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La vuelta al centro

El espacio del centro es dinámico, en permanente evolución, porque el centro no es una estación de llegada, sino un camino caracterizado por la mentalidad abierta, la metodología del entendimiento, la sensibilidad social y la centralidad de la dignidad humana en el que se trabaja desde la realidad y con la razón. El espacio del centro es el espacio de la política, el de la mejora de las condiciones de vida de las personas, no el de una amorfa e insensible gestión administrativa acortanada, artificial, que solo aspira a permanecer como sea en la cúpula.

Hoy es menester la vuelta al centro, más allá de frases y eslóganes, pues necesitamos como agua de mayo regresar al compromiso radical de defensa de los derechos fundamentales de las personas en un ambiente de respeto, de búsqueda de acuerdos y de búsqueda real del interés general.

El compromiso con el centro político es una llamada a una auténtica participación social en el debate público, participación que no significa necesariamente participación política militante o profesional, sino participación política en el sentido de participación en el espacio colectivo, de intercambio de pareceres, de interés por la cosa pública, de participación en la actividad social en sus múltiples manifestaciones, de acuerdo con nuestros intereses, implicándose consecuentemente en su gestión con los criterios de moderación y de conocimiento

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Este giro al centro tiene que significar ante todo un cambio ético que vaya dirigido a hacer reales los postulados del Estado de Derecho, hoy secuestrados por ciertas minorías que lo usan para disfrutar de sus posibilidades al margen del pueblo y de los intereses generales. Para ello, si de verdad se busca el centro político, habrá otra vez que recordar los pilares sobre los que descansa.

En primer lugar, una mentalidad abierta a la realidad y a la experiencia, que nos haga adoptar aquella actitud socrática de reconocer la propia ignorancia, la limitación de nuestro conocimiento como la sabiduría propia humana, lejos de todo dogmatismo, y al mismo tiempo de todo escepticismo paralizador y esterilizador que nos impulsa necesariamente a una búsqueda permanente y sin tregua, ya que la mejora moral del hombre alcanza la vida entera.

En segundo término, una actitud dialogante que facilite un permanente ejercicio del pensamiento dinámico y compatible que permita captar la realidad no en díadas, tríadas, opuestas o excluyentes, sino percatándonos, de acuerdo con aquel dicho del filósofo antiguo de que, en el ámbito humano y natural, todo está en todo. Conscientes de que en la búsqueda de la pobre porción de certezas que por nuestra cuenta podamos alcanzar, necesitamos el concurso de quienes nos rodean, de aquellos con los que convivimos.

Y en tercer lugar, una disposición de comprensión, apertura y respeto absoluto a la persona, consecuencia de la convicción profunda de que sobre los derechos humanos debe asentarse toda acción política y toda acción democrática.

Hoy, ante el avance de los populismos, instalados en la defensa de una parte de la sociedad, precisamos espacios políticos desde los que se pueda gobernar para todos y con todos. Necesitamos moderación, que parte de convicciones firmes,  necesitamos amplitd de horizontes, liberación de esteriotipos y cliches ideológicos, y, sobre todo, hombres y mujeres sin complejos que dirigan los destinos de la nación comprometidos con que la democracia vuelva a ser el gobierno del pueblo, por el pueblo y  para el pueblo,  no el gobierno de una minoría, por una minoría y para una minoría, sea esta cual sea. Se precisa devolver a este país la frescura y la lozanía de la política, de la política sin complejos, de la política que descansa en las convicciones, de la política que aspira a representar a muchas personas que creen de verdad en la libertad solidaria. Sin embargo, la tarea no es sencilla, todo va a depender de si se entiende, y se sabe transmitir a los españoles, que para ser moderado hay que tener convicciones firmes y, sobre todo, hablar sin complejos, proponiendo medidas creibles.

Jaime Rodríguez-Arana es autor del libro prologado por Adolfo Suárez: El espacio del centro, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 2001.

JRA

Partidos políticos y bienestar general

Los partidos, como cualquier organización, tienen el compromiso, por el hecho de constituirse, de luchar por la consecución de sus fines. Esta aspiración es bidireccional, porque la sustenta en primer lugar quien participa del trabajo, y después los destinatarios  naturales de la actividad que se realiza. Así, ante el posible éxito de la iniciativa, habrá que considerar que los primeros beneficiarios sean los propios autores de la actividad, que supieron concretar una idea, un proyecto, una estrategia que se traducen en un resultado que pusieron al servicio de la sociedad, que también se reconoce mejorada por ese producto, por ese servicio.

De este esquema -que no pretende obviar la complejidad de los procesos- pueden extraerse las consecuencias que se derivan cuando la finalidad de la actividad no reside en el servicio o en los bienes que se ofrecen, sino que se instala en el bien de la propia organización. Cuando tal cosa sucede en el ámbito de las organizaciones políticas los resultados son manifiestos y casi, casi, pueden deducirse. La organización se convierte en fin: se burocratiza, los llamados aparatos cobran protagonismo absoluto. No se abre; se cierra, pierde los vínculos con la realidad social. Y, en última instancia, cuando no hay un proyecto que ofrecer más que la propia permanencia que se considera un bien por sí, el centro de interés estará en el control-dominio, que será la mejor garantía de subsistencia. La autoridad moral se derrumba, la iniciativa se pierde, el proyecto se vacía, y la organización se vuelve autista, sin capacidad para detectar los intereses de la gente, sin sensibilidad para captar las nuevas necesidades sociales.

En cambio una organización que mira eficazmente a los bienes que la sociedad demanda y que permitirá hacerla mejor, es capaz de aglutinar las voluntades y de concitar las energías de la sociedad. Atiende a los ámbitos de convivencia y de cooperación, se convierte en centro de las aspiraciones de una mayoría social y en perseguidora del bien de todos. Esto es ocupar el centro social, o más bien estar centrada en el interés social, no simplemente en el interés de una mayoría social.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

La crisis del Estado estático de Bienestar

Mucho se ha hablado y escrito sobre la llamada crisis del Estado del bienestar y sobre la emergencia de la sociedad del bienestar. El diseño y ejecución del Estado del bienestar, especialmente en su versión estática,  ha fracasado como intento de mejora de la calidad del bienestar general de los individuos pues se ancló en un tecnosistema estático y cerrado que no fue capaz de activar la fuerza de las iniciativas sociales. Más bien, las aherrojó, las dominó, en un intento de situar en la cúpula a esa tecnocracia y burocracia que todavía hoy se resiste a abandonar numerosos privilegios y prerrogativas de difícil justificación. Sin embargo, en su definición, el Estado del bienestar, debe reconocerse, trajo algo positivo: una mayor sensibilidad frente a los problemas y conflictos sociales.

Sin embargo, la pasada por el intervencionismo, todavía en auge, está minando las pocas terminales sociales genuinas que operan con criterios de bien social y no de dependencia política. Hoy, más que transferencias entre poderes públicos, lo que habría que hacer es potenciar las comunidades sociales que aportan al interés general y despolitizar una realidad social que está secuestrada por una política que intenta controlarlo todo, y, sobre todo, por los presupuestos públicos.

Precisamos lo que algunos denominan sociedad del bienestar y que como dice Llano, puede despertar esas energías latentes en la sociedad recogiendo el dinamismo vital que surge del mundo real, de la vida misma, de la cotidianeidad espontánea. Se trata de avanzar, como señala este autor,  hacia la activación de redes de solidaridades primarias y secundarias, para dotarlas de medios y competencias que hagan capaces de atender a indigentes, discapacitados, huérfanos o ancianos de una manera más humana. En esta hipótesis, los poderes públicos deben ampliar su presencia en el ámbito social pero sin actuar directamente, facilitando medios para que se vaya humanizando la atención a los marginados y excluídos. Se trata, nada menos que dar cumplimientoreal al artíulo 9.2 de la Constitución de 1978, que manda, como es bien sabido, promover las condiciones para la efectividad de la libertad y la igualdad de las personas y de los grupos en que se integran.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Equilibrio y centro politico

Los proyectos políticos de centro deben ser proyectos equilibrados. Es decir,  deben contemplar el conjunto de la sociedad, y no sólo el conjunto como una abstracción, sino el conjunto con todos y cada uno de sus componentes, de modo que tendencialmente la política debe intentar dar una respuesta individualizada -podríamos decir- a las aspiraciones, necesidades y responsabilidades de cada uno de los ciudadanos.

Por ello, las políticas de centro no se construyen atendiendo a una mayoría social, por muy numerosa y amplia que ésta pueda ser, como algunos han querido interpretar. Si así fuera estaríamos ante la realización de políticas posibilistas, oportunistas y auténticamente pragmáticas. Las políticas de centro deben articularse mirando a todos los sectores sociales, sin exclusión de ninguno. Y desde el centro debe negarse absolutamente que la mejora de un grupo social haya de hacerse necesariamente a costa de otros grupos o sectores. Esta interpretación sólo cabe desde una perspectiva de lucha de clases o desde un radical individualismo liberal.

Hoy, la experiencia histórica y la ciencia social y económica nos permite afirmar que sólo un crecimiento equilibrado permite una mejora real de los distintos sectores y segmentos de población. La experiencia soviética, el yermo social, político y económico a que se vió reducido ese gran país que es Rusia, hoy Venezuela o Cuba, se explica, en buena parte, por la destrucción revolucionaria de los sectores dinámicos de la economía. Las sociedades postindustriales, por otra parte, nos vienen enseñando que no es posible un desarrollo económico sostenido si no es sobre la estabilidad social conseguida por una participación efectiva de todos en la riqueza producida. Por eso, precisamos partidos moderados, que propicien una real participacion social, que trabajen sobre la realidad y con la razón, y, sobre todo, que tengan bien clara la centralidad de la dignidad humana.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

La actividad política

El tiempo que vivimos es desde tantas perspectivas un tiempo de incertidumbre, de sorpresas, de zozobras, de cambios y transformaciones acelerados. También en la actividad política, en la que se echan en falta formas más abiertas y respetuosas de enfocar las cuestiones y de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Estos días de elecciones lo comprobamos meridianamente.

      El entendimiento brilla por su ausencia. El entendimiento como método supone el derroche de energías necesario para superar el enfrentamiento o la imposición como sistema. La generosidad de ese esfuerzo para convenir con los agentes políticos, los sectores de población, los variados intereses que se entrecruzan en la vida de la sociedad, recibe su fuerza de la estructura constitutiva de la persona: de su carácter racional, de su condición afectiva, de su naturaleza social en definitiva. En el fondo, se trata de combatir la tentación de los hábitos autoritarios todavía tan presentes en el escenario de la resolución de problemas, sea en el mundo privado o público.

Tambien la solidaridad brilla por su ausencia. Precisamos una una actitud solidaria que se deriva de poner al hombre, a las personas, a la gente, en el centro de interés de toda acción política o social, y que conducirá necesariamente a buscar las soluciones y a orientar las actuaciones en los ámbitos de la cooperación, de la convivencia y de la confluencia de intereses. La dignidad humana es la clave y la fuerza que da sentido a esta apremiante necesidad de “democratizar” la democracia o de “liberar” la libertad.

Además, es menester practicar una mentalidad abierta a la realidad que se muestre plural, dinámica, multifacética, compleja, y que traiga consigo la desconfianza hacia las fórmulas simplistas o simplificadoras, demagógicas,  y el rechazo de las preconcepciones de la organización social tan claras y tan sabidas que, en su esfuerzo por conformarla a su manera, acaban por liquidarla.

Pues bien, estas coordenadas definen el marco de una acción política que se podría  denominar centrista, hoy tan necesaria en nuestro país,  y que no hace referencia a una posición táctica o estratégica, ni siquiera a un posicionamiento en el espectro ideológico o en el arco político, sino que quiere significar un modo de entender la política centrado en la persona, en el respecto a su condición plural, dinámica y multidimensional, y en la búsqueda de acciones cooperantes y de integración mediante el diálogo. ¿Por qué cuesta tanto que arraiguen espacios políticos de estas características?

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Políticay ciudadanía

Hoy, la política, a pesar de lo que piensan y sobre practican algunos,  ya no es de la propiedad de los políticos o profesionales del ejercicio del poder, sino de la gente, de los ciudadanos, o de los electores. Por eso, hoy se van desmoronando viejas técnicas de control y organización política propias de una concepción vertical del mando, para dar entrada a nuevas experiencias más democráticas y procedentes de la realidad, de la vida misma.

El mercado por sí solo no es la panacea que todo lo arregla ni la quintaesencia de la eficiencia. No se trata de sustituir el peso del sector público por el sector privado. No se trata sólo de privatizar y privatizar pues, a veces, los procesos de privatización  pueden alimentar peligrosos oligopolios que amenazan con invadirnos a través de esa sutil monserga del todo vale, lo importante es tener, acumular; lo importante, en definitiva, es el poderoso don dinero.

La importancia del concepto de ciudadanía como propuesta de investigación social nos pone delante de los ojos algo básico: es menester desburocratizar y desmercantilizar para liberar las vitalidades que laten en el ámbito cultural del mundo de la vida. Es decir, que el funcionamiento de la democracia represente la realidad. Por eso, cada vez será más importante apuntar hacia los inagotables recursos que atesora el temple intelectual del pueblo. Si asi se hiciera otro gallo cantaría en la ciencia, en la economía, en la políticia…, en todo.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

El centro político y el pragmatismo

Próximas las elecciones, es bastante común escribir o hablar sobre el centro político, un espacio que sorprendentemente ni está ni parece que se le espera en los próximos comicios. ¿La razón?. Muy sencilla, quien debiera representarlo ha dejado  la iniciativa a otros y va a remolque, perdiendo el tiempo en contestar a diestra y siniestra, acerca de provocaciones sin fin. Aún así es conveniente señalar, para desenmascarar a quienes pretenden disfrazarse de centristas, que este espacio político no es, ni mucho menos, es espacio del pragmatismo y del oportunismo.

En efecto, sei el centro renuncia a moverse en el pensamiento bipolar, profundamente ideológico, al carácter ideológico, al no poder dar una interpretación total y acabada de la realidad humana,  carecería de un eje sobre el que articular su respuesta política a los problemas del hombre y de la sociedad y se movería por lo tanto en las coordenadas de un puro pragmatismo.

La argumentación de esta crítica me parece enteramente sólida, pero parte  de un supuesto eminentemente ideológico: considerar que es puro pragmatismo todo lo que no sea un derivado de las ideologías. Sólo en cierto sentido podría decirse que es así. Si tomásemos el pragmatismo como sentido práctico y sentido de la realidad, las posiciones de centro son efectivamente pragmáticas, y de nuevo las formulaciones ideológicas cerradas se encontrarían en regiones radicalmente contrarias a estas, por cuanto la ideología constriñe la realidad y la reduce a la congruencia con sus postulados dogmáticos. La ideología cerrada es capaz de retorcer realidad y actuar contra ella hasta extremos que resultarían inimaginables de no mediar las experiencias atroces de la explotación capitalista del siglo XIX y de parte del XX, de la opresión comunista y de la barbarie nacionalsocialista. Pero la asunción serena de esas experiencias históricas propicia, entre otras cosas, la afirmación del sentido de lo real como uno de los fundamentos imprescindibles de toda acción política.

Es más, si por pragmatismo hubiéramos de entender el aprendizaje a partir de la experiencia, entonces habría que volver a admitir la calificación del centro como un  espacio  de pragmatismo, y, quizás en este caso, con más fundamento aún, en cuanto desde el centro se manifiesta la necesidad radical de nuestra apertura a la experiencia. Me estoy refiriendo a que la postulación de un espacio de centro no es el resultado de una elucubración o de un análisis especulativo sobre la realidad política y social de nuestro tiempo.

En los sentidos aludidos, pues, dosis de pragmatismo sí que tiene el espacio de centro; las referencias a la realidad y a la experiencia son ingredientes imprescindibles de las formulaciones que puedan calificarse de centristas. Otra cosa bien distinta es la interpretación que algunos hacen del pragmatismo en el sentido de oportunismo político. Cuando aluden al pragmatismo del centro se refieren a que lo único que busca este espacio político, una vez declarada su condición no ideológica, es la constitución de mayorías electorales que garanticen su permanencia en el poder. Lógicamente, una fuerza política no podría considerarse tal si no pretendiese permanecer en el poder, pero no podrá pretenderlo a toda costa si no es prescindiendo de principios éticos y democráticos sustanciales. En esto nuevamente la historia nos ofrece lecciones inapreciables, como las relativas a la instalación en el poder de los movimientos o las fuerzas políticas más fuertemente ideologizadas, casos en que precisamente el fuerte contenido ideológico ha proporcionado el impulso intelectual y la justificación “ética” para perpetuar la permanencia en el poder aún a costa del propio sistema democrático. Ojala el espacio de centro, de moderación, pensamiento abierto, metodología del entendimiento y honda sensibilidad social estuviera más presente entre nosotros.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Elecciones y selección de candidatos

En vísperas de cualquier proceso electoral, uno de los asuntos de mayor interés es el de la confección de las listas. Una cuestión que cuando hay democracia real, porque los militantes son los dueños de las formaciones,  se resuelve con relativa facilidad.  

Es una aspiración legítima y honrosa de cualquier político o política representar a sus conciudadanos. En un sistema democrático representativo, como el nuestro, el juego político se articula básicamente en torno a los partidos -su organización interna-, en torno a las instituciones de gobierno, y en torno a la representación parlamentaria. Cierto que la vida política -no la vida partidaria- es más amplia que todo esto, que la vida política se juega en la sociedad a diario, porque somos todos los ciudadanos los que construimos la sociedad. Pero quien tiene interés en participar de modo más activo y directo en el quehacer político, es lógico que busque, como primer paso, la representación de sus conciudadanos, posiblemente una de las tareas más nobles que puede desempeñar quien quiera dedicarse a la cosa pública.

En la confección de las listas, cuando la democracia real es de baja intensidad, se pone en juego la capacidad política de los dirigentes. Conjugar intereses, capacidades, representatividad, ideas e iniciativas, sectores, concepciones y sensibilidades es una manifestación indudable del arte de los que disponen las posiciones en la parrilla de salida.

La tentación de los mezquinos o de los prepotentes es aprovechar las coyunturas partidarias en la elaboración de las listas para tomar venganzas, comprar lealtades, pagar servicios espurios, siempre amparados en el llamado aparato del partido, que no es más que un escondite para aquellos que quieren esconder su responsabilidad bajo ese anonimato y el de unos supuestos intereses de partido que no son otros que los de la propia facción.

El valor y la aportación de los posibles candidatos -en el aspecto personal, en la capacidad de gestión, de movilización social, de presencia pública, etc.- puede pasar entonces a segundo, tercero o cuarto lugar. Cuando esto sucede la vida partidaria se esclerotiza y las renovaciones se tornan ficticias, se convierten en meros recursos o en ocasiones para la perpetuación de poderes o para la instauración de estilos en los que se ponen por delante los intereses personales o los de las camarillas de amigos. Los partidos no se abren así a la sociedad, se cierran sobre si mismos. Todo se dirime en los socorridos aparatos, que acaban controlados por personajes sin representación social efectiva, que acaban viviendo de la política. Estos días lo comprobamos con meridiana claridad.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Solidaridad y participación

Una mirada general a la vida política de tantos pueblos arroja, en estos momentos, mal que nos pese, un saldo negativo en dos de los principales elementos del  Estado social y democrático de Derecho. En efecto, tanto la participación como la solidaridad con frecuencia se reducen a metodologías artificiales, sin contenido propio, conformándose más bien como técnicas de control y manipulación social. Por un lado, porque a través de la participación, muchas organizaciones públicas ponen en circulación estructuras sociales que no son más, ni menos, que la prolongación del dominio político en extensos campos de la vida comunitaria. Y, por otro, porque la subvención, el auxilio o la ayuda pública, se han convertido, en este tiempo, en herramientas para la captura del voto de colosales proporciones.

En efecto, dos de los aspectos centrales del pensamiento y la praxis democrática moderna son, es bien sabido, la participación de los ciudadanos en la vida política y la vitalidad de los espacios de solidaridad en los que resplandecen los valores cívicos de la convivencia. En lo que concierne a la participación real de los ciudadanos en la vida política podemos registrar que, poco a poco, ahora más  a raíz de la crisis integral en la que vivimos,  el pueblo va asumiendo mayor conciencia del ejercicio racional del derecho al voto y de la expresión del derecho a manifestar sus criterios y preferencias.

Los devastadores efectos de la mentalidad intervencionista que invadió Europa como consecuencia del vertical entendimiento de lo que se entendió por el Estado de Bienestar estático a día de hoy están a la vista de todos. Es decir, la tendencia de los poderes públicos a definir las políticas públicas sin contar con la ciudadanía, es todavía, parece mentira, una lamentable realidad que explica buena parte de la indignación reinante en la vida social.

Es paradójico, pero la dimensión estática del Estado de bienestar, la gran conquista social del período de entreguerras, liquidó la financiación pública al tirar del presupuesto público para ahormar y conformar, a criterio de los dirigentes, la vida social. Por eso es fundamental recuperar cuánto antes la perspectiva dinámica del Estado de bienestar y orientarlo en su acción y quehacer para acabar con las desigualdades sociales y para que de verdad la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales constituyan el centro y la raíz del Estado y de todas las políticas públicas sin excepción.

Por otra parte, no deja de ser preocupante la autenticidad de la vida social en el seno de las comunidades básicas. En efecto, no deja de llamar la atención, en este sentido, la vitalidad de los principios morales que se ejercen en estas primeras solidaridades que, no lo olvidemos, son los genuinos laboratorios en los que se forjan las cualidades democráticas y las virtudes cívicas que fortalecen la convivencia colectiva.

Por eso, porque tenemos ante nosotros, como en otros momentos de la historia, la titánica tarea de construir  nuevo un Estado solidario, un Estado de bienestar dinámico. Hemos de seguir trabajando para impulsar ambientes abiertos, dinámicos, compatibles en los que, por encima de todo, prevalezca la dignidad de la persona humana. Así la democracia será el gobierno del pueblo para y por el pueblo, no el gobierno de una minoría para y por una minoría, cómo lamentablemente acontece en tantas partes del globo. Es menester una revolución cívica que pueda sacudir esta feroz dictadura de lo correcto, de lo eficaz, que nos sume en un mundo de sumisión y manipulación. Cuanto antes empecemos mejor.

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo. jra@udc.es

JRA

Sentido de la oportunidad y oportunismo

En el tiempo que vivimos los oportunistas, arrivistas y demás personajes que se aprovechan de la situaciones única y exclusivamente en beneficio propio son incontables. Tal actitud ante la vida y ante las diferentes opciones que existen para la actuación parte de la idea de que todo es susceptible de ser aprovechado para el medro y el crecimiento de uno mismo al margen de otras consideraciones.

La adaptabilidad de una determinada actuación a un proyecto político, por ejemplo, se ajusta al criterio de oportunidad, no del oportunismo,  tomado en el sentido de adecuación. Desde luego que uno de los caracteres más sobresalientes del buen político, de la buena política,  sea cual fuere su posición- es su sentido de la oportunidad, que tiene relación profundísima con lo que podemos denominar gestión del tiempo, de los ritmos y de las prioridades. Las políticas centristas,en este sentido, cifran en esa gestión un caudal fundamental de su aportación.

La confusión de la adaptabilidad como oportunidad con el oportunismo es producto de la confusión esterilizadora entre principios y acción. La firmeza en los principios no implica unidireccionalidad en las actuaciones. La deliberación sobre lo general no se traduce en reglas fijas de comportamiento, sino que es imprescindible la deliberación sobre lo particular, que presenta contornos únicos e irrepetibles y que exige actuaciones adecuadas a sus peculiaridades específicas para aproximarse más, hacer más reales, aquellos principios generales.

El oportunismo, como una actitud absolutamente contraria a este planteamiento, circula por otra esfera. El oportunismo no busca lo que es oportuno o adecuado para cada caso, sino que aprovecha las oportunidades en beneficio propio. De ahí que el oportunismo traiga, entre otras cosas, la abdicación de los propios principios, de todo principio.

La afirmación de los principios de oportunidad, flexibilidad y adecuación, pudiera ser interpretado por alguno como una confesión de parte a favor de los que no ven en el centro sino una operación cosmética, como se ha llamado. Me parece que no dejaría de tratarse de una interpretación interesada o superficial, y en todo caso marcada por los prejuicios ideológicos. Estos principios, de oportunidad y de adecuación, se asientan sobre otro más básico al que ya hemos aludido, el del respeto a la propia dinámica de la realidad, y a su propia condición plural.

Por otra parte no debe olvidarse que los ejemplos de oportunismo político más sangrantes se han producido precisamente en los entornos ideológicos. Pensemos, sino, en el pacto entre el nazismo y los soviets para el reparto de Polonia, o en la explotación colonial alentada por el liberalismo, por poner dos ejemplos sencillos pero meridianos, o en la adaptación de criterios de desarrollo capitalista bajo la férrea dictadura china, estrategia que parece inspirar la situación política en Cuba.

Confundir el sentido de la oportunidad política con el oportunismo sólo es posible conceptualmente desde posiciones cerradas y fuertemente dogmáticas, no se me ocurre otra explicación. Escribo conceptualmente porque en el plano de los hechos cualquier medida política es susceptible de ser interpretada y valorada de muy distintas maneras.Sin embargo, cuanto oportunismo, cuanto, y que poco sentido de la oportunidad.

@jrodriguezarana

JRA