Para sorpresa de propios y extraños resulta que la Unión Europea, a juzgar por la decisión del Eurogrupo de hace unos días, es partidaria de la confiscación. No de otra manera puede juzgarse la forma en que se está intentado resolver el problema financiero de Chipre. En el colmo de la incoherencia, se determinó que la deuda de los bancos de la isla debería resolverse también  contando con los depósitos de los chipriotas, que se someterán a un tributo. Cómo si los ciudadanos de esta nación europea fueran responsables del desaguisado financiero de sus bancos.
Ciertamente, por este camino Europa va a ser irreconocible, si es que todavía conserva alguna de las señas de identidad que la caracterizan como cultura y como civilización. Tras esta tropelía, ha quedado claro, para quien tuviera alguna duda, que la Europa de los mercaderes y del lucro ha vencido. Ha conseguido establecer el dogma de la estabilidad financiera contra viento y marea y, por supuesto, el de la prioridad del pago de la deuda pública en todas las Constituciones.
¿Dónde ha quedado la espiración a la libertad solidaria, a la justicia, a la filosofía, a la solidaridad que antaño hicieron de este continente en el que vivimos la vanguardia de la lucha por los derechos de la persona y por la efectiva instauración de la centralidad del ser humano?. ¿Cómo es posible que hayamos justificado las transacciones en materia de derechos humanos?. ¿Cómo es posible que desde Europa se esté castigando, y de qué manera, a tantos millones de ciudadanos a los que se ha condenado, sin siquiera escucharlos, a pagar la factura de una crisis que otros han ocasionado?. ¿Por qué continúa esa siniestra alianza entre los poderes políticos, financieros y mediáticos para mantener la obsesión por el beneficio, por el voto como única justificación de sus actividades?.
Hoy más que nunca precisamos de nuevas reflexiones, de pluralismo, de  pensamiento, abierto, dinámico y complementario, de más compromiso de los que dirigen en la vida pública, en la economía y en las finanzas, con los problemas reales de las personas. En unos pocos años estamos derribando un magnífico edificio  alumbrado sobre el equilibrio entre la libertad y la solidaridad. Los problemas, porque son económicos, son políticos, y por tanto morales.
El precedente chipriota, además de constituir una mala solución técnica, pone los pelos de punta por su posible generalización ante la más que probable continuidad de los problemas financieros. Si las instituciones financieras se han manejado negligentemente, que respondan quienes a ello hayan contribuido. Si los entes reguladores o supervisores han mirado para otro lado, que se indague sobre sus causas y que paguen los responsables. No puede ser, de ningún modo, de ninguna de las maneras, que después de la que está cayendo, después de lo que empezamos a saber sobre la etiología de esta dramática crisis, que ante la necesidad de un nuevo rescate, este se concentre sobre las espaldas de los ciudadanos. Tal desfachatez revela la ceguera y profunda insensibilidad de los dirigentes europeos, unos más que otros por supuesto, ante la magnitud de lo que acontece.
Ítem más: la decisión de castigar a los cipriotas para que la estabilidad financiera se restaure es una muestra del cinismo y el desprecio por la ciudadanía que caracteriza a los responsables de tal medida. ¿Qué podemos esperar de un sistema que hace pagar la negligencia de sus banqueros a los ahorradores y depositantes?. ¿Por qué hay tanto miedo a que los dirigentes financieros respondan de sus decisiones?. Algún día, no muy lejano lo sabremos. Claro que sí.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es