Para asombro de propios y extraños, el presidente del gobierno anunció, días atrás, la retirada  del proyecto de ley de protección de la vida del concebido y de los derechos de las mujeres embarazadas. Cuestión que, otra vez, y no será la última, coloca en el candelero uno de los asuntos más polémicos del debate ideológico. La relación entre la acción y los principios o, si se quiere, si desde el centro político se puede o no defender el derecho a la vida de todos, especialmente de los concebidos y también de los que están a punto de dejar de ser,
 
Por sorprendente que parezca, la retirada del proyecto de marras se ha presentado como centrista. Como si ser de centro y partidario del derecho a la vida fuera algo incompatible. Como si el centro no fuera más que cálculo, marketing político, indefinición o ambigüedad. Nada más lejos de la realidad. El centro se basa en la radical dignidad del ser humano y en la primacía y preferencia de los derechos humanos por encima de cualquier otra consideración. Otra cosa es el llamado centro camaleónico, que no es más que una versión moderna del oportunismo o, si se quiere, del inmovilismo. Sin embargo,  el centro es un espacio de reformas continuas para que las personas, todas las personas, especialmente las más necesitadas de protección, se puedan realizar en libertad solidaria. Por eso, ser de centro es ser defensor del derecho a la vida. Solo faltaría.
 
En efecto, para algunos el centro es el espacio del consenso, el espacio de la equidistancia, el espacio de la ausencia de convicciones y de principios.  Un espacio en el que lo relevante es única y exclusivamente obtener cuantos más votos mejor. Ciertamente, un partido no es una ONG ni una escuela de filantropía, es una organización diseñada y pensada,  en el marco de un ideario, de unas señas de identidad,  para intentar alcanzar el gobierno de la comunidad con la finalidad de aplicar las ideas y criterios de quienes en ella confían. No es, ni mucho menos, una forma de asegurar una vida llena de privilegios para una minoría.
 
Los principios e ideas que conforman el ideario de un partido deben ser respetados por sus dirigentes que, al menos en democracia, no son los dueños y señores de la formación. Ocurre, sin embargo, precedentes hay en el derecho y en la praxis comparada, que en ocasiones, con el objetivo, confesado o no, de que los integrantes de la cúpula mantengan la posición,  se cede a la tentación de secuestrar la opinión de la militancia alterando los compromisos electorales o el conjunto de criterios que presiden la organización partidaria. En este sentido, hora va siendo de que la democracia real penetre en la estructuración interna y en la vida cotidiana de todos los partidos políticos y que, por ello, militantes y simpatizantes sean consultados cuando se trate de tomar algunas decisiones que afectan al nervio y esencia de la organización. Mucho me equivoco o una buena parte del electorado que tiene en la defensa del derecho a la vida  una de sus convicciones más arraigadas deberá replantearse buscar opciones realmente reformistas y moderadas que pongan efectivamente en el centro de la política la dignidad del ser humano.
 
En efecto, si compartimos la idea de que la dignidad del ser humano es la base del Estado de Derecho y de las políticas públicas, convendremos en que el consenso o el acuerdo deben ser instrumentos para preservar y fortalecer la dignidad de la persona y sus derechos inalienables. Siendo esto así, no lo es menos que en materia de fundamentos la cuestión es muy sencilla: o se aceptan o no. O la dignidad del ser humano, especialmente la de los más débiles e indefensos, es o no es el pilar sobre el que se levanta el Estado de Derecho, y consecuentemente la democracia. Si ahora resultara que se puede transigir, mercadear o excepcionar el derecho a la vida, sobre todo de quienes son los más indefensos como los concebidos y  de un colectivo de especial protección económica y social como es el de las mujeres embarazadas,  entonces se estaría horadando y lesionando el mismo Estado de Derecho. Por cierto, un modelo de Estado construido precisamente para que la dignidad del ser humano, omnipotente y todopoderosa, resista cualquier embate procedente de la arbitrariedad del poder, sea este público o privado.
 
El acuerdo y el consenso no son, no pueden ser, los fundamentos de la dignidad del ser humano. Por eso Kriele, un profesor alemán conocedor de la historia, señaló que hay derechos humanos, entre ellos el derecho a la vida, que son indisponibles o incondicionales porque son el fundamento del edificio democrático. Si se juega con ellos o se dejan a la disponibilidad de las personas, entonces se abre una puerta al castigo de los más débiles y desvalidos a causa del  arbitrio de los más fuertes, que se convierten de repente en jueces y señores de la vida de los concebidos o, incluso, de los están a punto de dejar de ser y se consideran inútiles, objeto de descarte.
 
El centro, según lo entiendo, es un espacio de pedagogía política. Es decir, un espacio desde el que es menester explicar, por ejemplo, el sentido que tiene la protección del derecho a la vida, especialmente de los más indefensos e inermes,  la idea de España como un magnífico espacio plural de integración de realidades territoriales con personalidad propia, la necesidad de contar con una norma educativa que prime los valores del esfuerzo y el estudio desde la rigurosa transmisión del conocimiento…Claro para explicar y exponer acerca de principios e ideas hay que tener convicciones y exponerlas sin miedo, y ahí está el problema porque  para algunos la principal convicción es bien clara y parece que única: mantenerse a flote como sea. Por eso, como decía uno de los hermanos Marx en una famosa, y divertida  película, si no gustan estos principios tengo otros, todo con tal de conservar la posición.
 
En el centro, el diálogo para alcanzar consensos es un medio, magnífico, pero  no un fin en sí mismo. Un medio, por cierto, para buscar políticas que preserven la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales. El espacio de centro, como intento explicar desde hace años,  tiene personalidad propia, sustancia específica y representa nuevas formas de pensar y actuar en política. Nuevas formas que parten de la mentalidad abierta, de la metodología del entendimiento y de la sensibilidad social, desde la racionalidad y en el marco de la dignidad del ser humano.
 
En efecto, el centro político se basa en la dignidad del ser humano. Desde el espacio del centro se apuesta por la protección de los más indefensos e inermes. La políticas de centro son políticas comprometidas con las personas concretas. En el caso del derecho a la vida se trata de proteger la vida del concebido y por supuesto a  toda mujer que pueda tener dificultades, del tipo que sean, para ser madre.
 
Respeto profundamente a los que piensan de forma distinta y espero que también ellos respeten las posiciones diferentes a las suyas. En este tema de la dignidad humana no hay término medio: o se defiende radicalmente y con todos los medios al alcance la vida o no se defiende.  Por eso, parafraseando a un viejo y heroico marino español, bien conocido en mi tierra, más vale honra sin cargos que cargos sin honra. El tiempo, tarde o temprano, coloca en su lugar a los valientes y a los que se arriesgan por sus ideas y sus convicciones.
 
Jaime Rodríguez-Arana es autor del libro prologado por el ex presidente  Adolfo Suarez, El espacio de centro (Centro de Estudios  Políticos y Constitucionales, 2001), y miembro de la Academia Internacional de Derecho Comparado de La Haya.