• jra@udc.es

Archivo de autores

Dignidad humana

Los derechos humanos, los derechos fundamentales de la persona, vienen siendo interpretados, también en este momento tan inquietante de la historia del mundo que nos ha tocado vivir, desde una perspectiva individualista. Tal orientación, presente en legislaciones de muchas latitudes, no es más que la expresión en clave jurídica de una ola de profunda insolidaridad que atenta, y gravemente, al bien común, al interés general. La dimensión subjetiva de los derechos prima de forma casi absoluta mientras que la dimensión social brilla por su ausencia. No es ninguna casualidad. Las tecnoestructuras dominantes imponen, también las populistas por supuesto, determinados esquemas de comportamiento y de estilo de vida que convierten a una población indefensa en masa dócil y sumisa ante los dictados de quienes realmente mueven los hilos y se benefician, y de qué manera, de estas operaciones de control y manipulación. No hay más que ver las relaciones y estilos de vida de los conversos a la casta,

En este contexto, cada vez es más urgente llamar la atención acerca de la necesidad de armonizar la dimensión individual, personal, con la consideración social, con el empeño por la mejora de las condiciones de vida de todos los ciudadanos. Si prevalece la perspectiva individualista, cada persona termina por convertirse en la medida primera y última de todo y de todos abriéndose un espacio de insensibilidad social de letales consecuencias. Ahí tenemos en nuestras ciudades especialmente una legión de personas solas, de ciudadanos abandonados a su suerte, de vecinos sin lazos comunitarios que quizás puedan vivir cómodamente pero que han perdido la capacidad relacional tan importante para el libre y solidario desarrollo del ser humano.

La exaltación del lucro, del beneficio, del resultado, de la eficiencia, conduce, desde la instauración del pensamiento único, a la conversión del ser humano, sea del que está por venir, del que es pero vive en malas condiciones y del que está a punto de dejar de ser, en puro objeto de usar y tirar. Ahí está, por ejemplo, el caso de las retribuciones de muchos becarios y jóvenes profesionales que viven encerrados en jaulas de oro, ahí está esa brecha cada vez más amplia entre los que tienen salarios altos y bajos, y ahí está, sobre todo, esa globalización de la indiferencia que tanto daño hace al tejido social y a la calidad de vida de las personas.

El dominio de la técnica y de la eficiencia suele llevarnos a ambientes en los que la persona es reducida a un mero engranaje de una estructura que la convierte, como mucho, en un bien de consumo que cuándo ya no sirve a la causa, es desechado sin reparo, descartado por que ya no es útil a la corporación. Ahí están los enfermos terminales, los ancianos abandonados y sin cuidados y, sobre todo, los niños a los que se condena a no poder existir.

Por eso, la dignidad humana debería volver a ser el centro de las políticas, el centro y la raíz del orden social, político y económico, no ese sucedáneo que queda tan bien en discursos y escritos pero que a nada compromete. Afirmar la supremacía de la dignidad humana es hoy cada vez más importante, y más desafiante, sobre todo cuando quienes patrimonializaron este espacio de compromiso se han convertido como en relevantes,  rutilantes miembros de la casta.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Una estrategia anticorrupción

Las reacciones frente a una corrupción general y sistémica, que inunda la vida social, privada y pública, han estado presididas por la promulgación de normas y normas jurídicas, por la declamación teórica, que, sin embargo, no consiguen detener el paso firme y constante de esta colosal lacra social que mina los fundamentos éticos y morales de nuestra sociedad y abre una brecha inquietante entre ciudadanos y políticos, sobre todo.

En este contexto es menester poner en marcha políticas y medidas más concretas en las que participen los funcionarios y autoridades públicas, las empresas, la sociedad civil y los ciudadanos para superar la desconfianza reinante en la vida pública, en las necesarias inversiones y, sobre todo, restaure una cultura democrática que, aunque no queramos reconocerlo, se está diluyendo al socaire de la moda populista y demagógica.

En este sentido, es necesario reformar, a fondo, el régimen de la contratación pública, no para complicarlo hasta el paroxismo inundándolo de una multitud de exigencias formales absurdas, sino profundizando en la transparencia, en la objetividad y en la rendición de cuentas, que, con un uso inteligente de las nuevas tecnologías, son verdaderamente los asuntos clave. También se precisa reformar el régimen de la financiación de las campañas políticas para que el dinero no sea el gran protagonista y si lo sea la argumentación y exposición de propuestas de las distintas formaciones y de sus candidatos de manera que puedan llegar con facilidad a los electores.

El sistema de justicia penal, sobre todo en Iberoamérica, debe modificarse para evitar la captura del Estado por las élites políticas y financieras. El Consejo asesor anticorrupción del BID plantea en esta materia que se exploren acuerdos de culpabilidad, incluyendo la negociación de cargos y la cooperación internacional que contribuya a acelerar la resolución de estos casos.

Obviamente, la estrategia anticorrupción debe incluir integralmente medidas como las comentadas sin olvidar la dimensión educativa, pues si las personas en la escuela y en el colegio se familiarizan con los valores y entienden bien la importancia de las prácticas éticas es más fácil que las medidas formales cumplan su función. Si la sociedad en su conjunto, y las personas en particular, no están convencidas de la relevancia de actuar siempre bien, poco o nada se podrá conseguir.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Europa y sus raíces

La salida de Inglaterra de la Unión Europea, tras la victoria de Johnson en las recientes elecciones generales, es una buena ocasión para repensar Europa y en lugar de caer en el pesimismo, recuperar las señas de identidad de un continente que se han ido perdiendo con el paso del tiempo y que conviene recuperar.

En efecto, a la vista de los derroteros por los que camina la hoy enferma Europa, es menester que volvamos nuestra mirada hacia ese puñado de estadistas que fueron capaces a mediados del siglo pasado de levantar este magnífico escenario de integración cultural, política y económica que hoy se llama Unión Europea. En efecto, Schuman, Adenauer y De Gasperi fueron los tres abanderados de un gran proyecto de concordia, unidad y paz que, sin embargo, sus sucesores, llevaron al más rancio capitalismo, y de ahí, a un ambiente de dominio de los fuertes sobre los débiles carente de los más elementales valores morales.

Es verdad, la Unión Europea, tal y como fue concebida por estos tres estadistas, era sobre todo una unión política en una serie de valores comunes forjados a lo largo del tiempo en el solar del viejo continente. La integración económica siempre se concibió cómo un medio adecuado para transitar por esa senda de humanismo compartido en torno a los derechos fundamentales de la persona, que es el gran legado de tantos años de historia por mantener la primacía de la dignidad del ser humano como fin de la acción pública. A día de hoy, a pesar de los esfuerzos que se realizan, la percepción ciudadana en el continente europeo es la que es, la que todos conocemos y la que todos hemos experimentado elección tras elección al Parlamento europeo, y especialmente en los referéndums sobre el proyecto de Constitución. Un proyecto artificial, tecnoestructural, alejado de la vida de los ciudadanos y manejado por una serie funcionarios en su propio beneficio.

Probablemente, una de las causas de la salida de Inglaterra del proyecto europeo se deba a la falta de compromiso de las autoridades de la Unión precisamente en lo que es y en lo que representa en el mundo la identidad europea. Identidad que está inexorablemente vinculada al profundo y rico contenido de las raíces de una civilización montada sobre la libertad y la igualdad de los seres humanos. Derechos y libertades que encuentran su fundamento en el cristianismo. Así lo decía Schuman en 1959 dirigiéndose al Parlamento europeo: “La democracia ha nacido y se ha desarrollado con el cristianismo, ha nacido cuando el hombre, fiel a los valores cristianos, ha sido llamado a valorar la dignidad de la persona, la libertad individual, el respeto de los derechos de los demás y el amor al prójimo. Antes de la era cristiana estos principios no habían sido enunciado jamás; el cristianismo ha sido el primero en valorar la igualdad entre todos los hombres, sin diferencias de clase o de raza”.

Las raíces cristianas de Europa son una realidad histórica que explica el sentido y la funcionalidad de los valores que impregnan la cultura europea. El cristianismo, en este sentido, ha jugado un papel muy relevante porque, entre otras cosas, ofrece un fundamento a la dignidad de la persona que en otros contextos se concibe de manera inmanente. La igualdad ontológica de todos los hombres tiene, en la cultura cristiana, una fuerza especial que hace de ella un principio general sin excepciones. Mientras, en las orillas del positivismo, la desigualdad es posible si es que la norma lo permite. Algo que, como podemos observar en este tiempo, ocurre con demasiada frecuencia en este tiempo de fuertes desigualdades que nos ha tocado vivir.

De Gasperi también trató sobre este tema en más de una ocasión porque sabía que los valores europeos son esencialmente valores del cristianismo. En efecto, estas son sus palabras con las que termino el artículo de hoy: “El origen de la civilización es el cristianismo. Con ello no pretendo introducir un criterio confesional exclusivo ni una evaluación de nuestra historia, sino el de una herencia europea común, de una ética compartida por todos que exalta la idea de la responsabilidad de la persona humana, con su fermento de fraternidad evangélica, con su sentido del derecho heredado de la antigüedad, con su culto de la belleza afinado desde hace siglos, con la preocupación de la verdad y la justicia fundados sobre una experiencia milenaria”. Es decir, reconocer la realidad ni es confesionalismo ni es fundamentalismo. Es, sencillamente, eso: reconocer la realidad.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

El Estado de Derecho

En el Estado de Derecho el ejercicio del poder público, también el financiero y el económico por supuesto, está sometido plenamente a la ley y al derecho. En efecto, el principio de juridicidad, junto a la separación de los poderes del Estado y al reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona, los individuales y los sociales, componen el trípode sobre el que asienta ese modelo cultural y político que conocemos como Estado de Derecho. Un modelo que se pisotea y transgrede, sutilmente las más de las veces, groseramente de vez en cuando, cuándo se permite que la voluntad de mando, de poder, se convierte en canon único y exclusivo, sin límites, de la actuación de quienes están investidos de alguna suerte de potestades, sean de la naturaleza que sean. El que manda, en un Estado de Derecho de calidad, suele ser ejemplar también en la disposición de someter a la ley y al derecho sus decisiones, ya que el control del poder es consustancial a la democracia.

En efecto, a pesar de que los Ordenamientos constitucionales someten a la ley y al derecho las manifestaciones del poder político, económico y financiero, con frecuencia, en España estos días, comprobamos como quien manda procura escapar del control de los tribunales de justicia, especialmente cuando intuye que la independencia del poder judicial es un obstáculo para sus objetivos de consolidar el poder.

Tal forma de actuar es deudora nada menos que de Hobbes, que antepuso la voluntad a la razón, la fuerza al derecho. Es decir, se sustituye la razón por la voluntad como principal elemento de la norma jurídica, de forma y manera que la adecuación a la razón de las leyes del parlamento apenas tiene relevancia. La voluntad de dominar, de doblegar, de vencer, se impone a la razón, que es preterida, tantas veces postergada. Un claro ejemplo lo tenemos en esos parlamentos en los que no se razona, en los que únicamente tiene cabida el dominio asentado en la estadística, una ciencia que, como dijera tiempo atrás cínicamente Kissinger, es la base de la democracia, que así concebida, no sería más que una cuestión de esta naturaleza.

La voluntad se impone a la razón y, por ende, el equilibrio aristotélico entre materia y forma se transforma, por mor de la mayoría de los votos, en una dictadura que renuncia a los principios tratando de dominar es escenario social. Y si hay opiniones que no interesa que afloren, se busca la forma de presentarlas como dañinas para el régimen que se instaura.

El Estado de partidos, que sustituye al Estado de derecho, convierte a las formaciones partidarias, especialmente a las cúpulas, en la fuente del poder y de las normas de los distintos poderes del Estado. Los diputados deben seguir a pies juntillas los mandatos de una dirección que normalmente solo piensa y actúa en términos de control. En este marco, pues, el derecho, la justicia, acaba siendo, como mucho, un eslogan o argumento con el decorar ciertos discursos, pero nada más. Y a veces, hasta es un estorbo que debe eliminarse a base de fórmulas más o menos edulcoradas que tratan de domesticar los residuos de autonomía e independencia que pudiera haber.

Como es bien sabido, los dictadores usaron en su provecho el propio Estado. Hitler, sin ir más lejos, utilizó, y de qué manera el Estado, sorprendentemente el llamado Estado de “Derecho” del momento, como arma arrojadiza contra el propio derecho hasta conseguir anularlo, laminarlo, dominando a su antojo a la sociedad. Los alemanes, por eso, en la Constitución de Bonn dejaron esculpido en uno de sus preceptos más relevantes que el poder público está sometido a la ley y al derecho. A la norma elaborada en el parlamento y a ese humus o conjunto de principios que han de respirar las normas para orientarse derechamente a la justicia.

La recuperación de la razón como norte de la ley es una tarea urgente. Se lleva hablando, y escribiendo desde hace tiempo, pero no se afronta esta cuestión de verdad porque el dominio de lo tecnoestructural, de la razón positivista, es tal que impide contemplar la realidad en su esencial dimensión plural y abierta. Los postulados del pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario cada vez tienen más importancia y cada vez son más necesarios si es que de verdad queremos asentar el solar de nuestra democracia sobre bases sólidas.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza del Derecho tenemos la gran responsabilidad de poner a disposición de la sociedad juristas, no simples conocedores de leyes, hombres y mujeres comprometidos con la justicia, con la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo, lo que se merece, no simples mercaderes de intereses que se compran y venden al mejor postor, sea en el ámbito político, económico o financiero. Los principios del Estado de Derecho, de la razón, son cada vez más importantes. El problema es que el primado de la eficacia, de lo conveniente, de lo útil para la tecnoestructura, todo lo invade, todo lo arrasa. Por eso, el tiempo en que estamos es un tiempo en que de nuevo la batalla entre los principios y el pragmatismo, entre la dignidad y la utilidad, vuelve al primer plano de la realidad. En España, especialmente.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo y miembro de la Academia Internacional de Derecho Comparado de La Haya.

JRA

Pensamiento complementario

Los tiempos que corren son tiempos, desgraciadamente, de pensamiento único, de esquemas de confrontación, de enfrentamiento. Pareciera que el pensamiento abierto, plural, dinámico, realista y complementario fuera de otra época. Y, sin embargo, ahora, precisamente ante la forma en que se plantean muchas cuestiones, hemos de reconocer que el pensamiento complementario y compatible es una solución a muchos problemas de este tiempo.

En efecto, frente a una mentalidad positivista que viene despreciando desde hace demasiados años las humanidades y el humanismo, resulta alentador constatar que tal perspectiva está siendo puesta en cuestión. El pretendido conflicto entre las ciencias y las letras, más teórico que real ciertamente, que generó dos saberes antitéticos, hoy parece que debe resolverse desde los postulados del pensamiento complementario y compatible.

Summit y Vermuele, autores de “The two cultures fallacy”, señalan en un artículo publicado recientemente en The Cronicle of Higher Education, que es un tópico artificial suponer que existe una divergencia insalvable entre el saber aplicado de las ciencias y el denominado conocimiento inútil o improductivo de las letras, como se ha denominado deliberadamente el conocimiento propio de las Humanidades. Es necesario, dicen estos profesores, superar este antagonismo interesado para reconocer la necesidad de un diálogo fructífero y enriquecedor.

No se trata de discutir acerca de que saber es de más categoría o disfruta de mayor prestigio académico, sino, desde los postulados del pensamiento complementario, estudiar cómo se pueden unir mejor las ramas del saber para proporcionar, dicen estos profesores, un conocimiento más integrado y articulado a los estudiantes. Porque no es cuestión de discusiones bizantinas sino de pensar en educar mejor a los alumnos.

Tradicionalmente se ha pensado que las ciencias aplicadas facilitaban un saber más técnico que permitía a los estudiantes integrarse perfectamente en la vida activa, mientras que los alumnos de letras eran tachados de dedicarse al disfrute de un conocimiento meramente especulativo y contemplativo. En realidad, tal apreciación no es cierta pues en la primera fase de la Edad media el estudio de la historia, la literatura, la filosofía o la retórica, proporcionaban un saber valioso y contribuían a la mejora y al progreso social, mientras que las ciencias se identificaban con un saber desconectado de la práctica.

Sumit y Vermuele demuestran en su estudio algo que hoy llama la atención: el ámbito que primero se vinculó con la vida activa fue precisamente el de las humanidades, cuya utilidad para el bien común las hizo imprescindible para la formación de los burócratas. En efecto, antes de que surgiera la ciencia como conjunto específico de disciplinas los llamados “studia humanitatis” constituían el modelo del saber útil del que luego se apropió la ciencia. En el siglo XVII, dicen estos profesores, fue cuando las cosas cambiaron y los eruditos empiezan a reclamar los beneficios sociales y empíricos del saber empírico natural. Ya en el siglo XX, las humanidades quedaron constituidas como el ámbito propio de lo humano en contraste con el campo deshumanizado de las ciencias.

Sin embargo, tal dualidad irreconciliable debe superarse por elevación, pues hay que reconocer que a través de las ciencias tenemos una mejor comprensión del ser humano y desde las humanidades se pueden mejorar los saberes aplicados. Por eso, la interdisciplinariedad, es hoy de gran relevancia en el ámbito académico y en la constitución de los grupos de investigación de vanguardia. Hoy no podemos ocultar que los distintos campos del saber, señalan Sumit y Vermuele, incorporan cada vez más conocimientos pertenecientes a áreas de conocimiento de ciencias y de humanidades pues las líneas de investigación relacionadas, por ejemplo, con la bioética o las humanidades digitales convocan este esquema de complementariedad.

Claro, este diálogo reclama nuevas formas de enseñanza y aprendizaje, así como superar el mito y el dogma de la especialización. Es tiempo, pues de ser humanistas y científicos superando divisiones de otros tiempos. Como siempre, la realidad, tarde o temprano, muestra la realidad, una realidad que cuando es dinámica y complementaria, resuelve los problemas, mientras que cuando es estática y pétrea, no hace más que provocarlos. He aquí un botón de muestra.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Moderación y razón

En los últimos tiempos se observa una peculiar e inquietante tendencia a la ausencia de explicaciones y argumentaciones en relación a ciertas decisiones y a ciertas políticas, sobre todo en el ámbito público. Todo lo más, como si fuera una fórmula mágica polivalente, se esgrime, con ocasión y sin ella, la referencia abstracta al interés general. Por cierto, un interés general que ordinariamente, ni se concreta ni se justifica, como si el solo uso de esta taumatúrgica expresión eximiera de toda explicación o argumentación.

La política es, sobre todo en la democracia, todos lo sabemos, una tarea de rectoría de los asuntos públicos orientada a la mejora de las condiciones de vida de las personas, de los ciudadanos. En la medida en que la política descansa sobre el Estado de Derecho, la racionalidad y la objetividad han de presidir la confección y elaboración de las políticas públicas, así como su comunicación y explicación a los ciudadanos. Comunicación y explicación son dos funciones bien relevantes de los nuevos espacios políticos que han de realizarse pedagógicamente, dedicando tiempo a exponer las argumentaciones y las razones que justifican la acción de gobierno o de la oposición política.

Sin embargo, la realidad demuestra, más bien, que la pedagogía y la argumentación brillan por su ausencia.  Estos días lo hemos visto.  Probablemente porque reclama trabajo y esfuerzo, porque no es nada sencillo colocarse en la piel de quienes escuchan, de las personas a quienes van dirigidos los mensajes. Sin embargo, es una exigencia de la política democrática, especialmente en los momentos más delicados.

          Los nuevos espacios políticos traen consigo una particular exigencia de pedagogía política. Efectivamente, en el desarrollo de sus políticas, las formaciones inspiradas en la moderación, en el uso de la razón y de la argumentación, deben atender de modo muy particular a la comunicación con el entorno social, con toda la sociedad. El trabajo de pedagogía política no es, de ninguna manera, una labor de adoctrinamiento, de conversión ideológica, sino precisamente de transmisión de los valores de las políticas que se proponen o que se realizan. El respeto a las posiciones ideológicas diferentes, a los valores que individualmente cada ciudadano defiende, debe conjugarse con la insistencia en la convocatoria a abrirse a la realidad de las cosas, y a su complejidad, haciendo ver que las soluciones simplistas no son soluciones, que la prudencia es una buena guía en las decisiones políticas, y que esta no está reñida –antes al contrario- con las metas sociales ambiciosas. Importa más el trabajo serio y consolidado que los gestos superficiales y sin fundamento. A veces, ahora lo comprobamos, bajo la apariencia de progreso se esconde un progresivo deterioro de la vida económica y social e incluso de la ética, que nunca tardará demasiado en ponerse en evidencia.

      En este tiempo en el que algunos confunden la moderación y el ejercicio razonado de la política con la ambigüedad, la pusilanimidad o la indiferencia, la exigencia de explicación y de pedagogía es, si cabe, más relevante. Si así no se hace, la gente se siente decepcionada, frustrada, se aleja de los políticos y, es lógico, empieza a abrirse a nuevas propuestas populistas y demagógicas que orecen el oro y moro y un nuevo mundo plagado de toda suerte de beneficios y opciones.

       Desde la moderación, que significa apertura, pluralidad, dinamismo y complementariedad, es menester que se transmitan al pueblo las políticas a emprender acompañadas o precedidas de las razones de su formulación, así como de las consecuencias que de ellas se van a desprender.

La pedagogía política impide la demagogia porque la racionalidad es su principal manifestación. Cuando las propuestas o las medidas se pueden explicar porque son razonables, lógicas, con argumentaciones al alcance de cualquier fortuna, es probable que el pueblo soberano pueda comprender mejor el alcance y sentido de esas políticas. Y cuando esas políticas se hacen para todos porque son exigencias de la centralidad del ser humano, entonces se transita por el buen camino y no es difícil explicar las causas y las razones de tal proceder. En cambio, cuándo domina el silencio, la ausencia de explicaciones y la rendición de cuentas es una falacia, la misma democracia va perdiendo enteros. Entonces asoman las demagogias, los populismos, los salvadores de la patria, los manipuladores sociales, todo un conjunto de oportunistas especializados en manejar el descontento y la indignación. Hoy, desde luego, bien presentes, y de qué forma, en nuestra realidad política. Al final, sin embargo, el pueblo los ubicará en su lugar natural porque la gente normal, la mayoría, normalmente, salvo que la manipulación alcance proporciones colosales, se da cuenta perfectamente de lo que pasa. Sin duda.

                                                                                                             Jaime Rodríguez-Arana

                                                                                                                       @jrodriguezarana

JRA

Corrupción sistémica

A estas alturas del tiempo en que estamos, y tras los recientes acontecimientos de corrupción que golpean sin excepción la mayor parte de los países, la institucionalización de la corrupción o, mejor, su naturaleza sistémica, parece fuera de dudas. Así, por ejemplo, lo ha señalado el informe del consejo asesor de expertos anticorrupción del BID en un reciente informe.

Pues bien, frente a una corrupción sistémica es menester una respuesta sistémica. No son suficientes las regulaciones anticorrupción. Menos todavía las declamaciones teóricas y abstractas. Es menester una acción integral que involucre al sector público, al sector privado y a los ciudadanos para recuperar la confianza y los valores democráticos. Para eso es necesario reformar inteligentemente la legislación de contratos, la urbanística, y, sobre todo, decidirse de verdad a establecer nuevas reglas para la financiación de los partidos políticos que impidan el espectáculo actual dominado y en manos de los grandes financiadores.

La clave está, claro que sí, en la transparencia en las adjudicaciones de los contratos, en las revisiones de los planes urbanísticos o en el cambio de uso del suelo, en los presupuestos públicos y en su ejecución, en la formulación de los conflictos de interés, así como en el uso innovador de las nuevas tecnologías de la información. Además, y sobre todo, se debe mejorar el acceso a la información de interés general, garantizar la independencia del poder judicial y un sistema penal que impida la captura del Estado por las élites tecnoestructurales.

Sin un sistema educativo solido que transmita los valores del servicio público y del papel de la empresa en un Estado social y democrático de Derecho, poco podrá hacerse. Si nos quedamos en lo formal, como hasta ahora, las normas no solo no cumplirán su objetivo, sino que se convertirán en las grandes aliadas de una corrupción que no cesa porque no cesa la desmoralización y la falta de principios en la sociedad y en la vida de los ciudadanos. Por eso, precisamos una lucha sistémica aderezada con una vuelta a los principios. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Concordia y división

Los valores democráticos, las llamadas cualidades democráticas, parten del respeto profundo a las personas. En democracia es normal la crítica de las ideas, la promoción, defensa y protección de dignidad que le es inherente o toda mujer, a todo hombre, y el reconocimiento, protección, promoción y defensa de los derechos humanos. Hoy, sin embargo, estos principios básicos del Estado de Derecho vuelven de nuevo a estar en el candelero precisamente por la obsesión, derivada del pensamiento ideologizado, de hacer política para dividir, para fraccionar, para abrir heridas y para cerrar puertas. Este comportamiento político y social es bien conocido y obedece al dominio de ciertos criterios ideológicos que se definen dialécticamente a través de la continua y permanente metodología de la contraposición y el enfrentamiento.

Una vez definido y aclarado el modelo desde el que asaltar la sociedad con la ayuda de las minorías imprescindibles para mantenerse en la cúpula, lo demás es perfectamente congruente con tal modelo o esquema de pensamiento bipolar. Pues bien, frente a tales planteamientos, existen fundamentalmente dos maneras de reaccionar. Una, de orden negativo, que se basa en la continua denuncia de los atropellos y violaciones de derechos a que tal proceder conduce. Y, otra, de orden positivo, complementaria de la anterior pero más inteligente, y por ello más difícil de practicar, orientada a fomentar y robustecer precisamente los valores democráticos. Es posible que el segundo camino sea una senda presidida por la ingenuidad, pero no es menos cierto que desgastarse a base de denunciar continuamente los desaguisados del que manda sin propuestas razonables termina por agostar y consumir la capacidad de liderazgo.

Por ello, frente a la división de las dos España que el próximo gobierno pretende resucitar con ayuda de determinados grupos de todos conocidos, es menester, llamando a las cosas por su nombre, apelar a la vitalidad y la fuerza de la gente normal, personas que queremos vivir en un ambiente de concordia, de crítica razonada, de respeto a las personas y de reconocimiento y promoción de los derechos de todos, no de los una parte o fracción.

Pienso que la gente normal, la mayoría, desea vivir en una ambiente de estabilidad que propicie un crecimiento real y sostenido de la economía, que haga posible gobiernos fuertes y oposiciones igualmente sólidas, que facilite un ambiente social en el que se valore el sacrificio, el mérito, la capacidad, la vida familiar, el trabajo. Es decir, una gran mayoría de españoles espera mensajes entendibles, en positivo, menos tensión, menos crispación, más acercamiento entre unos y otros, más concordia y más capacidad de entendimiento. La crispación en si misma es mala para el conjunto, aunque beneficie a los promotores y a quienes se lucran de ella.

Hoy necesitamos nuevas políticas que impliquen un compromiso real entre lo que se afirma y lo que se practica. Preciamos de liderazgos en los que la mentalidad abierta, la capacidad de entendimiento y la sensibilidad social brillen por su presencia. Y, sobre todo, políticas confeccionadas desde la realidad, desde la razón y desde el humanismo. Ya está bien de tanta manipulación, de tanta ideología. Es momento para escuchar a la gente normal, para abrir las puertas, para destensar un ambiente que tanto daño nos hace como pueblo, como nación y como parte de Europa.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Cultura europea

La cultura europea tiene, como sabemos, unas raíces, una tradición, un patrimonio que hemos heredado y que debemos acertar a comprender para saber quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Un cuadro de Rubens, una sinfonía de Mozart, una tragedia de Sófocles, un discurso de Castelar o una escultura de Bernini tienen sentido en la medida en que conozcamos bien el contexto histórico y cultural en que tales manifestaciones se produjeron. En este sentido, sin el conocimiento de la Biblia y de los Evangelios no es posible comprender el sentido, no ya de la identidad misma de Europa, sino de cada una de las principales manifestaciones del arte.

Quien así se expresa no es un Papa, un Cardenal o un Profesor de Teología. Se trata, nada más y nada menos, que de Umberto Eco, un intelectual italiano bien conocido en todo el mundo, tanto por su contribución a la semiología como por su famosa obra El nombre de la Rosa. Pues bien, este profesor universitario, bien conocido por su posición sobre el fenómeno religioso, señala en un artículo titulado “Los Reyes Magos: esos desconocidos”, fiesta que celebramos estos días, que más allá de cualquier consideración religiosa, es necesario que los alumnos en el colegio reciban una información básica sobre las ideas y tradiciones de las distintas religiones. La razón de tal propuesta es obvia: “es imposible entender digamos tres cuartos del arte occidental si no se conocen los hechos del Antiguo y Nuevo Testamento y las historias de los Santos”.

El conocimiento de la religión es una manifestación cultural evidente. Sin el cristianismo, por ejemplo, no es posible entender la abolición de la esclavitud, la separación del poder temporal y el espiritual o la centralidad de la dignidad del ser humano. Es más, sin el pensamiento griego, el derecho romano y el cristianismo Europa no habría sido lo que es. Hoy, que se olvidan los orígenes, y en algunas latitudes se reniega de la historia, Europa está como está: triste y sola, consumida por la lógica de la dominación del dinero o de los votos. Mientras, es lógico, los derechos humanos, los derechos de la personal, se compran y se venden según lo que en cada momento sea más propicio para permanecer en la cúpula.

El conocimiento de la Biblia y del Nuevo Testamento, dos grandes textos desde los que justificar la liberación de quien no quiera vivir vinculado a las nuevas esclavitudes, es, insisto, fundamental para comprender las variadas y magníficas expresiones del arte europeo y global. Otros pensadores que lo tenían muy claro fueron, por ejemplo, Kant o Goethe. Para Kant el Evangelio es la fuente de dónde surgió toda nuestra cultura. En opinión de Goethe, las Sagradas Escrituras son la lengua materna de Europa.

En España, país con uno de los mayores índices de fracaso escolar de Europa, las humanidades han ido desapareciendo de la palestra y la religión suele plantearse con acento ideológico. Este desprecio de la dimensión religiosa y espiritual de la persona, sobre todo si es católica, no sólo es expresión de sectarismo y negación de la libertad, es, sobre todo, incapacidad de comprender la naturaleza real y completa del ser humano. La dimensión cultural, si es genuina, interpela al hombre acerca de su libertad y de su conocimiento en orden a forjar un itinerario vital coherente e iluminado por la dignidad de la condición humana.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

JRA

Valores humanos

Hoy vivimos tiempos de cambios y transformaciones evidentes. Los valores de la sociedad tradicional han quebrado, pero no lo han hecho los valores humanos, los valores sobre los que descansan la civilización y la cultura que de alguna manera constituyen valores permanentes inscritos en la misma condición humana y en sus derechos inviolables. Por eso, la construcción de una civilización o de una nueva cultura no podrá hacerse sin volver sobre ellos.

Sin embargo, no se trata de hacer una repetición mimética, sin más, no se trata de fotocopiar o de clonar. De lo que se trata es, en relación con los valores humanos, remozarlos, renovarlos, y dotarlos de una nueva virtualidad. Para ello es imprescindible disponer las técnicas y los procedimientos al servicio de la dignidad humana y de sus derechos fundamentales, no al revés, como se viene practicando desde hace tiempo, hoy más que nunca, en que el dominio tecnoestructural aliena y narcotiza a tantos millones de personas en todo el mundo a través de las más variadas técnicas de manipulación social.

Por eso, frente al reto productivo, al reto técnico y al reto tecnológico, debemos añadir el auténtico reto de fondo que es el reto ético, ínsito también, y sobre todo, en el Derecho en cuánto ciencia social consistente en la realización de la justicia. Se trata de un reto o desafío que interpela a todas las ciencias sociales y que intenta contestar a la gran pregunta acerca del sentido de la vida del hombre, y de la mujer, y de su carácter medular en la realidad jurídica, económica y social.

El estudio y la investigación en las distintas áreas que conforman las ciencias sociales, o proporcionan una mayor calidad de vida a las personas, o no son dignas de tal nombre, al menos en un Estado que se califica como social y democrático de Derecho. Eso quiere decir, ni más ni menos, que a su través, a través de este modelo de Estado, por medio del Derecho, la Economía, la Historia, la Sociología… deben diseñarse técnicas y procesos orientados y dirigidos a la defensa, protección y promoción de los derechos fundamentales de la persona y, cuando sea el caso, a remover los obstáculos que impidan su realización efectiva en la cotidianeidad.

En otras palabras, o se consigue una mayor calidad de vida, unas mejores condiciones de vida para los habitantes del planeta, especialmente para los más necesitados, o las ciencias sociales se habrán convertido en fines, que no en medios al servicio de la mejora de la vida de los ciudadanos. Y, hoy, con la que está cayendo, el dilema no es complicado: defender, proteger y promover la dignidad humana, sí su solución. Una solución que no viene de las ideologías cerradas como se ha experimentado en el pasado, ni de los liderazgos cesaristas de un lado o de otro. Al final la clave está en el compromiso de los ciudadanos por construir una sociedad más abierta, más sólida, más humana en la que la política ocupe el lugar que le corresponde y en la que las iniciativas sociales generadoras de libertad solidaria lleven la voz cantante. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana    @jrodriguezarana

JRA