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Elecciones y selección de candidatos

En vísperas de cualquier proceso electoral, uno de los asuntos de mayor interés es el de la confección de las listas. Una cuestión que cuando hay democracia real, porque los militantes son los dueños de las formaciones,  se resuelve con relativa facilidad.  

Es una aspiración legítima y honrosa de cualquier político o política representar a sus conciudadanos. En un sistema democrático representativo, como el nuestro, el juego político se articula básicamente en torno a los partidos -su organización interna-, en torno a las instituciones de gobierno, y en torno a la representación parlamentaria. Cierto que la vida política -no la vida partidaria- es más amplia que todo esto, que la vida política se juega en la sociedad a diario, porque somos todos los ciudadanos los que construimos la sociedad. Pero quien tiene interés en participar de modo más activo y directo en el quehacer político, es lógico que busque, como primer paso, la representación de sus conciudadanos, posiblemente una de las tareas más nobles que puede desempeñar quien quiera dedicarse a la cosa pública.

En la confección de las listas, cuando la democracia real es de baja intensidad, se pone en juego la capacidad política de los dirigentes. Conjugar intereses, capacidades, representatividad, ideas e iniciativas, sectores, concepciones y sensibilidades es una manifestación indudable del arte de los que disponen las posiciones en la parrilla de salida.

La tentación de los mezquinos o de los prepotentes es aprovechar las coyunturas partidarias en la elaboración de las listas para tomar venganzas, comprar lealtades, pagar servicios espurios, siempre amparados en el llamado aparato del partido, que no es más que un escondite para aquellos que quieren esconder su responsabilidad bajo ese anonimato y el de unos supuestos intereses de partido que no son otros que los de la propia facción.

El valor y la aportación de los posibles candidatos -en el aspecto personal, en la capacidad de gestión, de movilización social, de presencia pública, etc.- puede pasar entonces a segundo, tercero o cuarto lugar. Cuando esto sucede la vida partidaria se esclerotiza y las renovaciones se tornan ficticias, se convierten en meros recursos o en ocasiones para la perpetuación de poderes o para la instauración de estilos en los que se ponen por delante los intereses personales o los de las camarillas de amigos. Los partidos no se abren así a la sociedad, se cierran sobre si mismos. Todo se dirime en los socorridos aparatos, que acaban controlados por personajes sin representación social efectiva, que acaban viviendo de la política. Estos días lo comprobamos con meridiana claridad.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Solidaridad y participación

Una mirada general a la vida política de tantos pueblos arroja, en estos momentos, mal que nos pese, un saldo negativo en dos de los principales elementos del  Estado social y democrático de Derecho. En efecto, tanto la participación como la solidaridad con frecuencia se reducen a metodologías artificiales, sin contenido propio, conformándose más bien como técnicas de control y manipulación social. Por un lado, porque a través de la participación, muchas organizaciones públicas ponen en circulación estructuras sociales que no son más, ni menos, que la prolongación del dominio político en extensos campos de la vida comunitaria. Y, por otro, porque la subvención, el auxilio o la ayuda pública, se han convertido, en este tiempo, en herramientas para la captura del voto de colosales proporciones.

En efecto, dos de los aspectos centrales del pensamiento y la praxis democrática moderna son, es bien sabido, la participación de los ciudadanos en la vida política y la vitalidad de los espacios de solidaridad en los que resplandecen los valores cívicos de la convivencia. En lo que concierne a la participación real de los ciudadanos en la vida política podemos registrar que, poco a poco, ahora más  a raíz de la crisis integral en la que vivimos,  el pueblo va asumiendo mayor conciencia del ejercicio racional del derecho al voto y de la expresión del derecho a manifestar sus criterios y preferencias.

Los devastadores efectos de la mentalidad intervencionista que invadió Europa como consecuencia del vertical entendimiento de lo que se entendió por el Estado de Bienestar estático a día de hoy están a la vista de todos. Es decir, la tendencia de los poderes públicos a definir las políticas públicas sin contar con la ciudadanía, es todavía, parece mentira, una lamentable realidad que explica buena parte de la indignación reinante en la vida social.

Es paradójico, pero la dimensión estática del Estado de bienestar, la gran conquista social del período de entreguerras, liquidó la financiación pública al tirar del presupuesto público para ahormar y conformar, a criterio de los dirigentes, la vida social. Por eso es fundamental recuperar cuánto antes la perspectiva dinámica del Estado de bienestar y orientarlo en su acción y quehacer para acabar con las desigualdades sociales y para que de verdad la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales constituyan el centro y la raíz del Estado y de todas las políticas públicas sin excepción.

Por otra parte, no deja de ser preocupante la autenticidad de la vida social en el seno de las comunidades básicas. En efecto, no deja de llamar la atención, en este sentido, la vitalidad de los principios morales que se ejercen en estas primeras solidaridades que, no lo olvidemos, son los genuinos laboratorios en los que se forjan las cualidades democráticas y las virtudes cívicas que fortalecen la convivencia colectiva.

Por eso, porque tenemos ante nosotros, como en otros momentos de la historia, la titánica tarea de construir  nuevo un Estado solidario, un Estado de bienestar dinámico. Hemos de seguir trabajando para impulsar ambientes abiertos, dinámicos, compatibles en los que, por encima de todo, prevalezca la dignidad de la persona humana. Así la democracia será el gobierno del pueblo para y por el pueblo, no el gobierno de una minoría para y por una minoría, cómo lamentablemente acontece en tantas partes del globo. Es menester una revolución cívica que pueda sacudir esta feroz dictadura de lo correcto, de lo eficaz, que nos sume en un mundo de sumisión y manipulación. Cuanto antes empecemos mejor.

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo. jra@udc.es

Sentido de la oportunidad y oportunismo

En el tiempo que vivimos los oportunistas, arrivistas y demás personajes que se aprovechan de la situaciones única y exclusivamente en beneficio propio son incontables. Tal actitud ante la vida y ante las diferentes opciones que existen para la actuación parte de la idea de que todo es susceptible de ser aprovechado para el medro y el crecimiento de uno mismo al margen de otras consideraciones.

La adaptabilidad de una determinada actuación a un proyecto político, por ejemplo, se ajusta al criterio de oportunidad, no del oportunismo,  tomado en el sentido de adecuación. Desde luego que uno de los caracteres más sobresalientes del buen político, de la buena política,  sea cual fuere su posición- es su sentido de la oportunidad, que tiene relación profundísima con lo que podemos denominar gestión del tiempo, de los ritmos y de las prioridades. Las políticas centristas,en este sentido, cifran en esa gestión un caudal fundamental de su aportación.

La confusión de la adaptabilidad como oportunidad con el oportunismo es producto de la confusión esterilizadora entre principios y acción. La firmeza en los principios no implica unidireccionalidad en las actuaciones. La deliberación sobre lo general no se traduce en reglas fijas de comportamiento, sino que es imprescindible la deliberación sobre lo particular, que presenta contornos únicos e irrepetibles y que exige actuaciones adecuadas a sus peculiaridades específicas para aproximarse más, hacer más reales, aquellos principios generales.

El oportunismo, como una actitud absolutamente contraria a este planteamiento, circula por otra esfera. El oportunismo no busca lo que es oportuno o adecuado para cada caso, sino que aprovecha las oportunidades en beneficio propio. De ahí que el oportunismo traiga, entre otras cosas, la abdicación de los propios principios, de todo principio.

La afirmación de los principios de oportunidad, flexibilidad y adecuación, pudiera ser interpretado por alguno como una confesión de parte a favor de los que no ven en el centro sino una operación cosmética, como se ha llamado. Me parece que no dejaría de tratarse de una interpretación interesada o superficial, y en todo caso marcada por los prejuicios ideológicos. Estos principios, de oportunidad y de adecuación, se asientan sobre otro más básico al que ya hemos aludido, el del respeto a la propia dinámica de la realidad, y a su propia condición plural.

Por otra parte no debe olvidarse que los ejemplos de oportunismo político más sangrantes se han producido precisamente en los entornos ideológicos. Pensemos, sino, en el pacto entre el nazismo y los soviets para el reparto de Polonia, o en la explotación colonial alentada por el liberalismo, por poner dos ejemplos sencillos pero meridianos, o en la adaptación de criterios de desarrollo capitalista bajo la férrea dictadura china, estrategia que parece inspirar la situación política en Cuba.

Confundir el sentido de la oportunidad política con el oportunismo sólo es posible conceptualmente desde posiciones cerradas y fuertemente dogmáticas, no se me ocurre otra explicación. Escribo conceptualmente porque en el plano de los hechos cualquier medida política es susceptible de ser interpretada y valorada de muy distintas maneras.Sin embargo, cuanto oportunismo, cuanto, y que poco sentido de la oportunidad.

@jrodriguezarana

Persona, política y sociedad

Una de las cuestiones que más preocupa a los filósofos de la política y a los cultivadores de las ciencias sociales es, sin lugar a dudas, la fuerza y operatividad de las iniciativas civiles, la vigencia del principio de subsidiariedad. Un principio que poco a poco se ha ido diluyendo a favor de un intervencionismo creciente que agosta cualquier expresión de vitalidad social o, peor todavía, que la anula dentro de la variada y omnipresente oferta de bienes y servicios públicos. En este sentido, las profecías de Tocqueville sobre el llamado “despotismo blando” o sobre el sometimiento de las personas y comunidades solidarias a ese “inmenso poder tutelar”, se han ido cumpliendo casi a la letra, con mayor intensidad, si cabe,en nuestro tiempo.

Un vez que las posiciones individualistas o comunitaristas parece que no alcanzan a fundamentar esa humanización de la realidad, parece necesario colocar en su justo término la responsabilidad de las personas y la centralidad de las comunidades humanas en el vértice del desarrollo de la vida pública.

¿Cuál es en la política, por ejemplo, el protagonismo real de las personas concretas? ¿Somos conscientes los ciudadanos de nuestra condición de miembros activos y responsables de la sociedad y participamos eficazmente en la configuración de los asuntos de interés general? ¿Son las comunidades humanas esos escenarios de libre y solidario desarrollo de la personalidad de sus integrantes?. ¿Es la vida pública un ámbito de despliegue de las libertades sociales y una instancia de garantía para que la vida de las comunidades no sufra interferencias indebidas ni abusivas presiones de poderes ajenos a ellas?

La contestación sincera a estas preguntas nos pone de manifiesto, me parece, la importancia de colocar a la persona concreta en el centro de la vida pública. Pero para que esta relevante operación sea real y auténtica es preciso denunciar que ha pasado ya el momento de apogeo de ese tecnosistema y de esa tecnoestructura que giran única y exclusivamente sobre el Estado, el mercado y los medios de comunicación. Ahora es necesario buscar la manera de que brille el protagonismo de los ciudadanos, su capacidad de participación en el espacio público. Algo de lo que se está apoderando, ante la impasibilidad de ofrecer soluciones reales por parte de los actores políticos tradicioanles, el populismo y la demogagia, dos ideologías que dominan un escenario complejo en el que se pretende manipular y manejar a la sociedad a base de posverdad y de sutiles formas de manipulación. Ojala podamos reaccionar con inteligencia y claridad.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El método del enfrentamiento

Los  sistemas ideológicos y económicos que protagonizaron el siglo pasado se caracterizaron, como es sabido, por incorporar a su núcleo doctrinal el enfrentamiento como método, reclamando – por su propia estructura- oposición, confrontación, crispación, divergencia y desunión en última instancia.

En efecto , las normales y lógicas discrepancias inherentes a la política se convierten, por mor de este endiablado esquema de pensamiento y de interpretación,  en el centro sustantivo de la vida democrática, desvirtuándola gravemente, especialmente cuando semejante esquema de contrarios se ha venido aplicando a todos los aspectos de la vida económica y social.

A estas alturas pareciera que los reduccionismos aplicados a los roles sociales y posicionales no sirven: empresario y trabajador -por ejemplo- ya no indican un binomio de necesaria oposición, ni desde la significación intervencionista ni, tampoco, desde el neoliberalismo capitalista. Pero es también claro que aplicar un reduccionismo semejante a las fuerzas políticas es igualmente desacertado. Atribuir las cualidades éticas a unos y la eficacia económica a otros; o el rigor y coherencia a estos y la preocupación por los trabajadores a los primeros, es ir contra la marea imparable de la realidad: hay de todo, bueno y malo, en todas partes.

Nuestra experiencia política  ha venido demostrando hasta la saciedad que tal esquematización es tan falsa como la clasificación de los grupos políticos en buenos y malos. Tal valoración es la que nos merece la esquemática y simplista clasificación universal de las fuerzas políticas en derechas e izquierdas.

Con procedimientos de análisis tan maniqueos la persona queda subordinada a su ubicación en el espectro ideológico. En efecto, ya no es ella la que vale sino su color, de manera que el desarrollo humano de los pueblos se conseguirá con “recetas de salvación”. Liberar la mano todopoderosa del dios “Mercado” traerá la felicidad a todos los individuos o, aplastar la cabeza viperina del demonio “Propiedad” nos hará entrar a todos juntos en el paraíso perdido. Quien usa la razón y tiene ojos en la cara tiene que sentir rechazo ante semejantes “fórmulas milagrosas”.

Ahora bien, lo que resulta insufrible en una cultura democrática es pretender la disyuntiva que algunos plantean a los ciudadanos cultos e informados de cualquier sector: o eres de los nuestros o estás contra nosotros. Tal dilema empobrece la vida democrática y envilece el discurso porque dejan de contar las razones para hacer prevalecer las adhesiones.Hoy, sin embargo, el pensamiento cainita y maniqueo, por mor del resentimiento que sigue habitando en determinadas mentes, vuelve a la palestra, en la misma medida que nos invade esa insufible mediocridad que ha tomado la primera línea en las principales actividades humanas. Que pena.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Partidos políticos y bien general

Los partidos, como cualquier organización, tienen el compromiso, por el hecho de constituirse, de luchar por la consecución de sus fines. Esta aspiración es bidireccional, porque la sustenta en primer lugar quien participa del trabajo, y después los destinatarios  naturales de la actividad que se realiza. Así, ante el posible éxito de la iniciativa, habrá que considerar que los primeros beneficiarios sean los propios autores de la actividad, que supieron concretar una idea, un proyecto, una estrategia que se traducen en un resultado que pusieron al servicio de la sociedad, que también se reconoce mejorada por ese producto, por ese servicio.

De este esquema -que no pretende obviar la complejidad de los procesos- pueden extraerse las consecuencias que se derivan cuando la finalidad de la actividad no reside en el servicio o en los bienes que se ofrecen, sino que se instala en el bien de la propia organización. Cuando tal cosa sucede en el ámbito de las organizaciones políticas los resultados son manifiestos y casi, casi, pueden deducirse. La organización se convierte en fin: se burocratiza, los llamados aparatos cobran protagonismo absoluto. No se abre; se cierra, pierde los vínculos con la realidad social. Y, en última instancia, cuando no hay un proyecto que ofrecer más que la propia permanencia que se considera un bien por sí, el centro de interés estará en el control-dominio, que será la mejor garantía de subsistencia. La autoridad moral se derrumba, la iniciativa se pierde, el proyecto se vacía, y la organización se vuelve autista, sin capacidad para detectar los intereses de la gente, sin sensibilidad para captar las nuevas necesidades sociales.

En cambio una organización que mira eficazmente a los bienes que la sociedad demanda y que permitirá hacerla mejor, es capaz de aglutinar las voluntades y de concitar las energías de la sociedad. Atiende a los ámbitos de convivencia y de cooperación, se convierte en centro de las aspiraciones de una mayoría social y en perseguidora del bien de todos. Esto es ocupar el centro social, o más bien estar centrada en el interés social, no simplemente en el interés de una mayoría social.

Jaime Rodríguez-Arana @jrodriguezarana

Cooperación y centro político

“La mejora de las condiciones sociales no sustituye sino que realza la responsabilidad personal”. Estas palabras de Tony Blair ilustran de manera inequívoca la superación que debe producirse del debate ya secular sobre la preeminencia del ámbito público o del privado. Esta superación es necesaria -como está sucediendo en la mayor parte de los procesos metodológicos en las ciencias sociales- para equilibrar los sucesivos planteamientos reduccionistas referidos a la intervención del Estado en la sociedad.

La preeminencia del Derecho Privado sobre el Derecho Público fue rebasada en la formación del Estado moderno al hilo del pensamiento contractualista, de forma que la supremacía de lo público se basaba en la contraposición del interés colectivo y el interés individual, y en la subordinación del segundo al primero. Aún más, este proceso, que se podría denominar de contraposición, posibilitó -por su propia dependencia de ideologías que pretenden explicaciones globales y rígidas del hombre y de la realidad social- el inicio del fracaso del sistema ya que, en el marco de esta aproximación cerrada, sus principios cayeron atrapados por una realidad que necesariamente tiende a liberarse del modelo que la pretende configurar.

En este sentido, el espacio de  centro supone una llamada a la superación del falso dilema público-privado, y constituye una convocatoria a un proyecto político que propone, especialmente a los jóvenes, un nuevo estilo para configurar la acción empresarial, social, cultural o política en un contexto profundamente democrático. Es una convocatoria especialmente para los jóvenes, porque pretende la aportación del caudal de energías -que se manifiestan en la iniciativa personal y asociativa- creativas, transformadoras, relacionales, con sentido auténticamente cooperativo. Es exclusivamente con una cooperación mayoritaria como se puede construir una sociedad más libre, más plural, más equitativa y solidaria.

La idea de cooperación, de libre participación, a mi entender, es fundamental para construir políticas de centro. La acción política es una acción compleja que, entre otras cosas, incluye la movilización de los recursos sociales, la coordinación de los esfuerzos, la integración de las iniciativas y la conjugación de las aspiraciones de la sociedad. Porque la acción política tiene como destinatarios agentes libres. Por eso una acción política de centro no sólo debe representar a una mayoría social equilibrada, en la que se encuentren integrados de alguna manera todos los sectores sociales, sino que también debe contar con el esfuerzo participativo, cooperante, de representaciones de todo el arco social. Hoy, sin embargo, de cara a las próximas elecciones, de nuevo los de siempre trazan el esquema del maniqueísmo y los demás lo siguen a remolque. Que actual, que necesario es el espacio de centro entre nosotros.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El espacio del centro político

La proximidad de unas elecciones suele poner en el candelero la cuestión de la derecha, la izquierda y el centro. Y no son pocos los que piensan que siendo el centro un espacio político, y que las elecciones se ganan desde el centro, conviene situarse en sus coordenadas.

Hay muchos aspectos de la vida social y económica en los que se puede decir -en cierto sentido- que sólo hay una política posible. La contención de la inflación, por ejemplo, o la reducción del déficit público, son objetivos de la política económica de cualquier gobierno que aspire a dar un impulso efectivo a las condiciones de vida de todos los ciudadanos. Podrá discutirse cómo hacerlo; pero  si no se intenta seriamente y, en alguna medida, se consigue, todos se empobrecen: los más ricos también, pero sobre todo –cualitativamente- los que tienen menos recursos.

Reconocer simplemente este hecho, aceptar, con los matices que se quiera, este planteamiento, sólo es posible, a mi entender, situándose en las coordenadas del centro. Es una cuestión de atención a la realidad. Por eso escribo que el centro no es un partido que lleve ese nombre. No es cuestión de nombres. El centro tampoco es una posición ideológica, establecida sobre conceptos previos a la vida política. El centro es más bien un espacio desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las necesidades reales, a las inquietudes, a las ilusiones de los ciudadanos, implicando a los ciudadanos como protagonistas de esa acción política.

No se trata, pues, de aplicar una receta universal, no se trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de dolencias y malestares, no se trata de convencer a nadie de que se tiene el remedio que va al origen de todos los pesares que sufre la humanidad, como se hace desde las ideologías. En el espacio de centro se buscan soluciones concretas para los problemas concretos que cada sector, cada grupo, cada entidad tiene en cada momento.

Por eso puede decirse que el espacio de centro no es una posición fija, estática, sino que implica una permanente adaptación al dinamismo de la sociedad, y conlleva la exigencia de alumbrar, con imaginación, nuevos planteamientos en la vida política, como respuesta a las necesidades nuevas, a los nuevos retos, a los que los hombres y las mujeres permanentemente se enfrentan.

Desde estos presupuestos se entenderá que el centro no se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni desde una visión completa y cerrada del mundo y de la historia, sino desde la aceptación de la limitación del pensamiento para alcanzar un conocimiento pleno y completo de la realidad.

Desde las posiciones políticas de raíz ideológica no es lo importante captar el sentir social, sino transmitir las propias convicciones e imbuir el sentir social de las valoraciones e impulsos de la propia ideología. Desde el espacio del centro la clave está en la capacidad de conexión con el sentir social, y en la capacidad para dar una respuesta, o más bien una conformación política a las aspiraciones de la sociedad. Por eso puede decirse que en una sociedad equilibrada y políticamente madura quien ocupa el centro gana las elecciones, porque ocupar el centro no quiere decir otra cosa que ser capaz de representar la mayoría, pero no simplemente la mayoría, sino una mayoría constituida en la representatividad de todos los sectores sociales. Por eso hablamos de sociedades maduras políticamente y equilibradas socialmente. En todos los países en los que se aplican procedimientos democráticos pueden establecerse mayorías en virtud de los procesos electorales, pero no todas esas mayorías serán necesariamente de centro. Las mayorías que no integran una representatividad de toda la sociedad son mayorías, pero no son de centro si se dejan llevar por el riesgo cierto del exclusivismo, de conducir políticas que miren sólo a los intereses de los sectores representados -por mayoritarios que fuesen- y no a los de todos.  

Por todo esto, el espacio de centro puede ser definido como un espacio político abierto -es decir, no definido ideológicamente- y dinámico, cuya ocupación supone  la primacía en la capacidad de acción, en la comunicación con la ciudadanía y en la iniciativa. Pero al mismo tiempo exige en quien lo ocupa una permanente atención para mantenerse allí. Ya no se trata sólo de ocupar el centro, sino también de mantenerse en él. Tal cosa sólo se puede lograr con un ejercicio efectivo y sostenido de democracia, algo hoy tan fundamental como ignoto pues vivimos en un Estado formal de Derecho y precisamos el compromiso con el Estado material de Derecho, y cuento antes.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

La moderación en política

Las posiciones dominadas por la ideología cerrada, las posiciones radicales, conducen a acciones políticas desmesuradas. Los políticos, las políticas  radicalizadas tienen la convicción de que disponen  la llave que soluciona todos los problemas; que poseen el acceso al resorte mágico que cura todos los males. Que lo saben todo y que solo ellos tienen la solución a todos los problemas. Esta situación deriva de la seguridad de poseer un conocimiento completo y definitivo de la realidad, y siendo consecuentes –la coherencia de las posiciones ideológicas es la garantía de su desmesura- se lanzan a una acción política decidida que ahoga la vida de la sociedad y que cuenta entre sus componentes con el uso de los resortes del control y dominio a que someten el cuerpo social.

La política centrista, en cambio, es, por definición, moderada. El político, la política  de centro respeta la realidad y sabe que no hay fórmulas mágicas, que hay que escuchar, que hay que pensar en las personas y que hay que tener siempre presente cómo mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. Por supuesto que sabe qué acciones emprender y sabe aplicarlas con decisión pero con la prudencia de tener en cuenta que la realidad no funciona mecánicamente. Es consciente de que un tratamiento de choque para solventar una dolencia cardíaca puede traer complicaciones serias en otros órganos. Por eso renuncia a la descalificación, a la demagogia y procura en todo momento trabajar desde la real realidadargumentando y razonando todas sus decisiones, todas sus propuestas.

La moderación, en contra de lo mucha gente piensa,  no significa medias tintas, ni la aplicación de medidas políticas descafeinadas ni tímidas, porque la moderación se asienta en convicciones firmes, y particularmente en el respeto a la identidad y autonomía de cada actor social o político, es decir, parte de la convicción de la bondad del pluralismo. Por eso la política de centro es una política moderada, de convicciones y de tolerancia, no de imposiciones. Más que vencer le gusta convencer. Algo que  ahora no está de moda a causa de la vuelta de ese maniqueismo y cainismo que habíamos superado hace algunos años y que ahora regresa de manos del oportunismo por un lado y la demagogia por el otro: los mejores aliados del retroceso social y la inestabilidad general.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Regulación y control

Una de las principales características de la acción del Estado, de la misma esencia del poder público es la regulación, una actividad más amplia que la simple legislación. El Estado, bien lo sabemos, tiene como función esencial atender al bienestar integral del ser humano y, por ello, dispone de la función reguladora precisamente para promover la libertad solidaria de los ciudadanos. Esta relevante función se expresa a través del poder legislativo y del poder ejecutivo y administrativo, que son los poderes a quienes compete la actividad normativa. Actividad que debe estar subordinada al interés general, al interés de todos y cada uno de los ciudadanos en cuánto miembros de la comunidad. Y ese interés general en materia económica y financiera se encuentra en la preservación de la libertad solidaria. O, por mejor decir, en garantizar un mercado  racional, un mercado que funcione como medio, no como fin, un mercado con sensibilidad social, un mercado social, tal y como postularon en su día Von Hayek o Erhard entre otros destacados miembros de la teoría de la economía social de mercado. Es decir, la libertad económica precisa, para alcanzar su plena realización en el Estado social y democrático de derecho, de la acción de los poderes públicos. No para condicionarla sino para facilitar su razonable ejercicio. No para dirigirla, para facilitar que funcione con una autonomía racional y equilibrada.

En este marco, siguiendo a los viejos liberales europeos del siglo XIX sigue de actualidad una de sus máximas más conocidas: tanta libertad como sea posible y tanta intervención como sea imprescindible. El mercado, pues, requiere regulación y controles, tareas que lejos de anularlo o suplantarlo, deben posibilitar su funcionamiento razonable y justo. Algo que, como ahora se sabe, fracasó con ocasión de la última crisis financiera, al confiarse ingenuamente en la autorregulación y al no preservar la independencia en las instancias estatales de regulación y control.

El Estado debe controlar, regular, supervisar y verificar determinadas actividades como la seguridad, en todas sus facetas, o la economía, que son de auténtico interés general. No se trata  que el Estado dirija o dicte las instrucciones de tales actividades. Simplemente, y no es poco, debe disponer de instituciones adecuadas para garantizar que los mercados de valores, por ejemplo, se realicen en un contexto de libertad, competencia y racionalidad. Y para ello, tales autoridades deben dedicarse a regular,  controlar y supervisar ciertas operaciones y actividades con el fin, insisto, de preservar un funcionamiento razonable, equilibrado y justo del mercado.

Hoy el derecho administrativo está más vivo que nunca. El poder político ha intentado doblegarlo para convertirlo en un simple apéndice, en algunos países con cierto éxito. El poder financiero comprobamos como ha conseguido que las autoridades reguladoras miren para otra parte o se conviertan en piezas de caza de determinados intereses financieros. Claro que es menester regular y controlar, pero regular y controlar con sentido de la racionalidad, no para apoderarse de la actividad económica y dirigirla desde esquemas de la planificación centralizada. El control y la regulación, pues, están de moda. Eso así, bajo nuevos parámetros que hagan posible esa libertad solidaria que ha sido arrasada en este tiempo por los fundamentalistas.

El gran problema es que el control y la regulación, si no son independientes, son un gran enemigo de la libertad. Si están en manos de dependientes no sirve para nada. Hoy, tenemos muchos controles, en manos de domésticos. ¿ Para qué queremos tantos controles si no hay control?. Buena pregunta

Jaime Rodríguez-Arana.  jra@udc.es