La polarización del voto de cara a las presidenciales en los EEUU está provocando fenómenos desconocidos. Uno de ellos, llamado militancia negativa, es la consecuencia del descrédito en el que ha caído el centro político y las políticas moderadas, incapaces de concitar, como antaño, un segmento de voto oscilante que obligaba en el pasado a republicanos y demócratas a templar sus programas y propuestas a la caza y captura de ese 12%, más o menos en que se movía este segmento electoral.
En efecto, el voto oscilante, aquel que puede votar indistintamente a unos u otros según las políticas y propuestas realizadas, situado en EEUU entre  1956 y 1980  en un entorno del 12%, podía decidir unas elecciones según hacia dónde se inclinase. Este sector lo representan votantes que no se consideran cautivos de ningún partido y que realmente meditan y reflexionan en cada elección sus preferencias electorales.
Pues bien, como señala Peter Grier en un estudio publicado en octubre de 2015 por la revista americana de ciencia política, ya en las presidenciales de 2008 sólo un 8% votó a un partido diferente del que mereció su confianza en 2004. Y en 2012, el voto oscilante se situó en su franja más baja, en un 5.2 %.
A bajada del voto oscilante hay que agregar, como señala Grier en su estudio, que en los sondeos de los últimos años cada vez menos votantes se declaran republicanos o demócratas aunque voten a esos partidos. Tal comportamiento sugiere a los analistas que los electores se mantienen fieles a un partido, no porque estén convencidos de las bondades de sus propuestas, o porque comulguen con su ideario, sino, lisa y llanamente, porque el otro partido les desagrada profundamente. Es lo que  Abramowitz y Webster denominan militancia negativa. Es decir, lo determinante es  castigar, frenar al rival como sea, y para eso, se vota al partido de siempre.
Las causas de tal conducta política quizás se deban a la radicalización de las opciones políticas. Un fenómeno preocupante que va más allá de las fronteras europeas pues, como vemos a diario, en la campaña norteamericano en curso, los actuales candidatos compiten por ganar sus potenciales votantes, a los simpatizantes y votantes de toda la vida. Se trata de apuntalar a los propios pues el voto deslizante es muy bajo y ya no sirve para ganar las elecciones.
Por eso, de forma continua, los candidatos republicanos y demócratas, más los republicanos, reiteran permanentemente los mensajes que hacen las delicias de los militantes y simpatizantes de siempre. Es decir, se trata de mantener el electorado propio, de tener contenta a la parroquia y esperar a que los propios voten al candidato oficial del partido.
El espectáculo electoral es plano y lineal, porque se escuchan los mismos argumentos, aunque más radicalizados y, en ciertos casos, próximos al populismo y a la demagogia, lo que realmente provoca una pérdida de categoría y de calidad del proceso electoral. Como afirma Grier, se trata de un círculo que se retroalimenta. Si los partidos solo piensan en como movilizar y agitar a los votantes que se encuentran en los extremos del arco ideológico, acabarán reclamando, es obvio, candidatos con una identidad ideológica marcada, cerrando el paso a la moderación y al centro. Es lo que hay y es lo que hay que cambiar porque el centro como espacio político tienen personalidad propia y en situaciones de radicalización y escoramiento ideológico como las actuales, es más necesario que nunca. También en  los EEUU.
 
 
Jaime Rodriguez-Arana.
@jrodriguezarana