El barómetro del CIS refleja en la entrega de enero  de este año que el espacio político más estable  desde 2011 es el del centro, que ha oscilado entre el 29 y el 33% durante esta secuencia temporal.  La izquierda, según el CIS, llegaría ahora al 39.10% y la derecha al 11.70%. No  sabe o no contesta el 19.10%.  Es decir, el centro sigue de moda y ahora parece que se recogen las consecuencias de los recortes en políticas sociales.
 
Mientras que derecha e izquierda se entienden todavía desde los postulados del pensamiento ideológico, el centro, que no se define a partir de un pensamiento cerrado y dogmático, no se identifica necesariamente con un partido, sino que se muestra como un espacio político susceptible de ser ocupado por diversas fuerzas o, llegado el caso, cuándo se polarizan mucho las posiciones políticas,  en situaciones especiales, por encarnar un partido más.  Se trata de un espacio caracterizado por la moderación, el compromiso con la dignidad de la persona, las reformas y las políticas realizadas desde la realidad pensando en los problemas que hoy lesionan las condiciones de vida de las personas.
 
En efecto, el centro no es necesariamente un partido que lleve ese nombre. No es cuestión de nombres. El centro tampoco es una posición ideológica, establecida sobre conceptos previos a la vida política. El centro es más bien un espacio desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las necesidades reales, a las inquietudes, a las ilusiones de los ciudadanos, implicando a los ciudadanos como protagonistas de esa acción política.
 
No se trata, pues, de aplicar una receta universal, no se trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de dolencias y malestares, no se trata de convencer a nadie de que se tiene el remedio que va al origen de todos los pesares que sufre la humanidad, como se hace desde las ideologías. En el centro se buscan soluciones concretas para los problemas concretos que cada sector, cada grupo, cada entidad tiene en cada momento.
 
Por eso puede decirse que el centro no es una posición fija, estática, sino que implica una permanente adaptación al dinamismo de la sociedad, y conlleva la exigencia de alumbrar, con imaginación, nuevos planteamientos en la vida política, como respuesta a las necesidades nuevas, a los nuevos retos, a los que los hombres y las mujeres permanentemente se enfrentan.
 
Desde estos presupuestos se entenderá que el centro no se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni desde una visión completa y cerrada del mundo y de la historia, sino desde la aceptación de la limitación del pensamiento para alcanzar un conocimiento pleno y completo de la realidad.
 

 
Desde las posiciones políticas de raíz ideológica no es lo importante captar el sentir social, sino transmitir las propias convicciones e imbuir el sentir social de las valoraciones e impulsos de la propia ideología. Desde el centro la clave está en la capacidad de conexión con el sentir social, y en la capacidad para dar una respuesta, o más bien una conformación política a las aspiraciones de la sociedad. Por eso puede decirse que en una sociedad equilibrada y políticamente madura quien ocupa el centro gana las elecciones, porque ocupar el centro no quiere decir otra cosa que ser capaz de representar la mayoría, pero no simplemente la mayoría, sino una mayoría constituida en la representatividad de todos los sectores sociales. Por eso hablamos de sociedades maduras políticamente y equilibradas socialmente. En todos los países en los que se aplican procedimientos democráticos pueden establecerse mayorías en virtud de los procesos electorales, pero no todas esas mayorías serán necesariamente de centro. Las mayorías que no integran una representatividad de toda la sociedad son mayorías, pero no son de centro si se dejan llevar por el riesgo cierto del exclusivismo, de conducir políticas que miren sólo a los intereses de los sectores representados -por mayoritarios que fuesen- y no a los de todos.
 
Por todo esto, el centropuede ser definido como un espacio político abierto -es decir, no definido ideológicamente- y dinámico, cuya ocupación supone  la primacía en la capacidad de acción, en la comunicación con la ciudadanía y en la iniciativa. Pero al mismo tiempo exige en quien lo ocupa una permanente atención para mantenerse allí. Ya no se trata sólo de ocupar el centro, sino también de mantenerse en él. Tal cosa sólo se puede lograr con un ejercicio efectivo y sostenido de democracia.
 
Mientras domine el maniqueísmo y el pensamiento ideológico, los prejuicios y el miedo a la libertad y a reconocer que en todas partes hay cosas positivas, el centro será puro maquillaje, relativismo, marketing, la  pura indefinición o una excusa para parecer lo que en modo alguno se es . Sin embargo, tal y como lo entiendo, el espacio del centro es el espacio del pensamiento abierto, la metodología del entendimiento y la sensibilidad social. Un espacio que trabaja desde la realidad, desde abajo y que utiliza como principal instrumento la razón. Si, la razón, hoy tan olvidada como inédita en nuestra vida política.
 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es