En el Foro Mundial de Davos de 2014 se difundió un interesante informe titulado “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”. El estudio, elaborado por Oxfam Intermon, reconocía que un 1% de las familias más ricas del mundo atesoraba nada menos que el 46% de la riqueza mundial. O, lo que es lo mismo, que las 85 fortunas más importantes del mundo acumulaban la misma proporción de la riqueza global que los 3.500 millones de personas más pobres de la tierra. Son unos datos que manifiestan el gran fracaso de las políticas sociales en términos generales en todo el planeta. Sin ir muy lejos, en España, según este estudio, las 20 familias más ricas disponían de la misma riqueza que el 20% de la población. Hoy, en 2017, en el mejor de los casos, las cosas siguen igual.
Este informe registró algo de lo que se viene hablando en conferencias, foros y seminarios, desde hace bastante tiempo. Algo que, en este tiempo, sigue una tendencia inquietante. Cada vez los más ricos son menos y tienen más y los más pobres tienen menos y son más. Una ecuación letal que, en tiempos de crisis, provocó el ingreso de las clases medias en muchos casos a la peligrosa esfera del umbral de la pobreza, lesionando así un espacio de estabilidad política, económica y social que en muchas partes del mundo costó mucho conseguir.
Pues bien, el último informe de este Foro económico, titulado “Riesgos Globales 2017”, alerta sobre las nocivas consecuencias de  los cambios climáticos extremos, de los movimientos migratorios involuntarios y de los ataques terroristas a gran escala. También advierte sobre la necesidad de reformar a fondo el capitalismo para evitar esa creciente desigualdad que alimenta el auge del populismo y la polarización política, causas de la crisis de legitimidad del sistema político, económico y social.
Es más, la combinación entre desigualdad social y polarización política, dice este reciente informe, amenaza con aumentar los riesgos globales, erosionando la solidaridad sobre la que descansan nuestros sistemas políticos, económicos y sociales. No es casualidad que la creciente disparidad entre ingresos y riqueza es la tendencia que más probablemente condicionará la evolución global en los próximos años y la causa que más influye en el panorama de riesgos globales del presente y del futuro.
El informe de riesgos 2017 señala también que la débil recuperación producida tras la profunda crisis iniciada en 2008  indica que con solo estimular el crecimiento económico no se restauran las profundas fracturas de la política económica. Por eso se recomienda pensar el capitalismo desde la solidaridad, revitalizar el crecimiento de la economía global, reconocer la relevancia de la identidad y de la inclusión en la realización de las políticas, mitigar los riesgos y explotar las oportunidades de la cuarta revolución industrial y fortalecer los sistemas de cooperación global.
Se recuerda que la expansión cuantitativa practicada por los bancos centrales ha exacerbado la desigualdad de ingresos al impulsar la rentabilidad obtenida por los propietarios de activos financieros, mientras que los ingresos reales de trabajadores y empleados han crecido muy lentamente. Igualmente, se alerta sobre los bajos tipos de interés, que pueden distorsionar los mecanismos financieros que sostienen una razonable y sana actividad económica.
No puede ser, como ha reconocido el propio Foro de Davos en el informe que glosamos en el artículo de hoy, que la desigualdad sea el primer elemento de riesgo más grave a nivel mundial para los próximos tiempos. Por eso, es menester reformar el capitalismo y de trabajar a fondo sobre los nuevos mimbres que reclama el nuevo orden político, económico y social,  que debe ser más humano y justo. Algo, sin embargo, que reclama nuevas formas de estar en la realidad y de transformarla a partir del pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario. Cuando un Foro como el de Davos alerta de esta cuestión, es por algo. Por algo muy serio.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana