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Los populismos

El populismo, hoy tan de moda en tantas partes del mundo, nace, crece y se desarrolla en ambientes de crisis, de contestación social, de descrédito de las instituciones,  en contextos en los que la situación política, económica o social, demanda cambios y transformaciones profundas. Ordinariamente, bajo el dominio del pensamiento ideológico, los populismos recurren a la retórica oprimidos-opresores con el fin de ofrecer una praxis de salvación que ellos solo poseen. Ahí está desde la revolución francesa hasta la revolución soviética pasando, entre otras, por la revolución de los claveles, la revolución sandinista, o la revolución castrista. Revoluciones que todos sabemos que han traído consigo como la historia certifica tozudamente.

En efecto, el populismo latinoamericano ofrece buenos ejemplos de esta metodología marxista. López Obrador, hoy presidente de México, el presidente bolivariano Maduro, Diaz- Canel, el heredero de los Castro, o el sandinista Daniel Ortega dirigen movimientos de signo populista que ofrecen recetas únicas de salvación a base de explotar la dinámica del pensamiento bipolar e ideológico. Y en los EEUU tenemos un acreditado populista, Trump, que no duda en apropiarse, con ocasión y sin ella, del pensamiento y preferencias políticas de una parte relevante del pueblo norteamericano, mientras desprecia a la otra parte sin problema alguno.

Por otra parte, también se presentan como enemigos del pueblo los abanderados del intervencionismo, del gobierno ilimitado, de la irresponsabilidad fiscal o de la dirección centralizada de la economía ideas que, en sentido opuesto, promueve el Tea Party, un movimiento considerado por no pocos como populista. Igualmente, también encontramos populismo anti-establishment, anti-élites, que clama contra las instituciones políticas y financieras. Es el caso del 15-M, ahora bajo mínimos, Ocupa Wall-Street, Movimiento 5 Estrellas, Podemos… El populismo asistencial, aquel que pretende que el Estado subvenga a toda cuanta necesidad social tengan las personas, también tiene en este mundo del populismo muchos aliados.

En fin, los populismos, de uno u otro signo, se especializan en azuzar y agitar los sentimientos profundos de las personas para atraer el fervor popular hacia sus políticas de salvación. Sin embargo, lo que precisamos, más que populismos, que ya sabemos cómo suelen terminar, son políticas que promuevan los genuinos valores humanos,  políticas que partan del pensamiento abierto, de la metodología del entendimiento, de la sensibilidad social. En dos palabras, políticas reales, racionales y centradas en la mejora de las condiciones de vida de las personas. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana   @jrodriguezarana

Sobre las revoluciones

El clima de descontento social y de revueltas en ciertas latitudes ante un sistema que no funciona adecuadamente, vuelve a poner bajo nuestra consideración la cuestión de los cambios y la realidad. El problema de la reforma, la revolución y el inmovilismo.

Hoy, guste o no, vuelven los planteamientos revolucionarios porque, como atestigua la historia, el sistema político, económico y social del presente, interpretado en sus diferentes aspectos y elementos es verdad, quien podrá negarlo, que no ha alcanzado el fin y los objetivos propuestos. Sin embargo, para quien escribe, lo razonable y sensato es reformarlo a fondo, volviendo a los principios y no, como algunos pretenden recuperando ideologías y sistemas que han demostrado, y de qué manera, su fracaso tal y como acredita la historia europea del siglo pasado. El fascismo y el nacional-socialismo trajeron la muerte, la xenofobia y el racismo. Y el comunismo, por su parte, la aniquilación de responsabilidad individual y la conversión de la persona en un elemento de un engranaje diabólico que manejaron, y de qué forma, la nomenclatura dirigente.

Días atrás celebramos una nueva conmemoración de la caída del Muro de Berlín y con tal motivo, ante lo que de nuevo se avecina, pienso que conviene reflexionar acerca del sentido de las revoluciones y de lo que realmente han traído consigo. Para ello nada mejor que recordar a Paul Virilo, para quien el comunismo no ha desaparecido, sino que se ha privatizado. Su tesis, sugestiva y bastante certera, parte del análisis del comportamiento de la nomenclatura comunista durante la caída del Muro de Berlín. En síntesis: quienes se encargaron de la transición a las libertades lo hicieron, como regla, en su propio beneficio aprovechando la posición que tenían en el momento de la crisis del sistema. Obviamente, los grandes líderes fueron abandonados, pero la burocracia dirigente supo encontrar un lugar bajo el sol para hacerse de oro. En unos casos de forma descarada y en otros más o menos sutilmente.

En efecto, en casi todos los casos, las privilegiadas oligarquías que surgen tras el ocaso del comunismo formal proceden de las estructuras del viejo poder comunista. No hay más que echar una ojeada a lo que pasó en Rusia, Polonia, Chequia o Rumanía, entre otros países,  durante los procesos de transición a la democracia para caer en la cuenta de cómo se ha operado este cambio formal de poder. Por ejemplo, en Rumanía, tal y como ha estudiado el historiador  Maurius Oprea, también se experimentó ese terrible proceso de privatización del comunismo. En otros países, aquellos dónde prosperó un sistema comunista “stricto sensu”, caso de Nicaragua, por ejemplo, se observa un muy relevante cambio de estatus en los dirigentes guerrilleros. Se convirtieron en opulentos y oligarcas poderosos que tal vez por ser nuevos ricos, por falta de experiencia como millonarios o por complejo de inferioridad social, resultaron más codiciosos y rapaces que los antiguos dirigentes a quienes sustituyeron.

La realidad de estos procesos revolucionarios nos enseña que junto a muchas personas que de buena fe se alistaron a la causa de la justicia social que pregonaban estas revoluciones la mayor parte de los dirigentes utilizaron la revolución en su propio beneficio. ¿O es que el nivel de vida de la nomenclatura soviética en comparación con la vida de los trabajadores tenía alguna justificación en un régimen supuestamente diseñado para compartir y sacar de la postración a los parias y desfavorecidos de este mundo?. Mientras unos cayeron por la mejora de las condiciones de vida del pueblo, otros se elevaron usando la revolución. En cierta manera, la gran farsa de la construcción del conflicto y del uso de la violencia como métodos para la consecución de la igualdad social reside en esto: que nunca alcanza su objetivo. Por una razón que la historia tozudamente nos demuestra hasta la saciedad: la mejora de las condiciones de vida de la gente sólo es posible en el marco de un sistema democrático. La democracia se apoya, es bien sabido, en el principio de juridicidad, en la separación de poderes y en el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona. Criterios que normalmente no siguen a las revoluciones, teñidas y tejidas, así lo demuestra la historia, de oscuridad, opacidad y sospecha. Al final, lo de siempre: quienes usan alternativamente la revolución suelen llevarse el gato al agua.

Normalmente, una vez que la revolución se realiza, el ardor originario de los dirigentes se olvida y, con frecuencia, al empezar a disfrutar y degustar las mieles del triunfo, en cualesquiera de las formas imaginables, acceden, y de qué forma, a ese tren de vida fácil y regalada que antes tanto censuraban. De luchadores por el poder pasaron, en muy poco tiempo, hay están para quien quiera investigar las fortunas de los principales líderes del populismo en  Nicaragua, Venezuela,  China, Corea del Norte, Cuba…  a ser sus más acérrimos defensores. Dejan de ser críticos frente a los abusos para convertirse en los principales abusadores. De combatientes de la opresión a opresores y enemigos de la libertad y de la vida de los ciudadanos. En los países en que gobiernan, caso de China, Nicaragua, Venezuela, Cuba o Corea del Norte, por ejemplo,  usan los bienes públicos como propios. Cuándo deben dejar el poder, caso de algunos de los países satélites de la exURSS, se apropian, se comprueba en los procesos de transición a la democracia, de las propiedades públicas, apareciendo de inmediato como los grandes oligarcas y propietarios del país.

Pues bien, este proceso es calificado como “privatización del comunismo”. Privatización de un sistema social y económico que usó y usa la lucha ciudadana para que sus estrategas se hagan con el poder, con todo el poder, sin ninguna clase de limitación. Cuando fracasa no pasa nada porque el poder sigue, de la misma forma, en las mismas manos. Es decir, estamos ante una concepción puramente privada, bajo forma pública, de un mismo fenómeno: la concentración del poder.

El comunismo, el marxismo, no ha desaparecido. De ninguna manera. Me atrevería a decir que está más activo que nunca. Ahora bajo otras estrategias, bajo otras tácticas, bajo otras fórmulas. Opera no sólo en el marco de los movimientos antiglobalización o antisistema. Fundamentalmente su campo de acción es de la cultura, el de la instauración, de nuevo, del pensamiento ideológico, de la división social, del enfrentamiento civil. Con un solo objetivo: llegar al poder o permanecer en él como sea. Ahí está la historia para quien quiera consultarla y aquí los tenemos de nuevo, bajo la máscara del odio, el resentimiento, y la envidia, sus principales señales de identidad. Y, por cierto, sus dirigentes incrementan por necesidad de supervivencia la miseria del pueblo mientras aumentan sus cuentas corrientes.

Hoy, ante nosotros, aprovechando la ausencia de pensamiento crítico y las redes sociales, usando la trampa de las redes sociales como escribió Bauman, una colosal operación de manipulación social presidida de nuevo por el pensamiento bipolar y el resentimiento. Esperemos que la defensa de la libertad esté a la altura de la intensidad de la amenaza que se cierne sobre ella. La batalla no es fácil porque en la otra orilla se acusa el golpe del consumismo insolidario, la ausencia de compromisos y cualidades democráticos profundos y sobre todo, la conciencia real de lo pasa. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

Legalidad y moralidad

Desde la tradición helénica, la relación entre ley y moral, entre la racional ordenación del espacio público por quien tiene la autoridad del pueblo y su adecuación a los principios de la recta razón, era una relación de armonía y coherencia porque ciertamente la ley expresaba esos criterios de moralidad.

La convivencia entre ley y moral, aunque haya podido coincidir, incluso identificarse durante largo tiempo, requiere deslindar los ámbitos propios de una y de otra porque, obviamente, aunque puedan coexistir pacíficamente o ser complementarias, lo cierto es que son realidades distintas

¿Las leyes de la época nazi, acaso eran morales?, ¿Eran morales las leyes de la dominación comunista?. Es decir, el parlamento representa al pueblo, pero eso no quiere decir que sea la encarnación de la moral o que, como algunos gustan decir, el parlamento sea la fuente del bien y del mal. ¿Es qué el parlamento tiene el monopolio exclusivo de la razón?. O si se quiere, ¿se puede afirmar seriamente que el parlamento sea el único ámbito de la deliberación pública o la instancia que certifica lo bueno y lo malo en la vida social?.

La contestación a estas preguntas en modo alguno pretende rebajar la centralidad del parlamento en la vida política, solo faltaría. Lo que sí pone de manifiesto es que no se debe afirmar la identidad entre legalidad y moralidad. Algo que en el tiempo no siempre está claro, puesto que con alguna frecuencia salen del parlamento algunas leyes que socavan abiertamente principios morales objetivos. Sí, principios morales objetivos. Existen principios morales objetivos porque siempre habrá cosas o conductas que serán malas y otras buenas: mentir es malo, robar es malo, decir la verdad es bueno, respetar la propiedad ajena es bueno, discriminar a la mujer es malo, matar es malo, fomentar la concentración del poder es malo…

Hoy, parece mentira, la defensa de los derechos humanos y de la dignidad humana s es tarea, en ocasiones, contra corriente. Hoy, resulta que lo progresista es criticar el rancio individualismo insolidario que representa el poder dominante. Hoy lo revolucionario es desafiar la dictadura del pensamiento único.

Ojala los jóvenes, entre los que me incluyo, recuperemos el gusto por pensar en libertad, por el pensamiento crítico, por la búsqueda de la verdad, por ek compromiso real con los más necesitados. Es una aventura que vale la pena desde todos los puntos de vista. Por supuesto.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

La posverdad

La verdad, el respeto a lo que las cosas son, no a lo que parecen ser o a lo que algunos quieren que sean, siempre ha sido difícil, a veces muy difícil de reconocer. Sin embargo, tarde o temprano, no importa,  siempre acaba resplandeciendo. Hoy, en este tiempo inquietante, nos encontramos con una cierta dictadura de lo políticamente correcto, de lo conveniente, de lo eficaz,  que, con frecuencia, dificulta la legítima búsqueda de  la verdad presentándola como algo quimérico, imposible, y, sobre todo nada rentable. Pues bien, tal forma de ver la vida y el mundo no es más que una consecuencia más de delambiente general de control y manipulación en el que vivimos, que tanto daño hace sobre todo a los más jóvenes, que sin darse cuenta son manejados por las diferentes tecnoestrucuras que dominan nuestra realidad.

          En este ambiente de crisis de la verdad y de apogeo de la manipulación social, se instala esa posverdad que juega sin limites con la emotividad de los incautos y con la complicidad de quienes elijen la comodidad en lugar de defender, proteger y promover la dignidad humanan y todos los derechos fundamentales de las personas.

         El caso del brexit, de la célebre expresión “recupera el control”, todavía usada en estos días por el primer ministro Jhonson, y de las consecuencias que pagarán los británicos cuándo despierten del sueño manipulador es un buen ejemplo de posverdad, como lo es igualmente, por ejemplo, la afirmación realizada por Trump durante la campaña que le aupó a la Casa Blanca, de que Obama era uno de los fundadores del Estado islámico. Hay muchos más ejemplos de posverdad:  lo que dice el oficialismo en Venezuela o Cuba y la realidad real. Hoy la normalidad con la que se miente, se falsea la realidad  o se engaña es de tal calibre que lo verdadero,  que la misma búsqueda de la verdad,  ordinariamente ni se plantea y cuando se hace se descarta por imposible o peligrosa. Sobre todo porque hay miedo a la verdad, a la real realidad y se prefiere huir hacia delante con toda clase de artificios intelectuales.

          Sin embargo,  hoy, como ayer, la lucha por la verdad es una de las batallas más apasionantes que hemos de librar para regresar a espacios  en los que la dignidad del ser humano brille con luz propia. La tarea no es sencilla porque el descaro con que la mentira, el engaño y la simulación o el fingimiento se han apoderado de las terminales y tecnoestructuras más relevantes es alucinante. Hasta el punto de que esa dictadura de lo conveniente, de lo políticamente eficaz, conduce, grosera o sutilmente, a vivir en un mundo artificial, virtual, en el que la búsqueda de la verdad, de lo auténtico, desaparece del mapa y quienes se atreven a seguir sus pistas son condenados a las tinieblas exteriores de este mundo.

          Hoy, decir la verdad siempre -sin componendas, cesiones o compromisos-, reconocer la realidad,  es la mejor estrategia subversiva de la rebeldía que se precisa para sacudirnos el yugo de la dominación de quienes sólo persiguen la obtención de pingues beneficios al precio que sea.

         El ambiente cultural actual  transmite  miedo a pensar, miedo a profundizar en la realidad, miedo a la verdad, pánico al compromiso. Aspira, y de que manera lo consigue, a que los ciudadanos entremos por ese carril del pensamiento único desde el que se practica una dominación sin precedentes,  donde el grado de manipulación y control es máximo. Es hora de despertarnos del letargo porque de pasar mucho más tiempo sin reacción nos encontraremos ante un panorama inimaginable de miseria intelectual y servidumbre moral.  Esta en juego la sustancia de la democracia,  la centralidad del dignidad del ser humano, y ahora, en la era de la posverdad, todavía podemos tomar conciencia del problema y actuar. Despeues, será mucho más dificil.

Jaime Rodríguez-Arana Muñoz

Catedrático de Derecho Administrativo

SEl populismo, hoy tan de moda en tantas partes del mundo, nace, crece y se desarrolla en ambientes de crisis, de contestación social, de descrédito de las instituciones, en contextos en los que la situación política, económica o social, demanda cambios y transformaciones profundas. Ordinariamente, bajo el dominio del pensamiento ideológico, los populismos recurren a la retórica oprimidos-opresores con el fin de ofrecer una praxis de salvación que ellos solo poseen. Ahí está desde la revolución francesa hasta la revolución soviética pasando, entre otras, por la revolución de los claveles, la revolución sandinista, o la revolución castrista. Revoluciones que todos sabemos que han traído consigo como la historia certifica tozudamente. En efecto, el populismo latinoamericano ofrece buenos ejemplos de esta metodología marxista. López Obrador, hoy presidente de México, el presidente bolivariano Maduro, Diaz- Canel, el heredero de los Castro, o el sandinista Daniel Ortega dirigen movimientos de signo populista que ofrecen recetas únicas de salvación a base de explotar la dinámica del pensamiento bipolar e ideológico. Y en los EEUU tenemos un acreditado populista, Trump, que no duda en apropiarse, con ocasión y sin ella, del pensamiento y preferencias políticas de una parte relevante del pueblo norteamericano, mientras desprecia a la otra parte sin problema alguno. Por otra parte, también se presentan como enemigos del pueblo los abanderados del intervencionismo, del gobierno ilimitado, de la irresponsabilidad fiscal o de la dirección centralizada de la economía ideas que, en sentido opuesto, promueve el Tea Party, un movimiento considerado por no pocos como populista. Igualmente, también encontramos populismo anti-establishment, anti-élites, que clama contra las instituciones políticas y financieras. Es el caso del 15-M, ahora bajo mínimos, Ocupa Wall-Street, Movimiento 5 Estrellas, Podemos… El populismo asistencial, aquel que pretende que el Estado subvenga a toda cuanta necesidad social tengan las personas, también tiene en este mundo del populismo muchos aliados. En fin, los populismos, de uno u otro signo, se especializan en azuzar y agitar los sentimientos profundos de las personas para atraer el fervor popular hacia sus políticas de salvación. Sin embargo, lo que precisamos, más que populismos, que ya sabemos cómo suelen terminar, son políticas que promuevan los genuinos valores humanos, políticas que partan del pensamiento abierto, de la metodología del entendimiento, de la sensibilidad social. En dos palabras, políticas reales, racionales y centradas en la mejora de las condiciones de vida de las personas. Casi nada. Jaime Rodríguez-Arana @jrodriguezarana obre los populismos

Las personas primero

Las reflexiones y comentarios sobre la relevancia de las personas, sobre la calidad de vida de los ciudadanos en el sistema político, económico y social pone de relieve la necesidad de proceder a cambios y transformaciones que no llegan mientras, por el contrario, observamos entre sorprendidos y decepcionados la escalada de polarización que subraya las cuestiones tecnoestructurales e ideológicas.

 En efecto,cuando las personas son la referencia del sistema de organización político, económico y social, aparece un nuevo marco en el que la mentalidad dialogante, la atención al contexto, el pensamiento reflexivo, la búsqueda continua de puntos de confluencia, la capacidad de conciliar y de sintetizar, sustituyen en la substanciación de la vida democrática a las bipolarizaciones dogmáticas y simplificadoras, y dan cuerpo a un estilo que, como se aprecia fácilmente, se distingue fundamentalmente por entender la acción política como un ejercicio de mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Para la política ideologizada lo primordial son las ideas, para la política moderada lo fundamental son las personas. Se afirma con frecuencia que “ todas las opiniones son respetables”. Aunque entiendo el sentido de la expresión cuando se emplea como manifestación de fe democrática, no puedo menos que asombrarme ante la constatación permanente de la inmensa cantidad de afirmaciones poco fundamentadas que cada día desde distintas termnales se emiten y reclaman patente de corso, muchas de ellas para sembrar dscordia y resentimiento.  Sin embargo, propiamente, a quien es debido el respeto es a la persona. Y para expresar la fe democrática ante las opiniones, me parece más acertada la formulación de aquel político inglés que rechazando desde la raíz las convicciones de su rival, ponía por encima de su vida el derecho del contrario a defenderlas.

No son las ideas, aún siendo fundamentales, las que enriquecen la vida política, sino las personas que las sustentan. No están en los grandes sistemas de ideas las soluciones a los variopintos y multiformes problemas con que se enfrenta la noble actividad de la política,  sino en la prudencial aplicación de los criterios de análisis a cada situación concreta, y esta aplicación sólo será prudencial si tiene en cuenta a las personas y si tiene presente la función instrumental de todos los sistemas de ideas sociales y políticas. Si se pensara más en las personas y menos en las tecnoestruras….

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

¿Qué pasa con el centro político en España?

Cuando se trata de la configuración o conformación de los espacios políticos, suele decirse que las posiciones políticas son tres. A saber, derecha, izquierda y centro. Derecha e izquierda, más o menos, se pueden caracterizar con cierta precisión, aunque hoy en día probablemente habría que revisar muchas de sus tradicionales posiciones. Sin embargo, cuándo se trata del espacio del centro, lo más habitual es que se afirme que es un espacio vacuo, vacío, indefinido, que lo representarán en cada momento quienes enarbolen la bandera del relativismo, la indiferencia, la falta de compromiso o la ausencia de convicciones firmes. O más bien, los oportunistas, aquellos que siempre están con el sol que más calienta o a favor de viento.

El resultado del 10-N parecería confirmar estas consideraciones pues tal espacio político pareciera haber quedado prácticamente huérfano pues la bipolarización ha crecido a un lado y al otro. Algo de eso me parece que hay, aunque también es cierto que en el seno de los dos partidos todavía mayoritarios existen electores moderados que se pueden considerar, por usar un estereotipo que no muy real, aunque si gráfico, del centro izquierda y del centro derecha.

Ahora bien, lo que sí parece bastante claro es que el centro político como espacio de moderación no está en este momento instalado en la forma en que se está conduciendo la política española. Por eso, de nuevo es menester recordar que el centro es un espacio que tiene caracterización propia, que tiene significado sustantivo y que no es fundamentalmente el punto equidistante entre izquierda y derecha. Tampoco es, según me parece, la indefinición o la absoluta relatividad. Más bien, se caracteriza por la mentalidad abierta, la capacidad de entendimiento, la sensibilidad social, la racionalidad, el realismo y, sobre todo, por el compromiso con los derechos humanos de todos, especialmente de los más débiles y de los que tienen menos o ninguna posibilidad de salir adelante por si mismos.

La mentalidad abierta es lo contrario al prejuicio, al esteriotipo, al cliché, tan frecuente por estos pagos y en estos momentos en los que los agitadores del odio y el resentimiento campas a sus anchas. De todos y de todo se puede aprender. También de los adversarios, quienes claro que pueden acertar y cuando ello ocurre debe reconocerse. La mente abierta es propia de personas que se distancian de los hábitos autoritarios, de personas que intentan liberarse de la tentación personalista en el ejercicio del poder y confeccionan políticas pensando en la realidad, en las personas que en ella viven.

La realidad es plural, dinámica, no se puede blindar al servicio de los propios objetivos. La realidad tiene muchas dimensiones, muchos aspectos que hay que considerar para la toma de decisiones. Por otra parte, la mente abierta facilita que la contemplación de los problemas reales de orden colectivo que afectan a los ciudadanos, conduzcan a la búsqueda de soluciones eficaces y plenamente humanas. Es decir, la mentalidad abierta supone una inclinación a superar el pensamiento ideológico, el pensamiento bipolar. No importa quien sea el autor de las medidas ni desde dónde vengan las soluciones: si son adecuadas, humanas y eficaces, bienvenidas sean.

La capacidad de entendimiento significa, no sólo la tendencia a abrir puertas, a tender puentes, al diálogo sincero, sino que es posible mejorar la propia posición, que es posible aprender de los demás en el diálogo. La política democrática mucho tiene que ver con el diálogo, con el encuentro, con la conciliación, con la integración de diferentes posturas o posiciones. Si se tiene mentalidad abierta y se persigue sinceramente el bienestar general de los ciudadanos, la búsqueda de soluciones es relativamente fácil. Ahora bien, cuando la primera consideración, o la única, es el mantenimiento del poder, entonces la realidad se difumina y se imponen los criterios tecnoestructurales.

La sensibilidad social, que afortunadamente ya no es hoy un patrimonio de ninguna ideología política, es una fundamental característica del espacio de centro. Desde el centro se practican políticas sociales que van más allá de la pura y dura subvención que compra voluntades, políticas que posibilitan un mejor ejercicio de la libertad solidaria, políticas sociales que permiten un desarrollo personal más genuino y libre.

Las políticas centristas son políticas racionales. Todo se debe explicar, todas las políticas a emprender, o a criticar, pueden y deben ser objeto de estudio, de análisis. Desde el espacio de centro se hace pedagogía política sin caer en la tentación de la crítica destructiva como regla. En otras palabras, desde el espacio del centro se recomienda dedicar tiempo a formar equipos que proporcionen ideas y contenidos sobre los que basar los proyectos. La racionalidad y la contemplación de la realidad en todas sus dimensiones nos llevan de la mano a la comunicación. Para el espacio del centro la comunicación, sin ser el fin, es uno de los medios más importantes de la acción política. Una política de comunicación centrista es una política de comunicación que siempre está a la vanguardia, que lleva la iniciativa, que está pegada a la realidad, que sabe convertir los fracasos en éxitos, las crisis en oportunidades y que reconoce los errores cuando se cometen sin demoras y, sobre todo, que procura hacer llegar al pueblo mensajes inteligibles, claros y positivos.

El espacio de centro al compromiso con la mejora de las condiciones reales la vida de la gente. Es decir, el reformismo implica siempre una actitud de apertura a la realidad y de aceptación de sus condiciones. Sobre esta base, las políticas a realizar desde el centro han de caracterizarse por su moderación y su realismo político.

Es una exigencia del espacio del centro la eficiencia. Y el presupuesto de la eficiencia no es tanto la convicción política cuanto la competencia profesional, entendida ésta como apoyo, claro está, de la labor política ya que propiamente, la capacidad o competencia política excede de los límites de la simple capacidad profesional. Las políticas de centro han de ser también políticas equilibradas, políticas que han de atender a todas las dimensiones de lo real y del cuerpo social, de modo que ningún sector quede desatendido, minusvalorado o excluido.  

Si las políticas centristas pueden ser caracterizadas como reformistas, moderadas, realistas, eficientes, equilibradas, fundamentalmente humanas desde una perspectiva básica, en cuánto a sus objetivos el rasgo que mejor las  caracteriza es el profundo contenido social que representan. Son políticas de integración y en la misma medida se trata también de políticas cooperativas, que reclaman y posibilitan la participación del pueblo individualmente considerado, de las asociaciones, de las instituciones sociales, de manera que el éxito de la gestión pública debe ser ante todo y sobre todo un éxito de liderazgo, de coordinación; dicho de otro modo, un éxito del pueblo.

Sin embargo, que difícil, y que pocas veces se practican auténticas políticas centristas. En lugar de tender puentes, de pensar en el conjunto, en sacar adelante un gran país como el que tenemos, seguimos instalados en esa mediocridad que parte del miedo a la libertad, al esfuerzo, y a la verdad. Así nos va, claro.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

Revolución cívica

El espacio de la deliberación pública, abierto y plural por definición en los sistemas materialmente democráticos, en ocasiones se presenta como un ámbito propicio para las adhesiones inquebrantables o para la sumisión, para el control, para la manipulación. Debiera ser un ambiente en el que, en el marco de un genuino pluralismo, se expresen las diferentes dimensiones de la realidad sobre las que haya que debatir y razonar en cada caso. En su lugar, los frentes ideológicos, sorprendentemente más cerrados cada vez, mueven sus peones mediáticos y su artillería pesada para silenciar, excluir o laminar si es posible, al diferente, al disidente o al crítico con el pensamiento dominante.

En ocasiones, hoy no pocas, se lesionan u obstaculizan, también sutilmente, libertades que tanto esfuerzo ha costado recuperar tras el autoritarismo, de manera que quien se atreve a desafiar lo políticamente conveniente, incluso con argumentos cargados de razón, debe asumir que una condena sin posibilidad de apelación.

De intento, es lo más grave, se restringe la libertad educativa para evitar que quien tenga la ocurrencia de transmitir conocimientos e ideas desde el pensamiento crítico pueda hacerlo. El pluralismo se predica con ocasión y sin ella, pero en la real realidad está muy mermado porque solo tienen acceso al espacio público aquellas ideas u opiniones del gusto de la tecnoestructura dominante. El miedo a la verdad, que se presenta como un ideal inalcanzable y poco rentable, invita a un lamentable ejercicio de simulación y manipulación con el fin de que ciertos temas y ciertos planteamientos se asomen al espacio público. Y cuando llegan, notablemente limitados, se etiquetan sin rubor alguno como ultras o extremistas. porque se es consciente de los peligros que encierra la ideologización de ciertos temas.

En este ambiente, claro que sería bienvenida una educación cívica para la libertad, no para cortar por el mismo patrón  a los jóvenes, a los que hemos de transmitir el gusto por el conocimiento, por la verdad, por el pensamiento abierto, plural y crítico. Hoy, quien lo iba a imaginar, vamos por un camino que adocena, que aborrega a la gente, que impide el ejercicio de la libertad solidaria, que aplana el pensamiento. Es un tiempo, por ello, para una revolución cívica pacífica, serena, razonable y humana. Es tiempo para conquistar la libertad todos los días, para afirmar la dignidad de la persona. Es un tiempo para luchar, de nuevo, por los valores y las cualidades democráticas. Algo bien distinto de las insurrecciones y revueltas provocadas por los agitadores del odio y el resentimiento, por los enemigos de la libertad. Son tiempos para valientes, para personas sin miedo al amedrentamiento, sin miedo a las presiones. Hoy, así es, la libertad hay que defenderla contra viento y marea porque el ambiente invita a refugiarse en ese plácido anonimato que abre las puertas a la colosal manipulación que hoy padecemos. Pese a ello, la lucha por la libertad, como siempre, vale pena. Ya lo creo.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

Los derechos humanos

El pasado 10 de diciembre  celebramos un uevo aniversario  del día de los derechos humanos. Buena ocasión para reflexionar sobre una realidad que hoy nos interpela, como siempre, al observar la situación de tantos millones de personas en el tercer mundo y también en este primer mundo en el que tantas viejas y nuevas esclavitudes mantienen en estado de sumisión y vasallaje, en ocasiones en  jaulas de oro, a tantos seres humanos.

 La protección de la Constitución a todos los españoles en el ejercicio de los derechos humanos exige una acción positiva de los poderes públicos que el propio texto constitucional explicita en multitud de parágrafos. Sin embargo, lo que ahora me interesa destacar en este artículo es que los poderes públicos tienen una función constitucional de promocionar, de promover, de facilitar que todos los españoles puedan ejercer en libertad solidaria los derechos humanos.

En este contexto, me parece que el artículo 10.1 constitucional cuando se refiere, desde el punto de vista técnico-jurídico a los derechos humanos, utiliza la expresión “derechos inviolables que le son inherentes”. Redacción que, a las claras, permite afirmar, sin demasiadas dificultades, que la Constitución entiende que existen derechos innatos, que nacen con la persona, que son susceptibles de una especial protección y que el Estado debe reconocer en la medida que constituyen patrimonio indivisible de la persona humana.

En efecto, los derechos humanos o fundamentales constituyen una de las claves hermenéuticas de la Constitución y, como dispone el citado artículo 10.1, configuran, junto a la dignidad de la persona, los derechos de los demás y el libre desarrollo de la personalidad el “fundamento del orden político y la paz social”.  Es decir, hoy por hoy, en un Estado social y democrático de Derecho, los intereses generales del pueblo español caminan hacia el ejercicio efectivo, por parte de todos los españoles, de los derechos humanos.

La cuestión de si las libertades y los derechos de la persona son absolutos o no ha sido siempre un tema controvertido. Por ejemplo, si el derecho de propiedad puede sufrir limitaciones o no. Pues bien, este tema, afortunadamente, es pacífico desde el momento en que se cae en la cuenta del destino universal de los bienes y de que las necesidades públicas pueden, y a veces deben, implicar limitaciones a ese derecho individual que es el derecho de propiedad. Por eso, todos entendemos que a veces se sacrifique este derecho, previa indemnización, para que se construyan hospitales, colegios… que vengan, eso si, exigidos por las necesidades colectivas.

Por tanto, los derechos individuales no sólo no son absolutos, sino que, salvo el primario, principal y fundante de todos ellos, el derecho a la vida, son limitados y esas  limitaciones hacen posible que más personas disfruten de derechos. Asi es, el derecho a la vida es indisponible en la medida que es la fuente de la dignidad humana, de esa excelsa dignidad humana que cuando se empieza a cuartear, se acaba justificando lo injustificable. Si, lo injustificable, incluso la misma lesión y agresión del derecho a la vida del molesto, del diferente,del débil, del desfavorecido, incluso del que ni siquiera tiene voz para defenderse.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

10 de Diciembre

El 10 de diciembre, hace unos días, conmemorábamos una de las fechas más relevantes de la historia reciente. Tal día de 1948, como es bien sabido, se rubricó la declaración universal de los derechos del hombre. Un documento trascendente que todavía sigue de palpitante y rabiosa actualidad a juzgar por las sombras que se aprecian en no pocas partes del mundo en relación con la efectividad de los llamados derechos humanos. En unos países, sencillamente, hay millones de personas que pasan hambre, que no tienen habitación, que no tienen acceso a la educación. En otros, los llamados países desarrollados, tantas veces brilla por su ausencia la centralidad de la dignidad del ser humano y se perpetran atentados sin cuento contra los más débiles: contra los que no tienen voz para defenderse o contra los que son de manera defectuosa.

La realidad, lo que acontece en tantas latitudes, sigue interpelando a las conciencias de las personas de bien, a la gente normal, a quienes aspiran a vivir con dignidad en libertad solidaria. La democracia, que es el gobierno del pueblo, para y por el pueblo ofrece hoy luces y sombras en tantas naciones. Observamos en unos casos como en nombre de los ciudadanos se desprecia quienes no piensan como los dirigentes de turno, contemplamos asombrados como en no pocas sociedades se instauran sutil o groseramente formas de manipulación que repugnan el más elemental sentido de la tolerancia y el respeto a los demás. En este tiempo, el consumismo insolidario hace acto de presencia con gran intensidad narcotizando la conciencia de muchos ciudadanos, que se sumen en un profundo sueño de confort y bienestar que ahoga cualquier asomo de pensamiento crítico y plural. Los partidos, tantas veces ajenos a los problemas reales de los ciudadanos, se enzarzan en luchas cainitas acerca de la conservación o toma del poder a como de lugar. La separación de los poderes es en ocasiones una quimera. La ley se interpreta, por algunos, en función de los intereses parciales. En este contexto, los derechos humanos, que son de la persona, de su propiedad, se intentan otorgar desde el vértice o desde la intervención pública como si de dádivas o regalos de los políticos se tratara.

Las leyes, las Constituciones, lo que hacen es reconocer los derechos fundamentales de la persona. Los derechos humanos son de los ciudadanos, a ellos compete su ejercicio y su desarrollo, no al Estado. El Estado lo que debe hacer es promover las condiciones para que todos podamos conquistar personalmente la libertad, la igualdad, el derecho a la educación, el derecho a la intimidad…

El 10 de diciembre es, desde luego, una fecha para la esperanza. Para reconocer que el camino para la efectividad de los derechos humanos es largo y a veces sinuoso. Para que se despierte la conciencia cívica del pueblo, para que se denuncien los atropellos que todavía subsisten en muchas partes del mundo en materia de derechos humanos. Y, sobre todo, para luchar con la razón para que la centralidad de la dignidad del ser humano deje de ser moneda de cambio político y se convierta en presupuesto para el ejercicio de una acción pública y privada digna de tal nombre. Casi nada.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana