Es la democracia un sistema político en el que se promueve y facilita el ejercicio de la libertad. Es también un régimen político en el que se debe preservar en todo momento el interés general, que es un concepto que debe concretarse en cada caso y ser usado de acuerdo con los más elementales parámetros de la racionalidad. Por eso, ni las libertades son absolutas, ni el interés general es absoluto.
En este contexto de complementariedad y compatibilidad, aparece la polémica del escrache, una práctica muy antigua que aparece y desaparece como el Guadiana. El derecho de manifestación es, en un régimen de libertades, no sólo algo tolerable, sino expresión de vitalidad y compromiso por parte de la comunidad que quiere censurar o criticar algo con lo que no está de acuerdo. Claro, siempre que se realice racionalmente. Es decir, amedrentar, insultar, amenazar personalmente a quien no piensa como uno, por mucha razón que se tenga, es inaceptable. No vale todo para todo. El fin no justifica los medios.
Es verdad que vivimos una época de severa crisis que afecta, y de qué manera,  a no pocas familias, a muchos ciudadanos, que sufren en sus carnes una drástica pérdida de calidad de vida. En este contexto, pareciera que el legítimo derecho a la indignación debería canalizarse de la manera que fuera pues es menester ejercerlo con ocasión o sin ella. Y esta es la cuestión, que en democracia los medios definen a quienes los practican. La violencia, sea de baja intensidad, de alta intensidad, o de media intensidad, no es aceptable. Por la sencilla razón, valga la redundancia, de que las legítimas opiniones existentes en el seno de la comunidad, deben expresarse por medio de la razón. Y ahora, en este momento de aguda crisis, si se usara más la argumentación, sería más fácil desenmascarar las causas de lo que pasa, y junto a ello, identificar a sus principales responsables.
Amedrentar a determinadas personas, amenazarlas o insultarlas, además de un  ejercicio de suprema debilidad y de inferioridad, es poco eficaz si lo que se quiere es una reforma en profundidad de la actual situación. Más útil, aunque más complejo, es actuar con las armas de la razón y de argumentación. Además, la violencia siempre engendra violencia. Y en ese terreno siempre prevalecen los más violentos. Justo quienes menos temple cívico y democrático exhiben.
Indignación, sí, manifestación de lo que se piensa, por supuesto, pero por medios pacíficos. Sin violencia, sin pisotear a los demás, sin amenazas, con libertad, con argumentos, con racionalidad.  Las cosas están muy mal, pero eso no justifica, de ningún modo la violencia. Si ponemos en cuestión que el fin todo lo justifica, habremos iniciado el descenso al abismo, a un profundo abismo del que después es muy difícil salir. ¿ O no?.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es