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El pensamiento cerrado

Normalmente, cuando abrimos los ojos y observamos, la realidad somete nuestra inteligencia a la dura prueba de la vibración caleidoscópica de sus singularidades. Entonces nuestra comprensión se ve agotada ante la complejidad de sus inextricables estructuras, y nuestra necesidad de modelos conceptuales se ve desbordada por los inéditos desarrollos que la historia manifiesta.

Rendirse a nuestra incapacidad para agotar su comprensión significa aceptar nuestra limitación pero también empeñarnos en una aproximación cada vez más completa. Sin embargo, cabe también la posibilidad de afirmar la soberanía de nuestro pensamiento. Esta es la disposición que lleva al nacimiento de lo que suele denominarse ideología, que puede entenderse, sobre todo desde una perspectiva radical, como un pensamiento sistemático y cerrado sobre la realidad social que se toma como presupuesto de la actividad política sin contraste alguno con la realidad.

La expresión “pensamiento sistemático cerrado”  parte de postulados, de aseveraciones no demostradas y sin base empírica; se desenvuelve deductivamente; es omnicomprensivo, abarca todos los aspectos de la realidad; es proyectivo, tiene capacidad para predecir cara a donde, cómo y por dónde camina la realidad social. Por eso, puede decirse que la ideología cerrada cumple la aspiración fáustica -es la ciencia que domina plenamente el mundo- y se resuelve al final en el amargo despertar del aprendiz de brujo. Porque, no lo olvidemos, parece que la realidad sigue siendo terca.

Las ideologías cerradas, cualquiera que sea su orientación, intervienen en la vida política desde la base de ideas predeterminadas, desde desarrollos sociales dogmáticos. Y, es lo más grave, ejercen su acción con una idea tan clara de lo que debe ser la sociedad  y con una confianza tan plena en los métodos que se deben emplear para conseguirlo que su aplicación termina por conformar una especie de horma que acaba por ahogar la acción social y civil. .

Además,  la ideología cerrada vicia el discurso político porque reduce a sus términos todas las propuestas que puedan surgir a su alrededor, sometiendo a su esquema simplificador cualquier discurso o idea. Y así, por ejemplo, desde las posiciones ideológicas de la izquierda se considera derecha a todo lo que no sea izquierda, igualmente al fascismo -intervencionista, estatalista y antidemocrático- que al liberalismo -democrático, individualista, liberalizador-. Y desde la derecha se considera comunismo o marxismo a todo lo que no sea supremacía del mercado, individualismo o consumismo. Desde luego, demasiado ismo, y demasiado presente todavía, a pesar de los pesares, entre nosotros.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Ética y nuevas tecnologías

El tiempo que nos ha tocado vivir, quien lo podrá negar, se carateriza especialmente por una transformación radical y vertiginosa de las formas tradicionales de explorar la realidad, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que la tradición esté muerta.  En alguna medida, la realidad actual, nos guste o no, es producto de lo que ha pasado, de lo que hemos heredado de nuestros antecesores y sería una soberana irresponsabilidad, por ejemplo, intentar transformar la realidad desde cero, sin reconocer lo bueno o lo malo que nos han dejado nuestros predecesores. Pero, en cualquier caso, sí que se ha producido una transformación relevante que reclama nuevos enfoques para entender el sentido de la sociedad del conocimiento y la Administración Publica, hoy.

Frente a los vertiginosos cambios que contemplamos, cada vez va cobrando más importancia el pensamiento abierto, el pensamiento dinámico, el pensamiento plural y el pensamiento complementario o compatible a pesar de la concentración del poder, cualquiera que sea su naturaleza, y del afán de control y manipulación, más real y creciente que nunca.

 En el ámbito de las nuevas tecnologías, en el ámbito de la sociedad de la información, tenemos que ser conscientes de que hay que tender puentes sólidos entre nuevas tecnologías y derechos fundamentales de las personas, no vaya a ser que una apuesta importante en relación con las nuevas tecnologías pudiera abrir más la brecha en lo que se refiere a la calidad en el ejercicio de los derechos fundamentales por todos los ciudadanos. El buen gobierno, la buena administración, no puede olvidar que la sociedad del conocimiento ha de mejorar la calidad de la cultura cívica de las personas, pues de lo contrario estaremos desaprovechando una magnífica oportunidad para incidir positivamente en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Por otra parte, como consecuencia de la emergencia de una nueva manera de entender el poder como la libertad articulada de los ciudadanos (Burke), resulta que es necesario colocar en el centro del nuevo orden político, social y económico, la dignidad de la persona. Hay que volver a reflexionar sobre la persona. Pero no sobre la persona desde una perspectiva doctrinaria liberal, que lleva a las visiones del nuevo individualismo insolidario, sino desde la perspectiva del pensamiento complementario y compatible, que hace de la libertad solidaria un concepto central, porque no son dos aspectos distintos de la realidad de las personas, la libertad y la solidaridad, sino que son las dos caras de la misma moneda, y son dos características que deben tender a unirse y a ofrecer, pues, perspectivas de complementariedad.

Por eso, no es baladí que la Comisión Europea acabe de elaborar una guía de principios éticos para la inteligencia artificial con el fin de estas nuevas tecnologías se gestionen siempre y en todo caso al servicio del ser humano. Regulación y ética han de ir de la mano pues, de lo contrario, como ya pasa, estos fenomenales y fantásticos medios como son las nuevas tecnologías podrían ser los grandes azotes de una humanidad presa de esa tecnoestructura insensible a la dignidad humana como no sea para aprovecharse de ella para incrementar como sea la cuenta de resultados. Esperemos que este renacer ético no sea una simple barniz sino que implique un compromiso radical y coherente. El tiempo nos lo dirá.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Al año de la muerte de Bauman

Estos días se cumple un año del fallecimiento de Zygmunt Bauman, famoso sociólogo polaco de origen judío fallecido en Leeds. Ciudad en la que se estableció en 1972 para enseñar en su Universidad  tras ser declarado persona non grata por el régimen comunista polaco en 1968. Mundialmente se le conoce como el intelectual que puso en circulación en 1999 la idea de la modernidad líquida, esa característica de la organización social en la que todo es pasajero, inaprensible, en continua y constante transformación.

Bauman tuvo una infancia difícil. Con solo 13 años, nació en 1925, su familia tuvo que emigrar a la URSS escapando de la invasión nazi de Polonia. Se alistó en la división polaca  del ejército rojo y fue condecorado en 1945. Volvió después a Polonia y compatibilizó la milicia con los estudios universitarios y la militancia en el partido comunista, hasta que las purgas de 1968 le obligaron a tomar el camino del destierro. Primero en Tel Aviv y después,  desde 1972  hasta su muerte, en Leeds, donde enseñaría por largas décadas en la Universidad.

Zygmunt Bauman era un pensador, un intelectual de los que ya no quedan. Se compartirán o no sus tesis, pero en el tiempo en que vivimos sus ideas resuenan con fuerza en un mundo dominado por lo que llamaba el “precariado”, una forma de referirse a la forma de vida a que son sometidos millones de seres humanos en la época de la globalización. En efecto, en lo que el denominaba “vulnerabilidad mutuamente asegurada” se encierra uno de los grandes males de este tiempo: la indiferencia ante el sufrimiento de los demás.

Una de sus últimas reflexiones la dirigió a las redes sociales, de las que afirmó, para sorpresa de propios y extraños, que eran, a pesar de su prestigio y uso masivo,  una trampa. Una trampa porque, en opinión de este desafiante pensador, mucha gente utiliza las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en las llamadas zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz y de  personas que como ellas ven las cosas y el mundo en general de la misma forma, donde lo único que perciben  son los reflejos de su cara y el rostro de quienes están con ellos alineados ideológicamente, y tantas veces de la adulación  y la fantasia. Las redes sociales son muy útiles, termina Bauman, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

En el aniversario del primer año de su muerte, recordamos a una persona comprometida, a un profesor universitario que pasó de lo políticamente conveniente y denunció el “activismo de sofá”, el individualismo insolidario reinante y las profundas desigualdades de este mundo. Un hombre que sentenció el colapso de desconfianza que invade la política, una actividad en la que, decía,  los “líderes no son solo corruptos o estúpidos, sino incapaces”.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Administración pública y sociedad del conocimiento

En la nueva sociedad del conocimiento, se ha hablado mucho, se ha escrito mucho sobre cómo tienen que concebirse las organizaciones. Por ejemplo, se ha señalado que deben ser de organizaciones inteligentes, flexibles, organizaciones humanas, abiertas y, en sentido negativo, no rígidas, no herméticas, no verticales, no artificiales y no piramidales.

La clave para esta transición de la verticalidad a la horizontalidad se encuentra en la concepción que tengamos de la persona. Lamentablemente, hoy convive el discurso de la globalización humanista con la aplicación de políticas públicas, por ejemplo, que agudizan la brecha que existe entre los países ricos y los países pobres, o entre las personas ricas y las personas pobres. Se trata de casos en los que la retórica sustituye a la realidad, algo bien frecuente en los liderazgos de la palabra, hoy tan presentes como fracasados por su falta de comunicación con la propia realidad.

La clave en estas organizaciones de la sociedad del conocimiento tiene mucho que ver, como ha señalado Alejandro Llano, con el proceso artesanal del aprendizaje. La formación no termina nunca, es bien sabido, y el conocimiento es crecimiento, también como persona. Los saberes que se producen a través de las nuevas tecnologías deben ayudar también a mejorar el trabajo diario y a mejorar también el trabajo en el sector público, sin olvidar que hay una dimensión ética que para la función pública tiene consecuencias muy concretas y que además está perfectamente esculpida en la Constitución cuando define a la Administración Pública, como una organización al servicio de los intereses generales.

El ciudadano tiene que percibir que la entera actuación de la Administración Pública, ya sea del Estado, de las Comunidades Autónomas o de los Entes Locales, está en permanente disposición de atender las necesidades generales de la población. Aquí, evidentemente, el buen gobierno, la buena administración asume un papel básico y fundamental en la medida en que en una sociedad democrática la gobernación y la administración de lo público debe realizarse desde la condición central del ser humano y desde la convicción de que el poder es una institución para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El significado del centro político

Para intentar definir el espacio del centro, tarea nada sencilla,  para comprender lo que significan las políticas centristas,  el espacio de centro, es menester comenzar por realizar algunas aclaraciones terminológicas.

En efecto, es menester replantear la acepción de centro político que contienen los diccionarios, como posición política intermedia entre la derecha y la izquierda. Como es sabido, la palabra “centro” proviene del término griego que significa  “kentrón”, que al latinizarlo -“zentrum”- sugiere la palabra  “aguijón”, y que se refiere a la punta de compás en la que se apoya el trazado de la circunferencia y así, en  sentido geométrico,  se refiere al  punto en el interior del círculo del que equidistan todos los de la circunferencia; y en la esfera: punto interior del que equidistan todos los de la superficie.

Aunque esta exposición terminológica tiene un evidente tinte gráfico, representa correctamente, tanto la pluralidad social, como la complejidad de la realidad y la riqueza de la diversidad de las personas. La imagen de la esfera es mejor que la de la bipolarización de un segmento que dibuja la reducción del espectro político a izquierdas y derechas. Por eso, tomar el centro como equidistancia de los extremos es justamente aceptar la bipartición de la realidad, la bipolarización del pensamiento y, consecuentemente, el empobrecimiento vital de las personas y del conjunto de la sociedad. Probablemente, el esquema bipolarizador que representa la hegemonía de la tecnoestructura explique el intento deliberado de perpetuar este planteamiento ideológico por temor a la emergencia del dinamismo vital de las personas libres que me parece expresa la idea del centro político, tal y como la entiendo.

El centro del que llevo escribiendo desde hace años no es equidistancia entre dos extremos. Tampoco es el consenso como sistema. Ni una simple mezcla de ideologías. El centro tiene entidad propia y encarna un programa político propio. Se podría decir, si se necesita una expresión plástica, que es una tercera posición política, aunque, insisto, es una nueva posición política que, como intentaré demostrar, no se agota ni mucho menos con la llamada tercera vía. Es una nueva posición distinta de la izquierda y de la derecha, que adquiere, según latitudes y momentos, diferentes expresiones de acuerdo con las coordenadas del espacio y del tiempo.

Como es sabido, el espectro político tradicionalmente lo definen dos puntos y lo representa un segmento, que ahora se ve ampliado y se  definine por tres puntos que ahora representan un triángulo, con tres posiciones diferentes y, por ello, netas y claras.

Pues bien, para definir tres puntos, los rudimentos de la geometría nos permiten construir una nueva figura: la circunferencia. En ella el centro ocupa una posición de apertura a todos los puntos de la superficie y desde la que se mira arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha, …, sin la rigidez impuesta por aquel tradicional segmento polarizad

Pero, precisamente por el propio contenido del centrismo, será en las políticas concretas  – política municipal, política autonómica, política económica, …- donde se apreciarán los principios  que configuran la acción política propia de las posiciones centristas, principios que conforman un verdadero espacio político que parte de la mentalidad abierta, la metodología del entendimiento, eltrabajo sobre la realidad, la sensibilidad social y, por encima de todo, la centraliad de la persona. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El modelo autonómico

El vuelco que ha dado España en lo que se refiere a su articulación territorial es verdaderamente relevante. Quienes recuerden los tiempos del franquismo, en los que una uniformidad y homogeneidad cultural monolítica, pétrea, pretendidamente española, que no era otra cosa que el invento de un régimen político, serán quienes mejor puedan testimoniar el alcance, la profundidad de esta transformación operada en prácticamente cuarenta años.

Esta experiencia, que arranca del mismo acto constituyente, ya que afecta a la misma identidad y concepción de lo que es España, es un acierto que, salvo excepciones como las que vivimos ahora por el crecimiento del diferencialismo y, también, por no saber explicar convincentemente la naturaleza plural de España,  viene avalado por la multitud de beneficios derivados de tal planteamiento.

 El Estado autonómico, en efecto, ha facilitado y propiciado un más alto grado de participación política, habida cuenta del mayor acercamiento y proximidad de la cosa pública al ciudadano. Y también ha traído consigo mayores cotas de libertad también  porque ha supuesto un refrendo político para la realidad plural española.

Esta perspectiva es la que verdaderamente interesa del proceso autonómico en cuanto plataforma para despertar las capacidades creativas de todos los españoles. Unas potencialidades, sin embargo, que en buena medida han sido ocultadas, cuando no secuestradas, por la deriva tecnoestructural, por la ensoñación complaciente, o por la obsesión diferencialista.  Y,  a pesar de los pesares, ahí están, dispuestas a asumir, desde el equilibrio y la moderación, grandes proyectos que hoy sólo se pueden gestar desde una nueva civilización que sólo se podrá construir sobre los supuestos económicos, informativos, relacionales, de la globalización, y sobre los culturales de la autoidentificación.

Ahora que comienza un nuevo año y que estamos en condiciones de vislumbrar el futuro, ojala nuestra país camine por la senda de la centralidad de la dignidad humana y sea consciente de que la diversidad integradora es una de las grandes caracteristicas de nuestra identidad.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

La reforma administrativa

La reforma administrativa consiste en buena medida en dar cumplimiento a los principios que están recogidos en nuestra Constitución, que proporcionan el marco normativo y de valores suficiente para devolver al ejercicio del poder público su sentido originario, hoy, lamentablemente, ejercido en clave de interés parcial y unilateral en tantos casos.

En efecto, los modelos políticos y administrativos deben construirse a partir del ciudadano, de las personas concretas, y en función de sus necesidades colectivas porque, como dispone la Constitución Española “la Administración sirve con objetividad los intereses generales (…) y actúa de acuerdo con el principio de eficacia y descentralización (…), con sometimiento pleno a la Ley y al Derecho (artículo 103.1 CE). Además, la programación y ejecución del gasto público, “responderá a los principios de eficacia y economía” (artículo 31.2 CE).

Los principios constitucionales de organización de la Administración, por lo tanto, proporcionan el marco general del proceso de reforma administrativa, un proyectoque debe acometerse siempre de acuerdo con los los criterios de juridicidad, eficacia, servicio, eficiencia y economía.

Respecto al principio de juridicidad, es menester que la Administración actúe conforme a las normas jurídicas. En efecto, el sometimiento de la Administración al derecho es la primera garantía de la salvaguarda de la igualdad de trato a todos los ciudadanos, y de sus derechos e intereses legítimos. Nada hay más injusto, y decepcionante,  que el incumplimiento de las normas por quienes deben garantizar su aplicación. Desgraciadamente, sin embargo, no hay que remontarse mucho en el tiempo para recordar los fenómenos de corrupción que han salpicado nuestra vida pública. Cuando el ejercicio del poder se confunde con el beneficio propio, y no funcionan las garantías precisas para controlar las actuaciones de los gobernantes y administradores, se crea el clima propio para el desarrollo de prácticas corruptas.

Pero no basta con el control jurídico de la Administración para asegurar el servicio a los intereses generales de los ciudadanos. Es necesario reforzar el deber ético de cuantos trabajan en ella con el servicio público. La Administración Pública no es una organización cualquiera sino que está llamada a servir objetivamente a los ciudadanos por mandato constitucional, por lo que sus trabajadores deben tener en cuenta este aspecto en su día a día, tanto si se relacionan directamente con ellos como si no.

En cualquier caso, una de las claves de la actuación de la Administración pública es que cumpla realmente su labor de servir a los intereses generales. Es decir, que cumpla eficazmente con los objetivos propuestos y con las tareas que tiene asignadas: que se otorgue la ayuda o la pensión prometida, o que funcione la escuela o el centro sanitario público. Para ello deben establecerse mecanismos para hacer más ágil el funcionamiento de los servicios públicos y más sensibles a las necesidades de aquellos que en mayor medida demandan una actuación de los poderes públicos. El establecimiento de programas de evaluación del rendimiento y de control de calidad objetivos en la prestación de servicios públicos son muestra de la sensibilidad de una acción de gobierno en cuya virtud los poderes públicos prestan los servicios con arreglo a los parámetros que hoy exigen los ciudadanos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El ciudadano, en el centro

El ciudadano es el centro del sistema administrativo en un régimen democrático, y, por ello, el poder público no debe ejercerse nunca desde la perspectiva de los privilegios o las prerrogativas, sino como un instrumento de servicio a la entera sociedad.

La gente y el poder, o el poder y la gente, son realidades que cada vez son más abiertas, y que plantean un cambio profundo en su esquema de fundamentación y de funcionamiento. Pero, para ello, es menester tener bien presente que hoy en día, esta tarea pasa por seguir en primer línea luchando por la humanización de la realidad.

El poder público, bien lo sabemos, se justifica  en función de hacer posibles los fines existenciales del hombre. Es más, se legitima en la medida en que su ejercicio se orienta hacia este objetivo. El fundamento jurídico del poder público reside en la constitución natural del orden colectivo necesario para el cumplimiento de las funciones sociales fundamentales. Dicho orden, y por tanto su autoridad, se funda en la naturaleza del hombre. Así se entiende perfectamente que el poder político se encuentra subordinado al bien general de todos los ciudadanos.

Vivimos, no obstante, una situación en que este modelo está en crisis. La crisis de valores de la sociedad y la crisis del llamado Estado del bienestar estático han afectado al funcionamiento del sistema, desvirtuando algunos de sus elementos esenciales.

En realidad, esta crisis, de la que se venía hablando hace años, sólo ha tomado verdadero cuerpo en el momento en que los desequilibrios económicos han producido un crecimiento desmedido del gasto público y, si me permiten la expresión, solamente cuando la sociedad ha tomado conciencia de ellos. Por ello, podríamos decir que la crisis de este modelo de Estado que se llamó Estado Providencia es, a la vez, una crisis fiscal (crisis económica), y una crisis de confianza de los ciudadanos.

Primero una crisis fiscal, debida a la imposibilidad de seguir aumentando los impuestos para sufragar el déficit público. Todos los Estados, al margen de las ideologías, se han lanzado a poner remedio a este importante problema de sus economías, pues nadie puede mantener indefinidamente un ritmo de gastos superior a los ingresos.

Paralelamente, en segundo lugar, hemos conocido una crisis de confianza en los poderes públicos y, en especial, en la Administración pública. En efecto,  los ciudadanos perciben que las Administraciones Públicas modernas son aparatos extremadamente caros, ineficientes e incapaces de dar unos servicios adecuados a los ciudadanos, o sea, ineficaces.

En este sentido, es cierto que estamos en la mayor crisis de fe en las instituciones gubernativas de toda nuestra historia. Porque la corrupción ha hecho acto de presencia con inusitada fuerza. Porque la ciudadanía piensa en buena parte que autoridades públicas y privadas no hacen más que sacar provecho de su posición. Y, sobre todo, porque la crisis de la justicia deja al pueblo huérfano de un poder independiente que en caso de disputa o controversia asegure a cada uno loque se merece, lo que en verdad es suyo.

Por todo ello, es menester una reforma de la Administración Pública para que sirva efectivamente al ciudadano, auténtico propietario del aparato público. Se trata de hacer realidad el lema “una Administración Pública más eficaz, que cueste menos y que piense más en el ciudadano”, que es la rúbrica que encabeza la práctica totalidad de los procesos de reforma administrativa de vanguardia en nuestro entorno y que, por lo que se ve, sigue estando en el candelero.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodríguezarana

Libertad y centro político

Colocar a las personas en el centro de la acción política conduce a una disposición de prestar servicios reales a los ciudadanos, de servir a sus intereses reales. En este sentido, el entendimiento con los diversos interlocutores es posible partiendo del supuesto de un objetivo común: libertad y participación.

La importancia de los logros concretos, los resultados constatables -sociales, culturales, económicos…- en la actividad pública, no derivan de la importancia del éxito del agente político, sino de las necesidades reales de la ciudadanía que, viéndose satisfechas, permiten alcanzar una condición de vida que posibilita el acceso a una más plena condición humana.

Una más profunda libertad, una más genuina participación, son el fruto de la acción política moderna que se realiza desde el espacio del centro. Las cualidades de la persona no tienen un carácter absoluto. El ser humano no es libre a priori. Más bien, la libertad de los hombres no se nos presenta como una condición preestablecida, como un postulado, sino que la libertad se conquista, se acrisola, se perfecciona en su ejercicio, en las opciones y en las acciones que cada hombre y cada mujer empieza y culmina.

La libertad es ante todo y sobre todo el rasgo en el que se declara la condición humana. Las libertades formales no son el fundamento de la democracia. El fundamento de la democracia son los hombres y mujeres libres. La política se debe entender, pues, como un ejercicio a favor de cada individuo, que posibilita a cada vecino, a cada vecina,  su realización libre y solidaria como persona. Justo lo contrario de lo que se ve y se practica en este tiempo:  la política como  operación de contro social y de captura del voto por el que procedimiento que sea, como sea. Así nos va,claro.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Cadena perpetua

Con alguna frecuencia, con cuenta gotas, llegan noticias de la magnitud de la corrupción que existe en un régimen tan autoritario y cerrado como el chino. Efectivamente, en un sistema comunista, por mucha “libertad” económica que se pretenda implantar y administrar desde la cúpula, la corrupción, sin independencia judicial y sin controles independientes, es lógico, campa a sus anchas. Es la consecuencia de la dictadura de una élite que gobierna desde décadas con mano de hierro el país.

Así las cosas, que el régimen permita conocer periódicamente algunos datos de la corrupción que se produce en el gigante asiático, debe responder a la imperiosa necesidad de comunicar que la lucha contra la corrupción da sus frutos. En este contexto, puede comprenderse la información dada a conocer hace escasos días acerca de la condena a cadena perpetua por corrupción para un ex director de inteligencia del régimen chino.

En efecto, Ma Jian, que así se llama este antiguo funcionario que ocupó la dirección de la inteligencia china entre 1999 y 2014, acaba de ser condenado a cadena perpetua por corrupción y comercio de información privilegiada. En concreto, por haber recibido más de 11 millones de dólares en sobornos en ese período de tiempo y por haber comerciado con información privilegiada en perjuicio del Estado chino.

La información oficial recuerda, tras anunciar la condena de este ex alto funcionario, que el actual presidente del país Xi Jinping, implacable en la lucha contra la corrupción, ha conseguido desde que asumió el cargo sancionar a más de 1,5 millones de funcionarios del régimen comunista. Desde luego, un número que hace pensar que algo huele a podrido en un sistema en que tantos funcionarios actúan deshonestamente.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

@jrodriguezarana