El título del artículo de hoy coincide con la rúbrica de un reciente libro que acaba de aparecer en las librerías, al menos en América.  El subtítulo es polémico: Una vía intermedia entre Occidente y Oriente. Sus autores son Nicolás Berggruen y Nathan Gardels. El primero es un relevante inversor internacional que preside un centro de estudios sobre modelos de gobierno eficientes que lleva su nombre y el segundo dirige la revista New Perspectives Quarterly y es conocido por sus investigaciones en el área de las relaciones internacionales y la globalización.
La tesis del libro es que Occidente necesita regenerarse a partir de la superación de la obsesión por el corto plazo y que Oriente precisa de trascender la eficiencia económica abriéndose a los derechos humanos. Los autores plantean que ambos modelos deben aprender uno de otro afrontando los cambios que sean necesarios para recuperar su sentido y su lógica.
China, por ejemplo, a pesar del capitalismo que practica, todavía tiene en su haber muchos millones de ciudadanos que viven en la miseria. Es verdad que las principales ciudades que visitan los occidentales cuándo viajan a China no permiten vislumbrar el grado de interiorización del peculiar capitalismo chino. En efecto, lo que acredita la realidad es que todavía son pocos, comparativamente muy pocos, los beneficiarios de un sistema económico que con cuenta gotas facilita a una serie de ciudadanos alcanzar un determinado estatus económico a cambio, eso sí, de que oportunamente muestren su agradecimiento a aquellas autoridades que les abrieron las puertas. Por otra parte, en materia de derechos humanos, la constatación de la inexistencia de libertad de prensa exime de mayores comentarios.
Occidente se mantiene en pie a duras penas tras la crisis de estos años. En efecto, la cultura occidental ha renunciado sus señas de identidad y se ha convertido a una perspectiva tecnoestructural en la que la alianza entre poderes financieros, políticos y mediáticos ha intentado aprovecharse de una ciudadanía sumisa, narcotizada a base de consumismo insolidario. La obsesión por el lucro, por el beneficio, adquirió la condición de fin. Igualmente, el mercado terminó por dominar la agenda electoral a base de erigir las preferencias políticas de los ciudadanos en objeto de transacción. El resultado lo tenemos ante nosotros y no hace falta más comentarios. El caso de Chipre, con toda su singularidad, representa el ocaso del modelo: los ciudadanos son los que terminan pagando la cuenta de los excesos de la tecnoestructura.
En este contexto libros de este tenor ayudan a pensar. Ayudan a caer en la cuenta de lo que pasa, de las virtudes y defectos de los modelos culturales, políticos y económicos. Permiten reflexionar sobre el necesario diálogo entre unos y otros. Facilitan un debate que es necesario plantear en este tiempo. Sobre todo si no queremos ser arrollados por un populismo, tanto de uno como otro signo, que ya sabemos a dónde conduce. Tal posibilidad, en crecimiento en no pocos países europeos, emerge con no poca fuerza mientras la mediocracia que nos domina es incapaz de ponerse de acuerdo para renovar un sistema económico, político y social que precisa de reformas tan urgentes como profundas.
En fin, diálogos y debates, todos los que sean menester. Pero siempre que superemos esa moda tan frívola como infructuosa de la ideología del acuerdo. Hay que hablar, hay que acordar, por supuesto, pero con la vista puesta en objetivos claros. Por ejemplo, para que la democracia vuelva a ser el gobierno del pueblo, para y por el pueblo. Para que la política tenga un compromiso más radical con la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. ¿No le parece?.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. Jra@udc.es