La actual pandemia está poniendo a prueba la solidez del sistema democrático, fundado en la limitación y control del poder, por un lado y, por otro, en la participación ciudadana. La ampliación de los poderes y potestades en favor de los Gobiernos y Administraciones contrasta con la debilidad y fragilidad del control y con un preocupante descenso de la transparencia. La restricción de derechos fundamentales sin ley que lo permita es otra característica del déficit democrático que observamos en estos tiempos de excepcionalidad.

Por otra parte, la tendencia a la radicalidad y a las ideologías cerradas que está dominando el panorama actual pone en valor, y de que manera, el espacio del centro, un espacio de moderación que, disponiendo de personalidad y caracterización propia, se ha ido abandonando por pensar que no es algo real y estable, sino la permanente indefinición. Sin embargo, precisamente en este tiempo en que acecha el totalitarismo, una vez más es menester recordar que este espacio tiene una caracterización propia, unas coordenadas específicas y sustancia política.

El centro de la acción política es la persona. La dignidad del ser humano y los derechos que de ella se derivan son el principio y el fin de las políticas públicas en la democracia. Desde este principio básico se construye este espacio político tan incomprendido como necesario. Veamos.

La persona, el individuo humano, no puede ser entendida como un sujeto pasivo, inerme, puro receptor, destinatario inerte de las decisiones políticas. Definir a la persona como centro de la acción política significa no sólo, ni principalmente, calificarla como centro de atención, sino, sobre todo, considerarla el protagonista por excelencia de la vida política.

Esta afirmación realizada en los más variados tonos, y con los acentos más diversos, en situaciones políticas incluso a veces contrapuestas, tiene desde el centro político un significado propio. Afirmar el protagonismo de la persona no quiere decir darle a cada individuo un papel absoluto, ni supone propugnar un desplazamiento del protagonismo ineludible y propio de los gestores democráticos de la cosa pública. Afirmar el protagonismo del individuo, de la persona, es poner el acento en su libertad, en su participación en los asuntos públicos, y en la solidaridad. Algo hoy inédito en un mundo en el que se busca a toda costa controlar y dominar la vida de las personas en lugar de hacer lo posible para facilitar la libertad solidaria de los ciudadanos.

Se ha dicho que el progreso de la humanidad puede expresarse como una larga marcha hacia cotas cada vez más elevadas de libertad. Aunque el camino ha sido muy sinuoso –tal vez demasiado- y los tropiezos frecuentes –y a veces muy graves-, podemos admitir como principio que así ha sido. De modo que el camino de progreso es un camino hacia la libertad.

Desde un punto de vista moral entiendo que la libertad, la capacidad de elección –limitada, pero real- del hombre es consustancial a su propia condición, y por tanto inseparable del ser mismo del hombre y plenamente realizable en el proyecto personal de cualquier ser humano de cualquier época. Pero desde un punto de vista social y político, es indudable un efectivo progreso en nuestra concepción de lo que significa la libertad real de los ciudadanos.

Sin embargo, en el orden político, se ha entendido en muchas ocasiones la libertad como libertad formal. Siendo así que sin libertades formales difícilmente podemos imaginar una sociedad libre y justa, también es verdad que es perfectamente imaginable una sociedad formalmente libre, pero sometida de hecho al dictado de los poderosos, vestidos con los ropajes más variopintos del folklore político.

Las sociedades realmente libres son las sociedades de personas libres. El fundamento de una sociedad libre no se encuentra en los principios constituyentes, formales, sobre los que se asienta su estructuración política. El fundamento de una sociedad libre está en los hombres y en las mujeres libres, con aptitud real de decisión política, que son capaces de llenar cotidianamente de contenidos de libertad la vida pública de una sociedad. Ninguna tiranía será capaz de sojuzgar jamás un pueblo de mujeres y hombres auténticamente libres. Pero la libertad –en este sentido- no es un estatus, una condición lograda o establecida, sino que es una conquista moral que debe actualizarse constantemente, cotidianamente, en el esfuerzo personal de cada uno para el ejercicio de su libertad, en medio de sus propias circunstancias.

Las libertades públicas formales son un test negativo sobre la libre constitución de la sociedad. No podrá haber libertad real sin libertades formales. Pero la piedra de toque de una sociedad libre está en la capacidad real de elección de sus ciudadanos.

Afirmar que la libertad de los ciudadanos es el objetivo primero de la acción política significa, pues, en primer lugar, perfeccionar, mejorar, los mecanismos constitucionales, políticos y jurídicos que definen el Estado de Derecho como marco de libertades. Pero en segundo lugar, y de modo más importante aún, significa crear las condiciones para que cada hombre y cada mujer encuentre a su alrededor el campo efectivo, la cancha, en la que jugar –libremente- su papel activo, en el que desarrollar su opción personal, en la que realizar creativamente su aportación al desarrollo de la sociedad en la que está integrado.

Creadas esas condiciones, el ejercicio real de la libertad depende inmediata y únicamente de los propios ciudadanos, de cada ciudadano, no del Estado ni de estos populismos que tanto daño hacen a la calidad de la democracia. Por eso, el espacio de centro es cada vez más relevante, porque hemos de sacudirmos el yugo de opresión y limitaciones que se nos quieren imponer para que algunos se encaramen al poder como sea y por el tiempo que sea posible.

Por eso el espacio de centro es necesario, porque potencia la libertad solidaria de las personas y trabaja en un marco de pensamiento abierto, plural, dinámico, crítico, y complementario que se asienta sobre la realidad y que tiene como principales bazas la razón y la dignidad humana, Hoy, desde luego, bajo mínimos.

Jaime Rodríguez-Arana Muñoz

Catedrático de Derecho Administrativo