En esos días, el 7 de febrero, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de uno de los más grandes políticos del siglo XVI,  Tomás Moro. Moro fue nada menos que canciller bajo el reinado de Enrique VIII y profundo humanista que con su ejemplo y su tarea profesional demostró que se puede ser un gran hombre público sin renunciar a los principios y a las convicciones. Principios y convicciones que, como bien sabemos, le condujeron a la horca en 1535 por ser fiel a su conciencia y no claudicar ante lo que considerable inmoral.
 
Tomás Moro, como es sabido,  se especializó en derecho marítimo y comercial, desempeñó distintos cargos de naturaleza judicial, realizó tareas diplomáticas en Flandes, Calais y en Inglaterra. Tras haber encauzado inteligentemente una revuelta en Londres contra mercaderes extranjeros, Enrique VIII lo lleva a la Corte como consejero real, vice-tesorero del Echequer, presidente de los Comunes y, finalmente, en 1529, Canciller de Lancaster, cargo al que renunciaría en 1532 por su oposición  al Acta de Supremacía y al divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón. Entonces, comienza su “cruz”: se le acusa de traición y se le confina en la Torre de Londres, dónde es decapitado el 6 de julio de 1535, cinco días después de su condena de muerte.
 
Ciertamente, son muchas las dimensiones que se pueden glosar con motivo del aniversario de su nacimiento porque  escribió numerosos libros, algunos como Utopía, que son clásicos del pensamiento político en materia de  fundamentación y legitimidad del poder. Cultivó la amistad de notables humanistas de la época como Juan Colet, Guillermo Linacre o Erasmo de Rótterdam, con quienes manutuvo una interesantísima correspondencia sobre las más importantes cuestiones del momento y de siempre.
 
Santo Tomas Moro fue proclamado por  San Juan Pablo II patrono de los gobernantes, de los políticos, el 31 de octubre del 2000. Frente a Maquiavelo, contemporáneo de Moro, que escribió que “amo a mi ciudad más que a mi propia alma”, la vida y las obras de Tomas Moro fueron un testimonio bien claro de que la conciencia está por encima del poder y que en cuestiones esenciales, no es posible transigir.
 
Tomás Moro renunció a sus cargos precisamente por seguir los dictados de su conciencia frente a los deseos del poder. Hoy, que vivimos en un mundo en el que en ocasiones los políticos renuncian a sus principios por acomodarse a la cúpula, por mantenerse, por “flotar” en el proceloso mundo de la púrpura y las poltronas, la figura de Moro resplandece con luz propia y proporciona un elevado estímulo para que la actividad pública sea, por encima de apetencias de poder,  un trabajo orientado a la promoción de la dignidad del ser humano y de sus derechos fundamentales.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.