Es evidente, como se ha dicho hasta la saciedad, que a mayor intervención pública, mayor probabilidad de corrupción. Y, en este proceso de crisis del Estado del Bienestar, estancado en la perspectiva estática, en el que llevamos ya anclados, de forma más o menos consciente un buen número de años, la intervención pública ha crecido exponencialmente, en muchos casos sin control y sin la presencia, no pocas veces, de personas adornadas por un acrisolado y acreditado compromiso de servicio público.
En este ambiente, el Estado puede ir absorbiendo poco a poco a la sociedad civil hasta destruir la iniciativa social. Es lo que ha ocurrido, sin exagerar, en el Estado del Bienestar, versión estática, como consecuencia de lo que profetizara Tocqueville hace muchos años al referirse a lo que podría ocurrir si se confundía el ideal democrático con la tiranía de la mayoría. Porque, en el fondo de esta situación, no lo olvidemos, está la crisis del planteamiento ético y el abandono, quizás no consciente en el primer momento, de los valores originarios del ideal democrático: libertad, igualdad y fraternidad que, tristemente, se han convertido en magníficos elementos  retóricos para las campañas electorales, pero nada, nada más. Incluso, es la misma prostitución de la democracia, para algunos se han convertido, su discurso y exposición, en un medio de vida que se caracteriza, en la práctica, precisamente por lo contrario. Es el caso, si no me equivoco, de los derechos humanos: nunca se ha hablado tanto, nunca se han escrito tantos libros, nunca se han organizado tantos y tan magníficos seminarios y jornadas y, sin embargo, quizá nunca han sido tan conculcados.
La democracia, cuando no se fundamenta en la Ética puede fácilmente desvirtuarse. Entonces aumenta la corrupción pues la sociedad civil desaparece prácticamente de escena y se produce lo que Habermas calificó de crisis de legitimación que, en esencia, no es más que la ausencia de los ciudadanos del proceso democrático. La corrupción, lo señalaba Brademas, es un freno para la democracia. Por eso no conviene que la sociedad civil sea un concepto retórico o evanescente sino una realidad sólida que garantice una relación solvente entre ciudadanos y gobernantes. La Ética es fundamental en el pensamiento  y en la praxis democrática. Vaya si lo es.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana
 
Jaime Rodríguez-Arana
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