Una de las causas más profundas de la desafección política en España es la desnaturalización de la imagen del político motivada por los escándalos de corrupción que sacuden la geografía nacional. En realidad, como se sabe, sólo trasciende un pequeño porcentaje de estos casos, aquellos en los que media denuncia de alguna parte interesada, ordinariamente por no haberse llevado la parte del botín comprometida. En cualquier caso, en la actualidad, el mapa de la corrupción en España es demasiado amplio como para que la sociedad española permanezca de perfil. Las encuestas y sondeos, del CIS o de Transparencia Internacional, reflejan un hondo malestar de los ciudadanos que debería llevar a los dirigentes  políticos a reflexionar porque de lo contrario la desafección política podría llevar al sistema mismo a la deslegitimación.
En esta materia, aunque es verdad que la corrupción ha crecido en los últimos tiempos, no lo es menos que la mediatización de estos casos y su empleo como arma política arrojadiza entre las diferentes formaciones políticas ha contribuido al hartazgo de la ciudadanía con la actividad política y con la conducta de los políticos. La permanente aparición en los titulares de los periódicos de supuestos de corrupción, a veces no contrastados, condujo, igualmente, a un ambiente de linchamiento mediático que ayudó enormemente a que el juicio social sobre esta actividad y sus protagonistas sea tan contundente.
En este sentido, junto a la irresponsable mediatización de la corrupción, su uso como arma política también ha computarse en el debe de los partidos. En muchas ocasiones, el suministro de dossiers, de determinadas informaciones, falsas o ciertas, a la prensa por parte de algunos dirigentes para desacreditar al adversario o para eliminar a posibles competidores, también es un elemento que ha contribuido, y no poco, a que el juicio del pueblo sobre la corrupción sea tan demoledor.
Sea por la actuación de la prensa, sea por causa de la dinámica de los propios partidos, la realidad a día de hoy es que campea en el ambiente un general desánimo ante la clase política, a la que se imputa sin ninguna duda el ambiente de corrupción que reina en España. Ambas actividades, la política y la periodística, al final, están en el origen de las encuestas y sondeos dados a conocer en este tiempo.
Sin embargo, los políticos no son extraterrestres o personajes que han venido de otra galaxia. Son personas que vienen de la sociedad, son reflejo de la sociedad. De una sociedad en la que los valores morales brillan por su ausencia. Por eso, el juicio sobre la corrupción de los políticos y de la política es un juicio sobre la sociedad en la que vivimos. Una sociedad en la que se prima el resultado, la eficiencia, el engaño, el disimulo, la apariencia. Una sociedad que desprecia el trabajo bien hecho sino produce réditos inmediatos. Una sociedad seducida por el conformismo insolidario. Una sociedad en la que el éxito, independientemente de los medios empleados, es lo importante.
En este contexto es en el que se han “formado” los actuales políticos. Por eso,  a todos nos conviene volver a recuperar el temple cívico, la fuerza moral y el compromiso con la dignificación del trabajo. Cualidades humanas de enorme calado y profundidad que no aparecen por generación espontánea. Son el resultado de un compromiso duradero y permanente por centrar la vida política, social y económica en la dignidad del ser humano, del que es, del que está a punto de ser y del que está dejando de ser.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es