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Legalidad y moralidad

Legalidad y moralidad

Desde la tradición helénica, la relación entre ley y moral, entre la racional ordenación del espacio público por quien tiene la autoridad del pueblo y su adecuación a los principios de la recta razón, era una relación de armonía y coherencia porque ciertamente la ley expresaba esos criterios de moralidad.

La convivencia entre ley y moral, aunque haya podido coincidir, incluso identificarse durante largo tiempo, requiere deslindar los ámbitos propios de una y de otra porque, obviamente, aunque puedan coexistir pacíficamente o ser complementarias, lo cierto es que son realidades distintas

¿Las leyes de la época nazi, acaso eran morales?, ¿Eran morales las leyes de la dominación comunista?. Es decir, el parlamento representa al pueblo, pero eso no quiere decir que sea la encarnación de la moral o que, como algunos gustan decir, el parlamento sea la fuente del bien y del mal. ¿Es qué el parlamento tiene el monopolio exclusivo de la razón?. O si se quiere, ¿se puede afirmar seriamente que el parlamento sea el único ámbito de la deliberación pública o la instancia que certifica lo bueno y lo malo en la vida social?.

La contestación a estas preguntas en modo alguno pretende rebajar la centralidad del parlamento en la vida política, solo faltaría. Lo que sí pone de manifiesto es que no se debe afirmar la identidad entre legalidad y moralidad. Algo que en el tiempo no siempre está claro, puesto que con alguna frecuencia salen del parlamento algunas leyes que socavan abiertamente principios morales objetivos. Sí, principios morales objetivos. Existen principios morales objetivos porque siempre habrá cosas o conductas que serán malas y otras buenas: mentir es malo, robar es malo, decir la verdad es bueno, respetar la propiedad ajena es bueno, discriminar a la mujer es malo, matar es malo, fomentar la concentración del poder es malo…

Hoy, parece mentira, la defensa de los derechos humanos y de la dignidad humana s es tarea, en ocasiones, contra corriente. Hoy, resulta que lo progresista es criticar el rancio individualismo insolidario que representa el poder dominante. Hoy lo revolucionario es desafiar la dictadura del pensamiento único.

Ojala los jóvenes, entre los que me incluyo, recuperemos el gusto por pensar en libertad, por el pensamiento crítico, por la búsqueda de la verdad, por ek compromiso real con los más necesitados. Es una aventura que vale la pena desde todos los puntos de vista. Por supuesto.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.

JRA

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