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Globalización y pandemia

Cuando se habla de globalización, de internacionalización o mundialización se pretende reflejar una característica elemental de la naturaleza de las relaciones  actuales que está transformando la realidad desde hace tiempo. Sin embargo, la globalización más importante es la de las mentes de las personas, en muchos casos atrapadas en la esclavitud de la ideologitis, en  la obsesión por lo unilateral, por  pesamiento único, por la verticalidad y el oficialismo.

 

Hoy, en este tiempo de crisis global por la pandemia entendemos con una luz nueva que es decisivo para vivir con dignidad en estos tiempos  cultivar la mentalidad abierta y esa capacidad para “ver” personas, para proteger y defender a los seres humanos en los diferentes campos del trabajo moderno. De lo contrario, la globalización podría traer consigo una de las más insoportables dictaduras jamás sospechada: el uso de las personas al servicio de esa ideología que tanto daño hace: usar y tirar a las personas en función de las necesidades de las tecnoestructuras, también de las partidarias.

 

La pandemia del coronavirus es una cuestión global que afecta a toda la humanidad. Una pandemia que debería ser combatida con los estándares más elevados de la gobernanza global. Sin embargo, salvo excepciones, estamos contemplando la clamorosa ausencia de previsión de la epidemia en muchos países por parte de la Autoridad sanitaria,  estamos sorprendidos ante la ineptitud, negligencia e incompetencia en la gestión pública por parte de quienes están al frente de tantos gobiernos en estas horas dificiles.

 

Por eso, precisamos normas globales que definan altos patrones y estándares de buen gobierno, especialmente en situaciones de crisis. No puede ser que por un mal gobierno o una mala administración en estas situaciones mueran más personas a causa de la negligencia e incompetencia de responsables políticos al más alto nivel. Lo que estamos contemplando en tiempo real en tantos países, en el nuestro de forma alarmante, no puede volver a pasar. De ninguna manera. Es una pena, pero donde haya jueces independientes, la responsabilidad penal y administrativa sera la consecuencia lógica de tanto desmán, de tanta negligencia.

 

Esta crítica situación por la que atravesamos subraya que lo realmente importante es construir un sistema de globalización dónde la sensibilidad humana sea un elemento esencial. O si, se quiere, que globalización y humanismo vayan de la mano, como si fueran las dos caras de un mismo fenómeno, como si fueran las dos caras de una moneda. Algo que, la menos hasta ahora, ha brillado por su ausencia y que ojala una vez que superemos la pandemia se instale de verdad entre nosotros.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

 

la moderación en tiempos de pandemia

 

La gestión pública de la pandemia, tan cargada de ideología como de incompetencia e ineficacia, manifiesta la necesidad de moderación y de sentido común en los mensajes y comportamientos de sus principales actores. El intento de tensionar y radicalizar la vida política y social debe ser respondido con continuas iniciativas para una reconstrucción razonable y humana del país, y para paliar las dramáticas consecuencias que la ineptitud de nuestros gobernantes ha ocasionado a millones de personas, en forma de toda clase daños materiales y morales.

 

En efecto, los profesionales de la crispación y del rencor propician que vuelva a la palestra del debate público un concepto que suele emerger con fuerza cuando los extremos que representan las ideologías cerradas hacen acto de presencia, tal y como ha pasado entre nosotros en este tiempo. Me refiero a la moderación, tan manida estos días como huérfana de aplicación práctica, pues suele confundirse con tibieza, pusilanimidad o indefinición las más de las veces.

 

La moderación es, entre otras cosas, un ejercicio de relativización de las propias posiciones políticas. Las políticas radicalizadas, extremas, sólo se pueden ejercer desde convicciones que se alejan del ejercicio crítico de la racionalidad, es decir desde el dogmatismo que fácilmente deviene fanatismo, del tipo que sea, como hoy comprobamos tristemente también por estos lares.  La moderación, lejos de toda exaltación y prepotencia, implica una actitud de asunción de la complejidad de la gestión de la pandemia,  y de nuestra limitación, especialmente en  estos momentos tan difíciles.

 

El simplismo y la demagogia, enemigos declarados de la moderación y del sentido del equilibrio, son el campo abonado para ese populismo autoritario, de uno u otro signo, que hoy campa a sus anchas, dividiendo a las sociedades. En España de manera grosera y peligrosa. Por eso, es tiempo de políticas y políticos comprometidos con los valores democráticos, que aporten a la vida pública, que trabajen centrados en el compromiso con la excelsa y suprema dignidad humana, que tengan mentalidad abierta, metodología del entendimiento y sensibilidad social.  Que trabajen desde la realidad, con la razón, conscientes de que el centro de la acción política, repito, está en la dignidad humana. Sería posible si los que saben y tienen condiciones diera un paso al frente, aunque solo temporal, solo para sacar al país adelante.

 

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Centro político y covid-19

 

 

El espacio del centro vuelve a la palestra en este tiempo de despotismo, de tiranía, en el que los gobiernos, aprovechando la excepcionalidad decretada por mor de la pandemia, han regresado hacia posiciones autoritarias, en uno y otro sentido. Se constata, no hay más que leer las noticias,  a nivel global, a nivel europeo y, por su puesto, en muchos países, también, por desgracia, en el nuestro.

 

En este tiempo de COVID-19 el poder político ha actuado tarde y mal, funcionando como una apisonadora, sin control, negando la realidad, ocultando el dolor de las familias, impidiendo la información pública, maquillando, en el mejor de los casos, los datos que se ofrecen a la ciudadanía, controlando la opinión, subvencionando medios de comunicación,  desprotegiendo a los médicos, fabricando una imagen inexistente y aprobando normas extra muros de la pandemia. Hábitos de fuerte sabor autoritario que tendrán que ser conocidos por jueces y tribunales en su momento  y actos de gobierno que han aprovechado la excepcionalidad para imponer un criterio despreciando a la oposición y a millones de ciudadanos.

Sin embargo, lo más grave, ha sido, y es, la generación de un ambiente de discordia y de enfrentamiento, resucitando fantasmas del pasado que debieron haberse superado tiempo atrás. Por eso, en este tiempo es más necesario el centro político, un espacio que tiene personalidad propia y que si bien no es fácil de entender en sus justos términos, hoy, si queremos reconstruir España sobre bases sólidas, debe hacer acto de presencia.

En efecto, ahora, en el marco de la emergencia sanitaria, ante las amenazas de una tiranía, la moderación, el entendimiento, la concordia, la defensa de los derechos fundamentales, de las libertades y la sensibilidad social, son más necesarios que nunca para establecer un ambiente de estabilidad que permita la reconstrucción nacional que todos añoramos. Por eso, necesitamos un ambiente político presidido por el pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario.

 

La apertura del pensamiento político a la realidad reclama un notorio esfuerzo de transmisión, de clarificación, de matización, de información, un esfuerzo que puede calificarse de auténtico ejercicio de pedagogía política que, por cuanto abre campos al pensamiento, los abre así mismo a la libertad. El reto no es pequeño cuando el contexto cultural en el que esa acción se enmarca es el de una sociedad de comunicación masiva. En este tiempo, el poder ha negado la realidad fabricando otra bien distinta a base de todas las técnicas de manipulación social más sofisticadas que existen en los vademécums de la agitación y la propaganda.

 

 

Hoy, precisamos,en primer lugar, una mentalidad abierta a la realidad y a la experiencia, que nos haga adoptar aquella actitud socrática de reconocer la propia ignorancia, la limitación de nuestro conocimiento como la sabiduría propia humana, lejos de todo dogmatismo, y al mismo tiempo de todo escepticismo paralizador y esterilizador. Que nos impulsa necesariamente a una búsqueda permanente y sin tregua, ya que la mejora moral del hombre alcanza la vida entera. Necesitamos al frente a personas con experiencia, con conocimientos, con profundas convicciones democráticas.

 

En segundo término,  necesitamos una actitud dialogante, con un permanente ejercicio del pensamiento dinámico y compatible, que nos permite captar la realidad no en díadas, tríadas, opuestas o excluyentes, sino conscientes, de acuerdo con aquel dicho del filósofo antiguo de que, en el ámbito humano y natural, todo está en todo. Percatándonos de que en la búsqueda de la pobre porción de certezas que por nuestra cuenta podamos alcanzar, necesitamos el concurso de quienes nos rodean, de aquellos con los que convivimos.

 

Y en tercer lugar, es menester una disposición de comprensión, apertura y respeto absoluto a la persona, consecuencia de nuestra convicción profunda de que sobre los derechos humanos debe asentarse toda acción política y toda acción democrática. Entre nosotros, más en la hora presente, que necesario es el espacio del centro, de la moderación, de la centralidad de la dignidad humana. Y que dificil que se pueda alumbrar con garantías de éxito mientras el escenario político tenga los actores que tiene. Que dificil.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Libertad, ideologías y COVID-19

 

La libertad ha sido y es en Occidente -y podría quizás decirse hoy que en el mundo entero- uno de los valores clave que ha guiado la vida política a lo largo de todos los tiempos, pero de forma particularmente intensa y consciente en los dos últimos siglos. Es más, hay autores que han considerado que la historia universal no es más que una historia de la lucha de los individuos y los pueblos por la consecución de su libertad. Hoy, desde luego, en plena pandemia, la lucha por la libertad ante el despotismo y el autoritarismo con el que se conducen Gobiernos en diversas latitudes acreditan la pertinencia, de nuevo, de este pacífico combate que a todos nos interpela.

 

 

 

 

El liberalismo, como bien sabemos, afirma que la libertad es sólo libertad del individuo y que no puede ser de otra manera, ya que el ámbito propio de la libertad está en la conciencia y en la voluntad del ser humano. Por lo tanto, toda pretensión de conseguir libertades colectivas o la búsqueda de una libertad abstracta, social, desligada de la realidad concreta, singular, desligada del individuo, que es el hombre realmente existente, es una entelequia. La libertad no es más que la libertad de cada uno, la de cada persona, la de cada ser humano. Y, hoy, muchas de ellas están amenazadas, como la libertad de expresión, la libertad de información, de movilidad, de reunión o, entre otras, de manifestación.

 

La aplicación de los criterios liberales a la vida social, en la búsqueda de la absoluta libertad del individuo, fue ocasión para los horrores de la explotación del capitalismo inicial, de los que son representación aquellas estampas inglesas del siglo XIX, en las que la miseria hacía presa en los poblados y extensos suburbios de las grandes capitales industriales. En buena parte, en aquella evidencia está la explicación de universales reacciones contra los abusos del capital, que llevaron a paulatinas correcciones de los criterios políticos liberales, y también al nacimiento de nuevos modos de entender la vida política y social, particularmente del comunismo.

 

La libertad para el comunismo consiste en la liberación de una opresión, de una alienación. No hay ni puede haber nadie libre mientras exista una estructura opresiva, y la estructura opresiva fuente y origen de todas las demás es la propiedad privada, por ello la tarea revolucionaria consiste en abolirla. La conquista de la libertad social preconizada por el comunismo se hizo a costa de las libertades reales, de los derechos y las vidas de las personas, desde el poder despótico y tiránico que Lenin, Stalin y de la gerontocracia que los sucedió, que  hoy pretenden resucitar algunos arribistas aprovechándose de las consecuencias sociales y económicas derivadas, es el colmo, de una pésima gestión pública de la pandemia de la que son corresponsables.

 

 

El espanto ante la tragedia de la experiencia comunista llevó a rectificaciones bien tempranas en las mismas filas del socialismo, produciéndose, ya a principios de siglo XX, en Alemania, la abdicación de algunos de los principios fundamentales del pensamiento marxista-leninista, para intentar salvar, desde los principios socialistas, las libertades que el régimen democrático liberal había traído.

 

Frente al individualismo que promueve el liberalismo, a cuyo amparo se establecen explotaciones inhumanas de los trabajadores que dividen irremediablemente el cuerpo social; y frente a la uniformización colectivista propiciada por el comunismo, que arrasa la identidad de los pueblos, surge el nacionalsocialismo y el fascismo, para los que la libertad no era, como para el nacionalismo radical, un bien individual ni universal, sino nacional. Para el fascismo el sujeto histórico único es, y sigue siendo, la nación, y la única libertad posible y concebible es la libertad de la nación construida sobre el pedestal de su grandeza y su poder.

 

La conciencia clara de las brutalidades del nazismo y la derrota bélica del fascismo barrieron del mapa político, de modo inmediato en los países derrotados, y con más o menos celeridad en los países que no participaron en la contienda, los esquemas ideológicos sobre los que se habían establecido aquellos regímenes de opresión. Así, de esta forma, ya sólo se pudo llamar fascista -en un notorio abuso político de la expresión-a los comportamientos más o menos autoritarios o a las exaltaciones de carácter nacionalista.

 

Por último, el derrumbamiento del muro comunista hizo ver a las claras, a quienes aún no lo habían percibido, el yermo económico y social al que Rusia y los países satélites habían sido reducidos con la aplicación de la política soviética.

 

 

¿Significa esto que las ideologías han muerto?. Así debería ser pues la experiencia histórica es bien palmaria: la explotación capitalista, originada en el descarnado pragmatismo e individualismo; la devastación del nazismo y el fascismo, producto de un feroz nacionalismo; la opresión inmisericorde del comunismo. Sin embargo, ante la colosal manipulación y control social que hoy, en plena pandemia, intenta transformar las conciencias de millones de personas que asisten desconcertados a una crisis social de colosales consecuencias, las ideologías regresan con el fin de aprovechar el descontento reinante y la mala gestión de la pandemia que se observa en tantos países. Por eso, hemos de recordar una vez más que la democracia y el Estado de Derecho dependen fundamentalmente, no tanto de la letra de la Constitución, sino de que nosotros los ciudadanos le demos contenido real comprometiéndonos seriamente en el ejercicio de la libertad a diario y resistiendo inteligentemente la tiranía y presión del presente. Si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros y bien que lo lamentaremos.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Transparencia, participación y COVID-19

 

¿Qué consecuencias tiene la falta de transparencia y de mecanismos de participación en una democracia? Una desafección general de los ciudadanos hacia sus dirigentes. En estos casos, hoy nada infrecuentes con ocasión de la pandemia, se produce una falta de legitimación del Gobierno, de la Administración frente al ciudadano, puesto que la exigencia de más transparencia está conectada, es obvio, con la capacidad de participar, de involucrarse, de influir en el espacio público.

 

Roddota, como es bien sabido, hace tiempo nos advirtió, de forma provocadora, que la democracia no es sólo gobierno del pueblo, sino también gobierno en público, la democracia es el gobierno de la verdad.

 

Esta idea de verdad se encuentra muy alejada de las visiones orwellianas o de los discursos de la “verdad” hoy, en tiempos de pandemia, de palpitante y rabiosa actualidad. La verdad a la que nos referimos se encuentra basada en la puesta a disposición de la ciudadanía de la información sobre la “real realidad” de los hechos, sin adornos. Con un conocimiento pleno de la realidad, los ciudadanos podrán controlar, juzgar, participar y tomar decisiones sobre aspectos de interés común específicos y concretos más allá de la participación en procesos electorales.

 

Es necesario fomentar la participación de la ciudadanía, de las personas, en los asuntos públicos. La idea de transparencia que parte de la centralidad de la persona es aquella que busca la libre y real participación de la ciudadanía en los asuntos comunes en aras de permitirle ser parte actora en la búsqueda del interés general. Si los poderes públicos son opacos la participación pública pierde su sentido práctico y, además, se desincentiva a la ciudadanía a participar en procesos que, por desgracia, muchas veces son ficticios o no representativos. Hoy, el apagón de la transparencia reinante,  muestra la tiranía en la que estamos envueltos que esperemos pueda ser juzgada por jueces y magistrados independientes.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Eutanasia y Covid-19

 

Estos días se ha hecho público que, a pesar de la que está cayendo, de los miles de ancianos y personas mayores que han perdido la vida por culpa de la pandemia y de la mala gestión pública, el actual gobierno pretende agilizar el proyecto de ley de eutanasia. Espero que sea un error o una decisión a rectificar porque tengo la impresión de que en los actuales momentos si algo ha prendido en la sociedad española es el reconocimiento a nuestros mayores, a esas personas, muchas de ellas de edad muy avanzada, a las que tanto debemos y que tan hecho por nosotros y por España.

 

En este tiempo de coronavirus parece que el sentido general del derecho a la vida ha cambiado y mucho. La radiografía de la real realidad sociológica española y de muchos países europeos muestra una sociedad envejecida en la que el recurso generacional no está garantizado. En este contexto, no hay que ser demasiado inteligente para adivinar cuál sería la reacción social, por ejemplo, de un referéndum sobre la eutanasia estos días.

 

Estos días hemos comprobado y experimentado que la función esencial de los médicos es curar a los enfermos, para que puedan seguir viviendo en las mejores condiciones. Por eso, estos días es todavía más importante recordar que no se debe confundir el derecho a una muerte digna, a una muerte humana, a una muerte acorde con la vida, con la eutanasia. La eutanasia es provocar la muerte de un enfermo, cuando la medicina tiene como misión básica aliviar y curar a las personas.

 

Hoy en día, como es bien sabido, las técnicas de cuidados paliativos reducen considerablemente el dolor y ordinariamente se puede sobrellevar una enfermedad grave o terminal en condiciones dignas.

 

Un enfermo, aunque no está en plenitud de facultades y no pueda levantarse porque está tendido en una cama y que cuenta con el afecto de sus familiares, merece la pena ayudarle a seguir viviendo.

 

La clave de la inhumanidad de la eutanasia estriba precisamente en la progresiva tecnificación a la que se ha sumado también la medicina, probablemente la ciencia que debiera ser más humana de todas. Este tiempo de la pandemia contribuye poderosamente a tener más presente al paciente, con sus preocupaciones, preguntas e inquietudes. Cuando al paciente la medicina lo abandona a su suerte y se convierte en un número o un expediente que hay que despachar en el menor plazo de tiempo posible, entonces empiezan los problemas.

 

Si ponemos el acento en la humanización de la medicina, las cosas pueden contemplarse desde otro punto de vista. Si en lugar de la técnica o de los médicos el centro de la medicina se coloca en quien por derecho propio le corresponde, el paciente, entonces los cuidados paliativos debieran evitar que se plantee la eutanasia porque, en definitiva, si la medicina cumple su tarea, la eutanasia sobra. Aparece, no lo olvidemos, cuando al paciente se le abandona o se le trata como una cosa.

 

Si es posible aliviar el dolor, ¿por qué esta obsesión del presente, justo en medio de una mortandad de personas mayores y con patologías severas por evitar el dolor recurriendo a la muerte del ser humano?. La eutanasia no es una cuestión ideológica, como la enfermedad. Es, sencillamente, un asunto de humanidad o inhumanidad. Estos días ha quedado más claro.

Poder y límites, también en la pandemia

 

En el ejercicio del poder, la moderación, el equilibrio y la sensibilidad social  garantizan en buena medida, en una democracia, sobre todo en tiempos de pandemia,  la consecución del objetivo básico: el bienestar de todos, la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos en un marco de libertad y responsabilidad. El poder, en contra de lo que piensan algunos, no es malo en sí mismo, siempre que su fin se oriente a la mejora integral y continua de las condiciones de vida de las personas. De lo contrario se convertirá en una fuerza descontrolada, tal y como hoy, lamentablemente, contemplamos en el marco de la emergencia sanitaria. Hoy, como siempre, es imprescindible que quien ejerce el poder tenga dominio de sí, autocontrol, moderación, pues en la democracia es esencial el uso razonable, templado del poder.

 

Cuántas veces por encomendar el ejercicio del poder a personas sin condiciones se tiende  a la tiranía y, a consecuencia de ello,  se desprestigia el arte del gobierno. Hoy lo podemos ver a diario.  Por eso, que importante es elegir bien a los que deben dirigir las cosas públicas. Como decía Saavedra Fajardo “los príncipes nacieron poderosos, pero no enseñados”. Para el poder son necesarias una serie de cualidades democráticas para las que hay que estar preparados y, sobre todo, entrenados, pues no se reciben por ciencia infusa con el nombramiento en el Boletín Oficial del Estado, o con el acta de representante.

 

En este sentido, algunas veces me he preguntado hasta que punto son necesarias las Escuelas de Gobierno y cada vez me parece que es imprescindible que las personas que accedan al poder sepan claramente lo que tienen que hacer y lo que la gente espera de ellos. No se trata, ni mucho menos, de burocratizar la política ni el poder. Se trata, por el contrario, de ayudar a que las personas llamadas al desempeño del poder puedan ejercitarlo en las mejores condiciones posibles.

 

¡Los hábitos autoritarios¡.  Que frecuentes, también en estos tiempos en que reina la democracia, a veces más formal que material, tal y como como la pandemia deja traslucir. Qué difícil es para los que están en el poder resistir los encantos del mando. Qué fácil es utilizar el poder para excluir y para amedrentar, para mentir y para encumbrarse el la impunidad. Qué fácil es utilizar el poder para exhibir y demostrar la fuerza. Qué difícil es ejercer el poder en un esfuerzo permanente de integración, de mentalidad abierta y sensibilidad social. Qué fácil es siempre descargar las culpas o la responsabilidad en el adversario o en los subordinados. Qué difícil es asumir siempre y en todo la responsabilidad. Y cuan importante es hacerlo en tiempos de pandemia.

 

Como escribió Shakespeare, “excelente cosa es tener la fuerza de un gigante; pero usar de ella como un gigante es propio de un tirano”. Siempre he pensado, efectivamente, que el  hombre, la mujer  de gobierno, es como el buen director de orquesta: sabe dar juego a su equipo, sabe delegar, sabe animar y concibe el poder como una escuela de cualidades democráticas para que, cuando llegue el momento, otros puedan sustituirle donde él ha terminado.

 

Sin embargo, cuantas veces podemos parafrasear a Montherlant: “no hay poder, hay abuso de poder, nada más”. Y hay abuso de poder cuando se “utiliza” a las personas, cuando resulta “rentable” la adjudicación de los contratos, cuando se “desconoce” el mérito y la capacidad en el acceso a la función pública, cuando “molesta” que otros den sus puntos de vista, cuando se improvisa continuamente, en una palabra, cuando el poder se convierte en una enfermiza obsesión por permanecer en la cúpula como sea.

 

 

“El poder más seguro es aquel que sabe imponer la moderación a sus fuerzas” (Valerio Máximo). La moderación es muy importante para el hombre de gobierno. Muy importante. Es más, quien orgánicamente esté imposibilitado para la moderación no debería asumir poder en una sociedad democrática. Porque, como escribió Vélez de Guevara: “es más sabio templar el poder que no tenelle”. Cuanto precisamos personas en el gobierno moderadas, templadas, con mentalidad abierta para pensar, siempre y en todo, en la mejora de las condiciones de vida de las personas.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Buena administración del acceso a la información en tiempos de COVID-19

 

El derecho fundamental a una buena administración es, como es sabido, un tema de gran actualidad, especialmente en tiempos de pandemia, que desde hace tiempo está presente, por derecho propio, en el debate jurídico administrativo en el ámbito comunitario e iberoamericano. El derecho a la buena administración se ha incorporado con mucha fuerza en los Ordenamientos jurídicos contemporáneos. Está reconocido en la Carta Europea de Derechos Fundamentales de 2000 y de él trata monográficamente la Carta Iberoamericana de Derechos y Deberes del Ciudadano en relación con la Administración Pública rubricada por los ministros del ramo en 2013, además de estar expresamente previsto cada vez en más textos legales nacionales y en resoluciones de los principales órganos jurisdiccionales en Europa y América Latina.

 

Este derecho fundamental a que las Administraciones resuelvan los asuntos públicos de forma objetiva, equitativa y en plazo razonable, integra una serie de derechos fundamentales entre los que se encuentra el derecho a la información de interés general. En efecto, una buena Administración debe actuar de acuerdo con principios como el de transparencia y acceso a la información de interés general.

 

La Carta Iberoamericana de Derechos y Deberes del Ciudadano en relación con la Administración Pública señala, como uno de los derechos derivados del derecho fundamental a una buena administración, el  derecho al acceso a la información de interés general en el marco del respeto al derecho a la intimidad y a las declaraciones motivadas de reserva, que habrán de concretar el interés general en cada supuesto en el marco de los ordenamientos jurídicos.

 

Esta Carta parte, en relación al tema que nos ocupa, de dos aspectos fundamentales: el respeto al derecho a la intimidad de las personas y las declaraciones motivadas de reserva, que no son otra cosa que los límites de acceso a la información pública previstas en los ordenamientos jurídicos nacionales, como es el caso del ordenamiento jurídico español.

 

Una buena administración pública defiende, protege y promueve el principio de máxima transparencia permitiendo a los ciudadanos acceder a la información de interés general, fomentando, por ello, su participación en los asuntos públicos. Manifestaciones de este principio de buena transparencia son, entre otras: el deber de resolver las solicitudes en plazo razonable, la valoración imparcial y equitativa de las solicitudes, la ponderación de los intereses particulares y generales afectados en las concesiones de acceso, o la buena fe en las concesiones de acceso.

 

En caso de pandemia, como el que actualmente vivimos, el acceso a la información de interés general debe ser en tiempo real pues, de lo contrario la ciudadanía no podrá juzgar, como se merece, la calidad y el rigor, el respeto a los derechos fundamentales y las motivaciones del ejercicio de poderes discrecionales. En tiempos de COVID-19 este derecho, como todos, no es una opción, o una extravagancia, es, lisa y llanamente, una exigencia que toda democracia digna de tal nombre debe propiciar. No hacerlo, no solo manifiesta prepotencia y abuso, expresa una inquietante ausencia de compromiso democrático que inhabilita para gobernar en un Estado de Derecho. Ni más ni menos.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Democracia y COVID-19

 

En teoría, la democracia es el gobierno del pueblo, por y para el pueblo.  Así debería ser, con más razón en tiempos de excepcionalidad en los que, por razones justificadas, los poderes públicos son de mayor extensión e intensidad. La realidad, en unos países más que en otros, es justamente la contraria, parecería que en la excepcionalidad se pueden suspender derechos fundamentales, apagar la transparencia, contratar bienes públicos son límites, hasta someter la libertad de expresión o de información al control del gobierno de turno.

 

Son tiempos, los actuales, para comprobar hasta qué punto la democracia que tenemos es real, hasta qué punto las cualidades democráticas de los ciudadanos son auténticas, hasta qué punto hemos vivido estos años pasados en un Estado de Derecho que fundamentalmente era formal, sin vida, inerte, en el que los gobernantes de turno ejercieron el poder de forma procedimental, alejada de los valores propios de la democracia y del Estado de Derecho.

 

Por ejemplo, en materia de transparencia, acceso a la información y participación ciudadana, la llegada de Covid19 ha confirmado algo que viene de lejos, que en muchos países nos hemos desentendido de nuestros más principales deberes cívicos. No solemos exigir rendición de cuentas, el acceso a la información se reserva a la prensa mientras nos adormilamos fruto de los reclamos del consumismo insolidario. Es decir, no estamos entrenados en el ejercicio de las libertades, más que en aquellas que implican la defensa de lo individual. Hemos sido, poco a poco, con el concurso y aliento de los políticos, diseñando un régimen político que Tocqueville denominó hace mucho tiempo despotismo blando y que hoy encaja a la perfección en nuestras enfermas democracias, dominadas por el poder tutelar del Estado.

 

Ahora, cuando llega el ataque del poder constituido, representado hoy por el autoritarismo, nos encontremos impotentes, sin temple cívico, confinados en nuestra conciencia, anhelando el confort y los placeres de una vida regalada. Nos falta compromiso, convicción y temperamento democrático para defender las libertades, más allá de lo individual, como se merecen.

Menos mal que la estrategia orquestada para la toma absoluta del poder no es muy inteligente y la apisonadora está pisando demasiados cayos, que ya empiezan a despertar del sueño de un confinamiento que ya empieza a molestar, no poco,  a muchos ciudadanos dispuestos a defender la democracia y las libertades con uñas y dientes. Ya era hora.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Acceso a la información en tiempos de COVID-19

 

El derecho de acceso a la información pública tiene, como es sabido, dos fines fundamentales. Por un lado, como instrumento ciudadano que es sin duda, obtener información que le facilite conocer la forma en que se administra y gestiona el poder público. Por otro, a través de este derecho se puede fomentar la intervención del ciudadano en la vida pública. Ambas finalidades, pues, se encuentran estrechamente relacionadas con la cláusula del Estado democrático de Derecho desde el punto de vista de la participación y con la cláusula del Estado social de Derecho desde la óptica del control social de la Administración.

 

Sin embargo, este derecho no tiene carácter absoluto. Si bien es cierto que los poderes públicos deben ser transparentes y facilitar la información que se les pida, las Administraciones también se encuentran obligadas a preservar otros intereses concurrentes.  Por ello, aunque prime el principio de máxima publicidad, debe buscarse la solución más favorable a la transparencia sin perjudicar de manera injustificada intereses comunes o de particulares que no tienen el deber jurídico de soportar. La reserva solo es aceptable en la medida en que sea un instrumento necesario para proteger otros intereses constitucionalmente relevantes. Los límites han de ser interpretados restrictivamente para evitar que, por ejemplo, en tiempos de pandemia, un concepto general y abstracto de salud pública o interés general, impida el ejercicio de este derecho, que, sobre todo en tiempos de excepcionalidad, es muy importante que se satisfaga desde el poder público, dados los poderes extraordinarios que tiene el Gobierno.

 

En efecto, la información pertenece a los ciudadanos y no a los gobiernos. Por eso, los límites de acceso a la información pública han de ser tasados, expresos e interpretados restrictivamente. Deben fundarse en daños identificables en relación con intereses generales concretos y, en aquellos casos en los que hay un daño identificable, éste debe ser superior al interés público que se atiende mediante la aportación de la información.

 

Hoy, en plena pandemia, las instituciones públicas a las que se reclama la información, salvo que existan razones poderosas, que han de justificar en lo concreto, de interés general o de afectación a datos personales de los ciudadanos, deben brindar la información en tiempo real. No hacerlo es un claro atentado a un derecho fundamental y al cumplimiento del deber de buena administración que, en tiempos de emergencia es, si cabe, más relevante que en situación de normalidad. El Estado de Derecho en esta emergencia no está confinado o en cuarentena, está más vivo que nunca. Demorar la entrega de la información cuando se puede brindar en tiempo real, no nos engañemos, es un desprecio a la ciudadanía y, por hecho una manifestación de despotismo y de tiranía.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana