La reciente muerte de Zygmunt Bauman, uno de los intelectuales más leídos de este tiempo, pone sobre el tapete algunas cuestiones que están en sus libros y que reflejan lo que se ha venido en denominar modernidad líquida. Un concepto que coincide con el título de su libro más famoso (1999), y que probablemente  defina en alguna medida la realidad cambiante, inaprehensible y autodestructiva de esta época.
Ciertamente, Bauman es uno de los sociólogos filosóficos más influyentes. Su presencia en foros, seminarios y conferencias en todo el mundo lo convirtió, hasta sus noventa años, en un omnipresente de la cultura e intelectualidad global. En noviembre del año pasado presentaba su último libro, Extraños llamando a la puerta, dedicado a analizar críticamente las oleadas migratorias y los problemas de los refugiados, dos cuestiones desde luego de palpitante y rabiosa actualidad.
Para entender el pensamiento de Bauman,  judío de origen polaco (1925),  es necesario tener presente el Holocausto.  El mismo sobrevivió al Holocausto porque su familia escapó de Polonia a la URSS donde sirvió militarmente en un escuadrón polaco. Más adelante formó parte de  un cuerpo militar de seguridad interior,  se hizo comunista  y realizó sus estudios universitarios. En los sesenta del siglo pasado, a consecuencia de la caza antisemita del gobierno polaco, nuevamente se puso en movimiento y recaló primero en Tel-Aviv para dar con sus huesos en Leeds, ciudad en la que enseño y vivió hasta su muerte hace escasos días.
En su libro de 1988 Modernidad y Holocausto, plantea que la Segunda Guerra Mundial fue un resultado  inevitable de la modernidad, de su racionalidad, de su especialización técnica y de un régimen burocrático que elimina la vitalidad. Es más, para Bauman, lo que llamamos modernidad, tendía de forma eficiente a provocar su propia destrucción. El imperio de la razón ilustrada, dominada por las ideologías cerradas, la pérdida de la centralidad de la dignidad humana y, sobre todo, esa siniestra y peligrosa burocracia, cargada de impersonalidad y de aversión a los valores humanos, terminó por fabricar un ambiente general de desconfianza y sospecha del que todavía vivimos.
En Modernidad líquida (1999), la obra más conocida de Zauman,  anuncia la muerte de esta modernidad anclada en las ideologías cerradas y hace su célebre propuesta del advenimiento de lo líquido. Ahora lo sólido deja paso a lo líquido. Es el mundo del primado del nomadismo, del hiperconsumismo, de las relaciones de usar y tirar, del imperio de esa  globalización que hace impotentes a los Estados. Ahora, dirá Zauman, todo se hace líquido, la economía, el pensamiento, el amor, la cultura, el arte, el tiempo. Todo cambia, todo está en profunda y acelerada transformación. Todo se compra, todo se vende. Todo lo que antes era permante ahora es efímero.
Ciertamente, Zauman ha descrito lúcidamente una sociedad que ha abandonado sus señas de identidad y que se he dejado seducir por la fuerza  del poder, del dinero, de la fama y de la sexualidad. Se ha olvidado lo más importante, a lo que debemos regresar si es que queremos recuperar el sentido de la vida y de las cosas: la dignidad del ser humano. Al final las descripciones de Zauman apelan precisamente a eso, a fundar el orden social, político y económico sobre la dignidad humana. Ni más, ni menos.
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana