Estos días saltaba a los medios de comunicación una información que se agrega a tantas otras procedentes de los países que han practicado un ejercicio estático del Estado de bienestar. Resulta que en España se ha acreditado que 30.000 fallecidos eran beneficiarios de las ayudas a la dependencia. Tiempo atrás hemos conocido que miles de ciudadanos nórdicos defraudaban a la sanidad pública falsificando certificados de enfermedad o que numerosos  listados de personal al servicio de la Administración pública en Grecia no coincidían con la realidad.
 
Pregunta, ¿por qué pasan estas cosas en modelos de Estado teóricamente con profunda sensibilidad social?. Primero porque la “sensibilidad” de muchos dirigentes se ha dirigido no hacia los problemas sociales de la gente sino hacia el enriquecimiento personal. Segundo, porque el Estado de bienestar se ha concebido, por muchos de sus patrocinadores, como un fin en si mismo, al servicio de la perpetuación en el poder de sus dirigentes. Tercero porque no disponemos del número de  inspectores, evaluadores, verificadores o comprobadores, como se les quiera llamar, para efectivamente acreditar que reciben las ayudas, subsidios o salarios quienes legalmente tienen derecho a ello.
 
Efectivamente, cuándo la gente percibe que desde el Estados se está dispuesto a ofrecer toda clase de bienes y servicios a cambio de votos, entonces la picaresca y el aprovechamiento, en unos países más que otros ciertamente, aparece con fuerza. Entran entonces en escena toda suerte de tropelías e irregularidades ante las que tantas veces los políticos de turno piensan que lo más rentable para ellos es mirar para otro lado.
 
El esquema estático de Estado de bienestar, caricatura y deformación del mismo, ha calado, y de forma muy profunda, en los dirigentes de la cosa pública. La ayuda, el subsidio, la subvención, al convertirse en un medio para la captación de la voluntad de los ciudadanos, han inundado la vida social. Efectivamente, prácticamente para casi todo hace falta algún estímulo público. Efectivamente, el control y expansión del poder político ha sido en estos años tan intenso en su expresión cómo negligente en la instauración de sistemas de control y verificación de esta gigantesca acción de fomento clientelar.
 
En este contexto, ahora en revisión, esperemos, nos encontramos con sorpresas del pasado reciente que constatan la forma y manera en que se ha entendido el poder público en las últimas décadas en tantos países de Europa. Ahora aparecen 30.000 dependientes fantasmas, mañana, si se entra a fondo, aparecerán miles de perceptores de subvenciones y subsidios que probablemente no hayan justificado convenientemente el  dinero público recibido, pensionistas fallecidos, empleados públicos que no acuden regularmente a trabajar…
 
El modelo estático del Estado de bienestar, además de fraudulento, ha propiciado la desafección ciudadana ante el Estado mientras tantos aprovechados se han convertido, por la inacción popular, en dueños y señores de lo que no es suyo porque al común pertenece. En el momento en que los ciudadanos de verdad asuman que son los protagonistas de la película y de que los poderes son suyos, veremos lo que pasa. Mientras tanto, seguirán saliendo escándalos y escándalos, en todas las formaciones, hasta que la gente se enfade de verdad y se organice pacífica e inteligentemente contra esta banda de ladrones que tanto daño han hecho a la política, a la democracia y al conjunto de los ciudadanos.
 
 
 
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es