En vísperas de cualquier proceso electoral, uno de los asuntos de mayor interés es el de la confección de las listas. Una cuestión que cuando hay democracia real, porque los militantes son los dueños de las formaciones,  se resuelve con relativa facilidad.  

Es una aspiración legítima y honrosa de cualquier político o política representar a sus conciudadanos. En un sistema democrático representativo, como el nuestro, el juego político se articula básicamente en torno a los partidos -su organización interna-, en torno a las instituciones de gobierno, y en torno a la representación parlamentaria. Cierto que la vida política -no la vida partidaria- es más amplia que todo esto, que la vida política se juega en la sociedad a diario, porque somos todos los ciudadanos los que construimos la sociedad. Pero quien tiene interés en participar de modo más activo y directo en el quehacer político, es lógico que busque, como primer paso, la representación de sus conciudadanos, posiblemente una de las tareas más nobles que puede desempeñar quien quiera dedicarse a la cosa pública.

En la confección de las listas, cuando la democracia real es de baja intensidad, se pone en juego la capacidad política de los dirigentes. Conjugar intereses, capacidades, representatividad, ideas e iniciativas, sectores, concepciones y sensibilidades es una manifestación indudable del arte de los que disponen las posiciones en la parrilla de salida.

La tentación de los mezquinos o de los prepotentes es aprovechar las coyunturas partidarias en la elaboración de las listas para tomar venganzas, comprar lealtades, pagar servicios espurios, siempre amparados en el llamado aparato del partido, que no es más que un escondite para aquellos que quieren esconder su responsabilidad bajo ese anonimato y el de unos supuestos intereses de partido que no son otros que los de la propia facción.

El valor y la aportación de los posibles candidatos -en el aspecto personal, en la capacidad de gestión, de movilización social, de presencia pública, etc.- puede pasar entonces a segundo, tercero o cuarto lugar. Cuando esto sucede la vida partidaria se esclerotiza y las renovaciones se tornan ficticias, se convierten en meros recursos o en ocasiones para la perpetuación de poderes o para la instauración de estilos en los que se ponen por delante los intereses personales o los de las camarillas de amigos. Los partidos no se abren así a la sociedad, se cierran sobre si mismos. Todo se dirime en los socorridos aparatos, que acaban controlados por personajes sin representación social efectiva, que acaban viviendo de la política. Estos días lo comprobamos con meridiana claridad.

Jaime Rodríguez-Arana

@jrodriguezarana

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