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Las redes sociales

Las redes sociales

La influencia de las redes sociales en la vida cotidiana es, desde luego, cada vez más importante. Es verdad que mucha gente aprovecha las nuevas tecnologías para expresar sus puntos de vista. Unas opiniones, cualesquiera que sean, que sin estos medios jamás habrían tenido repercusión mediática. En algunos países, ciertos proyectos de decisiones públicas, o de ciertas legislaciones, fueron suspendidas o paralizadas precisamente por su repercusión en las redes sociales. En El Salvador unos pocos años atrás fue tal la multitudinaria oposición registrada en las redes sociales ante la pretensión de excluir al poder legislativo de la ley de transparencia y acceso a la información, que tal decisión fue abortada de inmediato.

Es muy saludable cívicamente que la gente exprese sus criterios y sus puntos de vista sobre las diferentes propuestas o proyectos existentes en el espacio de la deliberación pública, que por definición  es, debe ser, abierto y plural . Y eso, que duda cabe, se puede hacer también a través de las redes sociales. Sin embargo, las redes sociales, por relevantes que sean, jamás podrán sustituir a las denominadas asociaciones voluntarias. El grado del compromiso político y cívico que se puede deducir de la participación en las redes sociales, con ser digno de mención, no es, ni mucho menos, del calibre e importancia que la activa participación periódica en una asociación civil voluntaria.

Los expertos en sociología y teoría política tienen claro que la asociación voluntaria es manifestación adecuada de confianza social, y sin confianza no puede existir un proyecto de sociedad, y, por ende, tampoco un grado aceptable de participación. En el mundo occidental, por ejemplo, se constata un alarmante descenso de la presencia ciudadana en las asociaciones voluntarias. Las causas pueden ser variadas, pero en general, salvo excepciones, se observa un cierto repliegue hacia lo individual, hacia lo personal, un espacio reacio a conectar con las diversas formas de solidaridad que, de una u otra manera, podían controlar de algún modo al poder, cualquiera que fuera su naturaleza.

La existencia de instituciones intermedias sólidas, resultado de la agrupación real de la ciudadanía en diversas áreas, siempre se ha considerado un síntoma de pujanza democrática. Por ejemplo, en España la militancia política y la participación en determinadas acciones públicas y sociales, a pesar de la que está cayendo, es prácticamente insignificante. A veces incluso las ONGS, algunas, han pasado a ser OMGS, organizaciones muy gubernamentales.

En general, toda una colosal operación de manipulación y control social que parte de las diferentes tecnoestructuras impiden de forma grosera o sutil que aflore el descontento real que existe en la sociedad. Una parte de esa desconfianza, sin embargo, está siendo hábilmente manejado por esos populismos que aspiran, no hay más que ver sus antecedentes, a la perpetuación en el poder. El problema está en esa mayoría silenciosa que se esconde en un anonimato cómodo a veces camuflado de consumismo insolidario y otras, las más, de individualismo irresponsable ante la cosa pública.

Necesitamos, me parece, instituciones sociales sólidas, genuinas, independientes, que defiendan intereses colectivos y, sobre todo, que apuesten por facilitar y promover la libertad solidaria de los ciudadanos.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es

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