La inmigración, nos guste o no, es una realidad. Y es una realidad en la que hay en juego asuntos de gran envergadura. Se trata de seres humanos que “huyen” de la pobreza y que confían en encontrar una nueva vida en los países desarrollados. Con independencia de que haya que trabajar sobre las causas reales de esa “legión” de personas que diariamente emprende la aventura europea, es un dato constatable que la inmigración entraña, además, repercusiones económicas.
 
Hay quienes temen que los inmigrantes dejen sin trabajo a los nacionales y que constituyan una causa adicional para los gastos de protección social, sanidad y educación. En sentido opuesto, se alega que los inmigrantes con su trabajo, pago de impuestos y cotizaciones, aportan a las finanzas públicas más de lo que reciben.
 
Las causas que invitan a los inmigrantes a “salir” tienen mucho que ver con la diferencia entre los ingresos en el país de origen y los ingresos esperados en el de acogida. Además, hay que tener presente la política de inmigración de los países receptores y el coste psicológico de vivir en un ambiente de lengua y cultura diferentes. Sin embrago, estos costes son relativizados si en el país de acogida existen redes de inmigrantes instalados. Lógicamente, esta circunstancia incide de forma notable en la elección del país de destino, especialmente por los programas de reagrupación familiar.
 
En términos generales, puede afirmarse que la inmigración no agrava el paro. En principio, la tasa de paro tiende a ser mucho más alta entre los inmigrantes que entre la población autóctona, en particular en la Unión Europea. Sin embargo, a medida que los inmigrantes aprenden la lengua, se familiarizan con el mercado de trabajo y mejoran sus competencias, la tasa de paro de los extranjeros baja y se aproxima a los nacionales. Al mismo tiempo, los salarios de los inmigrantes y los de los autóctonos convergen más.
 
Cada vez va siendo más evidente que la inmigración genera una demanda de bienes y servicios producidos en el país, lo que tiene una incidencia favorable en la creación de empleo. Además, los inmigrantes compensan en parte la falta de movilidad geográfica o funcional de la población autóctona. En definitiva, si se considera la economía en su conjunto, la inmigración produce una ventaja neta para la población autóctona. Sin embargo, ese beneficio no afecta a todos por igual, y algunos grupos –por ejemplo, aquellos cuyos trabajos puedan ser asumidos por inmigrantes- pueden salir perdiendo.
 
Ciertamente, es complejo evaluar el efecto presupuestario neto de la inmigración, pues depende de la metodología empleada, del periodo que abarque el estudio, de los servicios públicos que se considera, etc. Con estas limitaciones, la conclusión a la que llegan generalmente estos estudios es que los inmigrantes tienen menos oportunidades de recibir una ayuda de los poderes públicos que las personas de similares características nacidas en el país, y que cuando la reciben, es de cantidad inferior. Sin embargo, la probabilidad de que un inmigrante reciba ayudas sociales ha aumentado en las cuatro últimas décadas como consecuencia del menor nivel de cualificación de las nuevas oleadas de inmigrantes. Por otra parte, los estudios sobre la materia reflejan que el valor actualizado neto de los impuestos que pagan los inmigrantes y sus descendientes es superior al aumento de los gastos públicos que producen, aunque la diferencia a nivel nacional no es grande.
 
The Economist recordaba el año pasado que en la mismísima Alemania en 2015 el 44% de las nuevas empresas registradas fueron fundadas por personas con pasaporte extranjero frente al 13% en 2003. Y esos porcentajes parece ser que crecerán en el futuro.
 
La inmigración seguirá aumentando en el futuro. Junto a la necesidad de hacer todo lo posible por la mejora real de los países llamados emergentes, no se puede olvidar que la inmigración es una realidad humana. Son millones de mujeres y hombres –y niños- que buscan vivir en mejores condiciones. Por eso, si como parece, la inmigración no afecta negativamente a los parámetros económicos, poco a poco debe calar en el mundo desarrollado el drama humano, personal, que se esconde en el itinerario vital de los inmigrantes. Los inmigrantes son personas humanas y, como tales, hay que tratarlas.
 
 
 
Jaime Rodríguez-Arana Muñoz
@jrodriguezarana