Tras los últimos atentados de Bruxellas, se han alzado muchas voces, más de las que parece  que, lejos de apelar al conflicto o al choque entre culturas o civilizaciones, hablan de diálogo y de encuentro entre Occidente e Islam. Ciertamente, la metodología del diálogo es uno de los instrumentos más importantes para las relaciones entre culturas, siempre que se potencie y se preserve el mejor legado cultural que tenemos: la dignidad de la persona. Por eso, el diálogo nos ayudará a revitalizar cada vez más el carácter central de la persona  y a fortalecer sus derechos humanos. Si este tema no está claro, el progreso en esta materia será más nominal que real.
 
En cualquier caso, hemos de saludar positivamente toda iniciativa de diálogo que se plantee entre Occidente y Oriente porque entre otras cosas el Islam forma parte de Europa y ha tenido una decisiva importancia en la forja de alguno de sus países más importantes. Por eso, es importante que el Islam se abra a Occidente y que Occidente de abra al islam. Tan relevante es esta cuestión que probablemente el desconocimiento que existe en la materia explica que algunos tópicos o lugares comunes se hayan instalado sin mayores problemas, proporcionando, en uno y otro lado, visiones simplistas e ingenuas.
 
Por parte de Occidente, existe una peligrosa ignorancia sobre la cultura islámica que dificulta realmente un diálogo de civilizaciones sin un intercambio cultural más equilibrado. En el mismo sentido, por el otro lado, se observa también un profundo desconocimiento de la cultura europea. Es más, a veces lo único que retenemos es la teologización del poder público y el trato a las mujeres y, en relación a la cultura europea, el consumismo y el individualismo. Realidades que no explican, ni mucho menos, ni una ni otra cultura.
 
Por eso, como ha recordado el escritor italiano Pietro Citati “en la Edad Media la civilización cristiana, la islámica y la judía se ignoraban y combatían. Ciertamente, hubo guerras, sangre y persecuciones. Pero los escritores y hombres religiosos islámicos conocían la Biblia; y los místicos cristianos, la mística musulmana; al Este occidental le gustaban los animales y los arabescos venidos de Oriente; los filósofos, los alquimistas, los hombres de ciencia medievales leían a los árabes, mientras sistemas teológicos en parte afines surgían en torno a la Biblia en las tres religiones monoteístas. Había una profunda comprensión de las diferencias. Hoy esa comprensión ha sido sustituida por la ignorancia recíproca”.
 
Parece que, sin nostalgias del pasado, debe recuperarse ese espíritu de profunda comprensión de las diferencias a través de un diálogo sincero y basado en la dignidad de la persona. Las culturas islámica y europea, ambas las dos, deben renovarse a través de un mayor y mejor conocimiento mutuo.
 
Y, por supuesto, cuándo se perpetren asesinatos o se realiza  apología de la violencia en nombre de quien sea o lo que sea, que actúe todo el peso de la ley  y del derecho sobre los que siegan vidas humanas. Una cosa no quita la otra.
 
 
 

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo