Esperanza Aguirre acaba de abrir el debate autonómico. Un debate que, desde luego, no es sobre su vigencia o su defunción. Me parece que, más bien, se trata de adecuar un modelo necesario a la realidad, a la realidad de 2012, de un país que atraviesa una grave crisis. Una grave crisis, en parte debido a un enfoque ideológico, dogmático, precisamente del Estado de las Autonomías.
 

Me explico. La descentralización política y territorial diseñada en la Constitución de 1978 ha sido un considerable acierto. Un acierto que ha permitido en muchos aspectos mejorar el ejercicio del poder público acercándolo a la ciudadanía porque este sistema de descentralización  es un medio al servicio de las personas. No es un fin en sí mismo, ni, mucho menos, una agencia de colocación para dar tareas una multitud de personas cuyo único mérito es el de la filiación partidaria. Se trata de un magnífico escenario político para que los intereses públicos territoriales se puedan atender mejor pensando en la mejora de las condiciones de vida de la gente.
Pues bien,  casi treinta y cuatro años después de la aprobación de la Constitución de 1978 es lógico que se revise el sistema para mejorarlo y adaptarlo a la realidad, sobre todo en un momento de aguda y dolorosa crisis económica. En este contexto, resulta que nos encontramos con una deuda pública desproporcionada, que constatamos un crecimiento institucional de las Autonomías al compás del  Estado nacional, que registramos un sector público propio irracional, que el empleo público se ha multiplicado exponencialmente, en fin, que el modelo ha caminado hacia la irracionalidad. Es menester, por tanto, analizar el porqué de estos desajustes y tomar las medidas necesarias para, preservando el sentido de la autonomía política, buscar las fórmulas para que se atiendan mejor los intereses públicos territoriales.
Si a eso añadimos, como parece, que la desconfianza existente en el seno de la Unión Europea y en los principales inversores internacionales reside precisamente en el abultado gasto público de las Comunidades Autónomas, entonces la reforma se hace imprescindible. Una reforma que requiere de un gran acuerdo político, al estilo alemán, en el que se defina mejor, se perfile con más claridad, el ámbito de las competencias, en la que se establezcan elementos de coordinación en los que se refiere a las políticas económicas y financieras y en el que las técnicas de cooperación permitan un juego multilateral que sustituya a los esquemas de bilateralidad que tanto daño han hecho al propio modelo autonómico.
Las Autonomías surgieron, todos lo sabemos bien, para que los intereses públicos territoriales estuvieran mejor administrados con políticas propias realizadas por gobiernos elegidos por los ciudadanos. Es verdad que las Autonomías tienen competencia exclusiva en materia de organización, lo que no quiere decir que ello sea una puerta abierta al despilfarro y a la irresponsabilidad, sino un medio para que la estructuras sean eficaces y eficientes para el pueblo, que es el destinatario de las políticas públicas propias.
El artículo 2 de la Constitución enumera los cuatros principios rectores del Estado autonómico. Unidad, autonomía, integración y solidaridad. Estos principios deben ser la guía de la necesaria reforma constitucional. Una reforma que se debe hacer, no tanto mirando a los políticos cuanto a la gente. Los actores políticos debieran de ser más conscientes, aunque no les beneficie, de que las decisiones públicas solo son legítimas si se orientan a la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Por eso, como señala la presidenta de la Autonomía de Madrid, si la reforma implica una reducción de políticos en las Comunidades Autónomas pero mejora la calidad de vida del pueblo, bienvenida sea. ¿Es que no se entera la clase política que la población cada vez desconfía más de ellos?. ¿Es que no se dan cuenta que Estado, Autonomías y Entes locales existen y se justifican para los ciudadanos, para su bienestar colectivo?.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es