Europa y los derechos humanos

La reciente votación en el Parlamento europeo, no vinculante, a favor de reconocer el derecho al aborto como un derecho humano, como un derecho fundamental de la persona, refleja el grado de insensibilidad social al que hemos llegado precisamente en donde se alumbraron con rigor y valentía los derechos del hombre y del ciudadano.

 

La realidad europea es, a día de hoy, mal que nos pese, la que es: prevalencia de la economía sobre la ética, escasa participación cívica, recortes en políticas sociales, consumismo, baja natalidad, irrupción de movimientos extremistas y crecimiento exponencial de la corrupción. En este contexto, a muchos ciudadanos del viejo continente nos gustaría que el panorama europeo estuviera presidido por los valores comunes procedentes de la centralidad del ser humano que los padres fundadores de la Unión Europea, a quienes hoy se cita tanto como se desconoce, colocaron como los pilares de una integración que debería discurrir por los caminos del humanismo, por la senda de los derechos fundamentales de la persona, por el camino de los derechos humanos, tanto individuales como sociales.

 

En efecto, cuándo se reconocen estos derechos de manera incondicional, sin interferencias o injerencias del poder, entonces resplandece la dignidad del ser humano y la idea originaria de lo que debería ser Europa brilla con luz propia. Sin embargo, cuando el poder constituido decide sobre la titularidad y el ejercicio de los derechos humanos, la arbitrariedad se instala de nuevo entre nosotros y desaparece la igualdad radical entre los seres humanos. Se transige y se comercia sobre los derechos humanos en función de las exigencias del poder en cada momento y hasta se laminan y silencian los derechos de los más débiles, de los más indefensos, de quienes menos posibilidades tienen de hacer oír su voz.

 

Los derechos humanos, interesa hoy recordarlo, no son del Estado, no los conceden los gobernantes, son de titularidad humana, nacen con el hombre y la mujer y a ellos corresponde su ejercicio solidario. El poder, todo lo más, y no es poco, debe reconocerlos de forma y manera que se convierten, por ello, en valores superiores que iluminan, guían y orientan al poder mismo y a quienes, por representación del pueblo, lo ejercen. Es decir, el canon de legitimidad del poder hoy reside precisamente en el respeto y promoción de los derechos humanos.

 

La base de los derechos humanos reside en la dignidad de la persona, del ser humano. Dignidad que, en última instancia, tiene un fundamento abierto salvo que nos instalemos en el inmanentismo, en la contemplación de una realidad que ni se ha dado vida a sí misma ni se agota en su misma cosmovisión.  El ser humano es el fin, no es un medio, es la medida de todas las cosas, a quien se ordenan, a quien se condicionan. La dignidad de la persona es de tal calibre y relieve que se yergue omnipotente, todopoderosa y soberana frente a los embates del poder, cualquiera que sea su naturaleza, por cercenarla o, lo que es peor, por ignorarla. Por eso son inviolables, por esos son innegociables, por eso son indisponibles. Si así no fuera se podría comerciar con ellos sin mayores problemas asignándoles un precio, algo que repugna a quienes tienen una clara conciencia de su relevancia y de su capitalidad para la vida de las personas y de los pueblos.

 

Entonces, en este marco se entiende que exista una referencia superior al propio hombre de la que parten esos derechos que se basan en la esencia del ser humano y de los que nadie puede prescindir. En este sentido, en la doctrina de los derechos del ser humano se codifica una herencia cristiana esencial en su forma específica de validez. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano. Y para que esos valores estén protegidos del uso político o partidario interesa que sean incondicionales.

 

Cuándo se condiciona el derecho a la vida o la libertad en cualquiera de sus expresiones, ingresamos al mundo de la arbitrariedad, de la lucha de los fuertes contra los débiles. Nos instalamos en un ambiente de ausencia de reglas o, en todo caso, en un mundo en el que los poderosos imponen sus designios, cueste lo que cueste, al precio que sea, a los débiles. Condenar de forma tan grosera a la muerte de quien está a punto de ser así lo refleja.

 

 

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Sobre el capitalismo

Desde hace mucho tiempo y en diferentes escenarios se ha discutido, largo y tendido, acerca de la polémica entre los dos modelos de capitalismo reinantes: el renano y el norteamericano, el germánico y el anglosajón. En efecto, esta pugna no es nueva. Ahora cobra actualidad porque el tamaño del desaguisado a que han llevado los excesos económicos y financieros anima, invita a reflexionar sobre lo que está pasando y sobre el enfoque capitalista en sentido estricto. Es decir, ¿se puede afirmar que la crisis económica y financiera actual trae causa, de alguna manera, de la sublimación y exaltación del modelo anglosajón?

 

El capitalismo anglosajón se ha caracterizado, últimamente en grado superlativo, por el corto plazo, el beneficio rápido y una confianza ciega en la capacidad auto reguladora del mercado. Todo ello, además, en un ambiente de una precaria protección social porque se postula en este contexto la teoría del Estado mínimo: cuanto menos Estado y más mercado mejor. La escuela de los “Chicago boys” es buena prueba de ello.

 

Por el contrario, los fundadores de la escuela de Friburgo, Hayek,  Misses o Erhard, entre otros, postularon la célebre teoría de la economía social de mercado, que fue llevada a la práctica en los años en que precisamente Erhard dirigió los destinos de Alemania tras la Segunda Gran Guerra. Como recuerdan los lectores, este modelo de economía de mercado se plantea en un contexto de regulación, con intervención pública y fuerte sensibilidad social. El fundamento de la intervención pública en este esquema es bien claro: tanta regulación como sea imprescindible y tanta libertad como sea posible. La regla, el principio, es la libertad económica. Libertad que no se concede desde el poder público porque pertenece a cada ser humano por el solo hecho de serlo. El poder público actúa para fortalecer esa libertad, para garantizar que se ejercita en un contexto de racionalidad y equilibrio. En este contexto, los órganos reguladores son muy importantes, no tanto porque sean los artífices del sistema, que no lo son, sino porque lo aseguran con su actividad de inspección, comprobación, verificación, control y vigilancia. Además, en este modelo, el nervio de la presencia pública se concentra especialmente en la puesta al servicio de la comunidad de una completa red social de ayuda a los más necesitados, a los marginados, a los excluidos por el sistema.

 

Pues bien,  durante la crisis de  2017 se constató que la regulación no funcionó; es más, la desregulación en ciertas actividades financieras ha sido un hecho, hemos asistido al desagradable episodio de experimentar, unos más que otros, el lacerante efecto de esos 1,65 billones de euros de activos tóxicos que inundaron el mercado financiero de todo el globo procedentes de un sistema, el yanqui, que en este punto ha fracasado estrepitosamente por creer a pies juntillas en esa monserga de que la regulación obstaculiza el sistema. Fueron los años de Greenspan, bajo mandato de Clinton, los años en que el desaguisado comenzó a tomar fuerza hasta llegar en 2008 a tumbar los mercados de todo el mundo.

 

Así las cosas, hay quienes piensan que el capitalismo ha fracasado y que hay que mirar de nuevo al marxismo como posible solución. La verdad es que volver a la economía planificada y centralista, al control público de la economía y a la dictadura del proletariado, es, a día de hoy, una broma pesada. Más bien, de lo que se trata es de tomar lo mejor de cada uno de los modelos para, en un contexto de libertad, comprometerse a implantar una regulación global confiada a autoridades independientes, que no estén a las órdenes, ni de las burocracias partidistas ni de los consejos de administración de las grandes multinacionales.

 

La regulación es necesaria siempre que se realice en un contexto de autonomía y con garantías de independencia. Junto a ello, mientras no se caiga en la cuenta de que el sistema debe ser protegido de los excesos y de la obsesión por el beneficio inmediato por cualquier método, dejaremos abiertas las puertas a otra epidemia de codicia y avaricia como la que ha caracterizado los últimos años. Por eso, ese orden global que hoy es una realidad, debe asentarse sobre la justicia, la racionalidad, el equilibrio y, sobre todo, sobre la dignidad del ser humano y la centralidad de los derechos fundamentales de la persona. Mientras eso no sea un compromiso de todos, seguiremos cosiendo sin hilo, o corriendo fuera de la pista, algo que, por lo que se ve, tiene ha tenido muchos seguidores. Esperemos estas evidencias ayuden a una nueva visión del orden político, económico y social más humana, o, lo que es lo mismo, más solidaria y más justa.

 

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Sobre el pensamiento crítico

 

El día 31 de marzo pasado se cumplieron ciento diez años del nacimiento de Octavio Paz. Un intelectual como la copa de un pino que hoy, como ayer, está de plena de actualidad en mundo de pensamiento plano y sumiso.

 

En efecto, Paz fue un escritor que alcanzó las más altas cotas de la literatura y, también, y, sobre todo, del pensamiento crítico. Además de Permio Nobel y de Premio Cervantes, su obra completa, de trece volúmenes, se caracteriza por su dominio del ensayo. Junto a dos tomos de obras de poesía, quizás por lo que es más conocido, el resto de su producción literaria la dedicó al ensayo. No sólo a reflexionar sobre el hombre, la libertad, o el Estado, sus temas preferidos, sino a la crítica literaria o a la sociología del arte, materias en las que sus consideraciones son de primera división especial.

 

Octavio Paz, como es sabido, nació en el seno de una familia revolucionaria mexicana y en su juventud apostó por el marxismo, lo que le condujo a España invitado por Pablo Neruda durante nuestra trágica Guerra Civil. Paradójicamente, a partir de entonces empezaría a desconfiar de la izquierda clásica, proceso que terminaría en 1968, tras la matanza de los jóvenes de Tetlatecolco en la ciudad de México durante los Juegos Olímpicos de ese año. Entonces abandona su exitosa carrera diplomática y se refugia en la soledad de su libertad. Por aquellos tiempos censura la concepción gramsciniaina del intelectual orgánico, aquel que está al servicio de una ideología y comienza su camino de independencia política para poder pensar en libertad. Abandona la izquierda tradicional e ingresa a un liberalismo intelectual alejado de sus postulados económicos buscando defender la libertad de la persona y al individuo frente al colectivismo.

 

Pues bien, Octavio Paz, en un mundo repleto de intelectuales orgánicos, del primado del pensamiento único, nos permite reivindicar el pensamiento crítico, el pensamiento abierto. En efecto, los llamados intelectuales, los representantes de lo postmoderno, o de lo hipermoderno, como se quiera, han encontrado un cómodo acomodo en las estructuras tecnocráticas desde las que, en muchos casos, justifican y fundan esas políticas públicas y privadas carentes tantas veces de compromiso con el pluralismo y la liberad. Hoy, la obsesión por el dinero, por el aplauso, o por el disfrute de los derechos individuales carentes de solidaridad agostan la voz y la pluma de quienes están llamados a pensar y a hablar en libertad. En efecto, hoy abunda ese pensamiento plano entregado al individualismo radical, beligerante contra todo lo que suponga salirse del carril de lo conveniente o eficaz en cada caso.

 

Por ejemplo, la critica al consumismo es hoy prácticamente inexistente, quizás porque esta ideología ha conseguido atrapar, más o menos conscientemente, a no pocos “intelectuales” que, ante la eventualidad de trabajar con pocos medios, se han dejado seducir por el confort de una vida más placentera al socaire de la subvención o de la adulación permanente. Ante este panorama, podemos aprovechar un nuevo aniversario de la fecha del nacimiento de Octavio Paz para reivindicar el gusto por el pensamiento crítico, por la racionalidad humana, por la centralidad de la dignidad de la persona

 

En efecto, en un tiempo de incertidumbre, dominio de lo mediático, miedo a la libertad, pánico a la verdad, apogeo del consumismo y baja intensidad del pensamiento crítico, conviene subrayar la centralidad y radicalidad de los derechos humanos y de la dignidad de la persona como valores que preceden al poder y al Estado. Sabemos, y muy bien, que los derechos humanos no los crea el Estado ni los otorgan discrecionalmente los gobernantes: son derechos y libertades innatos al hombre y, por lo tanto, no sólo deben ser respetados por el legislador y el gobierno, sino promovidos por los poderes públicos y los privados. Tienen la configuración jurídica de valores superiores del Ordenamiento y deben inspirar el entero conjunto del Derecho positivo.

 

Son derechos que derivan de la dignidad del ser humano y fundamentan la propia condición personal. Son, por ello, intocables, inviolables, indisponibles para legisladores y gobiernos. Son valores que nadie puede ni debe manipular, que nadie puede, ni debe, violentar. Así, es claro, se garantiza la esencial igualdad de todos los hombres y se evita el racismo, la xenofobia, el fascismo, los totalitarismos todos.

 

Hoy, en un nuevo siglo en el que el horizonte se vislumbra con tonalidades oscuras y ciertamente tenebrosas, estamos dominados por la dictadura de lo correcto y eficaz, tenemos miedo a la verdad, tenemos miedo a la libertad solidaria y vivimos casi presos del dogma mediático y de los sacerdotes de esa tecnoestructura que reparte a diestro y siniestro certificados de admisión al espacio público. En este ambiente, y a pesar de los pesares, debe levantarse la voz a favor de la incondicionalidad e indisponibilidad de los derechos humanos porque incluso los que afectan a la vida de las personas, están siendo duramente violados

 

En fin, releer algunos de los libros de Octavio Paz como pueden ser, entre otros, Alba de libertad, Respuestas nuevas a preguntas viejas, Itinerario o Un escritor mexicano ante la Unión Soviética, ponen de manifiesto la necesidad de que los intelectuales y los pensadores de este tiempo recuperen ese talento de Octavio Paz por escribir y hablar en libertad. Algo cada vez más difícil de encontrar por estos pagos. Ya lo creo.

 

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Etica pública y confianza

Uno de los principios básicos de la Ética pública es que quién ejerce el poder responda de sus actuaciones realizando su tarea de acuerdo con los   valores permanentes y universales del servicio público

 

La historia ha demostrado, lo sabemos bien, que las sociedades corruptas han traído consigo gobiernos corruptos y viceversa. Sobre todo porque cuando se antepone el beneficio personal al bien común se rompe la armonía social. En efecto, cuando aumenta la corrupción, la confianza de los ciudadanos en las instituciones se resiente y se produce esa peligrosa separación entre gobernantes y ciudadanos hoy tan acusada.

 

La corrupción mina, y de qué forma, esa necesaria confianza que debe existir entre representantes y electores, entre ciudadanos y gobernantes. Y esa confianza en el sistema democrático es esencial pues los ciudadanos deben tener razones para depositar su confianza en quienes administran y gestionan los recursos públicos y atienden las necesidades colectivas.

 

En el mundo ex-comunista, la conversión del centralismo burocrático en corrupción institucionalizada produjo unos frutos tan amargos entre la población que hoy este sistema político está tocado de muerte. Por su parte, en el Tercer Mundo la corrupción de los mandatarios ha traído consigo,  lo comprobamos en países que están en la mente de los lectores, un desprecio masivo hacia instituciones y un repliegue a formas de vida que se oponen a los más elementales principios de la cultura cívica. ¿Qué ha pasado en Occidente? Pues que las estafas, el fraude, las operaciones bursátiles irregulares, los sobornos o las malversaciones, están socavando, hay que reconocerlo, la confianza de los ciudadanos en las instituciones y en quienes las representan. En pocas palabras, hoy en el mundo, no podemos negarlo, existe una profunda crisis de confianza en las instituciones públicas y sociales.

En los Estados Unidos, el famoso caso de la conculcación del Código de Honor de West Point, en 1976, por varios cadetes, permitió que también desde las instituciones se tomara conciencia del problema de la corrupción.  Así comienza la preocupación, bien interesante, de las propias instituciones por la mejora y mantenimiento de la integridad colectiva y la de cada uno de los miembros de los organismos. Pero hay que tener en cuenta que toda preocupación a nivel institucional depende en última instancia de la integridad personal del individuo. Esta es la clave: la práctica de las virtudes morales por parte de los ciudadanos. Por eso es necesario que personas honradas presidan hoy las instituciones, porque se negarán a participar por acción u omisión  en la corrupción y así se podrá  recuperar esa confianza perdida. Así de claro.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Etica y política

La política democrática es una tarea ética en cuanto se propone que el ser humano, la persona, erija su propio desarrollo personal en la finalidad de su existencia, libremente, porque la libertad es la atmósfera de la vida moral. Que libremente busque sus fines, lo que no significa que gratuita o arbitrariamente los invente, libremente se comprometa en el desarrollo de la sociedad, libremente asuma su solidaridad con sus conciudadanos, sus vecinos.

 

El solar sobre el que es posible construir la sociedad democrática es el de la realidad del ser humano, una realidad no acabada, ni plenamente conocida, por cuanto es personalmente biográfica, y socialmente histórica, pero incoada y atisbada como una realidad entretejida de libertad y solidaridad, y destinada, por tanto, desde esa plataforma sustantiva, a protagonizar su existencia.

 

La política democrática no puede reducirse, pues, a la simple articulación de procedimientos, con ser éste uno de sus aspectos más fundamentales; la política democrática debe partir de la afirmación radical de la preeminencia de la persona, y de sus derechos, a la que los poderes públicos, despejada toda tentación de despotismo o de autoritarismo, deben subordinarse.

 

La afirmación de la prioridad del ser humano, de la fundamentalidad del ser humano en la concepción las nuevas políticas, es el elemento clave de su configuración ética. Pero tratar de configuración ética no puede entenderse como la articulación de una propuesta ética concreta, definida, que venga a constituir una especie de credo o de código de principios dogmáticos desde los que se pretenda hacer una construcción política.

 

Hoy, sin embargo, la realidad nos muestra cuán importante es la vuelta a los valores, la vuelta a la dignidad de la política, la vuelta a la centralidad del ser humano. Hoy pisoteada hasta el paroxismo por  las tecnoestructuras políticas y financieras.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

 

 


Globalización y contratación pública

La globalización es un fenómeno que también ha llegado al Derecho Público. En efecto, la realidad nos demuestra que en determinados sectores del Derecho Administrativo existen normas y actos con pretensión de validez supranacional. Son normas que se elaboran poniendo en cuestión la teoría clásica de las fuentes del Derecho y el sistema de producción normativa. Como el Derecho Administrativo Global está «in fieri», en formación, es cada vez más importante subrayar la naturaleza principal de este sector del Ordenamiento asegurando, de algún modo, que esta rama del Derecho garantice que los Poderes públicos globales se realicen al servicio del interés general global de acuerdo con la justicia. Ni hay todavía una Administración pública global, ni un Poder ejecutivo global, ni un Poder judicial global, como tampoco disponemos de una Constitución global. Sin embargo, la realidad nos demuestra que, en algunos sectores, el de la contratación pública especialmente, los principios generales ayudan sobremanera a construir un Derecho Administrativo Global de la contratación administrativa que parta precisamente de los postulados del Estado de Derecho.

La ausencia de legitimidad de estas nuevas fuentes del Derecho, a veces compuestas por grupos de expertos, por especialistas en determinadas materias que se reunen a nivel global o también por tradicionales Entes públicos, semipúblicos, en ocasiones conformados por Entes privados o híbridos de ambos, hace preciso que, en estos primeros tiempos, el levantamiento de este nuevo edificio jurídico-administrativo se realice sobre bases sólidas. En materia de contratos, son los Entes públicos supranacionales o globales quienes, a partir de la objetividad, transparencia, igualdad de trato o prohibición de discriminación por razón de nacionalidad, han construido un Ordenamiento jurídico comunitario europeo que, por mor de las características de la integración comunitaria europea, obligan jurídicamente a los Estados miembros.

Los Entes públicos, por utilizar una terminología muy amplia en la que entran todas las Administraciones públicas, además de sociedades y otros organismos que manejan fondos públicos, suelen convocar, con publicidad y concurrencia, a las empresas para realizar actividades de interés general que la propia institución solicitante ni está en condiciones de realizar por sí misma, ni probablemente deba hacerlo.  La Unión Europea, el Mercosur, Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y otros órganos y organismos de dimensión supranacional contratan con empresas la realización de terminadas obras o servicios públicos siguiendo una tipología que, aunque ha nacido en el Derecho Administrativo Interno, hoy es una realidad en el denominado Derecho Administrativo Global de la contratación pública.

El caso de la contratación pública es, en este punto, paradigmático puesto que los principales instrumentos supranacionales, globales, en la materia se han construido precisamente al calor de los principios: del principio de no discriminación, del principio de igualdad, del principio de publicidad, del principio de libre concurrencia. Principios que son la expresión de la obligatoriedad que tienen los Entes públicos, por manejar fondos públicos, de actuar con transparencia, fomentar la igualdad y adjudicar el contrato a la oferta mejor para el interés general, que es siempre el elemento central que gravita y preside el entero régimen jurídico de aplicación. Es decir, en materia de contratos públicos, los principios han sido la base de las normas que ulteriormente se han elaborado. El caso, por ejemplo, en el espacio jurídico europeo, de las Directivas comunitarias en la materia, nos excusa ahora de mayores comentarios.  Principios, huelga decirlo, son expresiones concretas de la buena administración que debe presidir el entero funcionamiento y el régimen de la contratación pública.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Tecnología y Estado de Derecho

I am text block. Click edit button to change this text. Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.

TECNOLOGÍA Y ESTADO DE DERECHO

 

La tecnología en el Estado de Derecho debe ser correa de transmisión de los derechos fundamentales de la persona, individuales y sociales. La tecnología está, por ello, así con todas las letras, al servicio de la protección, defensa y promoción de los derechos fundamentales de la persona, sean individuales, sean sociales. Junto a la juridicidad y a la separación de los poderes, el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona, individuales y sociales, es uno de los fundamentos y principales características del Estado de Derecho y hoy las nuevas tecnologías deben ser medios e instrumentos adecuados para la efectiva realización de los derechos humanos.

 

La dignidad del hombre, de la persona, es el canon supremo de interpretación jurídica en un Estado de Derecho y la finalidad a que debe sujetarse la tecnología. Ese individuo -cada varón, cada mujer, en cualquier etapa de su desarrollo- es el portador de la dignidad entera de la humanidad. En efecto, en el hombre concreto, en su dignidad, en su ser personal, encontramos la condición de absoluto, o de referente de cuanto hay, acontece y se produce en el universo.

 

El hombre y los derechos del ser humano, que se hacen reales en cada hombre, en cada mujer, son para la clave del arco que queremos construir, pero de verdad, pues la construcción de este tiempo ha sido meramente formal, tecnológico procedimental, sin vida, sin alma, y ahí están las consecuencias, a la vista de todos. La dignidad personal del hombre, el respeto que se le debe y las exigencias de desarrollo que conlleva constituyen la piedra angular de toda construcción civil y política y el referente seguro e ineludible de todo empeño de progreso humano y social.

 

El Derecho Administrativo es, ante todo, Derecho y, por ello, entraña límites y contrapesos frente a un poder que tiende, ahí está la historia para constatarlo, a la infinitud y escapar de cualquier control. Entonces, si el Derecho molesta o es un obstáculo para la realización de los objetivos del poder, lo que hay que hacer es desprestigiarlo hasta que no haya más remedio que implantar, a través del dominio de la forma, una suerte de procedimentalismo y procesalismo que no es más que la antesala del totalitarismo. Y de paso, la muerte de los valores y el advenimiento del gran valor, que no es otro que la sublimación de la forma, el primer mandamiento para la instalación en el poder. Y hoy, la tecnología, que no es, que no puede ser neutral, no debería tener más remedio que tomar partido y alistarse en las filas del Estado de Derecho, cosa que por el momento es una quimera, a juzgar por la ausencia en tantos casos de una auténtica Interoperabilidad.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Sobre la corrupción

La corrupción, mal que nos pese, es una realidad. Una amarga y lamentable realidad cotidiana que ha caracterizado, en determinados momentos con más intensidad que en otros, la vida del hombre desde su aparición en el planeta.  Tanto en la esfera personal como en el ámbito colectivo, la corrupción se puede decir que es connatural a la condición humana tal y como manifiesta la misma historia de la humanidad. Ahora en España la contratación pública en tiempos de pandemia lo acredita fehacientemente.

 

La figura de la Hydra de Lorna es un buen símbolo de la potencia e intensidad de la corrupción. Como nos ilustra la mitología griega, Hércules, encargado de terminar con el terrible animal, con la Hydra de Lorna,  tuvo muchas dificultades a causa de sus múltiples cabezas y del veneno que supuraba cada vez que se aniquilaba una de ellas. Cada vez que Hércules cortaba una de dichas cabezas, surgían dos nuevas por lo que tuvo que pensar en algún sistema diferente a los empleados hasta el momento. Así, con el concurso de su sobrino, cada vez que cortaba una de las cabezas de la Hydra utilizaba trapos ardientes para quemar los cuellos decapitados. Hércules, como cuenta Apodoloro, cortaba las cabezas y su sobrino quemaba los cuellos degollados y sangrantes. Finalmente, Hércules acabó con la última cabeza del animal aplastándola debajo de una gran roca. Acto seguido, Hércules bañó su espada en la sangre derramada y después quemó las cabezas cortadas para que jamás volvieran a crecer. En fin, un método nada convencional pero efectivo que conjugó la potencia de Hércules con la inteligencia de su sobrino. Probablemente, la combinación de armas que se precisan para acabar con esta terrible lacra social: contundencia e inteligencia.

 

La lucha contra la corrupción no es sólo cuestión de elaborar y aprobar normas y más normas. En muchas ocasiones incluso la proliferación de leyes y reglamentos lo que hace es facilitar la corrupción misma. La clave está en disponer de las normas que sean necesarias, claras y concretas y, sobre todo, de un compromiso ético real, constante y creciente. Esta es la cuestión, que la lucha contra la corrupción se libra en el interior de cada ser humano y si no hay un entrenamiento en la búsqueda y seguimiento del bien entonces la cosa se complica, y mucho.

 

En la actualidad, en un mundo en profunda crisis y en acelerada transformación, constatamos como esta lacra golpea con fuerza la credibilidad de las instituciones y la confianza de la ciudadanía en la misma actividad pública, también en la privada por supuesto. Es verdad, en estos dramáticos momentos de la historia, la corrupción sigue omnipresente sin que aparentemente seamos capaces de expulsarla de las prácticas políticas y administrativas. Se promulgan leyes y leyes, se aprueban códigos y códigos, pero ahí está, desafiante y altiva, uno de los principales flagelos que impide el primado de los derechos fundamentales de la persona y, por ende, la supremacía del interés general sobre el interés  particular.  Ante nosotros, con nuevos bríos y nuevas manifestaciones, de nuevo la corrupción, amparada, es una pena, por una legión de políticos y administradores que han hecho del enriquecimiento económico y la impunidad un modus vivendi prácticamente inexpugnable.

 

Por eso, de nuevo vuelve al primer plano la lucha contra la corrupción desde la dimensión preventiva. Atacando sus causas. Y una de ellas, quizás la más profunda, se combate a partir de llamar a las cosas por su nombre y de asumir un compromiso real y coherente, con consecuencias prácticas, con la ética y la moral. Sin ese compromiso nada, nada se puede hacer, nada.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana


Sobre el pensamiento bipolar

El pensamiento bipolar, maniqueo y cainita, hoy tan de moda a causa de la hegemonía de las ideologías cerradas y de la mediocridad, ha procurado con insistencia que entre los conceptos de libertad y solidaridad se produjera un enconado enfrentamiento evitando cualquier puente o aproximación.

 

La solidaridad, sin embargo, constituye una clave para comprender el alcance de la libertad de las personas. En efecto, lejos de los planteamientos radicalmente individualistas, y consecuentemente utilitaristas, entiendo, porque parto de la dimensión personal del ser humano, que una concepción de la libertad que haga abstracción de la solidaridad, es antisocial y derivadamente crea condiciones de injusticia. En este sentido la libertad, siendo un bien primario, no es un bien absoluto, sino un bien condicionado por el compromiso social necesario, ineludible, para que el hombre pueda realizarse plenamente como hombre. En otras palabras: si puede afirmarse que la persona es constitutivamente un ser libre, en la misma medida es constitutivamente solidario. Su gran opción moral es vivir libre y solidariamente.

 

Esta forma de acercarse al estudio de la libertad y la solidaridad rompe muchas atávicas y tradicionales teorías que han permitido a lo largo de mucho tiempo que sus defensores más radicales hasta pudieran permitirse, hoy se comprueba tristemente en todo su realismo, un cierto bienestar al que se agarran como a un clavo ardiendo promoviendo con ocasión y sin ella el populismo y la demagogia.

 

Pues bien, la libertad de los demás, en contra del sentir de la cultura individualista insolidaria, no debe tomarse como el límite de mi propia libertad. No es cierto que mi libertad termina donde comienza la libertad de los demás, como si los individuos fuéramos compartimentos estancos, islotes en el todo social.  Se trata más bien de poner el acento en que un entendimiento solidario de las relaciones personales posibilita la ampliación, en cierto modo ilimitada, de nuestra libertad individual. En este sentido -y también podría hacerse esta afirmación con un fundamento utilitarista-, la libertad de los demás es para mí un bien tan preciado como mi propia libertad, no porque de la libertad de los otros dependa la mía propia, sino porque la de los otros es, de alguna manera, constitutiva de mi propia libertad.

 

El gran problema de concebir la libertad en consonancia con la solidaridad, con la dimensión social de la persona, reside en que impide que la actual tecnoestructura pueda mover a su antojo, como marionetas, a unos ciudadanos que son conscientes del sentido de su libertad social para actuar autónomamente, con criterio, al margen de la inyección de consumismo insolidario con la que unos y otros intentan narcotizar y controlar hasta los últimos recodos de la vida social.

 

En fin, el dilema patente que en muchos discursos se manifiesta entre libertad y solidaridad sólo tendrá cumplida solución en el ámbito personal, ya que se trata en definitiva de un dilema moral que no puede ser resuelto en el orden teórico o de los principios sino sólo en el de la acción. En el orden político, la solución pasa por el equilibrio y la ponderación. Una solidaridad forzada, que ahogara el espacio real de libertad, sería tan nefasta para la vida social como una libertad expandida que no dejara márgenes a la solidaridad, o que la redujera tan solo a una solidaridad de dimensiones exclusivamente económicas. No es una solidaridad formal, impuesta con los resortes coactivos del Estado lo que interesa, sino una solidaridad basada en el sentir auténtico de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, en el sentir de ciudadanos solidarios.

 

Jaime Rodríguez-Arana Muñoz

@jrodriguezarana


Diálogo y entendimiento

Una de las principales características de los espacios políticos del futuro es la capacidad de entendimiento entre las diferentes opciones partidarias con el fin de alcanzar el bienestar integral de los ciudadanos, un bienestar orientado a la mejora de las condiciones de vida de las personas. Así entendido, el entendimiento es una exigencia que la ciudadanía debe reclamar a los dirigentes políticos para que extiendan su mirada sobre los problemas reales de las personas en lugar de consumirse en eternas discusiones que ya a nadie interesan fuera de los estrechos y cerrados ambientes del poder. No es, por tanto, el entendimiento un fin en sí mismo, ni sólo una estrategia política. Es, sobre todo, la disposición firme de búsqueda de acuerdos que beneficien a todos los ciudadanos. Por eso, hoy más que nunca es necesario que, en un ambiente de profundo odio y resentimiento entre posiciones cainitas y maniqueas, brille la dignidad del ser humano y sus derechos inalienables.

 

La política, es verdad, tiene mucho de confrontación de ideas, de contienda, de defensa de posiciones diversas. Se mantienen de ordinario diferentes puntos de vista sobre la forma de resolver los problemas colectivos. El arte y el oficio del buen gobierno centran la mirada sobre el conjunto de los ciudadanos, sin seguidismos parciales. Cuándo un partido gana las elecciones en una democracia, su programa electoral se amplia para ser capaz de pensar en todos los ciudadanos, no solo en los que le votaron, sin sectarismos en las políticas concretas a emprender. Claro que es entendible que un partido, en ejecución de su programa electoral gobierne sólo para sus adeptos. Pero, si así lo hace únicamente, tarde o temprano conseguirá despertar a quienes no son destinatarios de sus políticas, abriendo un clima social de enfrentamiento y confrontación.

 

Normalmente, si el gobierno admite enmiendas de la oposición, o si la oposición felicita al gobierno por el acierto de alguna de sus decisiones, siempre habrá quienes piensen o afirmen que algo muy raro se está produciendo: que el gobierno nunca se equivoca, dicen unos; o que la oposición nunca puede dar la razón al gobierno, sentencian otros.

 

Más allá de las adhesiones inquebrantables o de las reyertas protagonizadas por quienes se mueven en los aledaños de los aparatos de los partidos, los gobernantes y los jefes de la oposición, han de pensar en el conjunto de la ciudadanía, en el bienestar integral de las personas, en la mejora de sus condiciones de vida. Si esta consideración reclama el acuerdo, bienvenido sea, como también sería bienvenida la discrepancia cuándo se estime que el gobierno yerra o la oposición se echa al monte. Nos va en ello mucho. Demasiado.

 

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana