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La crisis del sistema político

La crisis del sistema político

 

La democracia moderna, es sabido, se establece sobre el supuesto de que los gobiernos deben tener presente que la razón ha de presidir la discusión que alimenta la vida pública. Discusión que, lógicamente, debe orientarse a los fundamentos mas racionales de las cosas, independientemente de las posiciones partidistas. Es decir, es la razón humana quien debe constituirse como guía última del discurso democrático, y no la razón partidista, la razón estratégica, la razón técnica, o la razón de Estado.

 

 

En este sentido conviene siempre preguntarse hasta que punto los gobiernos toman en consideración las opiniones de los distintos interlocutores para buscar soluciones razonables que posibiliten el consentimiento general de quienes participan -o deben participar- en la vida política. Es igualmente pertinente cuestionarse hasta qué extremo algunos interlocutores exageran su desacuerdo haciendo primar criterios ideológicos o estrategias de desgaste de los gobiernos sobre el interés general de la comunidad.

 

Por eso, desde la razón es preciso llamar la atención sobre la configuración de la persona como centro del sistema y simultáneamente señalar la referencia básica de que la democracia es el camino idóneo para promover las condiciones necesarias para el pleno desarrollo del ser humano y para el libre y solidario  ejercicio de sus derechos. El sistema democrático -en el sentido más amplio de la participación ciudadana en la vida pública- es una exigencia incuestionable de la condición personal del hombre.

 

En definitiva, la democracia debe aportar en este tiempo la recuperación de sus valores primigenios, y propiciar un ambiente de solidaridad, equidad, convivencia, tolerancia y de sensibilidad ante los problemas de las mujeres y de los hombres de nuestro tiempo.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

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