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La conquista de la libertad

Desde la Constitución de 1978 disfrutamos en España de un marco de libertades como nunca en nuestra historia se ha contemplado. Y sin embargo no podemos dejar de constatar el sentir que late permanentemente en el corazón del ser humano, una aspiración a una más amplia y cumplida libertad, hoy más actual que nunca. Este mismo sentir en determinadas épocas, ene este tiempo por supuesto, y en algunas capas de la población, incluso a veces en amplísimas capas de la población, se llega a sentir como una necesidad colectiva y urgente. Hoy, frente a la operación de división y fraccionamiento social en marcha, la reivindicación de espacios de no dominación, de espacios de libertad es más importante pues nos enfrentamos a una ola de intervencionismo y populismo como pocas veces hemos tenido entre nosotros..

Nuestro sistema democrático satisface esa aspiración de libertad política, pero no podemos dejar de interrogarnos y de procurar horizontes en los que gocemos de más libertad. ¿Es esto posible? Casi con seguridad que sí. Afirmar que hemos llegado a tal grado de libertad que no se hace posible progreso alguno, que no cabe una ampliación del ámbito de nuestras libertades, significaría haber sentenciado el fin de la historia, el punto final del progreso humano, el estancamiento y la esclerotización del ser humano. Pero está claro que hay mucho por hacer y que la capacidad creativa de los hombres se nos manifiesta como insondable, especialmente en unos momentos en que las libertades de quienes no están alineados con la tecnoestructura corren serio peligro.

Los espacios de moderación, hoy fuera de juego, significan nuevas oportunidades, oportunidades también para la libertad, para ser más libres, pero tenemos que conseguir ser todos más libres, todos. Esa es una conquista que tenemos que hacer también entre todos, incorporando los nuevos espacios a nuestro personal ámbito vital, existencial, al ámbito de nuestras vivencias concretas, de modo que se enriquezcan nuestras experiencias, nuestras relaciones personales, nuestras amistades, nuestros referentes culturales, etc., etc., no sólo el ámbito de negocios de los emprendedores económicos. Como decía Clara Campoamor, a ser libres, como a tantas cosas en la vida, se aprende ejerciendo la libertad todos los días, y varias veces.. De lo contrario, otros, nos sustituirán, como ahora acontece, y nos dirán hasta como hay que ser “libres”. A diario lo experimentamos inmersos en esta colosal operación de manipulación y control social en la que estamos instalados desde hace tiempo.

Jaime Rodríguez-Arana

@jodriguezarana

Libertad e ideologías cerradas

La libertad ha sido y es en Occidente -y podría quizás decirse hoy que en el mundo entero- uno de los valores clave que ha guiado la vida política a lo largo de todos los tiempos, pero de forma particularmente intensa y consciente en los dos últimos siglos. Es más, hay autores que han considerado que la historia universal no es más que una historia de la lucha de los individuos y los pueblos por la consecución de su libertad.

El liberalismo afirma que la libertad es sólo libertad del individuo y que no puede ser de otra manera, ya que el ámbito propio de la libertad está en la conciencia y en la voluntad del individuo. Por lo tanto toda pretensión de conseguir libertades colectivas o la búsqueda de una libertad abstracta, social, desligada de la realidad concreta, singular, desligada del individuo, que es el hombre realmente existente, es una entelequia. La libertad no es más que las libertades de cada uno, individualmente.

La aplicación de los criterios liberales a la vida social, en la búsqueda de la absoluta libertad del individuo, fue ocasión para los horrores de la explotación del capitalismo inicial, de los que son representación aquellas estampas inglesas del siglo XIX, en las que la miseria hace presa en los poblados y extensos suburbios de las grandes capitales industriales. En buena parte, en aquella evidencia está la explicación de universales reacciones contra los abusos del capital, que lleva a paulatinas correcciones de los criterios políticos liberales, y también al nacimiento de nuevos modos de entender la vida política y social, particularmente del socialismo. Hoy, sin embargo, también el liberalismo excaerbado, aparece, y con fuerza, bajo formas de populismo bien conocidas.

La libertad para el socialismo consiste en la liberación de una opresión, de una alienación. No hay ni puede haber nadie libre mientras exista una estructura opresiva, y la estructura opresiva fuente y origen de todas las demás es la propiedad privada, por ello la tarea revolucionaria consiste en abolirla. La conquista de la libertad social preconizada por el socialismo se hizo a costa de las libertades reales, los derechos y las vidas de las personas y desde el poder despótico y tiránico de Lenin y Stalin y de la gerontocracia que los sucedió. Hoy, sin embargo, de moda bajo el ropaje populista en tantas latitudes, también en estos lares.

El espanto ante la tragedia de la experiencia comunista llevó a rectificaciones bien tempranas en las mismas filas del socialismo, produciéndose ya a principios de siglo XX, en Alemania, la abdicación de algunos de los principios fundamentales del pensamiento marxista-leninista, para intentar salvar, desde los principios socialistas las libertades que el régimen democrático liberal había traído.

Frente al exarcebado individualismo que promueve el liberalismo, a cuyo amparo se establecen explotaciones inhumanas de los trabajadores que dividen irremediablemente el cuerpo social; y frente a la uniformización colectivista propiciada por el comunismo, que arrasa la identidad de los pueblos, surge el nacionalsocialismo y el fascismo, para los que la libertad no es un bien individual ni universal, sino nacional. Para el fascismo el sujeto histórico único es la nación, y la única libertad posible y concebible es la libertad de la nación construida sobre el pedestal de su grandeza y su poder.

La conciencia clara de las brutalidades del nacismo y la derrota bélica del fascismo barrieron del mapa político, de modo inmediato en los países derrotados, y con más o menos celeridad en los países que no participaron en la contienda, los esquemas ideológicos sobre los que se habían establecido aquellos regímenes de opresión. De tal suerte que ya sólo se pudo llamar fascista -en un notorio abuso político de la expresión-a los comportamientos más o menos autoritarios o a las exaltaciones de carácter nacionalista.

Por último, el derrumbamiento del muro comunista hizo ver a las claras, a quienes aún no lo habían percibido, el yermo económico y social al que Rusia y los países satélites habían sido reducidos con la aplicación de la política soviética.

¿Significa esto que las ideologías han muerto?. Así debería ser pues la experiencia histórica es bien palmaria: la explotación capitalista, originada en el descarnado pragmatismo e individualismo; la devastación del nacismo y el fascismo, producto de un feroz nacionalismo; la opresión inmisericorde del comunismo. Sin embargo, ante la colosal manipulación y control social que hoy domina el mundo, las ideologías cerradas han vuelto de la mano de una colosal operación de control y dominación social. Otra vez habrá que empeñarse en la lucha por la libertad y los derechos humanos. Que poco aprendemos del pasado.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

La familia y los hijos

Los hijos, como sabemos, no son sólo un bien para sus padres sino para la sociedad en su conjunto. Por eso, tanto las empresas como el propio Estado deben colaborar para que el “trabajo” que supone la atención de los hijos no recaiga única y exclusivamente sobre la familia, y más en concreto en las madres. Es más, una de las conquistas de la liberación de la mujer pasa porque “libremente” puedan elegir su papel de madre de forma razonable.

En efecto. En el marco de la familia, el coste de sacar adelante a los hijos trae consigo un coste en bienes de consumo, el coste de tiempo utilizado para criarlos y, finalmente, un profundo coste de dedicación personal que, su contexto de trabajo también fuera de casa, no pocas veces ocasiona un coste de desgaste personal. El gasto que se deriva de conceptos como alimentación, educación y otros servicios como pueden ser las guarderías o el del servicio doméstico, no es en absoluto nada desdeñable. Igualmente, el tiempo que se dedica a la atención de los hijos también ocasiona un gasto que, obviamente, implica una clara disminución de las rentas asociadas al trabajo en el mercado. En estos casos, parece que está demostrado que cuando el coste es elevado, fenómeno normal, tan sólo un 20% de las mujeres están dispuestas a participar en el mercado del trabajo mientras que a coste cero, cerca del 90% estarían dispuestas a acceder a un puesto de trabajo.

En este contexto, no parece que la solución pase únicamente por la reducción de la jornada o por horarios de trabajo flexibles. Es necesario que tanto las empresas como el Estado soporten también el gasto que supone la atención a los hijos. Así, no es descabellado pensar que las empresas participen financiando servicios de ayuda familiar como instalación de guarderías en el centro de trabajo, pluses para el pago de guarderías externas, oferta de puestos flexibles, permisos parentales o la propia reducción de la jornada. Los hijos, repito, son un bien social que interesa a todos preservar, empezando por las propias empresas.

¿Y el Estado?. El Estado también debe arrimar el hombro pues los hijos son un bien social que repercuten positivamente, desde muchos aspectos, en el funcionamiento del propio Estado. Por eso, el Estado, debe asumir que debe colaborar en esta tarea bien subvencionando directamente los costes, bien subvencionando a las empresas que presten servicios de ayuda familiar o bien subvencionando directamente a los padres y madres. Es cierto que en todos los países aumenta la sensibilidad en esta materia y que estamos en un contexto positivo de reducción de impuestos que debe ir creciendo exponencialmente. Sin embargo, en los casos de familias con escasa renta, la reducción fiscal se antoja insuficiente. En estos casos debe analizarse con rigor la posibilidad de implantar el llamado “salario paternal o maternal” que remunere el trabajo reproductivo y le de un valor social equiparable a cualquier otro trabajo productivo en el mercado.

El índice de natalidad es hoy preocupante en todo el mundo. Las cargas muchas veces están directamente relacionados con el aumento del coste directo o indirecto que implica traer hijos a este mundo. Los padres realizan uno de los mayores servicios públicos del tiempo presente al criar a los hijos y la sociedad debe reconocer y remunerar este trabajo en un contexto de igualdad a cualquier otro trabajo productivo. Nos jugamos mucho en este asunto y estamos a tiempo de ganar esta gran batalla. Pero para ello se precisa una elevada sensibilidad social y un compromiso real con la liberación de la mujer. Menos palabras, menos postureo, y más compromiso real con las mujeres que deciden ser madres.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Una institución de equilibrio y armonía social

En un mundo en continua y constante transformación, todas las instituciones y categorías buscan contextos abiertos, complementarios, flexibles y equilibrados en los que cada vez resplandezca con mayor intensidad la persona como elemento central. Pues bien, si hay una institución básica y fundamental para el desarrollo integral y equilibrado de la persona, esa es la familia. Por supuesto, es el contexto familiar en el que se adquieren las más elementales cualidades democráticas y donde se aprenden las más elementales actitudes sociales.

¿Por qué será que la familia es de las pocas instituciones que ha resistido, los embates del tiempo?. ¿Por qué será que sigue siendo la mejor escuela de valores y el entorno en que mejor se aprende a preocuparse por los demás?. ¿Por qué será que la familia es el mejor laboratorio de sensibilidad social?. Probablemente porque, entre otras cosas, hasta ahora no se conoce mejor entorno de humanización de la realidad.

En el escenario familiar se trabaja a favor del entendimiento, con mentalidad abierta y en un marco de profunda sensibilidad social. Sin embargo, el pensamiento único que se vuelca sobre el individuo como principio y fin de la realidad, la autoconciencia de uno mismo sin atisbos de relación hacia el exterior y, sobre todo, el egoísmo imperante hoy como consecuencia del individualismo que subyace al discurso moral actual, lucha denodadamente por desnaturalizar la familia hasta ponerla al servicio de una determinada concepción del ser humano, cerrada, unilateral, plana y sin capacidad de generar ambientes de equilibrio y de creciente humanización de la realidad.

Ciertamente, el tiempo que nos ha tocado en suerte se caracteriza por una excesiva valoración del individuo desconectado de la realidad. Por eso, me parecen de gran interés, y actualidad las aproximaciones que nos recuerdan que todo individuo es miembro de diversas comunidades e instituciones entre las que la familia es de las más importantes, y en las que se actualiza la libertad personal. En este sentido, uno de los pensadores más célebres del momento, el catedrático de sociología Amitai ETZIONI nos dice que “para que la exclusiva persecución de intereses privados no erosione el ambiente social, el individuo debe compartir, y en ocasiones someter sus intereses privados a los intereses de las comunidades a las que pertenece”.

El espejismo de la libertad absoluta no es, desde luego, patrimonio humano. Lo humano, por esencia, se mueve en entornos fronterizos y se realiza en contextos complementarios y compatibles. Por eso, la familia ocupa un lugar central en la existencia humana y, por eso, interesa a la colectividad que se potencie esa comunidad llamada familia en la medida en que así se potencia una dimensión integral, abierta y profundamente social de los ciudadanos.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

La función del Estado (II)

Las bases teóricas del Estado del Bienestar , especialmente en su dimensión estática, fueron criticadas por una serie de autores encuadrados en el llamado círculo de Friburgo, entre los que destacan Walter Eucken, Ludwig Erhard o Friedrich Von Hayek. Realmente, la importancia del pensamiento de estos economistas, representantes de la economía social de mercado, es muy grande y su actualidad innegable.

La economía social de mercado no presupone una mayor intervención del Estado en la vida económica y social; ni tampoco exige que los poderes públicos se abstengan de intervenir en la sociedad o en la economía. Lo que resulta evidente es que el papel del Estado debe cambiar para perseguir la cuadratura del círculo, esto es, conciliar (si ello es posible) las que, a juicio de Dahrendorf, eran las tres aspiraciones básicas de los ciudadanos: la prosperidad económica mediante el aumento de la riqueza, vivir en sociedades civiles capaces de mantenerse unidas y constituir la base sólida de una vida activa y civilizada, y contar con unas instituciones democráticas que garanticen la vigencia del Estado de Derecho y la libertad política de las personas.

No es fácil compatibilizar estas metas y con frecuencia la prosperidad económica se consigue a costa de sacrificar la libertad política o la cohesión social. Recientemente Giddens ha creído encontrar la forma de lograrlo a través de la denominada tercera vía, que trata de superar los planteamientos neoliberales y socialistas. El Estado no debe retroceder ni puede expandirse ilimitadamente; simplemente debe reformarse.

Según Eucken y la doctrina de la economía social de mercado, el Estado debe limitarse a fijar las condiciones en que se desenvuelve un orden económico capaz de funcionamiento y digno de los hombres, pero no ha de dirigir el proceso económico. En resumen: el Estado debe actuar para crear el orden de la competencia, pero no ha de actuar entorpeciendo el proceso económico de la competencia.

En cualquier caso, debe quedar claro que esta transformación del modelo de Estado no afecta a los objetivos sociales planteados por el Estado del Bienestar, que incluso podrían ampliarse como consecuencia de una revisión del propio concepto de bienestar. Desde el informe Beveridge (1942) hasta la actualidad se adoptó un enfoque meramente negativo del bienestar, que consistía en luchar contra la indigencia, la enfermedad, la ignorancia, la miseria y la indolencia. Se trataba de una visión eminentemente económica del bienestar y de las prestaciones necesarias para su consecución.

Hoy parece evidente la superación de esta visión. Las prestaciones o ventajas económicas no son casi nunca suficientes para producir bienestar; es además necesario promover simultáneamente mejoras psicológicas. Se trata, como apunta Giddens, de alcanzar un bienestar positivo: en lugar de luchar contra la indigencia se debe promover la autonomía; en vez de combatir la enfermedad se debe prevenir su existencia promoviendo una salud activa; no hay que erradicar la ignorancia sino invertir en educación, no debe mitigarse la miseria, sino promover la prosperidad, y finalmente, no debe tratar de erradicarse la indolencia, sino premiar la iniciativa. Es decir, plantear las cosas en positivo, algo hoy bastante infrecuente como vemos a diario.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Sedación y eutanasia

Con frecuencia se confunde el derecho a una muerte digna, a una muerte humana, con la eutanasia. La eutanasia consiste en provocar, en buscar, directa o indirectamente, la muerte de un enfermo terminal. La sedación, por el contrario, bien entendida y bien aplicada, lo que persigue como su fin propio es el alivio de un síntoma intolerable.

En efecto, la sedación es la disminución del nivel de conciencia de un paciente de manera deliberada, con el oportuno consentimiento, mediante la administración de los fármacos indicados u en las dosis adecuadas para evitar un sufrimiento insostenible causado por un síntoma o síntomas refractarios.

La doctora Menard, directora del departamento de oncología experimental del Instituto del tumor de Milán, antigua defensora de la eutanasia hasta que se le diagnostiicara años atrás un cáncer de huesos, reconoce que quienes apoyan la eutanasia lo hacen porque no quieren sufrir ni perder la autosuficiencia convirtiéndose en una carga para los demás. Hoy en día, sin embargo, las técnicas de cuidados paliativos reducen considerablemente el dolor y ordinariamente se puede sobrellevar una enfermedad grave o terminal en condiciones dignas.

Por lo que se refiere a la ansiada autosuficiencia, el parecer de la doctora Menard es digno de ser considerado: “si uno no está en plenitud de facultades y no puede levantarse porque está tendido en una cama, pero sigue contando con el afecto de sus familiares, en mi opinión, incluso en esas condiciones, merece la pena vivir”.

En la eutanasia hay ciertamente muchos mitos. Una reciente encuesta realizada en Canadá, señala Silvye Menard, ofrece datos sobre peticiones de eutanasia que realmente se refieren a pacientes que están de acuerdo con la eutanasia, pero, por supuesto, para el enfermo de la cama de al lado. La clave de la inhumanidad de la eutanasia estriba precisamente en la progresiva tecnificación en que se ha sumado también la medicina. En este sentido, la doctora Menard, que ahora labora en un equipo que busca humanizar la medicina, lo tiene claro: es necesario tener más presente al paciente, con sus preocupaciones, preguntas e inquietudes. Cuando al paciente la medicina lo abandona a su suerte y se convierte en un número o un expediente que hay que despachar en el menor plazo de tiempo posible, entonces empiezan los problemas.

Si ponemos el acento en la humanización de la medicina, las cosas pueden contemplarse desde otro punto de vista. Si en lugar de la técnica o de los médicos, el centro de la medicina se coloca en quien por derecho propio lo es: el paciente, entonces los cuidados paliativos debieran consistir en lo que son: aliviar el sufrimiento y no en buscar, directamente o indirectamente, la muerte del paciente terminal.

Cuando la sedación se plantea pensando en el bien del paciente, en su dignidad y en el alivio de un dolor intolerable, ordinariamente no debiera haber mayores problemas. Estos aparecen cuando esta cuestión se mira desde la rentabilidad del esfuerzo del equipo médico, desde la búsqueda de reducir el sufrimiento de la familia o desde los criterios meramente economicistas. He aquí la cuestión.

Política y dignidad humana

Pareciera que conforme han ido avanzando los primeros años del nuevo siglo se ha ido perfilando con mayor claridad y se ha ido haciendo cada vez más explícita una idea que ha estado siempre presente de un modo u otro en el pensamiento democrático. El fundamento del Estado democrático hay que situarlo en la dignidad de la persona. La persona se constituye en centro de la acción política. No la persona genérica o una universal naturaleza humana, sino la persona, cada individuo, revestido de sus peculiaridades irreductibles, de sus coordenadas vitales, existenciales, que lo convierten en algo irrepetible e intransferible, en persona.

Cada persona es sujeto de una dignidad inalienable que se traduce en derechos también inalienables, los derechos humanos, que han ocupado, cada vez con mayor intensidad y extensión, la atención de los políticos democráticos de cualquier signo en todo el mundo. En este contexto es donde se alumbran las nuevas políticas, que pretenden significar que es en la persona singular en donde se pone el foco de la atención pública, que son cada mujer y cada hombre el centro de la acción política.

Este cambio en el sentido de la vida política, cabría decir mejor, esta profundización en su significado, se ha producido a la par que una reflexión sobre el sentido y las bases del Estado democrático. Esta reflexión ha venido obligada no sólo por los profundos cambios a los que venimos asistiendo en nuestro tiempo. Cambios de orden geoestratégico que han modificado parece que definitivamente el marco ideológico en que se venía desenvolviendo el orden político vigente para poblaciones muy numerosas. Cambios tecnológicos que han producido una variación sin precedentes en las posibilidades y vías de comunicación humana, y que han abierto expectativas increibles hace muy poco tiempo. Cambios en la percepción de la realidad, en la conciencia de amplísimas capas de la población que permiten a algunos augurar, sin riesgo excesivo, que nos encontramos en las puerta de un cambio de civilización.

Es una reflexión obligada también por la insatisfacción que se aprecia en los países desarrollados de occidente ante los modos de vida, las expectativas existenciales, las vivencias personales de libertad y participación. Y es una reflexión que nos conduce derechamente a replantearnos el sentido de la vida y del sistema democrático, desde sus mismos orígenes en la modernidad, no para superarlo, sino para recuperarlo en su ser más genuino y despojarlo de las adherencias negativas con que determinados aspectos de las ideologías modernas lo han contaminado, contaminaciones que han estado en el origen de las lamentables experiencias totalitarias del siglo pasado, particularmente en Europa.

Por todo ello, o la política vuelve a situarse en sus coordenadas realmente democráticas, en la dignidad del ser humano, como principio y como meta, o volverá a ser un espacio para la dominación, para la confrontación y para el enfrentamiento continua, un ambiente de discordia. Hoy, por lo que se ve, el horizonte vuelve al pasado pues los actores políticos no se atreven a pensar en el bien general, en el progreso real de los ciudadanos: todo lo más, aspiran a estar y permanecer a como de luegar en la poltrona, como sea.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Los cuidados paliativos

A estas alturas de siglo, con lo que ha llovido, con lo que ha pasado, la lucha por los derechos humanos, por el libre y solidario desarrollo de las personas, aconseja construir y diseñar políticas humanas. Políticas humanas que, fundamentalmente, se oponen a las políticas inhumanas porque éstas desconocen, o lesionan, la dignidad del ser humano. O, lo que es lo mismo, violentan la libertad de los ciudadanos.

Por ejemplo, en la peculiar polémica sobre la eutanasia, quien afirma que las personas con enfermedades terminales han de ser eliminadas, se sitúa, en mi opinión, en la vieja política, en la política inhumana. Quien, por el contrario, plantee este tema en el marco del fomento de los cuidados paliativos, de la búsqueda de la reducción de los dolores y, por supuesto, de la posibilidad de que estos enfermos rehúsen tratamientos desproporcionados, se encuentra en el marco de las nuevas políticas, de las políticas humanas. Si es posible mejorar los cuidados paliativos, si es razonable eludir el encarnizamiento terapéutico, si se puede renunciar a tratamientos desproporcionados, ¿en virtud de que poderosa razón se puede admitir que el legislador que atribuya a los médicos la tarea de matar a un paciente?. ¿Cuál puede ser el calificativo que mejor defina a una sociedad que renuncia a que los médicos luchen hasta el final para salvar la vida o para procurar que el alivio del dolor facilite el mejor tratamiento de las enfermedades terminales?.

Es verdad que en el debate de la eutanasia hay mucha confusión y ambigüedad. No es lo mismo renunciar a tratamiento desproporcionados que la eutanasia. Esta se produce cuando por acción u omisión se busca la muerte del paciente terminal. Algo ciertamente incongruente con la naturaleza de la medicina y, sobre todo, algo que priva de sentido radicalmente al sufrimiento. El sufrimiento existe y según para quien puede tener más o menos sentido. Si nos instalamos en la eutanasia como técnica de elección para los médicos de unidades de enfermedades terminales, es posible, muy probable, que la confianza de las familias en estos médicos se resquebraje gravemente. ¿Es que la solución al sufrimiento es, sin más, la muerte?

¿Qué se puede pensar de un sistema legal que admita el suicidio asistido?. ¿Por qué tanto miedo, tanto pavor al sufrimiento?. Si el deseo de un enfermo es que lo maten en un momento determinado, ¿por qué no respetar la voluntad de quien solicita la muerte?. Por una sencilla razón, el derecho individual hay que enmarcarlo siempre en el bien general. Si se convierte la ley y la justicia en la prolongación de los deseos individuales se estaría minando la naturaleza moral de la democracia. ¿Es que la democracia consiste en que cada uno haga lo que quiera sin más?. ¿Es que la medicina puede convertirse por deseo de los individuos en una máquina de muerte?.

Anne Tour, presidenta de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y Cuidados Palaitivos explicaba hace algún tiempo que despenalizar la eutanasia no supondría un derecho más sino perturbar el contrato de confianza entre el cuidador y el paciente y transgredir el código deontología médica porque matar a la persona que sufre, aunque se haga con la mayor compasión, no es un cuidado. Por otra parte, el Comité de Ética y Asuntos Judiciales de la Asociación Médica Americana señaló en 2018 que algunos pacientes reclaman el suicidio asistido porque no conocen el grado de alivio del sufrimiento que los cuidados paliativos de hoy pueden ofrecer. Esta es la solución, los cuidados paliativos, cuidar la vida del enfermo terminal, no matarlo.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

Sanidad y bienestar

La sanidad española es expresión del profundo grado de solidaridad de nuestra sociedad en todos sus estamentos. Sólo se puede explicar su entramado, ciertamente complejo, avanzado técnica y socialmente -y también muy perfectible- por la acción solidaria de sucesivas generaciones de españoles y por la decidida acción política de gobiernos de variado signo. Pienso que en este terreno hay méritos indudables de todos. Sobre bases heredadas a lo largo de tantos años, hemos contribuido de modo indudable al desarrollo de una sanidad en algunos sentidos ejemplar. Y con el desarrollo autonómico se han desenvuelto experiencias de gestión que suponen ciertamente un enriquecimiento del modelo -en su pluralismo- para toda España. Sin ir más lejos,esta semana el Foro Económico Global ha otorgado su máximo galardón en materia sanitaria a España. Con toda justicia, desde luego.

Tal momento de gloria no debe, sin embargo, hacernos olvidar que el modelo es perfectible pues precisa de reformas,que deben ir por el camino de la flexibilización, de la agilización, de la desburocratización, de la racionalización en la asignación de recursos y en su optimización, y de la personalización y humanización en las prestaciones.

Que en muchos sentidos el modelo sea ejemplar, no quiere decir que sea viable en los términos en que estaba concebido, ni que no pueda ser mejor orientado de cara a un servicio más extenso y eficaz. Queda mucho, muchísimo, por hacer. La asistencia sanitaria universal no puede ser una realidad nominal o contable, porque la asistencia debe ser universalmente cualificada desde un punto de vista técnico-médico, inmediata en la perspectiva temporal, personalizada en el trato, porque la centralidad de la persona en nuestras políticas lo exige. Y además debe estar articulada con programas de investigación avanzada; con innovaciones de la gestión que la hagan más eficaz; con una adecuación permanente de medios a las nuevas circunstancias y necesidades; con sistemas que promocionen la competencia a través de la pluralidad de interpretaciones en el modelo que -eso sí- en ningún caso rompan la homogeneidad básica en la prestación, etc.

Además, precisamente por no tratarse de un problema puramente técnico o de gestión, la política sanitaria, y los desafíos del bienestar deben encuadrarse en el marco de la política general, en ella se evidencian los objetivos últimos de la política que ya indiqué: promoción de la libertad -en nuestro caso liberación de las ataduras de la enfermedad-, solidaridad -evidente como en pocos campos en la asistencia sanitaria universal-, y participación activa. Este deber de participación, libremente asumido, enfrenta al ciudadano a su responsabilidad ante el sistema sanitario, para reducir los excesos consumistas; le abre y solicita su aceptación de posibilidades reales de elección; establece límites subjetivos al derecho, que debe interpretarse rectamente no como derecho a la salud estrictamente, sino como derecho a una atención sanitaria cualificada; y plantea también la necesidad de asumir la dimensión social del individuo buscando nuevas fórmulas que de entrada al ámbito familiar -sin recargarlo- en la tarea de humanización de la atención sanitaria. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

La participación como método

Tratar sobre la participación como método político es tratar de la apertura de la organización que la quiere practicar, hacia la sociedad. Una organización política cerrada, vuelta sobre sí misma, no puede pretender captar, representar o servir los intereses propios de os ciudadanos. Es metafísicamente imposible. Por eso, la apertura a la ciudadanía, a las personas, es una actitud, una disposición, alejada de la suficiencia y de la prepotencia, propias tanto de las formulaciones ideológicas cerradas como de las tecnocráticas. Ahora bien, las actitudes y las disposiciones necesitan instrumentarse, traducirse en procesos y en instrumentos que las hagan reales. Y la primera instrumentación que exige una disposición abierta es la comunicativa, la comunicación. Hoy, sin embargo, la comunicación ni es sobre cuestiones reales ni existe una disposición abierta en quienes comunican pues vivimos en el reino de la artificialidad y el control social a través de la comunicación dirigida.

La participación, para ser real, no dirigida, debe traducirse fundamentalmente en receptividad, en disponer de sensibilidad suficiente para captar las preocupaciones e intereses de la sociedad en sus diversos sectores y grupos, en los individuos y colectividades que la integran. Pero no se trata simplemente de apreciaciones globales, de percepciones intuitivas, ni siquiera simplemente de estudios o conclusiones sociométricas. Todos esos elementos y otros posibles son recomendables y hasta precisos, pero laconexión real con los ciudadanos, con los vecinos, con la gente, exige diálogo real. Y diálogo real significa interlocutores reales, concretos, que son los que encarnan las preocupaciones y las ilusiones concretas, las reales, las que pretendemos servir. Hoy, sin embargo, los interlocutores no hablan sobre los problemas reales de las personas sino sobre determinadas cuestiones que preocupan a las minorías activas y militantes que controlan la vida política.

En la libre participación encontramos un elemento central de la vida individual y social de los hombres y de las mujeres, un elemento que contribuye de forma inequívoca a definir la centralidad de la persona en política, que lo que hace es poner en el foco de su atención a las mismas personas. El problema es que hoy no existe prácticamente libre participación sino apariencia o señuelos de una participación de la que se dispone muchas veces sin contra con la real realidad.

La participación, en efecto, supone el reconocimiento de la dimensión social del individuo, la constatación de que sus intereses, sus aspiraciones, sus preocupaciones trascienden el ámbito individual o familiar y se extienden a toda la sociedad en su conjunto. Sólo un ser absolutamente deshumanizado sería capaz de buscar con absoluta exclusividad el interés individual. La universalidad de sentimientos tan básicos como la compasión, la rebelión ante la injusticia, o el carácter comunicativo de la alegría, por ejemplo, demuestran esta disposición del ser humano, derivada de su propia condición y constitución social. Por eso promover la libre participación de todos es hoy tan importante. Y tan poco practicado en este tiempo de confrontamiento, de maniqueismo, de cainismo.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana