La abultada victoria del Frente Nacional de Marie Le Pen en las elecciones a un municipio francés estos días plantea uno de los temas políticos más relevantes de este tiempo. Me refiero, claro está, al anunciado auge de los extremismos en Europa en esta época de crisis.  Efectivamente, la ausencia de autocrítica y la cerrazón de los partidos políticos tradicionales a iniciar las reformas que son necesarias está dando aire, y de qué manera, a los movimientos populistas, a los partidos extremistas.
Con independencia de esta victoria con el 53% de los votos del FN en Francia, el mapa político europeo ofrece algunos paisajes que en este momento de aguda crisis resultan muy preocupantes. Uno de ellos, quizás el más inquietante, es el regreso del populismo, hoy ya presente en varios países de sólidos hábitos democráticos.
En efecto, en Noruega el partido del progreso alcanza el 22.9 % de los votos. En Finlandia, el partido Verdaderos Finlandeses, que promovió el no al rescate griego, llega al 19.05 de presencia en el parlamento.  En Dinamarca, el partido Popular está en el 12.3%, en Francia, el Frente Nacional de Lepen en el 17.9%, en Suiza el Partido Popular ya está en el 28.9%, en Holanda, el partido de la Libertad ocupa el 15.5 % de la representación parlamentaria y, en Hungría, el grupo Jobblk alcanza ya el 16.7% de los escaños. Las encuestas para las próximas elecciones europeas en Francia otorgan ya la mayoría al Frente Nacional por delante de  conservadores y socialistas.
Ciertamente, los apoyos que cosecha el populismo, tanto  de extrema derecha  como de extrema  izquierda,  crecen justo donde los partidos de gobierno practican políticas que no son capaces de mantener cotas razonables de bienestar para los ciudadanos. En este contexto, el desempleo crece, la inestabilidad social aparece con insólitas características y, ante la debilidad de muchos gobiernos que prefieren mantener el poder a gobernar para todos, especialmente para los más débiles y desfavorecidos, se empieza a mascar un ambiente que pone en cuestión las bases de la democracia y que reniega del proyecto europeo.
En estos casos, la crítica, a veces dura, del funcionamiento de las instituciones y del comportamiento de sus dirigentes, intenta mostrar las consecuencias que podrían derivarse de sentar las bases para movimientos populistas de corte radical. No nos engañemos, si castigamos las condiciones de vida de los ciudadanos, mientras los dirigentes conservan privilegios y prerrogativas insultantes, estamos alimentando un peligroso ambiente en el que pueden proliferar, sin especiales dificultades, ideologías  dispuestas a levantar al pueblo contra estos despotismos y arbitrariedades. No puede ser que con los sacrificios de la mayoría social, especialmente de las clases bajas y medias, se esté financiando un colosal aparato público cuya existencia se justifica exclusivamente en la sumisión partidaria y en el afán de dominios de los nuevos señores de los territorios.
Es verdad que el proyecto europeo  no cuenta en estos momentos con grandes políticos, con estadistas de la talla de Adenauer, Schumann o de Gasperi  porque, como todos sabemos, la dictadura de las cúpulas de los partidos impide que afloren líderes dispuestos a pensar en el bien general  en lugar de dedicarse a juegos, más o menos sofisticados, para conservar como sea la posición, para mantenerse astutamente siempre, a cómo de lugar, en la cúpula. Tampoco, en términos generales, encontramos al frente de los gobiernos a políticos con un claro compromiso de atender adecuadamente los problemas sociales. Más bien, se habla para los mercados, se hacen algunos cambios pero sin tocar las tecnoestructuras y se procura contentar las exigencias de los poderes financieros con el fin de garantizar la financiación de unas estructuras partidarias infladas concentradas en alimentar a adeptos y afines.
En este contexto de crisis económica y financiera con muchas personas en el desempleo y con escasos recursos para sacar adelante a las familias, sobre todo en las clases bajas y ya también en las medias, prende con facilidad la demagogia y el populismo. Y, poco a poco, las opciones extremas van ganando apoyos, que aunque no son mayoritarios por ahora son relevantes porque muestran una peligrosa tendencia.
El proyecto europeo, tan necesitado de mayor integración, de más solidaridad y de estructuras de gobierno  sólidas y compactas,  pierde posiciones en el mundo global y sus posiciones y decisiones cada vez tienen menos fuerza. Por ejemplo,  ¿por qué no es posible que Europa esté dirigida por un presidente elegido por sufragio universal, por qué el parlamento europeo no tiene verdaderos poderes legislativos, por qué no se avanza de verdad hacia el federalismo?. Por una sencilla razón, porque los políticos que nos ha tocado en suerte, no es casualidad, ni tienen  visión de estadistas ni se atreven a tomar medida alguna que  suponga poner en peligro su posición. Un gran problema.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es