España, lo acabamos de constatar nuevamente, con gran pesar en las últimas estadísticas sobre la materia, está en el vagón de cola del ranking de desempleo juvenil y de fracaso escolar en la UE. No es, desde luego, una casualidad, sino la consecuencia de la profunda ideologización en que se ha movido el sistema educativo español, con algún paréntesis, en los últimos años. Ideologización que se proyecta en la burocratización de la enseñanza y, muy especialmente, en la dictadura de ciertos colectivos a quienes pone la carne de gallina que las cosas cambien.
 
En efecto, los últimos informes publicados sobre la calidad educativa atienden a muchos aspectos: criterios de selección de los alumnos, retribuciones del profesorado, sistemas de aprendizaje, gusto por la lectura y  pensamiento crítico, habilidades prácticas…Por ejemplo, los informes PISA reflejan la trascendencia que tiene en la calidad de la enseñanza la implantación de incentivos a los profesores en función del grado de aprendizaje de los alumnos. Pregunta: ¿Es que es justo y razonable que un profesor que consigue motivar a sus alumnos reciba el mismo sueldo que quien no es capaz de ilusionarlos por aprender?.
 
La contestación positiva a esta pregunta ha tropezado normalmente con la oposición de los sindicatos, ordinariamente reacios a las diferencias y a todo lo que sea introducir competencia entre los profesores. En Nueva York, sin embargo, ha sido posible llegar a un acuerdo con los sindicatos para implantar un sistema de retribuciones en función del grado de aprendizaje de sus alumnos en las escuelas públicas del distrito escolar. Si los alumnos sacan mejores calificaciones se pagará más a los profesores. Además, con buen sentido, el acuerdo también se extiende a los profesores que acepten impartir su docencia en escuelas con mediocres resultados.
 
Ciertamente, no fue fácil vencer las resistencias de los sindicatos. Para ello, los incentivos, más que a los profesores individualmente considerados, fueron parala escuela. Enefecto, las escuelas que mejoren los resultados de sus alumnos, medidos por las puntuaciones en los tests normalizados de ámbito estatal, recibirán un complemento de 3.000 dólares por profesor. Después, la suma total se adjudica a los profesores a través de un comité de cuatro personas, dos profesores elegidos por los colegas, el director y otra persona designada por el titular dela escuela. Nose podrá repartir el complemento en función de la antigüedad y, si no hay acuerdo para el reparto, se pierde el complemento.
 
El sistema ideado en el distrito escolar de Nueva York, el más grande de los EEUU, puede ser censurable y mejorable, por supuesto. Pero, en todo caso, representa un intento por mejorar,   por premiar a los mejores profesores, algo que, hoy, dado el desánimo general que reina entre los profesores de la enseñanza básica de muchas partes del mundo, ha de recibirse como una bocanada de aire fresco en un mundo complejo y difícil en el que la excelencia está considerada, por imperativo del primado de la mediocridad,  como una expresión de rancio individualismo.
 
Desde luego, lo mejor es que estas medidas se adopten con el acuerdo y consentimiento de los sindicatos. Algo, por estos lares, bien complejo. En el caso que comentamos en el artículo de hoy, la adhesión sindical ha supuesto algunas concesiones: cualquier profesor de la escuela puede beneficiarse de los incentivos, no sólo los profesores de las materias sometidas a tests, los representantes de los profesores intervienen en el reparto y, finalmente, la participación de las escuelas es voluntaria (para que una escuela sea admitida al reparto ha de contar con el asentimiento del 55 % del profesorado).
 
¿Cómo se financia este programa?. Por sorprendente que parezca,  para empezar se constituyó una alianza de empresas de la ciudad de Nueva York a este propósito. Es decir, implicación del sector privado en una reforma a favor de la educación de los jóvenes, un asunto de interés general que a todos debe preocupar, no sólo a políticos y sector público. La dotación para el primer año ascendió a 20 millones de dólares y se ofreció a las 200 escuelas más pobres del distrito escolar.
 
En EEUU hay otros seis Estados que contemplan el incentivo a los profesores en función de la mejora de los resultados. Según parece, para que el sistema sea operativo, el complemento ha de ser sustancial; es decir, que esté en torno al 5 % del sueldo del profesor y obviamente, todos los docentes, todos sin excepción, han de poder aspirar al incentivo.
 
Desde luego, el incentivo por mejora de resultados es un elemento que ayuda a la mejora dela educación. Noes el único y quizás no sea el más relevante. Pero funciona siempre que la medida de los resultados, en este caso las calificaciones, sea objetiva y congruente. Se trata, en mi opinión, de una iniciativa reformista saludable que parte de pensar, sobre todo, en la calidad de la educación de los jóvenes, no tanto en el estatus quo y en los privilegios de los de siempre.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.