Ahora que tendremos nuevas elecciones, frente a los planteamientos radicales y de corte eminentemente ideológicos, nos encontramos ante la necesidad de buscar y encontrar formulaciones y políticas moderadas. La moderación es, entre otras cosas, un ejercicio de relativización de las propias posiciones políticas. Sin moderación no se ocupa el centro. Sólo la moderación no basta, pero la moderación centra las posiciones, aproxima al centro.
En efecto, las políticas radicalizadas, extremas, sólo se pueden ejercer desde convicciones que se alejan del ejercicio crítico de la racionalidad, desde ese dogmatismo que fácilmente deviene en fanatismo, en fundamentalismo, del tipo que sea. Ahí tenemos tanto a la izquierda radical como a la derecha extrema que, de nuevo, hacen su aparición, bajo la piel de cordero.
Toda acción política es, en sí misma,  relativa. El único absoluto asumible desde el centro político es el ser humano, cada hombre, cada mujer,  su dignidad, su inviolable dignidad.  Ahora bien, en qué cosas concretas se traduzca aquí y ahora tal condición, cuales sean las exigencias que se deriven de ella o las concreciones que deban establecerse, dependen en gran medida de ese “aquí y ahora”, que es por su naturaleza misma, variable, siempre, claro está que se respete, proteja y promueva tal dignidad y los derechos inviolables que laacompañan.
La moderación, lejos de toda exaltación y prepotencia, implica una actitud de prudente distanciamiento, de asunción de la complejidad de lo real y de nuestra limitación. La complejidad de lo real no es una derivación del progreso humano, de los avances científicos y de la tecnología, por mucha complejidad que hayan añadido a nuestra existencia. Más bien, los avances de todo tipo han hecho patente tal complejidad, creciente conforme pasa el tiempo. Los análisis simplistas y reduccionistas se han vuelto a todas luces insuficientes, no sólo para el erudito o el experto, sino para el común de los mortales.
Los medios de comunicación, el progreso cultural, la información, han permitido a una gran parte de la ciudadanía constatar de modo inmediato, con los medios a su alcance, simplemente con la información diaria que ponen a su disposición la prensa, la radio o la televisión, esa complejidad: la información diaria nos permite a todos percibir intuitivamente, por ejemplo,  la incidencia de los avatares de la bolsa de Hong-Kong en la vida económica española. Dicha complejidad la descubrimos hoy a través de cualquier afición que cultivemos, en el campo deportivo, cultural o recreativo…: Un buen aficionado al fútbol ya no sabe sólo de tácticas o de juego, analiza presupuestos y balances, discute sobre cláusulas contractuales, se familiariza con nociones de sociología, conoce mecanismos de protección del orden público…
 
 
Moderación y equilibrio son dos condiciones para ingresar al espacio de centro. El equilibrio refiere a la atención que la acción política  debe dirigir no a un sector, a un segmento de la población, a un grupo –por muy mayoritario que fuese- de ciudadanos. El político centrista debe tener presente la realidad social en todas sus dimensiones. Precisamente por eso, entre otras cosas, la política de centro no es cosa fácil. Se trata de gobernar, de legislar, de proponer para todos, contando con los intereses y las necesidades de todos, y también y, sobre todo, con las de los que no las expresan, por cuanto entre ellos se encuentran posiblemente los que tienen más escasez de medios o menos sensibilidad para sentir como propios los asuntos que son de todos.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana