¿Cual es la función de los padres y los profesores en el proceso educativo?, podría preguntarse algún alumno que se sientiera desasistido ante su propia responsabilidad. ¿Y los padres y profesores? Podrían preguntarse ellos mismos si viesen que así se vaciaba de contenido la tarea a que tantos esfuerzos –y algunos desde hace tantos años- vienen dedicando. Parece que se priva al profesor incluso de la tarea de dirección o de orientación de la formación, podrían argüir. Pues en cierto modo me atrevo a decir que es así, si por orientación o por dirección se entiende que son los profesores quienes deben decidir lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo.
 
El profesor decide lo que hay que proponer y cómo proponerlo, en qué condiciones, entre las que se cuenta, por cierto y entre otras posibles, la de la obligatoriedad. Pero  la decisión última, la que vale de verdad, la que produce la acción, corresponde al educando, incluso cuando no sigue las indicaciones que ha recibido. La dirección y la orientación se refiere ni más ni menos que al consejo. Pero no olvidemos que a los consejos se les debe consideración serena y pausada, responsable, no obediencia ciega. La obediencia ciega, que yo sepa, no se le debe a nada ni a nadie. Y además, la desobediencia, la transgresión de la norma o la desatención al consejo, no rompe el proceso educativo, más bien constituye una ocasión para llevarlo a su culminación. Para comprender mejor su sentido.
 
Los profesores son los compañeros necesarios, imprescindibles en ese proceso, en el proceso educativo. Escribo “compañeros” en el sentido de “acompañantes”, no en el de “colegas” o “compinches”. Compañeros por uno de los títulos más elevados, porque lo son de sus “alumnos”, que atendiendo al sentido etimológico del término vienen a ser como criaturas suyas, gente de su crianza.
 
En ese acompañamiento el profesor debe hacer de todo. Funciona como una muleta, refleja las conductas como un espejo, empuja como un auténtico acicate, aplaude y censura como un público atento y ferviente, ejerce un estricto control de calidad… Pero quien ha tenido que andar ha sido el alumno; quienes se ha visto reflejados, o espoleados, han sido los alumnos; quienes han actuado han sido ellos; han sido ellos quienes han tenido que dar la talla.
 
Cierto que en muchas ocasiones los profesores no han hecho precisamente lo que los alumnos creían necesitar, o incluso no hacen lo que realmente necesitan. Y en tantas no son buenos apoyos, o buen reflejo, o verdadero y completo estímulo, como nos pasa a todos –no es ocioso recordarlo- en todos los ámbitos de relación. Pues bien, esto  dice mucho más a favor de su  dedicación, porque no hace más que certificar su real condición. A cada paso los errores de apreciación en la tarea educativa, las equivocaciones están diciendo a quien incurre en ellas: “Sólo eres un hombre –una mujer- que quiere ayudar a este muchacho, a esta chica, a ser lo que es, un ser humano”. Y a través de esos errores su condición se hace también patente ante aquellos a los que dedican su esfuerzo. Ahí no cabe disimulo, y me parecen pueriles las actitudes de aquellos profesionales de la educación que pretenden a toda costa ocultar, disimular o justificar sus deficiencias o sus limitaciones, cuando ellas mismas pueden ser un instrumento educativo ya no diré sólo excelente, sino imprescindible.
 
Toda simplificación es, en cierta manera, una tergiversación de la realidad. Pero posiblemente no podemos dejar de hacer simplificaciones si queremos comprender lo que hay –en la medida en que podemos hacerlo, que es una medida limitada- y si queremos expresarlo. Por eso, puesta la venda antes de la herida, me atrevo a decir que toda la vida moral pasa por el descubrimiento de los grandes principios morales, por el conocimiento propio y por la adecuación de nuestros actos a aquellos grandes principios.
 
Jaime Rodríguez-Arana @jrodriguezarana