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Centro, confrontación y acuerdo (I)

Centro, confrontación y acuerdo (I)

Una de las principales características del centro se refiere al recurso al consenso como procedimiento político, ya que parece que este espacio político  es, sobre todo,  generador de diálogo, de acuerdo, de modo que el instrumento de solución de los conflictos en la sociedad será el entendimiento.

No es admisible entender que el hilo conductor de la vida política sea la confrontación, de modo que, consecuentemente, el objetivo para una fuerza política no debe ser el aplastamiento del adversario político. Más bien, el hilo conductor fundamental de la vida política es el acuerdo. Sin acuerdos fundamentales y profundos no puede establecerse una vida política democrática. Cuando menos,  el acuerdo en los procedimientos, que debe ser escrupulosamente cumplido. Aún pensando que el acuerdo va mucho más allá, quedémonos al menos con ese mínimo.

El carácter fundante o constituyente del acuerdo, para la vida política, no permite inferir  que toda la vida política sea puro acuerdo. El acuerdo, el pacto, el consenso, es un momento del diálogo, no es ni su estado ideal, ni su conclusión. Pero el consenso sistemático no es posible cuando se afirma la fluidez y el dinamismo de la vida humana, y no ya el dinamismo de un sistema mecánico, o evolutivo, sino de un sistema libre. El consenso, el acuerdo es una etapa del diálogo, pero lo son también el disenso, la divergencia, la discusión, la ruptura, la desavenencia, y la recuperación de la concordia. Todas ellas son fases del diálogo y todas fases igualmente valiosas. Pero lo fundamental, lo principal, no es que los interlocutores se pongan de acuerdo en todo -ni en casi todo, ni siquiera en la mayor parte de los temas-, sino que respeten – y tengan permanentemente presente- el acuerdo básico, metapolítico, que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos.

Cuando el acuerdo no es posible, no se rompe por eso el suelo político del centro, porque queda el procedimiento democrático, la confrontación en las urnas como método de resolución de las desavenencias que puedan producirse -y que ineludiblemente se producirán- en la vida política.

Se ha dicho que la confrontación es un ingrediente ineludible de la vida política. Estoy plenamente de acuerdo. Efectivamente, ante una propuesta determinada, ante un proyecto, la masa social fácilmente se dividirá entre partidarios y detractores -en una simplificación que no toma en cuenta los que no saben o no contestan, o los que consideran una tercera o cuarta opción-. Parece que en el momento presente, la sociología manifiesta que eso, de hecho, es así. Pero es que tal fenómeno en nada contradice la configuración del espacio político de centro a que venimos refiriéndonos. Ni tampoco puede aducirse como apoyo argumental para mantener la pertinencia de la división entre izquierdas y derechas.

Es más, de la reivindicación del espacio de centro, como nuevo terreno para el juego político, no puede colegirse que sea el único espacio político posible, porque el terreno ideológico queda disponible -como no podía ser menos- para quien quiera seguir instalado en él. Criticarlo por su insuficiencia no significa anatematizar –que de nada valdría por otra parte- a quienes lo ocupan; considerar que está históricamente superado, no significa negar la posibilidad de que se produzcan en él nuevas virtualidades, porque si algo aprendemos del pasado es que, aunque la historia nunca se repite, lo cierto es que da muchas vueltas.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

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