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Moderación y populismo

Moderación y populismo

Hoy, en pleno auge del populismo, en diferentes países y latitudes, también entre nosotros, vuelve al candelero el pensamiento ideológico, bipolar, y, con él, los esquemas de confrontación y enfrentamiento que tuvieron su momento en los mejores tiempos de las ideologías cerradas y que hoy resucitan a causa de los réditos que producen en sociedades inmaduras. Hoy, por mor de la incapacidad de implementar reformas en el sistema de la democracia representativa, por la creciente corrupción y la falta de ideas y de compromiso genuino con los valores democráticos de no pocos dirigentes que se apoltronan en el poder, la indignación se instala en el ánimo de muchos millones de personas y el populismo, aliado con el miedo a la extrema derecha o a la extrema izquierda, de uno u otro signo, ha terminado por conducir y manejar el descontento general.

Ordinariamente, quienes toman estos derroteros del radicalismo y la ideologización lo hacen porque tienen la convicción de que disponen la llave que soluciona todos los problemas, porque disponen del resorte mágico que cura todos los males. Esta situación deriva normalmente de pensar que se posee un conocimiento completo y definitivo de la realidad. Para  ellos, la consecuencia de sus postulados es una acción política decidida que ahoga la vida de la sociedad y que cuenta entre sus componentes con el uso de los resortes del control  a que someten al cuerpo social.

En las antípodas de estos planteamientos se encuentra el espacio de la moderación, del equilibrio, de la reforma razonable y humana de la realidad. Un espacio fundado en una educación cívica sólida que suele conducir a la senda del progreso de los pueblos. Desde la moderación se respeta la realidad y se es consciente de que no hay fórmulas mágicas. Por supuesto que se sabe que acciones emprender y se sabe aplicarlas con decisión, pero con la prudencia de tener en cuenta que la realidad no funciona mecánicamente ni se debe interpretar desde el pensamiento único y estático.

En este marco, la moderación no significa medias tintas, ni la aplicación de medidas políticas descafeinadas, tímidas o pusilánimes, porque la moderación se asienta en convicciones firmes y particularmente en el pleno respeto a la identidad y autonomía de cada actor social o político. En otras palabras, la moderación descansa  en la bondad  del pluralismo y se expresa desde las convicciones, no desde las imposiciones.

Pues bien, ante la vuelta de las ideologías cerradas, ante el regreso del populismo, el espacio del centro, de nuevo, adquiere una gran importancia para diseñar políticas moderadas, centradas en la mejora integral de las condiciones de vida de las personas.   En fin, desde la moderación, desde la contemplación de la realidad tal y como es,  resulta más fácil pensar en la política como servicio al interés general. Es más fácil porque se está liberado de la esclavitud de la ideología cerrada, de esa cerrazón para ver la realidad que atenaza a quienes se empeñan por atarse a perspectivas de una única dirección. La realidad hay que conocerla, respetarla y mejorarla. La moderación, en definitiva,  invita a nuevas maneras, a nuevos estilos de hacer política, mucho menos radicalizados; fundamentalmente mucho más comprometidos con los problemas reales de todos los ciudadanos. Por estos pagos, solo uso alternativo de la moderación, nada más.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

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