La crisis de las ideologías en la que vivimos refleja que ciertos mitos o dogmas del pasado saltan por los aires. La creencia de que la libertad es patrimonio de la derecha y la justicia social una convicción de la izquierda, a poco se observe la realidad, ya no tiene sentido. Incluso la pretensión de que la intervención pública es la medicina que todo lo cura ya no es algo propio de la izquierda. Menos todavía es hoy defendible que el mercado sea una institución liberal conservadora.
 
El ocaso de las ideologías cerradas es consecuencia de que afortunadamente ya no es menester usar el vademécum de una posición o de la otra para elegir la receta a empelar según la naturaleza del problema. La realidad, la observación de la realidad simplifica mucho las cosas y, por otra parte hay asuntos que son humanos o inhumanos. Así de simple.
 
Por ejemplo, los derechos fundamentales de la persona, que son indisponibles por ser innatos a la dignidad humana, no son de derechas o de izquierdas. Sencillamente, son patrimonio universal de la cultura moderna y consecuencia de la centralidad que tiene en el origen y construcción del Estado la misma dignidad ínsita en el ser humano. Es más, el Estado de Derecho surge para que la dignidad humana sea el faro y la luz que brille en todo el proceso democrático. Así, de esta manera, es acorde al Estado de Derecho que el poder, sea cual sea, respete tal dignidad. Una dignidad que es soberana, omnipotente frente a los intentos del poder de todo tipo de transacciones. Por eso se puede, y se debe afirmar, que la dignidad del ser humano, cualquiera que sea, de cualquier condición, se yergue siempre en alto frente a al poder, especialmente frente al poder público y al poder financiero.
 
La realidad, sin embargo, nos muestra que la crisis moral de este tiempo es trasunto de  la crisis de la centralidad de los derechos fundamentales de las personas. Unas personas que en tantas partes del mundo, también y de qué manera en la civilización occidental, son laminadas, grosera o sutilmente, para que las tecnoestructuras políticas y financieras sigan acumulando más poder y para que sigan encaramadas, de por vida si es posible, a la cúpula, al vértice.
 
Por ello, la noticia de que un dirigente de izquierda, socialista para más señas, el presidente Correa, haya defendido como lo ha hecho en su país el derecho a la vida, demuestra que los valores humanos más capitales como es la vida de los que son de forma incipiente, demuestra que ya no se puede sostener que el aborto sea patrimonio de la izquierda. Es más, me atrevería a decir, el tiempo lo certificará, que en este punto el presidente de Ecuador ha sabido tomar la bandera de la lucha por los derechos humanos de manera ejemplar. Por aquí, el socialismo, y no se sabe hasta que punto el conservadurismo, siguen instalados en el inmovilismo, en el individualismo radical, hasta en  el consumismo insolidario. Todo con tal de mantener el dominio y el control social. Lo que hay que ver, y lo que hay que escuchar.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es