Todos recordaremos, seguramente, el dictamen del Tribunal Supremo de Canadá en relación con la consulta que, en su día,  planteó el Gobierno canadiense en punto a la independencia de Quebec. En concreto, la denominada Ley de Claridad, aprobada tras el segundo referéndum sobre la secesión de la provincia francófona, se promulgó como consecuencia de la doctrina del Supremo canadiense sobre esta espinosa materia. Ni que decir tiene que, desde entonces, los argumentos esgrimidos por el alto Tribunal de Canadá han ayudado a situar jurídicamente el llamado derecho a la autodeterminación, sobre todo en los países desarrollados.
 
No hace mucho tiempo (2002) , un relevante medio de comunicación publicaba una muy oportuna entrevista con Stéphane DION, quebequés y francófono, en aquella época  ministro canadiense de relaciones intergubernamentales, en la que dicho político opinaba sobre el concepto de secesión en una democracia, y muy especialmente, sobre si sólo debe escucharse a los que quieren separarse o también el resto del país, sobre qué mayoría debe ser suficiente para la independencia y, entre otras cuestiones, sobre la forma de asegurar los derechos de los que no están por la secesión.
 
En efecto, la entrevista no tiene desperdicio ninguno. Es más, es pertinente, actual y permite, en mi opinión, un mejor entendimiento, en los tiempos que corren, del principio de autodeterminación de los pueblos. Veamos.
 
Para DION, “la única manera de constatar la voluntad secesionista es a través de una pregunta muy clara. No nos vale eso del soberanismo asociado, de  separamos para luego unirnos. No se puede estar a medias dentro de un país: o se está dentro, o se está fuera”. Es decir, el llamado Estado libre asociado o cualquier otra fórmula de separatismo asimétrico o diferencialista es un sin sentido jurídico y político en un contexto secesionista. O se está o no se está. Si se está, se está en el marco político vigente, que por cierto en España es bien amplio y permite un autogobierno bien generoso. Si lo que se quiere es más autogobierno, la solución está en la Constitución y, por ende, en el contexto de la lealtad, de la integración, de la cooperación y de la solidaridad. Si lo que se quiere es  salirse del sistema, entonces nos encontramos en otro supuesto. En este caso, dice DION, “la pregunta ha de ser clara y diáfana y la respuesta también ha de ser muy clara. Y, para que surta eficacia, no basta la mitad más uno de los votos, porque la decisión de independizarse es extremadamente grave y probablemente irreversible, una decisión tan transcendental exige un consenso muy serio y no una mayoría ocasional que puede cambiar según sople el viento de la política o de la economía”
 
La cuestión jurídica que el Gobierno de Canadá suscitó ante el Tribunal Supremo era muy clara: si un territorio se puede escindir por la simple voluntad de un Gobierno provincial independentista. Ahora bien, conviene recordar, como hace DION, que “lo que nos respondió el Tribunal Supremo fue que ni el Derecho Internacional ni el Derecho Canadiense avalaban esta pretensión porque Québec no es obviamente una colonia”. Como sabemos, la hipótesis de la colonia que se escinde de la metrópoli o de territorios que viven sojuzgados y alienados en el ejercicio de sus libertades y derechos, son los supuestos habilitantes que permitirían, de acuerdo con el Derecho y la praxis internacional, justificar un proceso de segregación. Pero no parece que sea el caso.
 
Además, debe subrayarse que también el Tribunal Supremos canadiense dijo que el “Gobierno de Canadá no debería retener contra su voluntad a una parte de la población y que si se acreditaba una voluntad clara de separación, todos los integrantes de la federación canadiense tendrían que entrar a negociar la forma más justa para todos de llevar a cabo la separación”. En este caso, señala DION, es menester negociar: “habría que acordar el reparto del activo, del pasivo, el trazado de fronteras…y, como no, la forma de asegurar los derechos de la minoría segregacionista ya que el principio de que no se puede retener a nadie contra su voluntad tiene que aplicarse en todas las direcciones. Los secesionistas declaran la divisibilidad de Canadá, al tiempo que proclaman la indivisibilidad de un futuro Estado. Es una contradicción inherente a todos los secesionismos. Ellos tienen que saber que si entramos a negociar la escisión, tendrán que contar con la posibilidad de que una parte de su territorio opte por quedarse en Canadá. Hay que evitar las dos varas de medir”.
 
Palabras ciertamente sugerentes que plantean con toda claridad la contradicción entre democracia y secesión porque la “democracia no es exclusivista, no permite relativizar la solidaridad en función de la lengua, la religión o la pertenencia racial”. En cambio, “la secesión obliga a elegir entres tus conciudadanos, a optar entre los que consideras los tuyos y los que tienes que transformar en extranjeros. Nadie tiene vocación de extranjero en una democracia. Por eso no ha habido secesiones en las democracias bien asentadas. Eso únicamente se ha producido en contextos coloniales o en la transición a la democracia en un régimen totalitario”. Probablemente, por esto fracasó la secesión de Québec y, también por el mismo argumento, las aspiraciones independentistas en Cataluña, si es que son verdaderas, fracasarían estrepitosamente.
 
En una España de libertades, con una Constitución que todavía admite más margen de autogobierno y que bascula sobre la solidaridad y la integración, en el marco del pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario, de lo que se trata es de que la política siga trabajando para mejorar las condiciones de vida de la gente. Si para ello es necesario seguir avanzando en el Título VIII, no pasa nada siempre que prevalezca el entendimiento, la cordura, el equilibrio y el sentido común. Si lo que se trata es de utilizar la política para generar nuevas estructuras artificiales construidas al margen de la ciudadanía por los partidarios de la liberación nacional, precisamente en los albores del siglo XXI, entonces  estaríamos en las antípodas del sentido común y de  la concordia que primaron en el horizonte que hizo posible el gran pacto de 1978.
 
En fin, termina DION y se termina este artículo .Nacionalismo, añadiría  moderado -autonomismo-, no es lo mismo que separatismo: “los quebequenses francófonos somos todos nacionalistas en el sentido de que queremos conservar nuestra lengua y nuestra cultura, pero mantener esa solidaridad entre nosotros no es incompatible, en absoluto, con mantener la solidaridad con los otros canadienses (….) lo que yo combato es el  secesionismo….”
 
 
 
Jaime Rodríguez – Arana @jrodriguezarana