Una de las características del populismo es que pretende situarse por encima de ideologías, de clichés, de preconceptos, de prejuicios. Afirman que no son de derechas, ni de izquierdas, ni, por supuesto, de centro. Piensan que su inevitabilidad es tan fuerte y tan intensa que su emergencia y llegada al poder son imprescindibles para que el pueblo viva en mejores condiciones. Son, según ellos, los salvadores de la patria, los elegidos para sacar al pueblo de la postración en que se encuentra a causa del maltrato sufrido de manos de las élites burguesas y tecnoestructurales.
La realidad, sin embargo, demuestra que lejos de esta pretensión los populismos han sido  neoliberales  e intervencionistas. Por ejemplo, el populismo neoliberal de un Menem o Fujimori, populismos al fin y al cabo, se emplearon a fondo en políticas privatizadoras mientras que Guathemoc Cárdenas en México y Getulio Vargas en Brasil, también populistas, protagonizaron múltiples operaciones nacionalizadoras. Incluso dentro del populismo que podemos llamar de izquierda para entendernos tenemos el indigenismo de Evo Morales o el antiamericanismo de Chávez.
En la extrema derecha encontramos no pocos ejemplos de populismo. Ahí están los partidos antieuropeos como el Frente Nacional de Le Pen, el UKIP de Farage, el partido de la Libertad de Wilders, Aurora Dorada en Grecia, el partido Popular Danés, los Demócratas Suecos o los Auténticos Finlandeses. Partidos que en las pasadas elecciones al Parlamento han obtenido unos resultados tan espectaculares como inquietantes.
También encontramos populistas como el austríaco Jörg Haider, el outsider Beppe Grillo o el televisivo Iglesias, líder de Podemos. Incluso hay movimientos calificados de populistas que se presentan huérfanos de liderazgos como el Tea Party, Ocupa Wall Street o el 15-M.
Es decir, ante nosotros toda una panoplia de partidos y movimientos que han surgido a la escena política para intentar representar a mayorías de ciudadanos  desconcertados, perplejos o también, en muchos casos, indignados ante el curso que ha tomado la crisis económica y la forma en que los dirigentes políticos han intentado sofocarla.
Los partidos tradicionales, sin embargo, al menos en Europa, siguen erre que erre, haciendo tímidas reformas con el convencimiento de que la población jamás accederá a depositar mayoritariamente su confianza en tales ofertas electorales. En las elecciones locales y autonómicas españolas del 24-M las fuerzas políticas hegemónicas han empezado a perder muchos apoyos electorales y ahora la duda está en si la gestión que hacen los nuevos líderes surgidos de las urnas en los espacios locales y autonómicos servirá para el asalto a la Moncloa o no.
En todo caso, que el tablero político se mueva puede ayudar a que empiecen las reformas de calado que precisamos y que en España se vienen retrasando proverbialmente. Ojala que la asechanza del populismo anime a que la política vuelva a ser lo que debe ser y que el comportamiento de los políticos sea también el que todos esperamos. Por  el  momento, al menos  en España, el populismo, especialmente en este tiempo, sacar a relucir eslóganes y máximas del más puro centrismo: primero las personas, más participación social en las políticas públicas, más democracia interna en los partidos… Ojala que tal reclamo fuera real y auténtico y no un simple anzuelo, como la historia enseña, para proceder a la sustitución de unas élites por otras, y nada más.
 
Jaime Rodríguez-Arana
@jrodriguezarana