Estos días, la OCDE, a través de su secretario general, acaba de hacer público los datos de un informe sobre la calidad de la educación universitaria. Ni corto ni perezoso, el señor Gurría, que así se apellida el dirigente de la OCDE, ha afirmado que el nivel de los universitarios españoles es el mismo que el de los estudiantes japonenses d secundaria.
Parece una broma, una broma pesada, pero cuándo una institución supranacional como la OCDE, que puede equivocarse, ciertamente, se atreve a formular una aseveración, en España,  en presencia del ministro del ramo, es porque debe ser el resultado de un análisis serio.
 
En esencia, la OCDE nos dice que la formación en las aulas universitarias es demasiado teórica, que los estudiantes tienen dificultades para enfrentarse con los problemas reales de la vida y que están poco preparados para los nuevos mercados laborales. La oferta universitaria en España, señala la OCDE, es, en términos generales, demasiado generalista y no forma, ordinariamente, buenos profesionales en las materias que hoy precisa realmente el mercado laboral.
 
Tal diagnóstico no es achacable completamente a los sistemas de enseñanza seguidos en la universidad española. También, y no poco tiene, que ver con la calidad de la enseñanza en la  educación básica y en el bachillerato, pues los estudiantes llegan a la universidad con la preparación que han conseguido tras pasar varios años en un sistema de enseñanza que, bien lo sabemos, es uno de los que más fracaso escolar produce y uno de los que más carencias en aspectos sustanciales de la formación presenta. Por algo será.
 
En lo que se refiere a la enseñanza previa a la universidad, podríamos fijarnos en lo que acontece, por ejemplo, en el país que año a año lidera los rankings: Finlandia, para saber que hacen y por qué alcanzan puestos tan altos.  Que este país nórdico esté a la cabeza del informe Pisa, por ejemplo, no es ninguna casualidad. Todo lo contrario, es la demostración concreta de que la inversión en educación, cuándo es inteligente y está orientada a la mejora de la calidad del profesorado y a la atención personalizada de los niños y las niñas en edad escolar, da sus frutos.
 
Desde este punto de vista, si analizamos las razones que han llevado a Finlandia a la cabeza de la clasificación es probable que advirtamos por qué entre nosotros las cosas van tan mal en materia educativa. Veamos.
 
Los finlandeses no es que tengan una renta per cápita muy superior a los españo. Sin embargo, ellos invierten más en educación y se preocupan más por la formación y la preparación de los profesores y, sobre todo, en los colegios y escuelas se apuesta por una atención personal a los alumnos. En efecto, Finlandia dedica un 42 % más de gasto público en relación con el PIB y un 18,2 % más por alumno en enseñanza secundaria obligatoria. En materia de profesorado, los finlandeses exigen, para acceder al profesorado, un riguroso sistema de selección. Para muestra, un dato relevante: el año pasado una universidad de Finlandia solo admitió a 96 candidatos de los 1571 que se presentaron para licenciarse en educación, algo que por estos pagos sería insólito y hasta censurable. La preparación en pedagogía es bien relevante. De esta manera, el profesor tiene prestigio social y autoridad para dirigir el proceso educativo de los alumnos. Las exigencias y requisitos que se piden para acceder a la docencia básica y media en Finlandia son francamente altas. Eso explica que estos docentes tengan sueldos muy altos, muy superiores a los que se estilan en otros países de Europa. Por una razón bien clara: el futuro del país, que es la juventud, debe ser preparada por los mejores profesionales.
 
En el Reino de España, tal y como acreditan recientes estudios de la OCDE como el que daba inicio a este artículo, el fracaso escolar es más alto, mucho más alto que el de Finlandia. Se calcula que, entre nosotros, con un porcentaje del 70 % de enseñanza pública, el abandono escolar es del 30 %, mientras que en Finlandia, sobre un 94 % de enseñanza pública, la tasa de abandono apenas llega al 10 %. Otro dato para la reflexión: mientras que los alumnos finlandeses tienen 6.100 h y dedican una hora diaria a los deberes, los españoles tienen más horas lectivas, 7.700 y dedican una media de dos horas a los deberes.
 
La educación, todos lo sabemos, tiene mucho que ver con la calidad de la democracia. Cuanto mejor sea el nivel educativo, mejor será la cultura cívica y las cualidades democráticas y ciudadanas estarán más presentes en el espacio público. Si queremos mejorar la calidad de la democracia, mejoremos la educación. Pero de verdad, como hacen otros países. Si seguimos anclados en la ideología y no somos capaces de pensar en la mejora real de la educación para que en todos los niveles educativos se transmitan conocimientos, se asuman valores cívicos  y compromiso con la libertad solidaria, seguiremos siendo lo que somos.
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.