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Democracia y partidos

Democracia y partidos

 

 

La democracia debe ser perfeccionada, mejorada, para que recupere sus valores originarios y pueda contribuir a una sociedad libre, en paz, participativa, presidida por la justicia y la igualdad de oportunidades, Para ello, la crítica es un buen instrumento siempre que se utilice desde planteamientos constructivos. Y, en este contexto hay una cuestión que no se debe omitir. Me refiero a lo que muchos vienen calificando como partitocracia.

 

La partitocracia es un mal que hay que combatir. La peligrosa tendencia a la oligarquización que se está produciendo en la vida política, y sobre todo en los partidos, es una de las más peligrosas enfermedades de la democracia. Para extirpar este maligno tumor probablemente habrá que pensar en sistemas de listas abiertas, limitar el número de los mandatos, fomentar la libertad de voto en determinados temas que afecten a los principios y valores, aumentar el número de las autoridades independientes o neutrales y buscar fórmulas para que el nivel de los dirigentes públicos sea la que se merece la sociedad. También,  desde luego, reflexionar si tenemos el número de cargos públicos necesarios en cada momento.

 

Los partidos políticos también deben recuperar su funcionalidad propia dentro de la filosofía democrática. Para ello, nada mejor que los electores puedan elegir libremente a los candidatos que les merezcan mayor confianza. Esta es una de las mayores corrupciones de la democracia y un caldo de cultivo en el que florece, como advertía hace años Cossiga,  la mediocridad y la arbitrariedad. En este sentido, los partidos, en lugar de ser  instrumentos de intermediación entre la sociedad política y la civil, tinden a covertirse en un complejo y cerrado aparato de recolección y defensa del consenso como título para ejercer una impropia gestión del poder. Por eso, la partitocracia desnaturaliza el sistema democrático ya que produce, en palabras de Cossiga,  disfunción de las instituciones, empañamiento de los valores de credibilidad del Estado y de los demás sujetos del poder público, debilitamiento de la autoridad efectiva del Estado, carencias y lentitud de la Administración de Justicia y sospecha de partidismo, insuficiente respuesta de los servicios a la demanda social y creciente manifestación de los partidos más como gestores del poder que como organizadores del consenso para la afirmación de programas. De ahí la creciente desafección que caracteriza este tiempo.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

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