La banalización del mal, es, como sabemos, una certera y aguda expresión que debemos a una de las mejores filósofas del siglo pasado: Hanna Arendt.  Para la profesora judía, lo más grave es la ausencia de pensamiento, la incapacidad para preguntarse sobre el sentido de nuestras acciones u omisiones. En cierta forma, el ambiente de corrupción en que vivimos es consecuencia precisamente del destierro a que se ha condenado a la reflexión, al pensamiento mismo. Los objetivos, los fines, son lo importante. Cómo se consigan, o  si se alcanzan al margen del bien es harina de otro costal, algo reservado a personas de otro mundo, a personas que cometen el error de “pensar”, sentencia la filósofa.
 
Hoy, sin embargo, el manejo que se hace del poder en cualquiera de las parcelas de la vida social, política o económica, refleja la banalización de la corrupción a que se ha llegado. Comprar votos o camuflar balances será conveniente o adecuado si de esa manera se ganan elecciones o se obtienen pingues beneficios, certifican con su actuación no pocos responsables públicos o financieros.
 
La corrupción es una realidad, nos guste más o nos guste menos. Es una realidad que en unos países tiene más extensión y en otros menos. Normalmente, la emergencia de la corrupción pública suele ser el trasunto de la corrupción social y personal. La corrupción no la cometen los edificios públicos o los actos administrativos, sino las personas que representan instituciones públicas o que dictan actos administrativos.
 
Marin Mrcela, presidente del Grupo de Estados contra la Corrupción del Consejo de Europa (GRECO),  acaba de estar en España para una conferencia. Con tal motivo ha señalado que hay una serie de hechos que han colocado a la corrupción en el candelero. Por este orden, se refiere al crecimiento de los presupuestos para las campañas electorales, a la preocupación por las  decisiones políticas inadecuadas o arbitrarias, por el aumento de los casos de corrupción que salpican a gobiernos y administraciones y, finalmente, a una mayor demanda de transparencia política. As su juicio, la corrupción mina la confianza de los ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos, abriéndose una creciente distancia entre agentes políticos y gubernamentales y población en general, una circunstancia que, como vemos a diario en el viejo continente, abre las puertas a los populismos, sean del signo que sean.
 
Precisamos, pues, estrategias anticorrupción punitivas, por supuesto, pero también preventivas. Estrategias que sin la asunción por los ciudadanos de los valores y cualidades democráticas y sociales más elementales, quedará, como en tantas ocasiones, en nada, en muy poco. Por eso, es menester otras forma de estar y de hacer política, otra forma de estar y ejercer el gobierno, otra forma, de entender el poder. Nada menos.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana