Una de las características que  mejor define el espacio del centro se refiere a la capacidad de comprensión del pluralismo y de la sociedad abierta de nuestro tiempo. Tales características son consecuencia probablemente de la limitación y complejidad del pensamiento y, sobre todo, de la necesidad de entender una realidad en la que cada vez las categorías ideológicas cerradas dan paso a reflexiones acerca de la humanidad o inhumanidad a que se hacen hacedoras ciertas políticas. Ciertamente, el espacio del centro es un espacio que disponiendo de sustantividad propia se apoya sobre la realidad, trabaja desde a la racionalidad y pretende situar en el centro de la acción política al ser humano.
 
Mentalidad abierta, capacidad de entendimiento, centralidad de la dignidad humana y sensibilidad social, son  elementos que permiten sostener que este espacio político y social dispone de plena personalidad. No es la equidistancia, ni es la indefinición calculada, ni el pragmatismo o el oportunismo como muchos argumentan. En ocasiones, tales críticas, bien merecidas, se realizan sobre actuaciones o discursos de políticos que se presentan con la etiqueta del centro y, sin embargo, son la viva encarnación de la ambigüedad o de la confusión como si ser de centro impidiera asumir convicciones firmes. Desde el centro, pienso, se tiene muy claro que la política es una actividad de servicio al pueblo para la mejora permanente e integral de sus condiciones de vida. Tal actitud de servicio, de la que tanto se presume desde todas las tribunas menos desde la realidad concreta de los problemas reales de la gente, es contemplada hoy por algunos dirigentes de escasos vuelos  como una coartada para la astucia y el cálculo que llevan a permanecer siempre en la cúpula, para el manejo sin escrúpulos de los entresijos del poder; en una palabra, para hacer de la renovación el ejercicio para la personalización del poder. Claro está, tal forma de entender la política, más que propia del tiempo en que vivimos, podría ser heredera de los peores estigmas autoritarios del Antiguo Régimen.
 
El espacio de centro no es solamente una técnica de acceso al poder. No es un estilo o talante que permita justificarlo todo y en todo tiempo y lugar con tal de obtener votos. No es el puro oportunismo .El centro no tiene uniforme propio ni tampoco es una suerte de doctrina única que fija la dirección y la orientación de las nuevas políticas procedentes de la nueva modernidad. Más bien, el espacio de centro es un espacio que supera el pensamiento bipolar, ideológico, que tanto daño ha hecho y sigue haciendo a las sociedades poco moderadas o poco templadas. Es un espacio que es capaz de diseñar políticas desde la realidad sin renunciar a la centralidad de los derechos fundamentales. Es un espacio que huye del discurso escatológico propio de versiones ideologizadas de derecha e izquierda. En el centro no está la salvación cívica, sino una oportunidad de trabajar políticamente desde la moderación para colaborar a que los ciudadanos estén en mejores condiciones de realizar libremente su proyecto vital en la sociedad.
 
Hoy, sin embargo, muchos se colocan el sombrero del centro sin saber bien que es y como se entiende. Lo importante, para algunos, es el uso alternativo del centro para la encarnación del reformismo, o para la permanente resurrección política. El centro, simplemente, es un espacio político desde el que se comprende la realidad, que es plural y compleja, y, desde ella, se proyectan políticas y programas encaminados a la mejora continuada de la democracia.
 
 
 
 
 
Para terminar este artículo escrito en la ciudad de México aprovechando un rato libre mientras preparo mis clases del postgrado en derecho administrativo de la Universidad Panamericana, quisiera proponer al lector que se pregunte si el espacio del centro no se está convirtiendo, en lugar de un ambiente de apertura, de entendimiento o de sensibilidad social, en un poderoso ámbito, única y exclusivamente, de búsqueda del poder por el poder. Cuando se afirma eso de más pragmatismo y menos principios, estamos en el mundo del oportunismo, no del sentido de la oportunidad y, tarde o temprano, el pueblo soberano acabará poniendo a cada uno en su sitio. Es lo que ha pasado el 20-D.
 
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.