El pasado mes de marzo se cerró, como se sabe, con la friolera de varias decenas de miles de parados más. Durante 2012 se prevé que se destruyan cerca de medio millón de puestos de trabajo y los datos de crecimiento económico y de actividad empresarial, salvo milagros, no son nada halagüeños. Más bien, todo indica que este año será uno de los más duros de los últimos tiempos.
 

 
Pues bien, en este contexto de crisis, con un desempleo desbocado, nos topamos con que se pierden miles y miles de afiliaciones ala SeguridadSocial.En estos momentos cada pensión de jubilación es cubierta por 2.4 personas que cotizan ala SeguridadSocial.Si resulta que el límite crítico se encuentra en dos afiliaciones por cada jubilado, solo pensar en lo que se nos avecina, también en esta materia, produce escalofríos, sobre todo para todos aquellos españoles que confían en vivir de la pensión de jubilación al final de toda una vida de trabajo.
 
En otras palabras, sin ser un pesimista integral, ni un antipatriota furibundo, la constatación de la tendencia presente nos aboca al hundimiento dela SeguridadSocialen no muchos años. Para evitarlo, tenemos ahora una reforma laboral que habrá que ver que resultados da en un año difícil.
 
En fin, el denominado Estado del bienestar se ha colapsado por haberse instalado en una perspectiva estática. Las ayudas, las subvenciones, las prestaciones públicas, se han orientado de alguna manera, en lugar de a liberar las energías y potencialidades de la sociedad y de cada uno de sus integrantes, a capturar y controlar bolsas de personas que han pasado a la categoría de los dependientes políticos. Si eso ha ocurrido con la subvenciones en términos generales, no menos grave ha sido el exponencial crecimiento de órganos y organismos, de cualquier clase y especie, para dar acomodo a los afines o a los adeptos. Todo ello en nombre del Estado de bienestar y de la solidaridad y la justicia social.
 
Pues bien, en no mucho tiempo, este coloso con pies de barro terminó por caerse porque no podía llegar a ninguna parte con la cantidad de carga que se le colocó encima. La caja, el tesoro público, ya no puede hacer frente a tanto abuso, a tanto despilfarro, a tanta irresponsabilidad. Por eso, quienes entonces enarbolaron la bandera de la solidaridad, de la justicia social, de la preocupación por los desfavorecidos para levantar esta monumental estafa que ha sumido en el más absoluto de los desamparos a tantas miles y miles de familias, debieran responder de sus proclamas y de sus actos por la magnitud del desaguisado. Sin embargo, muchos se irán de rositas y otros a disfrutar de píngües pensiones y cargos vitalicios. Así son las cosas.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es