• jra@udc.es

Category ArchiveGeneral

Libertad y participación

El camino de la libertad implica un compromiso en el ámbito de las cuestiones sociales y económicas que no puede verse reducido a un parcheo o a una operación de maquillaje que esconda las más flagrantes injusticias. Las esperanzas del tercer mundo están puestas en esa tarea, pero también la de los sectores marginados y más desfavorecidos del poderoso mundo occidental.

La llamada de la libertad trasciende esas operaciones superficiales. Hoy se trata más bien de liberar la libertad, de darle a la libertad su plenitud, de devolverle el contenido que ha venido perdiendo o que le fue arrebatado: profundizar y extender los derechos humanos. Está claro que no se trata de aumentar el catálogo, o de “enriquecer” la oferta de derechos humanos, como el consumismo a veces parece exigir pretendiendo llegar más allá de lo que la condición humana permite.

Profundizar y extender los derechos humanos significa que ese camino de liberación democrática culmine en la libertad de conciencia de cada persona, base y fundamento del valor del hombre, desde la que la libertad conseguirá su plena significación y la vida pública se verá fecundada por las aportaciones libres, genuinas y creativas de los ciudadanos. Sin auténtica libertad personal no hay participación, sino sometimiento; sin participación no hay auténtica democracia, sino meras formalidades sin significado. Hoy, en un mundo de dominio del formalismo y de ausencia de convicciones firmes, no está de más, de vez en cuando, pensar en estas cosas porque con frecuencia abdicamos de nuestra responsabilidad en la creencia de que otros se ocuparan de los asuntos generales. Y vaya si se los ocupan, hasta intentar a toda costa perpetuarse en ellos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El centro y el reformismo

Probablemente, el rasgo que mejor define políticamente al centro es el reformismo. En efecto, en este concepto se encuentran conjugados una serie de valores, de convicciones, de presupuestos, que permiten delimitar con precisión las exigencias de una política que quiera considerarse centrada, o de centro.

En este sentido, el reformismo implica en primer lugar una actitud de apertura a la realidad y de aceptación de sus condiciones. A partir de esta base las políticas que se proyecten deben caracterizarse por su moderación –cualidad esta esencial del centro- y  por su realismo político. Asimismo es una exigencia del centrismo la eficiencia, y la base primera de la eficiencia no son las convicciones políticas, sino la competencia profesional, aunque haya de entenderse ésta como apoyo de la labor política, ya que propiamente la competencia o capacidad política excede los límites de la simple competencia profesional. Y han de ser también las de centro políticas equilibradas, en el sentido de que han de atender a todas las dimensiones de lo real y del cuerpo social, de modo que ningún sector quede desatendido, minusvalorado o negado.

Si en cuanto a su dimensión, las políticas de centro deben caracterizarse como reformistas, moderadas, realistas y eficientes; en cuanto a sus objetivos el primer rasgo que las ha de caracterizar es su contenido social, la acción social que impulsan: estar en el centro, es estar en el mismo interés general.

Las políticas centristas son políticas de integración y en la misma medida se trata también de políticas cooperativas, que reclaman y posibilitan la participación de los ciudadanos singulares, de las asociaciones y de las instituciones, de tal forma que el éxito de la gestión pública debe ser ante todo y sobre todo un éxito de liderazgo, de coordinación, o dicho de otro modo, un éxito de los ciudadanos. Algo, que hoy, con tanto personalismo, con tanta falta de participación real, y con tanta ansia de manipulación y control, brilla por su ausencia.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Dignidad y realidad

Verdad y libertad en democracia exigen la existencia de unos criterios válidos para todos ante los que no haya discriminaciones ni desigualdades que funden una sociedad justa y en paz. Por eso, la dignidad de la persona y los derechos humanos constituyen el mínimo ético general y verdadero de la convivencia entre los hombres y garantizan la libertad solidaria.

En este sentido, una de las cuestiones más importantes admitido el carácter central de la dignidad humana, es el de su fundamentación. Un asunto de gran relieve  porque cuando se basa -la dignidad humana- en el acuerdo o en el consenso, en la racionalidad, resulta, por paradójico que parezca, que se pueden justificar conductas que lesionan la misma dignidad humana. Pensemos en la muerte de enfermos terminales, en las torturas, en la muerte de los concebidos, en el trabajo infantil, en la explotación laboral, y en tantas lesiones y atentados al ser humano como hoy existen entre nosotros.

Por eso probablemente la única explicación que garantice la existencia de ese mínimo ético imprescindible para garantizar la dignidad de todos los seres humanos sea la aproximación trascendente al hombre ya que, parafraseando a Mariel, la dignidad no se puede preservar más que con la condición de llegar a explicar la cualidad propiamente sagrada, absoluta,  que le es propia, y esta cualidad aparecerá tanto más claramente cuando más nos aproximamos ante todo ser humano considerándolo en su desnudez y en su debilidad, al ser humano desarmado que encontramos en el niño, en el anciano, en el enfermo, en el pobre, en el desvalido, en el que sufre, en el abandonado o excluido.

El ser humano, como decía Kant, es un fin en si mismo. Un fin que hoy, no hay más que asomarse a la realidad, se convierte en medio para tantos fines demasiadas veces. Demasiadas.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Centro político y sensibilidad social

Las prestaciones sociales, las atenciones sanitarias, las políticas educativas, las actuaciones de promoción del empleo, son bienes de carácter básico que un gobierno centrista debe poner entre sus prioridades políticas, de manera que la garantía de esos bienes se convierta en condición para que una sociedad libere energías que permitan su desarrollo y la conquista de nuevos espacios de libertad y de participación ciudadana.

Este conjunto de prestaciones del Estado, que constituye el entramado básico de lo que se denomina Estado de bienestar, no puede tomarse como un fin en sí mismo. Esta concepción, hoy muy cerca de nosotros, se traduciría en una reducción del Estado al papel de suministrador de servicios, con lo que el ámbito público se convertiría en una rémora del desarrollo social, político, económico y cultural, cuando debe ser su impulsor. Además, una concepción de este tipo, en que el Estado fuese un mero suministrador de servicios, no promovería el equilibrio social necesario para la creación de una atmósfera adecuada para los desarrollos libres y solidarios de los ciudadanos y de las asociaciones, sino que conduciría más bien al establecimiento de una estructura estática que privaría al cuerpo social del dinamismo necesario para liberarse de la esclerosis y conservadurismo que acompaña a la mentalidad de los derechos adquiridos.

Las prestaciones, los derechos, tienen un carácter dinámico que no puede quedar a merced de mayorías clientelares, anquilosadas, sin proyecto vital, que pueden llegar a convertirse en un cáncer de la vida social. Las prestaciones del Estado tienen su sentido en su finalidad, que va más allá de subvenir a una necesidad inmediata. Por eso las reformas que precisamos no son tanto formales, sino materiales, de índole cultural.

Sírvanos como ejemplo la acción del Estado en relación con los colectivos más desfavorecidos, en los que -por motivos diferentes- contamos a los marginados, los parados, los pobres, los mayores. Las prestaciones del Estado nunca pueden tener la consideración de dádivas mecánicas, más bien el Estado debe propiciar con sus prestaciones el desarrollo, la manifestación , el afloramiento de las energías y capacidades que se ven escondidas en esos amplios sectores sociales y que tendrá la manifestación adecuada en la aparición de la iniciativa individual y asociativa. Justo lo contrario de esa perspectiva clientelar que todavía persiste por el miedo a la libertad y por el deseo de control social tan de moda.

Un planteamiento de este tipo permite afirmar claramente la plena compatibilidad entre la esfera de los intereses de la empresa y de la justicia social, ya que las tareas de redistribución de la riqueza deben tener un carácter dinamizador de los sectores menos favorecidos, no conformador de ellos, como muchas veces sucede con las políticas asistenciales del Estado. Además, permitirá igualmente conciliar la necesidad de mantener los actuales niveles de bienestar y la necesidad de realizar ajustes en la priorización de las prestaciones, que se traduce en una mayor efectividad del esfuerzo redistributivo.

En este sentido, el espacio de centro se configura también como un punto de encuentro entre la actuación política y las aspiraciones, el sentir social, el de la gente. Bien entendido que ese encuentro no puede ser resultado de una pura adaptabilidad camaleónica a las demandas sociales. Conducir las actuaciones políticas por las meras aspiraciones de los diversos sectores sociales, es caer directamente en otro tipo de pragmatismo y de tecnocracia, es sustituir a los gestores económicos por los prospectores sociales.

La prospección social, como conjunto de técnicas para conocer más adecuadamente los perfiles de la sociedad en sus diversos segmentos,  es un factor más de apertura a la realidad. La correcta gestión económica es un elemento preciso de ese entramado complejo que denominamos eficiencia, pero ni una ni otra sustituyen al discurso político. La deliberación sobre los grandes principios, su explicitación en un proyecto político, su traducción en un programa de gobierno,  da sustancia política a las actuaciones concretas, que cobran sentido en el conjunto del programa, y con el impulso del proyecto.

Las políticas centristas se hacen, pues, siempre a favor de las personas, de su autonomía -libertad y cooperación-, dándole cancha a quienes la ejercen, e incitando o propiciando su ejercicio -libre- por parte de quienes tienen mayores dificultades para hacerlo. Acción social y libre iniciativa son realidades que el pensamiento compatible capta como integradoras de una realidad única, no como realidades contrapuestas.

Las políticas centristas no se hacen pensando en una mayoría social, en un segmento social que garantice las mayorías necesarias en la política democrática, sino que las políticas centristas se dirigen al conjunto de la sociedad, y cuando están verdaderamente centradas son capaces de concitar a la mayoría social, aquella mayoría natural de individuos que sitúan la libertad, la tolerancia y la solidaridad entre sus valores preferentes, y por encima de cualquier clase de dogmatismo. Justo lo contrario de lo que acontece en estos pagos.Que pena.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Centro, confrontación y acuerdo (II)

No es incompatible, ni contradictorio, afirmar la categoría suprema del consenso básico, en muchos sentidos metapolítico, sobre el que ha de asentarse la vida democrática, y al mismo tiempo el carácter ineludible de las confrontaciones que el juego político produce. Estas confrontaciones, el juego político, no serían posibles sin aquel consenso.

Así pues, podría decirse que el espacio de centro no se construye allanando la diversidad presente, sino más bien a base de anchear y expandir el espacio en el que nos hemos movido hasta ahora. Y el nuevo espacio dará más juego, sobre todo, a los ciudadanos, que es de lo que se trata.

El centro no es sólo un talante. La vacuidad ideológica del centro -en tanto el centro se sitúa en un territorio ajeno al de las ideologías- y consecuentemente la falta de una traducción política inmediata y directa para las posiciones de centro -cosa que no sucede con el socialismo, el fascismo o el liberalismo doctrinal- lleva a algunos a concluir que el centro es sobre todo un talante, un estilo o un modo de estar en la política, abierto y dialogante, y que a esto se reduce su sustancia política.

No estoy de acuerdo. Veremos porqué. Sencillamente, porque el centro político no es sólo un talante. Por talante se entiende el modo o manera de ejecutar una cosa. Reducir el centro a la categoría de un talante, sería equivalente a reducir la condición de demócrata a lo mismo. Claro que existe un talante democrático, pero tener talante democrático es una cosa, y ser demócrata, otra bien distinta, y mucho más sustantiva, por cierto.

Resulta además que en una sociedad en que en la configuración de la opinión juegan un papel esencial los medios audiovisuales de comunicación, la imagen pública lleva asociada muchas veces la categorización política de los personajes. Por eso, éste como muy bien se ha apuntado, es uno de los peligros que amenaza la vida política en la sociedad mediática. La bendición de los medios de comunicación es capaz de convertir los exabruptos de un líder sexagenario en “desbordamientos de un ímpetu todavía juvenil”, y la maldición de los mismos medios puede presentar las reflexiones serenas, claras y contundentes -racionalmente- de otro político nacido tras la instauración de la democracia como “resabios autoritarios franquistas”.

De hecho, la trascendencia en la opinión pública de la propia imagen hace que el equilibrio en la expresión, el tono conciliador, la actitud de escucha, pueda ser interpretada como talante centrista. Pero tal cosa no significa ser de centro o estar en el centro, por cuanto caben semejantes características en un político que practique la más dura intransigencia ideológica o aún el sectarismo, y más cuando en la actualidad nadie ignora que de la transmisión de tales características asociadas a la propia imagen –como hemos dicho- depende, en una proporción muy alta, la cotización política.

El talante moderado tiene, pues, un alto valor político, igual que el talante dialogante, por ejemplo, pero el centro político reclama la realización de políticas efectivamente moderadas y el posibilitamiento efectivo del diálogo, muy lejos de meras actitudes postizas. Aunque -respecto a esto del diálogo-, como me gusta observar, si bien puede ser cierto -aunque discutible- que dos no se pelean si uno no quiere, es incontestablemente cierto que dos no se hablan –es imposible- si uno se niega a hacerlo. Y de esto, hay, y mucho en el presente, tiempo en el que de nuevo domina el pensamiento bipolar. Por eso precisamos mentes abiertas y talantes moderados.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

El centro político y la eficiencia

Las políticas centristas, que presentan en su discurso perfiles que las singularizan, se traducen en la búsqueda de soluciones prácticas que serán necesariamente sectoriales, y de alcance limitado, pero susceptibles siempre de desarrollos ulteriores, porque se encuadran en la búsqueda del bien general y son de carácter abierto, es decir, soluciones nunca definitivas ni totales.

El trípode necesario para sostener un proyecto político de estas características viene determinado por la buena preparación profesional, la capacidad de diálogo y el respeto a las normas éticas.

Sobre este triple soporte puede abordarse una política que tiene entre sus primera exigencias la eficiencia. Las políticas de centro son políticas de resultados pero no obtenidos de cualquier forma. Si el objetivo último de la acción política son cotas más altas de libertad y participación convendremos que la naturaleza de los bienes políticos últimos es, a veces, escasamente tangible, y más si consideramos que implica un compromiso moral del individuo, decidido a acceder a formas de vida más humanas, de las que sólo él puede ser protagonista. Por eso estas políticas se traducen en bienes (sanidad, educación, …), en acceso a los bienes de la cultura, en acceso a los asuntos públicos. Es decir, realizaciones concretas que facilitan o posibilitan aquellos bienes en los que el ciudadano se tiene que implicar. Escrito de otra manera, los objetivos últimos, los ideales que alientan la vida política no son contabilizables, pero los pasos concretos de la política de cada día, la adecuación de las reformas a aquellos objetivos, sí son evaluables.

Este sentido práctico obliga a orientarse a la realidad, y constituye una ayuda para la superación de los prejuicios ideológicos. Porque el sentido práctico no comulga bien con el sentido ideológico. Sin embargo cuando el sentido práctico se desvincula del proyecto, de los objetivos políticos de largo alcance, se cae en el pragmatismo y en la tecnocracia. Por eso en una política de centro que renuncia al discurso político, el proyecto se guía sólo por las mayorías sociales y cae en el oportunismo. En ese caso el reformismo perdería su sentido auténtico.

La eficiencia significa buscar resultados efectivos, con el mínimo coste, y significa también rigor: en el discurso y en las cuentas. Engordar exageradamente el déficit público no contribuirá nunca al bienestar social, sino que tal práctica se reduce simple y llanamente a hipotecarlo. Satisfacer las expectativas sociales mediante actuaciones inflacionistas, no es hacer política, es practicar el ilusionismo. Decir trabajo para todos aunque el Estado se empeñe hasta el cuello, es sencillamente demagogia: nadie puede querer pan para hoy y hambre para mañana, a no ser que esté en las últimas.

Por otra parte la capacidad de diálogo es el antídoto contra la prepotencia que pueda propiciar la competencia profesional, y el sentido ético la vacuna contra un pragmatismo que ponga los resultados por encima de cualquier consideración. Sí, competencia, dialogo y compromiso ético. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Relativismo y tolerancia

Relativismo y tolerancia, dos grandes conceptos hoy en boga, no siempre van de la mano. Así lo demostró  nada menos que  Norberto Bobbio en «El tiempo de los derechos», donde señalaba que el relativismo no constituye, en contra de lo que pudiera parecer, la base más sólida para la tolerancia.

En efecto, Bobbio distingue entre la tolerancia en sentido positivo y negativo. En sentido positivo, es firmeza de principios y se opone a la indebida exclusión de lo diferente. En sentido negativo, es indulgencia culpable, condescendencia con el error. Para Bobbio nuestras sociedades democráticas y permisivas sufren de exceso de tolerancia en sentido negativo, de tolerancia en el sentido de dejar correr, de no escandalizarse ni indignarse nunca por nada.

En fin, la tolerancia, en sentido positivo, es más firme cuando se apoya en convicciones sólidas. Y, desde luego, más volatil y manejable, cuando en su nombre vale todo, absolutamente todo, sin que se pueda llamar a las cosas por su nombre. Entonces emerge esa dictaudura de lo políticamente correcto o conveniente que con tanto éxito determinadas terminales nos presentan precisamente bajo la apariencia de la tolerancia. Claro, de tolerancia negativa. De renuncia a los principios, de primado del cálculo y de la astucia, de sistemático olvido de las personas y de su excelsa dignidad. A diario lo comprobamos y solo algunos, pocos, se atreven a decirlo. ¿Por qué será?

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Las tecnoestructuras y el centro político

            La política reclama hoy equipos con la preparación intelectual adecuada para abordar los problemas a los que se enfrentan las sociedades desarrolladas  en toda su complejidad. Sin embargo, una eficiencia que pretenda apoyarse sólo en una fundamentación técnica de la actuación política está llamada al fracaso pues  la política está convocada esencialmente a la mejora de las condiciones de vida de las personas en un ambiente de verdadera participación y de control efectivo del poder.

            Esta consideración está en la entraña misma de las denominadas políticas de centro porque al fin y al cabo la consideración de que la solución a los problemas humanos y sociales se alcanza por una vía técnica podríamos calificarla como idea matriz de lo que se denomina “ideología tecnocrática”, dominio de la tecnoestrutura, primado del tecnosistema, por cierto hoy de gran actualidad.

            Esta afirmación sobre la hegemonía de la ideología tecnocrática recuerda la versión más negativa de la ideología, como discurso cerrado, reductivo y dogmático por cuanto se asienta en la despersonalización del individuo y en la  desocialización  de los grupos humanos. Tal esquema lo podemos encontrar en los intervencionismos más intensos como en los liberalismos más radicales.

            La eficacia de la política no se apoya sólo –no puede hacerlo- en el rigor técnico de los análisis y sus aplicaciones, aunque este valor deba tomarse  siempre en consideración. Es necesario  el sentido práctico, muy próximo al realismo, al sentido de la realidad que también desde el centro se reclama.

            Muchas veces la solución técnica más intachable, la más correctamente elaborada es inviable, o puede incluso ser perjudicial porque los hombres y las mujeres a los que va dirigida no son sólo pura racionalidad, ni sujetos pasivos de la acción política, ni entidades inertes, cuya conducta pueda ser preestablecida.

            Por eso, frente a los populismos que expresan las más puras esencias del doctrinarismo radical de una u otra orilla ideológica, y frente a la alianza tecnoestructural entre poder político, financiero y mediático, que en el fondo se confunden, precisamos políticas más humanas, más moderadas, más realistas. Hoy más necesarias.

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo

Centro, confrontación y acuerdo (I)

Una de las principales características del centro se refiere al recurso al consenso como procedimiento político, ya que parece que este espacio político  es, sobre todo,  generador de diálogo, de acuerdo, de modo que el instrumento de solución de los conflictos en la sociedad será el entendimiento.

No es admisible entender que el hilo conductor de la vida política sea la confrontación, de modo que, consecuentemente, el objetivo para una fuerza política no debe ser el aplastamiento del adversario político. Más bien, el hilo conductor fundamental de la vida política es el acuerdo. Sin acuerdos fundamentales y profundos no puede establecerse una vida política democrática. Cuando menos,  el acuerdo en los procedimientos, que debe ser escrupulosamente cumplido. Aún pensando que el acuerdo va mucho más allá, quedémonos al menos con ese mínimo.

El carácter fundante o constituyente del acuerdo, para la vida política, no permite inferir  que toda la vida política sea puro acuerdo. El acuerdo, el pacto, el consenso, es un momento del diálogo, no es ni su estado ideal, ni su conclusión. Pero el consenso sistemático no es posible cuando se afirma la fluidez y el dinamismo de la vida humana, y no ya el dinamismo de un sistema mecánico, o evolutivo, sino de un sistema libre. El consenso, el acuerdo es una etapa del diálogo, pero lo son también el disenso, la divergencia, la discusión, la ruptura, la desavenencia, y la recuperación de la concordia. Todas ellas son fases del diálogo y todas fases igualmente valiosas. Pero lo fundamental, lo principal, no es que los interlocutores se pongan de acuerdo en todo -ni en casi todo, ni siquiera en la mayor parte de los temas-, sino que respeten – y tengan permanentemente presente- el acuerdo básico, metapolítico, que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos.

Cuando el acuerdo no es posible, no se rompe por eso el suelo político del centro, porque queda el procedimiento democrático, la confrontación en las urnas como método de resolución de las desavenencias que puedan producirse -y que ineludiblemente se producirán- en la vida política.

Se ha dicho que la confrontación es un ingrediente ineludible de la vida política. Estoy plenamente de acuerdo. Efectivamente, ante una propuesta determinada, ante un proyecto, la masa social fácilmente se dividirá entre partidarios y detractores -en una simplificación que no toma en cuenta los que no saben o no contestan, o los que consideran una tercera o cuarta opción-. Parece que en el momento presente, la sociología manifiesta que eso, de hecho, es así. Pero es que tal fenómeno en nada contradice la configuración del espacio político de centro a que venimos refiriéndonos. Ni tampoco puede aducirse como apoyo argumental para mantener la pertinencia de la división entre izquierdas y derechas.

Es más, de la reivindicación del espacio de centro, como nuevo terreno para el juego político, no puede colegirse que sea el único espacio político posible, porque el terreno ideológico queda disponible -como no podía ser menos- para quien quiera seguir instalado en él. Criticarlo por su insuficiencia no significa anatematizar –que de nada valdría por otra parte- a quienes lo ocupan; considerar que está históricamente superado, no significa negar la posibilidad de que se produzcan en él nuevas virtualidades, porque si algo aprendemos del pasado es que, aunque la historia nunca se repite, lo cierto es que da muchas vueltas.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Las críticas al espacio de centro

El espacio de  centro, dicen muchos de sus contradictores, con su distanciamiento, su equidistancia, de la derecha y de la izquierda, con su neutralidad, a lo que conduce es a una especie de indefinición que quiere tener las virtualidades de las partes, sin ser ninguna de ellas para ser todas a la vez, y al final lo que consigue es una amalgama de propuestas débiles e insustanciales que permiten calificar su posición fundamentalmente como inconsistente.

Pues bien, el espacio de  centro no se establece por referencia a las posiciones ideológicas, sino desde una crítica profunda de este tipo de formulaciones. Las posiciones ideológicas que se critican desde el centro son aquellas que se configuran como una interpretación completa, cerrada, omnicomprensiva y definitiva de la realidad social e histórica. Son posiciones que, desde el punto de vista generativo, derivan muy directamente del racionalismo ilustrado, y que encuentran sus formulaciones más completas en dos posiciones que desde sus primeros pasos se han visto como antagónicas y como referentes de la confrontación política: el liberalismo y el socialismo. Está al alcance de todos dibujar un mapa preciso de sus incompatibilidades y oposiciones respectivas. El fascismo, por otro lado, elaborado sobre la base de la afirmación nacionalista, se erige como una posición igualmente distante de las dos anteriores, pero no como síntesis de ambas, sino como negación de las dos –ni de derechas ni de izquierdas, se decía-, y se proponía como ajeno tanto al internacionalismo derivado de las consideraciones de clase propias del socialismo, como al individualismo liberal, ambos por negadores del ser nacional.

El diseño de las oposiciones que entre estas posiciones ideológicas se perfilan puede hacerse con tanta precisión debido, precisamente, a su carácter racionalista de fondo, por más que la raíz emotivista del fascismo -propia de toda afirmación nacionalista- pareciera distanciarlo de la común filiación ilustrada. Y precisamente este, el de las oposiciones, es uno de los rasgos más identificativos de las formulaciones que hemos denominado ideológicas, en cuanto que las ideologías se autoafirman como saberes de salvación, y sólo admiten otras posiciones como un mal derivado de la articulación democrática de la vida política, y, consecuentemente también, sólo conciben la vida política como confrontación, como enfrentamiento, como antagonismo, donde el campo se divide entre dos categorías, las de los nuestros y los demás.

En este sentido, el espacio de centro carece de la consistencia dogmática propia de las ideologías cerradas. Ahora bien, tal tipo de consistencia no interesa al centro porque se trata de una consistencia falaz, aparente, establecida sobre una base reductora de la realidad, propia de todo racionalismo.

Afirmar que nuestro conocimiento de la realidad es parcial, y en muchos sentidos -no en todos- relativo, que en absoluto podemos atisbar cual es la situación final a que nos conduce la historia, que no tenemos ni podemos tener nunca a nuestro alcance los resortes o las claves para establecer un orden social definitivamente justo y plenamente libre, no puede equipararse a las formulaciones ideológicas. Está en sus antípodas. Consecuentemente, desde estos presupuestos, no puede pretenderse que el espacio de centro se defina con un posicionamiento ideológico de este estilo, que sería –desde ese punto de vista- efectivamente inconsistente, sino que lo que se establece es un nuevo espacio político y un nuevo discurso que rompe con los tópicos, fórmulas y dogmas del lenguaje ideológico, en tantos sentidos –creo no equivocarme- insuficientes. Así, el problema, lo vemos en las últimas elecciones es que, por mor de la manipulación creciente, seguimos presos de los esquemas bipolares. Ojala no por mucho tiempo.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana