Hace bastante tiempo Aristóteles dejo dicho, con su proverbial sabiduría, que la estabilidad política de las democracias estaba en relación directa con el grado de congruencia con que las cualidades y valores democráticos se practicaban por los ciudadanos en la cotidianeidad. Es verdad que la libertad, que la igualdad, que la justicia, que el pluralismo, o que la tolerancia, por poner sólo algunos ejemplos, son reales si existe un entrenamiento diario del pueblo en tales prácticas. Que ello sea verdad, que ello sea una quimera, o que ello sea una aspiración, no parece, por lo que se ve, que preocupe en demasía a nuestros dirigentes, más preocupados por conservar el poder y mantener narcotizada a la sociedad en un ambiente de placentera insolidaridad que no ponga en peligro el derecho adquirido o la prebenda de quienes disfrutan de las prebendas del poder.
 
Si preguntáramos a la gente por el grado real de participación popular en los asuntos públicos, si preguntáramos a la ciudadanía por su opinión sobre los políticos, si preguntáramos al pueblo por su interés en estar presentes en las cuestiones relacionadas con su bienestar general, si preguntáramos a la juventud si estarían dispuestos a mejorar la sociedad; en definitiva, si preguntáramos al conjunto de la población acerca de su implicación en lo que técnicamente se denomina interés general, es posible que nos sorprendiera la contestación o contestaciones que podríamos encontrarnos.
 
El profundo suelo en el que hoy dormita una parte no pequeña de la sociedad, quizás antaño ilusionada con la justicia social o con las causas de los desfavorecidos, es una consecuencia de una peculiar manera de alejar al pueblo de los asuntos generales, de manera que de estos temas se ocupan, por su complejidad y dificultad, una casta de elegidos, que son quienes hoy mangonean, en nombre de todos, los asuntos comunes sin apenas consultar el criterio de los representados.
 
En este contexto, sería bienvenida la educación para los valores democráticos. Una educación que estimule la libertad, que despierte la conciencia crítica de la ciudadanía, que anime al ejercicio de la libertad solidaria, que propicie un exigente ambiente de debate público. No una educación unilateral, manipulada, estancada en el individualismo insolidario, que más que propiciar el ejercicio de los derechos fundamentales de la persona se encierre en el control y manipulación social. En estos temas, libertad, no adoctrinamiento. Lo que la sociedad necesita de ciudadanos que participen en el espacio público, que se formen en libertad, no a través de unos patrones cortados por el mismo rasero para todos. Parece mentira pero en el siglo XXI algunos vuelven al adoctrinamiento oficial, a la laminación del pensamiento libre, al que se condena con las más peculiares sanciones cívicas.
 
Educación de calidad que promueva el trabajo. el esfuerzo,  la solidaridad. Educación  para que la libertad, la tolerancia, el pluralismo, la igualdad o la justicia, por ejemplo, sean una realidad porque las cualidades democráticas del pueblo se ejercen todos los días.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho de administrativo