La democracia se ha definido de diferentes formas. Una de las más utilizadas entiende por tal sistema político el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Es  gobierno del pueblo porque quienes ganan las elecciones han de dirigir la cosa pública con el pensamiento y la mirada puesta en el conjunto de la población, no en una parte o en una fracción de los habitantes por importante que esta sea. Es gobierno para el pueblo porque la acción política por excelencia de los gobiernos democráticos ha de estar situada en el interés general; esto es, en la mejora continua e integral de las condiciones de vida de los ciudadanos, con especial referencia a los más desfavorecidos. Y es gobierno por el pueblo porque la acción política se realiza a favor del pueblo, no a favor de la cúpula.
 
En este contexto, los partidos buscan alcanzar el poder para gobernar de acuerdo con el conjunto de ideas que representan  porque están convencidos de que son las mejores para el progreso de la sociedad y para un mejor ejercicio de las libertades por los ciudadanos. Los partidos, como cualquier organización, por el hecho de constituirse, adquieren el compromiso de luchar por la consecución de sus fines propios. Esta aspiración es bidireccional,  porque la sustenta en primer lugar quien participa del trabajo, y después, los destinatarios naturales de la actividad que se realiza. Así, ante el posible éxito de una iniciativa, habrá que considerar que los primeros beneficiarios sean sus propios autores, aquellos que supieron concretar una idea, un proyecto, una estrategia que se traduce en un resultado puesto al servicio de la sociedad en su conjunto, que también se reconoce mejorada por esa iniciativa, por ese servicio.
 
De este esquema, que no pretende obviar la complejidad de los procesos, pueden extraerse las consecuencias que se derivan cuándo la finalidad de la actividad no reside en el servicio o en los bienes que se ofrecen, sino que se instala en el bien de la propia organización y de sus dirigentes o colaboradores. Cuándo tal cosa acontece en las organizaciones, sean públicas o privadas, los resultados son manifiestos y casi, casi, pueden adivinarse. Las organizaciones se burocratizan porque la propia estructura se convierte en el fin y los aparatos se convierten en los dueños y señores de los procesos, hasta el punto de que todo, absolutamente todo, ha de pasar por ellos instaurándose un sistema de control e intervención que ahoga las iniciativas y termina por laminar a quienes las plantean.
 
En estos casos, nos encontramos ante partidos cerrados a la realidad, a la vida, prisioneros de las ambiciones de poder de un conjunto de dirigentes que han decidido anteponer al bienestar general del pueblo su bienestar propio. Se pierde la conexión con la sociedad y, en última instancia, cuándo no hay un proyecto que ofrecer a la ciudadanía más que la propia permanencia, el centro de interés se situará en lo que denomino control-dominio que, además de ser la garantía de supervivencia de quienes así conciben la vida partidaria, constituye una de las formas menos democráticas de ejercicio político. La autoridad moral se derrumba, la gente termina por desconectar de los políticos, se pierde la iniciativa, el proyecto se vacía y la organización ordinariamente se vuelve autista, sin capacidad para discernir las necesidades y preocupaciones colectivas de la gente, sin capacidad para detectar los intereses del pueblo. Algo que, a juzgar por la opinión general que la gente tiene de la política y de los políticos, como periódicamente nos recuerdan toda clase de sondeos y encuestas, no parece muy lejano de la realidad que nos rodea.
 
Por el contrario, una organización pegada a la realidad, que atiende preferente y eficazmente a los bienes que la sociedad demanda y que permitirá probablemente hacerla mejor, es capaz de aglutinar las voluntades y de concitar las energías de la propia sociedad. Estos partidos, así configurados y dirigidos, atienden a los ámbitos de convivencia y colaboración y escuchan sinceramente las propuestas y aspiraciones colectivas convirtiéndose en centro de las aspiraciones de una mayoría social y en perseguidora incansable del bien de todos. Esto es, en mi opinión, ocupar el centro social o, si se quiere, centrarse en el interés social, no simplemente en el interés de una determinada mayoría, o minoría, social por importante o relevante que esta sea.
 
Si los partidos quieren que la gente preste más atención a los asuntos públicos, han de abandonar la perspectiva tecnocrática, hoy mayoritaria. Han de bajar al ruedo, a la calle, a hablar realmente con la gente, a escuchar al pueblo y, sobre todo, a recuperar la dimensión humana en la solución de los problemas. Sobre todo en un mundo en el que las ideologías cerradas han fracasado y en el que es menester colocar, con todas sus consecuencias, la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales como piedra angular del orden social, político y económico. Los partidos, que son tan importantes en la vida democrática, si quieren colaborar a esta tarea, han de hablar entre ellos para acordar reformas imprescindibles al día de hoy. Reformas urgentes como las listas abiertas, la participación real de la militancia, en una palabra: dar contenido al conocido mandato constitucional de la democracia interna.
 
En alguna medida las manifestaciones sociales críticas ante la actual situación plantean medidas como las señaladas para que realmente los dueños de los partidos san los militantes y los simpatizantes, no los dirigentes. Sin embargo, a día de hoy, así lo proclaman los sondeos y encuestas conocidas, los partidos son las instituciones consideradas más corruptas por los ciudadanos y los políticos son el colectivo más desprestigiado del sistema.
 
Los cambios son necesarios, también en la economía y en el orden social. La democracia debe democratizarse, la economía debe humanizarse y los servicios sociales atender de verdad a quienes los precisan. Para ello, otras políticas, otros métodos son precisos.  Haberlos los hay, el problema es que las mentes de no pocos dirigentes no están preparadas para los cambios. Y ahora, con una crisis de los partidos tradicionales de colosales dimensiones como la prensa se encarga de constatar a diario, es el momento de la regeneración, de la transformación. ¿O no?.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo