El 9 de mayo se ha cumplido un nuevo aniversario, el sesenta y seis, de la fundación de este gran proyecto político y cultural de integración llamado Europa que, sin embargo, se ha quedado encallado en lo económico, en lo financiero. El medio se ha convertido en fin y todos padecemos sus consecuencias. El espectáculo que Europa está ofreciendo al mundo en los últimos años es digno de reflexión  y de comentario. Sobre todo porque los recientes acontecimientos de orden social y económico ayudan a afianzar la idea de que el viejo continente se ha convertido en un gran mercado en el que todo se resuelve entre acreedores y deudores.
Europa, el viejo y enfermo continente, debiera tomar conciencia de sus males y reaccionar.  Por un lado, tenemos una población envejecida y reducida y, por otro, crece y crece sin parar la desafección y la desconfianza de los ciudadanos de la Unión en relación con las instituciones comunitarias y con  quienes las dirigen. Es más, no pocos europeos, según muestran encuestas que apuntan al déficit democrático de la UE,  consideran distantes a las instituciones de los ciudadanos, ocupadas preferentemente en diseñar reglas y normas tecnoestructurales en lugar de atender las necesidades reales de las personas.
Los grandes ideales que fermentaron la civilización europea: el derecho, el pensamiento y la solidaridad, han sido apagados por la llama de la burocracia todopoderosa de las instituciones y de los técnicos que las habitan. Vivimos en un continente cansado, incapaz y sin temple moral para hacer de la dignidad del ser humano el centro del orden social, político y económico. En lugar de enarbolar la bandera de los derechos humanos, que en otro tiempo permitieron a Europa estar en la vanguardia del progreso y del desarrollo, hoy constatamos cómo el supremo poder del mercado consigue hasta  traficar con aspectos indisponible de la dignidad humana que están en la mente de todos.
En este contexto, surgen amargos y lamentables  episodios de insolidaridad y de miseria que hoy empiezan a dejarse ver en no pocas ciudades a lo largo y ancho del viejo continente. Ahí está la soledad de muchas personas mayores abandonadas a su suerte, a veces en caros establecimientos geriátricos, sin atención familiar. Ahí están tantos y tantos niños  que no moran con sus padres a causa de la promoción de la inestabilidad que hoy se practica en Europa. Ahí están los miles de refugiados y perseguidos políticos que huyen de las guerras todavía existentes, adocenados en campos de desolación y muerte Ahí están los inmigrantes que vienen de África en busca de un mundo mejor y que suelen encontrar no pocos espacios de explotación y alienación. Ahí están tantos enfermos terminales a los que se les practican sedaciones sin cuento, en ocasiones incluso sin contar con la voluntad de los interesados. Ahí están los cientos de miles embriones a los que no se deja convertirse en personas. Ahí están los millones de desempleados, especialmente los más jóvenes, en algunos países como el nuestro con unos registros de paro inaceptables.
Y mientras, el populismo crece alimentado por los adoradores del dios mercado y por políticos que se atrincheran en su posición ciegos a las reformas que reclama mayoritariamente la sociedad. El caldo de cultivo es propicio para los oportunismos, que lo están aprovechando muy bien engatusando y engañando a tantas y tantas personas que esperan un rayo de luz, una palabra de esperanza que les permita seguir sobreviviendo. En fin, Europa precisa reconocer la situación en la que se encuentra y empezar, desde la autocrítica, a colocar de nuevo, con fuerza, compromiso y determinación, a la dignidad del ser humano como centro y raíz de una nueva forma de estar y hacer política, como una nueva forma de comprender y realizar el mercado. Nada más y nada menos.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana