El viejo continente, que en otros tiempos asumió una función de liderazgo mundial en
asuntos de tanta enjundia como la centralidad de la dignidad de la persona y la
lucha por los derechos humanos, hoy languidece lentamente, impotente y sin
temple moral.  ¿Dónde quedaron aquellas
grandes aventuras del pensamiento, de la justicia y de la solidaridad que
conformaron indeleblemente la identidad europea se preguntan en tantas partes
del globo?.  Ahora, la supremacía de lo
económico y lo financiero amenaza, y de qué manera, ese magnífico proyecto
cultural y político forjado entre el pensamiento griego, el derecho de Roma y
la solidaridad de matriz cristiana.
Hoy, a poco que
observemos la realidad de la
Europa en que nos ha tocado vivir,  somos conscientes de que habitamos un solar en
el que la población envejece sin recambio generacional, en el que los derechos
humanos se negocian en función de cuotas de poder y en el que la ilusión por vivir
con dignidad ya no es la bandera de antaño. Más bien, el consumismo insolidario
y un rancio individualismo se han adueñado de generaciones de ciudadanos que
han ido perdiendo su compromiso con la solidaridad y la justicia. Hasta se
pueden comprar y vender seres humanos a través de maternidades subrogadas, la vida
de millones de seres humanos se siega desde su origen y las conquistas del
Estado de bienestar se ponen de rodillas frente a los pomposamente llamados
acreedores, que son los dueños y señores del viejo, y enfermo, viejo
continente.
¿Qué ha pasado,
pues, para que hoy Europa esté a punto, no sólo de perder su influencia
política y económica en el mundo, que ya la ha perdido hace tiempo, sino de
desaparecer como modelo cultural?. ¿Por qué los destinos del viejo continente
se han puesto en manos de  un grupo de
políticos que sólo entienden de conservación y mantenimiento del poder?. ¿Qué
nos pasa a los europeos que somos incapaces de reaccionar con fuerza cívica
ante tanto desmán, ante tanta manipulación, ante tanto control social?. ¿No es
momento de una rebelión ciudadana que exprese en altavoz lo que piensa frente a
tanto ejercicio antisocial del poder público?
La contestación a
estas preguntas no es sencilla. No se pueden despachar en un artículo de
opinión porque las razones de la situación actual son complejas. Sin embargo,
de modo esquemático podemos afirmar que la clave de lo que está aconteciendo
tiene mucho que ver con el sistemático olvido de las raíces de Europa y con una
ausencia clamorosa de liderazgos, especialmente en la conducción política de los
pueblos del viejo continente. El referéndum griego es la consecuencia de toda
una forma de entender la política y la economía teledirigida por unas minorías
que han decidido asaltar la fortaleza europea, someterla y, de paso, exprimirla
hasta sacarle todo el jugo posible.
En efecto, el
abandono de las humanidades, especialmente de la filosofía en los planes de
estudio, y la exaltación de la racionalidad
técnica, explican en algún sentido lo que está pasando. Muchos jóvenes
no quieren saber más que lo preciso para encontrar un trabajo bien pagado. El
sentido de la vida a no pocos  les trae
al fresco. La materialidad y el confort van ahogando poco a poco otras
dimensiones más relevantes de la vida humana como la solidaridad o la lucha por
los derechos humanos.
Desde otro punto
de vista, la justicia, que es la permanente y constante voluntad de dar a cada
uno lo suyo, que vincula la actuación de jueces y tribunales, cada vez brilla
más por su ausencia. La separación de poderes ha dejado de ser un cimiento básico
de la arquitectura del Estado de Derecho para convertirse  en una aspiración imposible. Por una sencilla
razón: ahora los poderes son designados por la cúpula del partido que alcanza
la mayoría y en ocasiones se cede a la tentación de la concentración del poder.
Cómo en el Antiguo Régimen, aunque ahora bajo los sofisticados y edulcorados
postulados de esa modernidad que solo entiende de poder, dinero y confort.
La dignidad del
ser humano es objeto de mercadeo. Unas veces en la plaza pública, otras veces
en el ámbito de la transacción económica. Los derechos de la persona han dejado
de ser el fundamento del orden político, social y económico. La ley hoy es
instrumento de confrontación de unos contra otros. No se gobierna para todos  porque el interés general ha dejado de ser el
bienestar de todos y cada uno de los ciudadanos para convertirse en el obsesivo
deseo de mando de esa minoría que pone de rodillas a Estados soberanos y se
permite comprar a políticos sin cuento.
La autocontemplación
del éxito del Estado de bienestar en su versión más estática e ideologizada ha
tenido mucho que ver también con la crisis. En efecto, desde la tecnoestructura
se ha instalado un consumismo insolidario que ha pretendido convertir a los
ciudadanos en marionetas al servicio de los que mandan. En parte lo han
conseguido porque la capacidad de reacción cívica ante tantos desmanes
orquestados desde las cúpulas es de todos bien conocida a causa de la
progresiva narcotización de la conciencia ciudadana de un pueblo que se ha entregado
a los encantos del reinante consumismo insolidario.
Mientras, los
ciudadanos europeos siguen manifestando que no saben muy bien que es el
proyecto europeo y que se sienten cada vez más distantes de este gran espacio
cultural y moral que, sin embargo, ha sido colonizado por mercaderes y
políticos sin escrúpulos. Si Adenhauer, Schuman, Monet o de Gasperi se
levantarán de sus tumbas y contemplaran los derroteros que está tomando Europa
en este tiempo probablemente se sentirían decepcionados.  Porque la gran intuición cultural y moral de libertad
y solidaridad que estos personajes concibieron está siendo traicionada por la
obsesión por el dinero y  por el deseo de
dominación política y financiera. La solución está, como casi siempre, en la
realidad, una realidad que es la que es y que viene de dónde viene. Guste mucho,
poco o nada, el viejo continente se ha forjado en una apasionante lucha por la
libertad y la solidaridad que hoy debiera volver al primer plano del camino
europeo.
Ojala pronto la
conciencia popular se despierte del letargo en que está sumida y pida cuentas
de los desmanes que se están produciendo en este tiempo. Un tiempo en que los
europeos estamos pagando la factura de una crisis inducida por unos pocos que
siguen haciendo su agosto, nunca mejor dicho, mientras el pueblo asiste como
convidado de piedra a una serie de recates financieros, también de ámbito
nacional, del que se aprovechan los de siempre.
La ciudadanía,
más pronto o más tarde, se pronunciará.  El 15-M en las elecciones europeas ya ha dado
un aviso y en España en las autonómicas y locales el 24-M ha seguido en la
misma línea. Ahora tenemos el próximo 5-J el referéndum griego , según como se
administre la situación resultante, la vieja política  abrirá las puertas al populismo, una forma de
usar la democracia para instalar viejas estructuras de poder al servicio de
otra nomenclatura. La historia se repite.
 
Jaime
Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es