Nicolas Baverez acaba de publicar  un libro en el que augura que las próximas elecciones francesas serán cruciales tanto para el futuro de Francia como para el devenir del viejo continente. En efecto, en Danser sur un volcán. Espoirs es risques du XXIème siècle , este pensador alerta acerca de esa inconsciencia, e ingenuidad, de las prepotentes a veces sociedades europeas que pensaron que vivían en un mundo de paz, libertad y prosperidad permanentes. Sin embargo, el 11-S y la crisis económica despertaron de ese reparador sueño a los europeos y empezaron a percibir, y a sufrir, las consecuencias de un mundo inestable, inseguro en el que los fundamentos de la civilización occidental se resquebrajan por momentos.
Tal actitud de superioridad moral trae causa, lo explica Baverez, de esa más que falaz creencia de que la historia avanza linealmente consecuencia del paraíso posmoderno. En realidad, lo que vemos, y no sólo ahora, es que existen cambios, oscilaciones, paradas, aceleraciones, que las cosas no son mecánicamente lineales y menos que los dogmas de la Ilustración se imponen por si solos, de forma automática y mecánica. No hay más que leer los periódicos estos días para caer en la cuenta de que la geopolítica ahora es muy compleja y que junto a los problemas de seguridad a nivel planetario, existen nuevos conflictos surgidos de la llegada al poder de liderazgos empeñados en demostrar al mundo que se puede dirigir un país como una empresa o en que se puede controlar a la sociedad como una potente agencia de inteligencia.
En su libro Baverez nos recuerda lo que vemos a diario en los noticieros y telediarios: que vivimos en un mundo inestable, preñado de incertidumbres, con una peligrosa vuelta a los nacionalismos y con un yihadismo que pretende subvertir el orden occidental. Si a esto añadimos la crisis de los refugiados entenderemos que las cosas han cambiado, y mucho, y que los nuevos liderazgos, muchos anclados a tesis populistas, no hacen más que multiplicar los riesgos y la inestabilidad.
En este contexto,  las democracias precisan de reformas, y en profundidad. Si nuestros dirigentes piensan, como señala Baverez, que la democracia liberal triunfara sin recibir ningún rasguño en estas contiendas y que finalmente todos reconocerán su legitimidad y superioridad moral, aviados estamos. En alguna medida lo que está pasando se debe precisamente al sistemático olvido de las raíces y los fundamentos de la democracia.
Los últimos informes y encuestas sobre el sistema político y la participación realizados en numerosos países del mundo reflejan una profunda decepción del la ciudadanía con el denominado gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Obviamente, no porque se piense que el sistema democrático ha fracasado o que no tiene sentido,  sino porque se constata, en unos países con más intensidad que en otros, que la democracia ha sido secuestrada por una clase política, proceda de una orilla ideológica o de otra,  que, en términos generales, se ha apropiado de las instituciones e
En efecto, la denominada clase política ha ido, poco a poco, aislándose de sus conciudadanos. Todavía siguen disfrutando de no pocos privilegios. Disfrutan y no pocos  se emborrachan de un poder que solo ejercen en clave de exhibición o de dominación. Hablan un lenguaje ininteligible para el pueblo. Se consideran depositarios, propietarios, de las esencias de la soberanía popular. Saben que lo más importante es estar cerca del líder para no perder la posición  sin importarles lo más mínimo la realidad y la vida de los electores. Sustituyen la publicidad y la concurrencia por el amiguismo y el clientelismo. Son grandes profesionales de la construcción de espacios de penumbra y oscuridad para evitar la asunción de responsabilidades. Si aparece algún mirlo blanco en el camino que les pueda hacer sombra, se concentran en cómo eliminarlo y siembran de obstáculos su camino hasta que desista. Tejen una red de influencias y favores que impide la entrada en los círculos del poder de quienes no compartan la estrategia del “do ut des”.
Democratizar la democracia es, sencillamente, devolver a la sociedad y a los ciudadanos el papel que tienen. Democratizar la democracia es, sencillamente, renunciar a la concentración de los poderes y permitir que el poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo sean autónomos y responsables en el cumplimiento de sus tareas. Democratizar la democracia es, sencillamente, facilitar que las personas sean de verdad las dueñas de las instituciones y quienes verdaderamente encomienden a los representantes las funciones a realizar en la sede de la soberanía. Simplemente, y no es poco, la gran asignatura pendiente que tenemos es hacer que la democracia sea lo que debe ser: el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. No el gobierno de una minoría  por sí misma y para sí misma.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. @jrodriguezarana