Con alguna frecuencia, unos y otros traen a colación, con ocasión de las más variadas cuestiones políticas, los años de la transición. Para unos, para rememorarlos y recuperar el ambiente de aquel tiempo. Para otros, sencillamente para impugnar ese período de tiempo de nuestra historia. Ahora, en el marco de una profunda crisis política y económica sin precedentes, se vuelve la mirada a aquella época de nuestra reciente historia en la búsqueda de un acuerdo de todos y para todos con el fin de salir adelante en medio de tantas turbulencias.
 
Si tuviéramos la oportunidad de preguntar precisamente al primer presidente del gobierno de esos años, los años de la transición política, nos diría que fueron años difíciles, pero años no exentos de ilusión y de pasión por la instauración del  régimen político de libertades que encontraría enla Constituciónde 1978 su principal señal de identidad.
 
En 2001 tuve el alto honor de que Adolfo Suárez escribiera el prólogo de mi libro “El espacio del centro”, prólogo que leo con frecuencia y que casi sé de memoria porque, entre otras cosas, el expresidente deja traslucir, años después, sus puntos de vista sobre los verdaderos protagonistas de aquellos años, que hoy se recuerdan en el marco de los treinta años de la presidencia del gobierno de Suárez.
 
Por cierto, ahora que se echa en falta un mayor entendimiento entre los principales partidos políticos para sortear de la mejor manera posible la grave crisis que nos aqueja, no me parece baladí afirmar que puestos a recordar acontecimientos que no dividan a los españoles, que no abran heridas, bien merecería la pena rememorar, con la solemnidad del caso, la obra política de la transición, verdadera aventura de reconciliación y concordia, en lugar de exaltar efemérides de nuestra historia, cuándo menos polémicas. Claro, para algunos, la transición es una etapa que como fue protagonizada por exfranquistas apenas tiene relevancia.
 
Pues bien, Adolfo Suárez recuerda en su prólogo que durante los años de la transición era menester “arrojar por la borda el complejo de inferioridad y el miedo que en el inconsciente colectivo había creado una terrible y cruel guerra civil y cuarenta años de gobierno autoritario que mantenía a toda costa, como referencia vital permanente, la división entre los españoles y su confrontación ineluctable”. Pues bien, treinta y cuatro años después (2012), resulta que el entendimiento y el espíritu de acuerdo brillan por su ausencia entre los principales dirigentes políticos. Entonces, 1976, Adolfo Suárez, así lo afirma, se aplicó a la tarea de “superar el mito de las dos Españas, siempre enemigas y permanentemente enfrentadas”. Para ello tuvo claro, muy claro, algo que hoy algunos lo han olvidado: que “en la realidad sólo existe una España.La Españade todos, con las diversidades a las que había que dar cauce, con sus problemas, que debían solucionarse, pero que era –y es- sobre todo una obra común, un proyecto integrador que, entre todos, debíamos construir. Para ello todos debíamos aceptar nuestra historia, con sus aciertos y sus errores. Para aprender de los primeros y evitar los segundos”. Hermosas palabras que, afortunadamente, cuajaron en el trabajo de un puñado de hombres y mujeres que fueron capaces de anteponer a sus legítimos objetivos partidarios, el camino a una democracia moderna y a las libertades que hoy, a pesar de los pesares, todos disfrutamos.
 
Una de las claves del éxito de esa gran operación de concordia que fue la transición la explica el propio Suárez en el prólogo que estoy glosando en el artículo de hoy: “no debíamos permanecer más tiempo buscando a los culpables de nuestro errores históricos. Todos los españoles, de alguna manera, éramos responsables de los mismos. Lo importante era dar el salto hacia delante e instalarnos en el futuro como una democracia avanzada, basada en la divinidad de la persona humana y sus derechos”.
 
Hoy, sin embargo, cuánto echamos de menos políticas de entendimiento, de búsqueda de puntos de acuerdo, de concordia. Por eso el prólogo de Adolfo Suárez está, hoy, de plena actualidad y marca el camino que debemos emprender para no estancarnos, para no volver a enfrentarnos, para no volver a las dos Españas, para, en una palabra, que se labore por esa España de todos, que es la real y por la que vale la pena trabajar.
 
En fin, en este ambiente de crisis general en el que entendimiento parece complicado, es conveniente reproducir las palabras de un hombre que se dejó la vida por la reconciliación y el entendimiento entre los españoles: “para alcanzar esa meta, ese gran objetivo que definí como la devolución de la soberanía al pueblo español era necesario que todos y cada uno de los españoles consideráramos a los demás compatriotas, con sus diferentes ideas, convicciones, creencias, posiciones sociales y origen territorial no como “enemigos” sino como complementarios; es decir, como aquellos sin los cuales cualquier español no podría desarrollar su propia personalidad y satisfacer ampliamente sus necesidades. Ese descubrimiento, el “otro español” como complementario constituyó un hallazgo político esencial que era –y es- básico de nuestra convivencia democrática”.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo