La verdad, el respeto a lo que las cosas son, no a lo que parecen ser o a lo que algunos quieren que sean, siempre ha sido difícil, a veces muy difícil de reconocer. Sin embargo, tarde o temprano, no importa,  siempre acaba resplandeciendo. Hoy, en este tiempo inquietante, nos encontramos con una cierta dictadura de lo políticamente correcto, de lo conveniente, de lo eficaz,  que, con frecuencia, dificulta la legítima búsqueda de  la verdad presentándola como algo quimérico, imposible, y, sobre todo nada rentable. Pues bien, tal forma de ver la vida y el mundo no es más que una consecuencia más de delambiente general de control y manipulación en el que vivimos, que tanto daño hace sobre todo a los más jóvenes, que sin darse cuenta son manejados por las diferentes tecnoestrucuras que dominan nuestra realidad.

          En este ambiente de crisis de la verdad y de apogeo de la manipulación social, se instala esa posverdad que juega sin limites con la emotividad de los incautos y con la complicidad de quienes elijen la comodidad en lugar de defender, proteger y promover la dignidad humanan y todos los derechos fundamentales de las personas.

         El caso del brexit, de la célebre expresión “recupera el control”, todavía usada en estos días por el primer ministro Jhonson, y de las consecuencias que pagarán los británicos cuándo despierten del sueño manipulador es un buen ejemplo de posverdad, como lo es igualmente, por ejemplo, la afirmación realizada por Trump durante la campaña que le aupó a la Casa Blanca, de que Obama era uno de los fundadores del Estado islámico. Hay muchos más ejemplos de posverdad:  lo que dice el oficialismo en Venezuela o Cuba y la realidad real. Hoy la normalidad con la que se miente, se falsea la realidad  o se engaña es de tal calibre que lo verdadero,  que la misma búsqueda de la verdad,  ordinariamente ni se plantea y cuando se hace se descarta por imposible o peligrosa. Sobre todo porque hay miedo a la verdad, a la real realidad y se prefiere huir hacia delante con toda clase de artificios intelectuales.

          Sin embargo,  hoy, como ayer, la lucha por la verdad es una de las batallas más apasionantes que hemos de librar para regresar a espacios  en los que la dignidad del ser humano brille con luz propia. La tarea no es sencilla porque el descaro con que la mentira, el engaño y la simulación o el fingimiento se han apoderado de las terminales y tecnoestructuras más relevantes es alucinante. Hasta el punto de que esa dictadura de lo conveniente, de lo políticamente eficaz, conduce, grosera o sutilmente, a vivir en un mundo artificial, virtual, en el que la búsqueda de la verdad, de lo auténtico, desaparece del mapa y quienes se atreven a seguir sus pistas son condenados a las tinieblas exteriores de este mundo.

          Hoy, decir la verdad siempre -sin componendas, cesiones o compromisos-, reconocer la realidad,  es la mejor estrategia subversiva de la rebeldía que se precisa para sacudirnos el yugo de la dominación de quienes sólo persiguen la obtención de pingues beneficios al precio que sea.

         El ambiente cultural actual  transmite  miedo a pensar, miedo a profundizar en la realidad, miedo a la verdad, pánico al compromiso. Aspira, y de que manera lo consigue, a que los ciudadanos entremos por ese carril del pensamiento único desde el que se practica una dominación sin precedentes,  donde el grado de manipulación y control es máximo. Es hora de despertarnos del letargo porque de pasar mucho más tiempo sin reacción nos encontraremos ante un panorama inimaginable de miseria intelectual y servidumbre moral.  Esta en juego la sustancia de la democracia,  la centralidad del dignidad del ser humano, y ahora, en la era de la posverdad, todavía podemos tomar conciencia del problema y actuar. Despeues, será mucho más dificil.

Jaime Rodríguez-Arana Muñoz

Catedrático de Derecho Administrativo