva que algunos plantean a los ciudadanos cultos e informados de cualquier sector: o eres de los nuestros o estás contra nosotros. En cambio, cuándo las personas son la referencia del sistema de organización político, económico y social, entonces aparece un nuevo marco en el que la mentalidad dialogante, la atención al contexto, el pensamiento reflexivo, la búsqueda continua de puntos de convergencia y la capacidad de conciliar y sintetizar sustituyen a la obsesión por el enfrentamiento.

El método del entendimiento, que tan buenos resultados arroja cuando se practica sin prejuicios, y cuando se funda y explica sin miedo, es menester que vuelva a presidir la vida política, pues, de lo contrario, nada bueno puede derivarse de esa perversa manía de cerrar puertas y abrir heridas que ahora, desgraciadamente, ha vuelto a tomar protagonismo. Precisamos que el método del entendimiento, compatible, solo faltaría, con las diferencias, a veces incluso graves, sustituya en la substanciación de la vida democrática a las bipolarizaciones dogmáticas y simplificadoras del pensamiento único, estático y cerrado que vuelve de nuevo por sus fueros.

Para la política ideologizada lo primario y principal son las ideas, para la política moderada lo relevante son las personas. Es verdad  la afirmación tan frecuente de que todas las ideas son respetables mientras no lesionen la dignidad humana. Claro que sí, pero a quien es debido el respeto fundamentalmente es a la persona. Y para expresar la fe democrática ante las opiniones, me parece más acertada la formulación de aquel político inglés que rechazando desde la raíz las convicciones de su adversario, colocaba incluso por encima de su vida el derecho del contrario a defenderlas.

Las ideas son fundamentales en la vida política. Por supuesto. Pero quienes la enriquecen, o la empobrecen son las personas que las sustentan. Quizás no este en los grandes sistemas de ideas la solución a los variados y complejos problemas con que se enfrenta quien está en política sino en la prudencial aplicación de los criterios de análisis a cada situación contraria. Y esta tarea de de aplicación será en verdad prudencial probablemente si tiene en cuenta a las personas, si tiene bien presente la dimensión instrumental de los sistemas de ideas sociales y políticas. Si se trabaja desde la centralidad del ser humano, principio y fin de la acción pública.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

La razón y el mercado

Seguramente, una de las cuestiones que más preocupa a los teóricos de la política, es la de la incidencia del Mercado, o del Estado, en la democracia. El Estado abierto y plural al que aspiramos va quedando atrás mientras se gobierna, cada vez más perceptiblemente, desde esquemas de pensamiento único alejados de las preocupaciones reales de la ciudadanía en un intento, suave en las formas pero radical en su contenido, de un nuevo intervencionismo que busca el control social y la perpetuación en el poder.

Por lo que se refiere al Mercado, tendríamos que empezar reconociendo que es fundamental la existencia de posibilidades de elección lo que, al menos teóricamente, garantiza un sistema de intercambios voluntarios. El problema es que el Mercado no es la fuente de los derechos ni esa panacea que todo lo arregla. Es, como señala atinadamente Amartya Sen, una institución más entre un buen puñado de ellas, importante, por supuesto, pero ni la única relevante ni, por supuesto, la más importante. En este contexto, hemos de tener presente la aspiración a la democracia global que supone, entre otras cosas, la existencia de espacios mundiales de deliberación pública en los que a través de la racionalidad y la centralidad del ser humano se puede influir para que las versiones de pensamiento único, tanto del mercado como del Estado, se abran a perspectivas más plurales y más solidarias.

Promover el razonamiento público crítico es cada vez más importante si es que de verdad queremos que las decisiones políticas y económicas sean cada vez más justas y solidarias. Es más, gracias  a la emergencia de este nuevo instrumento mundial para fortalecer la democracia, instituciones multilaterales del orden internacional han debido ir, poco a poco, modificando alguna de sus políticas económicas, lo que años atrás era, sencillamente, impensable.

La libertad de prensa juega un gran papel en la creación de un espacio abierto y libre de deliberación pública a nivel mundial. Junto a ella, las nuevas posibilidades que hoy ofrecen las nuevas tecnologías, están propiciando un escenario para el debate en numerosas weblog que permiten  aflorar opiniones y puntos de vista que no tienen acceso a los medios tradicionales de comunicación quizás por no someterse a los dictados del pensamiento único, al pensamiento política y eficazmente correcto.

Hoy cada vez está más cerca la posibilidad de que todas las personas que quieran contribuir a que la globalización  sea más justa y equitativa puedan hacerlo. La clave está en que los que toman las decisiones sean más partidarios del pensamiento plural, abierto y compatible y estén menos presos de esa obsesión por el dinero, el poder, el placer o la notoriedad, tan presentes y con tantos seguidores en este tiempo.

Un becario alemán de una institución financiera de la city londinense fallecía no  hace mucho tras encadenar, nunca mejor escrito, una jornada de trabajo de 72 horas seguidas. Este mercado, guiado por la maximización del beneficio en el más breve plazo de tiempo posible, conduce  a situaciones como esta. Unas veces trascienden a la opinión pública, pero la mayor parte de las veces pasan ocultas porque desprestigian un sistema inhumano, insolidario, manejado por unos pocos para unos pocos.

Mientras  la razón y la sensibilidad social no impregnen también dentro del marco del beneficio, solo faltaría,  la lógica del mercado, seguiremos sin salir de la crisis. Para ello es menester trabajar sobre los fundamentos del orden económico, político y social. Y sobre todo, que las convicciones sobre la centralidad del ser humano sean firmes y coherentes. Si resulta que también son negociables o susceptibles de transacción, aviados vamos. ¿O no?.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

JRA

El centro y la izquierda (III)

Pero ¿qué es la izquierda? Eso es lo que no queda de manifiesto por ninguna parte a lo largo de su artículo. Cierto que no se pretende allí definir tal cosa. Pero si se pretende hilvanar el discurso de fondo que sostiene su análisis, lo único que se encuentra es un ovillo deshilachado, dirigido -al parecer- al consumo interno de los militantes de izquierda.

Sin embargo hoy el discurso de buena parte de la izquierda parece pendiente tan sólo del color ideológico. A su adversario no cabe reprocharle que destruya puestos de trabajo, que ponga la Seguridad Social en bancarrota, que dificulte o dinamite el diálogo social, que enmascare la corrupción, que menoscabe las libertades ciudadanas, no cabe reprocharle tales barbaridades, pero basta con poder echarle en cara el ser de “derechas”, el colmo de todos los males, frente a una “izquierda” que fue, que es y que será -por mucho que pretenda cambiar, y lo consiga o no- la agregación de todos los bienes.

Este es -a mi juicio- el a priori mejor conservado por la izquierda, su patrimonio más celosa y fervientemente conservado: el nombre. Pero lo que significa pertenece al arcano. Los que se denominan de izquierdas y se apuntan a este tipo de discurso nominalista seguirán discutiendo sobre siglas, mientras la conciencia social nos exige eficiencia en la gestión, rigor y coherencia en el discurso y claridad en las cuentas. La apuesta por el centro me parece, se centra en esos objetivos, sin alharacas ideológicas que muchas veces no esconden más que lo que presentan: palabras, palabras.

¿Qué representa la izquierda? Desde luego que la lucha por la justicia, y la justicia incluye la igualdad. Ciertamente no el igualitarismo, es decir, a estas alturas no se trata de que todos tengan lo mismo. Se trata más bien de que haya una distribución proporcionada de la riqueza y de que unos pocos no acumulen todo, dejando en la indigencia a todos los demás. Pero la izquierda es también la capacidad de innovación y de cambio y de adaptación a las nuevas circunstancias económicas, respetando la iniciativa de los ciudadanos.

La izquierda representa también la libertad. Podría afirmarse que izquierda es libertad, porque nadie tiene un compromiso tan importante con la libertad como la izquierda. Porque la libertad no puede confundirse con sus sucedáneos. Y fuera de la izquierda lo que se puede encontrar son apariencias de libertad -no la libertad auténtica- que se defienden por ignorancia o por mezquinos intereses personales o de grupo. La izquierda significa también la protección del débil, del desamparado, del desprotegido, frente al opresor y al abuso del poderoso. Cuando desde fuera de la izquierda se dice defender lo mismo, lo único que se está haciendo es engañar, defraudar espectativas para asegurarse clientelas.

La izquierda significa el progreso, el avance social y económico, frente al conservadurismo, el retroceso, la defensa del interés de los ricos, que representan las formaciones que no son de izquierdas.

Con estos supuestos desde luego que es innegable que la inmensa mayoría de los españoles son de izquierdas, y probablemente la parte más importante de esa mayoría sin saberlo. Yo mismo era de izquierdas y no me había enterado.

Es más, creo que podría ir más lejos y decir que quien no es de izquierdas -siendo eso la izquierda- es un inconsciente, un insolidario, un incivil, incluso –si fuera capaz de decirlo sin que sonara agrio- un imbécil. Empleando el lenguaje de algunos izquierdistas afirmaría, para resumir, que es de derechas. Porque ¿qué queda para la derecha? Pues el resto: la injusticia, el abuso, el autoritarismo, la involución, el atraso, el neanderthal.

La izquierda -lo digo con el mayor respeto a quienes han empeñado su vida en sus ideales, pero también hacia quienes han sufrido las mayores injusticias en su nombre- no es sino una palabra poética, llena de sugerencias para los que militan en sus filas. Pero el trasunto de esa palabra, su sustancia, está en las soluciones, en los programas, en los métodos. Y ahí, en ese terreno, ¿dónde está la diferencia? Quien no pueda responder cabalmente a esa pregunta que deje de importunar a quienes no somos de izquierdas con el discurso eterno de la derecha imaginaria y la izquierda beatífica.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Centro y libertad solidaria

El espacio de centro se sustenta en una concepción del ser humano, de la sociedad y de la democracia, deudora de los ideales ilustrados pero que pretende superar de algún modo las coordenadas del pensamiento de la modernidad, asumiendo sus valores, pero depurándolo de sus contenidos dogmáticos.

No hace mucho, en un coloquio sobre esta cuestión, alguno de los concurrentes expresó la idea de que en realidad no hay partidos de centro si no hombres y mujeres de centro. Ciertamente esta idea se encuentra cargada de sugestiones, pero no la comparto definitivamente. Sin embargo, creo que en ella se aprecia una intuición acertada del sentido del centro al que me refiero. Porque efectivamente las políticas de centro que aquí propugno, tienen –o pretenden tener- una base conceptual, un fundamento antropológico. Los sujetos últimos de la vida política son los hombres y mujeres singulares. Son sujetos últimos activos porque es su compromiso o su indiferencia, su capacidad o sus carencias, quienes en definitiva –con todas las matizaciones que se quieran- conformarán el ser de la sociedad, sus estructuras, sus lastres, su dinamismo… Pero también son sujetos últimos pasivos –si se puede hablar así- porque serán esos mismos hombres quienes padezcan o disfruten el resultado de las acciones de los demás conciudadanos, entre los que ellos mismos se cuentan. Por eso me parece que una de las expresiones que mejor definen las políticas de centro, es la que afirma que el centro es o está en la persona. A mí me trae –con todas las matizaciones a las que haya lugar- resonancias de aquella expresión de Kant, el teórico de la Ilustración, cuando decía que nunca nuestras acciones han de tomar al hombre como medio, sino siempre como fin. Y ahí está la clave de estas políticas.

En efecto, es el individuo el sujeto de la política. Pero no el individuo del liberalismo doctrinario, entendido como un sujeto humano completo plenamente libre, autónomo e independiente, sino como un individuo que se humaniza progresivamente a lo largo de su existencia con su compromiso libre a favor de sí mismo –de su libertad y de sus capacidades- y a favor de sus convecinos y conciudadanos. De ahí que los objetivos últimos de la acción política sean la libertad y la participación, protección, la defensa y la promoción de la libertad solidaria.

Comprometerse en una política así concebida obliga a poner en ejercicio lo mejor de nuestra humanidad, hacernos humanos en el sentido más amplio de esta expresión, aspirando, de acuerdo con la pretensión socrática, a aquel conocimiento, a aquella acción, a aquella política, que son propias -las apropiadas- del ser humano. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo

 

JRA