Este año se cumple el 40 aniversario de  la Carta 77, un documento crucial para comprender el tránsito a la libertad de los países del Este. Fue redactada, como es sabido,  por Havel y los más destacados disidentes checos. La Carta 77, sin embargo, más que un documento crítico sobre el régimen comunista, era un exigente recordatorio a las autoridades del cumplimiento de los compromisos internacionales asumidos por el país en materia de derechos humanos.
 
Vaclav Havel, presidente de Checoslovaquia durante varias legislaturas, no pasó desapercibido en su tiempo. Con su ejemplo, no exento de contradicciones como su apoyo a las intervenciones en Kosovo e Irak, nos ha dejado un legado de lo que es la política y cómo esta es posible ejercerla con dignidad y  consentido crítico. Dramaturgo y político, escribió obras de teatro  y ejerció la presidencia de su país durante un buen puñado de años. Es conocido por  su compromiso con las libertades y su crítica  al comunismo. Pagó su lucha por las libertades con la cárcel y fue perseguido durante años. Su especialidad, el teatro absurdo: una inteligente manera de desafiar a un régimen político opresor de los derechos de las personas. Su última obra de teatro la tituló “La retirada” y trató, según parece, de los peligros que acechan a los políticos y las consecuencias de caer en las tentaciones que ofrece un mundo de privilegios y prerrogativas sin cuento.
 
Efectivamente, Havel cuando llegó a la máxima magistratura de su país venía de la cárcel y del ejercicio de la literatura. Por tanto, su sensibilidad hacia la política estaba liberada de las deformaciones propias de quienes llegan a la cima pensando en las mieles del poder, en la dirección, en el mando, en situarse a como dé  lugar en la cúpula.
 
Más bien, Havel, según sabemos, se condujo esos años de presidencia como un intelectual. Como una persona que sabía que el poder es un instrumento para hacer el bien a todos cuantos integran la nación. Pero también se dio cuenta desde el principio de que el poder, contemplado, y vivido como un fin, podía dar al traste con la vida de las personas y convertir a los mandatarios en esclavos y dependientes. Quizás por eso llamaba mucho la atención que en la antesala del despacho presidencial que utilizaba en el gran palacio de la presidencia de su país hubiera un patinete con el que solía desplazarse por las regias estancias de su lujosa mansión.
 
Havel, además, escribió y habló en numerosas ocasiones acerca de la función política, acerca de la más noble de cuantas actividades existen en la vida. En un una oportunidad, durante la entrega de un premio que le dieron en nuestro país, tuve la fortuna de escuchar su parlamento. Por entonces, sería el año 1995 o 1996, el galardón que le concedieron distinguía trayectorias honestas, honradas, de políticos de ese tiempo. Sus palabras, desde luego, no dejaron a nadie indiferente porque un intelectual es una persona acostumbrada a la exigencia y a la crítica, una persona implacable con la adulación y la sumisión. En concreto, recuerdo de aquel día que glosó una experiencia personal. Comentó, en tono irónico, que cuando llegó a la presidencia del país aparecieron ante sí toda una serie de ventajas y privilegios que le separaban de su vida anterior. No tenía que hacer cola en los aeropuertos para tomar el avión, pues la presidencia disponía de avión propio. No llevaba dinero en el bolsillo porque los gastos de manutención corrían de cuenta del erario público. Un coche oficial le conducía dónde fuera necesario. Estas prerrogativas, le decían sus asesores, eran propias de la elevada tarea a que había sido convocado por el pueblo checo. Se trataba, le susurraban, de exigencias propias para un mejor servicio al interés general.
 
Pues bien, la cuestión que Havel se preguntaba en voz alta ante el auditorio que sería testigo del premio justamente otorgado era si algunas veces el uso de esas prebendas o privilegios no podría hacerse para el interés propio, para el interés personal en lugar de al servicio del interés general. El dilema, desde luego, retrata una personalidad rebelde, poco acomodaticia, un alma exigente, una personalidad autocrítica. Tal consideración, en los tiempos que corren, constituye un magnífico aldabonazo en la conciencia de no pocos hombres y mujeres que se dedican a la actividad pública pues en tantas ocasiones el poder y el mando, más que en un servicio, se convierten en una peligrosa obsesión y en un ejercicio de exclusión y laminación sin cuento. Por eso este aniversario de la Carta 77 permiten recordar a Havel y sus enseñanzas: muy adecuadas para  recordar que la política debe recuperar su obvia dimensión ética y vuelva a ser, así, es gran tarea de servicio a la comunidad.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es